26/11/13

El hombre de la vacuna

Por Rubén Bourlot
Publicado originalmente en revista Orillas, 21/71/2013


Un notable hombre de ciencia es el doctor Scholein Rivenson nacido hacia 1918. Y es el inventor de una innovación en las vacunas para la fiebre aftosa.
En la década del 30 parte desde su Pastor Britos natal, esa pequeña localidad del departamento Gualeguaychú arrimada a la estación del ferrocarril que hoy agoniza, para estudiar veterinaria en la Universidad de Buenos Aires. Para realizar ese sueño de inmigrantes: mi hijo el doctor. Hijo de una familia originaria de Rusia con ascendencia judía que se afincan en Entre Ríos para ver realizados sus sueños proyectados en sus hijos.
En 1938 obtiene en ansiado título y logra su primer trabajo en una cooperativa agropecuaria de Bovril. Entre 1946 y 1950 se desempeña como veterinario regional del Ministerio de Agricultura y Ganadería. En lugar de refugiarse en la cómoda rutina de controlar pariciones prefiera enfrentar el riesgo de investigar cosas nuevas. A partir de 1950 inicia sus trabajos relacionados con la Fiebre Aftosa, al incorporarse al Instituto Nacional de Fiebre Aftosa, enfermedad que azota los rodeos vacunos de la época, y hasta no hace muchos años. En 1956 se incorpora al recién creado Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) donde propicia la creación del Centro de Investigaciones de Ciencias Veterinarias. 
Desde el nuevo centro de investigaciones continúa con el desarrollo de la nueva vacuna contra la enfermedad. Así diseña y pone a prueba la vacuna antiaftosa con coadyuvante oleoso que lleva su nombre. A diferencia de la versión anterior esta vacuna requiere menos frecuencias de aplicaciones y brinda protección a los terneros de madres vacunadas. Pero no se queda con eso sino que impulsa planes de lucha contra la enfermedad en distintas regiones del país que supervisa personalmente.
En 1976 inicia el plan piloto de vacunación con resultados notables. A partir de esta experiencia se generaliza la práctica en todo el país y finalmente, en 1997, con la aplicación de la vacuna oleosa polivalente, la Argentina es declarada “país libre de aftosa con vacunación”. Se pone fin a 120 años de sobresaltos por las amenazas de embargos a las carnes argentinas sospechadas de trasmitir la enfermedad. 
La trayectoria de Rivenson gana reconocimiento en distintos ámbitos, entre otros obtención de la medalla de oro otorgada por la Organización Internacional de Epizootias en 1988 "a quien ha producido avances importantes en Medicina Veterinaria".
Pero como no sólo de vacunas vive el hombre, Riverson, además de los dos centenares de informes científicos, escribe sus búsquedas filosóficas. En 2000 publica “La revolución lúcida: Misterio y despertar del hombre”, un ensayo donde “luego de varias décadas de intensas búsquedas, de agudas intuiciones, de hondas reflexiones e indagaciones, Rivenson ha expresado en esta obra su pensamiento cosmovisional, su credo filosófico implícito en la dimensión de la Sabiduría”, enuncia su prologuista. Sus preocupaciones éticas y filosóficas las hace conocer también en artículos y conferencias como la disertación sobre bioética en oportunidad de su incorporación como Académico de Número a la Academia Nacional de Agronomía y Veterinaria [en 1999] donde sostiene, entre otros asuntos, que “si bien las investigaciones del genoma humano son de gran ayuda, uno de los riesgos que entraña es la manipulación genética en la medida que no respete la vida del embrión humano. Esto plantea un profundísimo conflicto ético y moral. Por esta razón, es necesario legislar sobre las aplicaciones genéticas en base a los derechos humanos, las libertades fundamentales y la dignidad humana”.
Pero no todas son flores en la vida de este empecinado descendiente de gauchos judíos. En las postrimerías del siglo XX, ya anciano, predica casi en un desierto de audiencia para que las autoridades no se duerman en los laureles y no dejaran de vacunar. El logro de declarar el país libre de aftosa no implica abandonar la práctica. Ya anciano clama, olvidado por las nuevas generaciones y los gobiernos que mandan a los científicos a lavar los platos, por un magro reajuste de su jubilación. Fallece en 2001 a los 83 años. Aún la provincia que lo vio nacer está adeudando el justo homenaje, al menos post mortem.
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