22/8/23

Florencio López, del chamamé a la chamarrita

 Por Rubén I. Bourlot

Yaguareté se decía a sí mismo: mitad hombre y mitad tigre. Don Florencio, como lo conocían en su ciudad adoptiva, Concepción del Uruguay. Este correntino que vivía a la vuelta de la esquina era uno de los hombres que estuvieron en los entreveros fundacionales de Cosquín, ese grande y polémico festival del folklore latinoamericano.

Florencio López, el “Negro López”,  fue residente de La Fraternidad, institución señera de la educación entrerriana, en donde cultivó sus primeras amistades y tomó contacto con el espíritu de la entrerrianía.

Tal vez hoy no suficientemente recordado, por algunas ingratitudes de quienes lo frecuentaron, por su propio carácter que alimentó muchos detractores, y por la acción de los medios de difusión que suelen enaltecer lo que esté “de moda”. Se vinculó a las más diversas personalidades de la cultura nacional como el sanducero Aníbal Sampayo, con quien compuso en 1965 el Minué de los Montoneros y a quién ofreció cobijo cuando el poeta de Río de los pájaros fue víctima de las persecuciones políticas en su país y con quien compartió los primeros pasos de Cosquín. También recalaron por su hogar uruguayense Atahualpa Yupanqui, los Fronterizos, Los Chalchaleros, Jaime Dávalos, Carlos Di Fulvio, Luis Landirscina, Horacio Guaraní, Mataco Soria, Enrique Banch, Conrado Nalé Roxlo, Delio Panizza, entre muchos otros. 



Un artículo escrito en 1979 se propone rescatar su figura “autodidacta que ha invertido la mayor parte de su vida en un trabajo fecundo y ordenado en la búsqueda permanente de la dimensión del hombre proyectado en el paisaje y a través de la historia (…). Solicitado especialmente como jurado en los variados espectáculos y exposiciones, sobre folklore de jerarquía que se llevan a cabo en el centro y litoral argentino (…)”

Hasta Cosquín llegaron de su mano y conocieron la popularidad Los Hermanos Cuestas, en 1972. Y la chamarrita y otros ritmos entrerrianos sonaron en todo el país. También compartió junto a Lázaro Flury, Domingo Bravo y Guillermo Iriarte la iniciativa de adjuntar al festival de folklore el Ateneo Folclórico donde se ofrecían charlas y conferencias.

En su homenaje la sala de prensa del festival coscoíno lleva su nombre, alguna vez borrado y restituido en 2012.

En enero de 1980, durante el Festival de Cosquín, recibió una distinción por sus veinte años de labor a favor de la música folclórica y en esa oportunidad dijo que “Cosquín es una gran colmena humana donde se elabora la miel de la hospitalidad, del amor, del respeto y, fundamentalmente, del trabajo”. Y agregó: “pienso que esa colmena humana que Cosquín difiere de la real colmena, porque ahí no hay zánganos, todos trabajan.”

Entre sus innumerables iniciativas se cuenta la publicación de Toponimia de Entre Ríos, vigencia aborigen, una recopilación de nombres de lugares en lengua guaraní,  y la escuela de danzas Ñaderogamí  donde enseña junto a su esposa María Esther Corbela, los bailes tradicionales, en particular la chamarrita que se ocupa de rescatar junto a su amigo Aníbal Sampayo. También con su esposa confeccionan las vestimentas para las coreografías, reproducidas a partir de la iconografía elaborada por Bonifacio del Carril (Monumenta Iconographica: Paisajes, ciudades, tipos, usos y costumbres de la Argentina 1536-1860).

Otra iniciativa fue el homenaje a Francisco Ramírez  que en tierras cordobesa, en el sitio probable de su muerte donde hizo levantar “un monolito sin apoyo oficial (…)”, según un testimonio de la época.


6/8/23

El oficio de los ladrilleros: barro y fuego

 Por Rubén I. Bourlot

La historia suele hacer foco de su atención en los personajes que considera protagonistas excluyentes de los procesos históricos. Al menos es la historia mayormente divulgada y enseñada. Pero en cada proceso histórico hay un fermento que le da razón, tanto o más importante que las personalidades emergentes. Como habría dicho el canciller alemán Otto Bismarck: “Todo hombre es tan grande como la ola que ruge debajo de él”.

Así, si tomamos a uno de los personajes más historiados de Entre Ríos como fue Justo José de Urquiza, vemos que entre los testimonios que permanecen de su vasta trayectoria se cuentan edificios emblemáticos como el Colegio del Uruguay, el Palacio San José y el  saladero Santa Cándida, entre otros. Pero pocos se preguntan cuántas personas anónimas o no tanto estuvieron detrás de la construcción de esas sólidas edificaciones. Además de los arquitectos y constructores estuvieron los albañiles que manipularon con maestría las argamasas y los ladrillos. Y ¿quiénes habrán sido los que fabricaron esos miles de ladrillos?

El laborioso ladrillero es uno de los oficios que atraviesan los tiempos y llegan hasta hoy. Si bien hay establecimientos industriales para su fabricación el oficio sigue vigente con algunos adelantos tecnológicos que atemperan la rudeza de algunas de las tareas. En las cercanías de la mayoría de las ciudades existen los característicos hornos de ladrillos que cada tanto bañan con sus humos los arrabales. Es que el ladrillero es quien manipula con destreza tres elementos esenciales -agua, tierra y fuego- para convertirlos en el noble ladrillo que desafía vientos y alturas. Pero no solo hombres son ladrilleros, hay mujeres y también niños que son utilizados en esta tarea, en este último caso violando las disposiciones vigentes respecto al trabajo infantil.

Los ladrillos del Palacio

Un documento existente en el Palacio San José da cuenta que Urquiza había contratado a un maestro ladrillero para que instalara un horno cuando se dispuso la construcción del lago artificial del palacio.  El contrato fue celebrado en 1863 con Juan Echeverne. El horno se ubicaba en los terrenos del Palacio y Urquiza se obligaba a suministrar “yeguas” para formar el fango en el pisadero; entregar los moldes para dar forma a los adobes de acuerdo al tamaño requerido; facilitar las reses para el consumo del personal “de carne buena a precio conveniente”; entregar mensualmente el dinero para pagar a sus peones y cien pesos de contado por adelantado, al inicio de la producción a cuenta de los ladrillos fabricados, y otorgar para la fabricación sin costo alguno “el agua, leña y bosta que emplea en el trabajo”.

La contraparte se obligaba a trabajar para producir “desde un mil hasta trecientos mil ladrillos de buena calidad, del tamaño de catorce pulgadas de largo, siete y medio de ancho y dos de grueso en crudo y puesto al pie del horno a razón de ocho pesos moneda boliviana los buenos y a razón de seis pesos los que en la entrega no se hallasen de buena calidad”

 Manos a la obra

En el detalle del citado contrato hallamos algunos de los pasos necesarios para la elaboración de ladrillos, que comienza con la recolección de la “bosta” o estiércol, preferentemente de caballo, que sirve para ligar con el barro y a su vez favorecer la quema del ladrillo. Hoy es reemplazado por cáscaras de arroz, aserrín, paja y otro elemente similar, pero los expertos del oficio no la comparan con la noble bosta.

La otra tarea consiste en acarrear la tierra al pisadero, y no cualquier tierra sino la que contenga la adecuada proporción de arcilla y arena que permita el amasado. En el pisadero se mezcla la tierra con la bosta y el agua y luego la tarea paciente del pisado que originalmente se hacía con caballos, luego con una rueda tirada por un caballo que hoy suele reemplazarse por un tractor. Cuando el barro está a punto viene la tarea más ardua que es la de “cortar” los ladrillos. El de cortador es un trabajador especializado dentro de la ladrillería que soporta los soles del verano y las heladas del invierno a la intemperie. Trabaja con las manos mojadas en agua para moldear el ladrillo. Con una rústica carretillos arrima el barro desde el pisadero a la mesa donde va colocando puñados de barro en un molde que debe manipular con habilidad y cortar en el punto justo con la mayor prolijidad. Luego los desmolda sobre la “cancha” donde se producirá el primer proceso de secado. Cuando está suficientemente oreado se los apila en forma de rejillas para culminar con el secado del “adobe” como se le llama al ladrillo crudo. Con ese adobe se construye el “horno” donde se va proceder al quemado.

Hoy podemos observar en Paraná, en la zona de calle Miguel David, una sucesión de ladrillerías que dan nombre a la barriada, Los Hornos, rodeadas de precarias viviendas, la mayoría de retazos de madera y chapa. Una ironía que quien fabrica ladrillos no pueda levantar su casa con el producto de su trabajo. Esto recuerda a una obra de radioteatro de la autora uruguayense Marisa Allende, “El andamio y las brasas”, que cuenta la historia de un albañil que estaba trabajando en la construcción de un edificio de departamentos (“el primer edificio de departamentos de Concepción del Uruguay, el edificio Guini”) y se reprochaba a sí mismo que él no había podido ser capaz de terminar su propia casa.

En algunos casos los ladrilleros se encuentran organizaron en cooperativa con es el caso de la Cooperativa Fátima de Santa Elena y la Cooperativa de Trabajo Ladrilleros de Paraná. También tienen sus fiestas anuales en Puerto Víboras (Hernandarias) y en Federal.

5/8/23

Urquiza Almandoz, docente e historiador

Por Rubén I. Bourlot

 El 23 de julio de 2020 el Concejo Deliberante de Concepción del Uruguay nominaba a una calle de la ciudad homenajeando al historiador Oscar F. Urquiza Almandoz. Era el muy merecido reconocimiento al investigador batallador, hurgador de papeles viejos, buscador de historias y docente de alma. Pero como los homenajes deben hacerse en vida, en 1996 lo habían declarado Ciudadano Ilustre de la ciudad.

Urquiza Almadoz fue uno de los docentes de la notable pléyade de educadores de los cursos del Profesorado de la Escuela Normal Mariano Moreno de Concepción del Uruguay. Su presencia en los pasillos del histórico edificio no pasaba inadvertida, con su bigotito discreto y ese gesto de apariencia adusta que se transformaba de pronto en una sonrisa cómplice. En el aula su discurso dejaba en claro todas sus convicciones, su sapiencia y su disposición para la polémica amable. No escapaba a los temas controvertidos y siempre tenía un argumento a mano para rebatir. Cuando se originaba un debate que no se agotaba dentro de los rígidos tiempos de la hora cátedra, retornaba en la próxima clase cargado de libros y apuntes para concluir con el tema. Mabel Huck, una de sus alumnas del profesorado, lo recuerda de “caminar pausado, siempre con su maletín cargado con apuntes, bien documentado. Sus clases eran enriquecedoras y las discusiones las abordaba con suma paciencia y escuchando a su interlocutor. Nada lo sacaba de su eje”.

Fue también profesor del por entonces Colegio Nacional del Uruguay “Justo José de Urquiza”, en el que impartía las cátedras de Literatura e Historia. Fue el iniciador del Archivo Histórico del Colegio que actualmente lleva su nombre: "Prof. Oscar Urquiza Almandoz”. Dos universidades lo tuvieron como docente, la de Concepción del Uruguay (UCU) y la Tecnológica Nacional.


Cargaba con un apellido potente para la historia entrerriana, hijo de María Raimunda Almandoz y de Fernando Urquiza, era descendiente de Cipriano de Urquiza, el hermano del Organizador. Pero también en los pasillos, por lo bajo, se referían a él como el “Chancho”, apodo surgido de algún círculo familiar o de sus alumnos siempre proclives a “bautizar” a los docentes, inspirado seguramente en la fisonomía de su rostro.

 Historiador fecundo

Profesor de Historia y Literatura, había nacido el 2 de febrero de 1932 y falleció a los 87 años el 12 de junio de 2019 en su ciudad. En ese lapso dio todo lo que pudo. Insistió con uno de los temas que fueron su obsesión: la cuestión de la capitalidad de Concepción del Uruguay. Primero aparecido en publicaciones periódicas, finalmente lo publicó en forma de libro como La cuestión capital en la provincia de Entre Ríos en 1999. Antes había dado a luz la monumental Historia de Concepción del Uruguay, en tres tomos, publicada en 1983 con motivo del bicentenario de la ciudad. En 1968 la Academia Nacional de la Historia lo había incorporado como miembro correspondiente. Integró además las Juntas de Historia Eclesiástica Argentina y de Estudios Históricos de Entre Ríos, entre otras instituciones.

También publicó La cultura de Buenos Aires a través de su prensa periódica, en la ya mítica editorial Eudeba; El teatro de Buenos Aires en la época de la emancipación, Historia Económica y Social de Entre Ríos, Los Directores de Estado de 1816, Historia de la Libertad de prensa en Entre Ríos y los jurados populares de imprenta y Hechos, personajes y costumbres de nuestro pasado además de numerosos artículos en diarios, y especialmente en publicaciones de instituciones educativas, como la recordada revista Ser, del profesorado de la Escuela Normal.

 Más testimonios

Soraya Flores, que fue su alumna en el secundario y en el profesorado de Historia recuerda “su prestigio y su presencia, sus lecturas en voz alta, como cuando en 5º año leímos Tabaré, jamás lo olvidaré y, por supuesto, fue mi ejemplo a seguir como modelo docente ya que, por aquella época difícil (yo egresé en el 79), cuando a los estudiantes secundarios los trataban a la distancia, siempre fue cordial y accesible.”

Al cumplir la ciudad de Concepción del Uruguay los doscientos años Urquiza estuvo en la organización del Primer Congreso Nacional de Historia de los Pueblos de Entre Ríos, que se llevó a cabo en septiembre de 1983 y del que participaron prestigiosos académicos de todo el país, entre otros el presidente de la Academia Nacional de la Historia, Enrique M. Barba. En la oportunidad se presentó el primer tomo de su Historia de Concepción del Uruguay en la Biblioteca del Colegio. Recuerda Soraya Flores que fue una de las “mecanógrafas de comisión y tuve oportunidad de conocer a Leoncio Gianello, Enrique Barba y otros cuyos nombres ya no recuerdo, sin embargo, quedó en mi retina la perfecta organización de todo lo que se llevó a cabo en aquellos días, con recitales de tango, cenas y almuerzos, excursiones a Santa Cándida y San Pedro, en donde el dueño de esta última estancia, Horacio Roca, recibió a los congresales con un almuerzo campestre.”

Agrega Flores que el Congreso “permitió a los que por entonces cursábamos el último año del Profesorado de Historia, participar en diferentes actividades, ya sea como integrantes de las mesas de inscripción o secretarios (mecanógrafos) de actas de cada comisión, o acompañando a los académicos en sus recorridas por nuestra ciudad.”

Otro de sus alumnos, Luis Ángel Cerrudo, rememora: “Excelente persona, dedicado y fino docente, investigador metódico. Nosotros pudimos disfrutar en sus clases del profesorado a inicios de la década del 80. Clases brillantes donde desplegaba su minucioso conocimiento de nuestra historia local, regional y nacional. Clases donde se permitía el debate y la escucha a quienes con respeto intentábamos cuestionar algunas interpretaciones de nuestro pasado. Un hombre generoso y cordial.”

Guillermo Bevacqua, lo recuerda “más allá de sus títulos, era alguien que admirábamos y nos había distinguido con su amistad; lo hacemos con un sentimiento hondo y porqué no, dulce, si para nosotros era, simplemente, el profe Urquiza, el hincha de Independiente de Avellaneda y de nuestro Gimnasia, un apasionado pelotaris y alguien que siendo un intelectual, supo situarse siempre a la altura de quienes compartían con él un juego de naipes o un asado.”

 


El canto repentista. Payadas de contrapunto y batallas de gallos

 Por Rubén I. Bourlot

Un día en la escuela nocturna donde daba clases observo que un alumno con su visera (porque para ellos la gorra es la policía) estaba hojeando un libro que aparentemente no era material de estudio. Me acerco y le pregunto qué estaba leyendo, me muestra y era una novela, no recuerdo hoy cuál. Le pregunto si le gustaba leer novelas y me responde no muy convencido que leía “para buscar palabras” ¿Buscar palabras?, pregunto. “Sí -me dice-, busco palabras para rapear”. El joven intentaba improvisar letras de rap y necesitaba ampliar su vocabulario. Luego de este descubrimiento fue convocado para actuar en los actos de la institución. Hoy no sé si continuó con su vocación pero este episodio sirve como punto de partida para habla de un antiguo género, casi olvidado, que se emparenta con estas improvisaciones contemporáneas.

El 23 de julio se conmemora el día del payador, ese estilo repentista de orígenes remotos que es parte de nuestro patrimonio folklórico. Ya Concolorcorvo, en 1773, en El lazarillo de ciegos caminantes, decía que los gauchos “se hacen de una guitarrita que aprenden a tocar muy mal y a cantar desentonadamente varias coplas que estropean y muchas que improvisan (...) y se echan unos a otros sus coplas, que más parecen puyas”.

La fecha recuerda a una famosa payada de contrapunto que protagonizaron en 1884 Juan Nava (Uruguayo) y Gabino Ezeiza (Argentino). También es recordada la payada que relata José Hernández en su “biblia gaucha” protagonizada por Martín Fierro y el Moreno en un contrapunto que terminó con la derrota del segundo. Más trágica es la payada de Santos Vega que termina derrotado por su contrincante que no es otro que el mismo Diablo.

La payada es un estilo simple acompañado por la guitarra sin mayores pretensiones y cuyo mayor ingenio consiste en versificar espontáneamente. No siempre es así porque muchos payadores de oficio ya tienen un repertorio memorizado que reiteran o recombinan. Marcelino Román en su clásico Itinerario del payador dice que “las formas estróficas payadorescas, en el ámbito continental, acusan una considerable variedad -aunque por lo regular sin salirse del metro de ocho sílabas, medida del verso popular por excelencia-; no así las formas del acompañamiento musical, ya que siempre las palabras son más importantes que la música.”

El contrapunto es una variante en donde dos payadores se enfrentan proponiendo alternativamente un tema por lo que no es posible que los actores tengan un libreto preparado. Es ahí donde se demuestra el ingenio de los cantores.

Hoy el género quedó arrinconado a los ámbitos tradicionalistas y en los festivales de jineteadas.

 Leyenda con perfume de mujer

La payada no es solamente cosa de hombres. Hoy en el raleado mundo payadoril entrerriano hay cultoras del género que incluso se atreven al contrapunto como Liliana Salvat. Ya Gabino Ezeiza tuvo como “discípula a Aída Reina que actuaba en el circo de los hermanos Petray” dice la investigadora Beatriz Seibel en El Cantar del Payador. Otro testimonio cita que ya 1828 Antonina Roxa en las islas Malvinas deleitaba a la colonia de Luis Vernet y se ganaba el sustento cantando, según el testimonio de María Saez, esposa de Vernet: "La ama es la q.e se distingue de cantora entre los peones, y como á cada décima que canta le regalan plata, con este aliciente no se pasa un día sin cantar”.

Por Entre Ríos tenemos a Ruperta Fernández, una legendaria payadora cuya memoria se fue trasmitiendo oralmente por generaciones y es citada por Marcelino Román. Se dice que había nacido en el distrito Yeso, La Paz, a principios del siglo XX y anduvo con sus rimas improvisadas por Feliciano. Y para adornar el mito se le adjudica dotes de curandera que asistía a los enfermos con pócimas secretas y ayudaba a las parturientas.

“Guarda su pago entrerriano / su fama de payadora; / las costas del Feliciano / guardan su fama de cantora”, le canta Marcelino Román.

No faltaba a las fiestas. Asistía con su guitarra encordada a la zurda, el mástil adornado con cintas que representaban los colores de todas las banderas americanas y, sin hacerse rogar, cantaba improvisadas coplas con sucesos de la zona y, más atrevida, algunas recetas rimadas de su medicina empírica. Siempre se le privilegiaba un lugar en la reunión y ella lo compartía con su belleza personal y su inseparable guitarra. Se dice también que nunca tuvo un amor y esa pena se reflejaba en sus cantares.

La popular y ya desaparecida revista de historietas Intervalo publicó una tira que recreaba escenas de la biografía de Fernández guionada por Ernesto Castany y dibujos de Pereyra que la sitúa en 1830.

 Nuevos aires repentistas

La escasa inserción del género en la actualidad, en particular en las generaciones jóvenes, tal vez se deba a que el mismo no se fue renovando al ritmo de los nuevos tiempos y no porque el formato carezca de atractivo. Esto viene a cuento de un género como el rap y similares, importado de los barrios marginales de Nueva York, con una lógica similar que prendió con intensidad entre nuestra juventud. La versificación improvisada con leguaje barrial tiene un notable parentesco con las payadas y el contrapunto también está presente en las “batallas de gallos” que los raperos improvisan desafiándose. Y hasta podemos hallar hilos conductores entre el rap, que es parte de la cultura hip hop que abreva en la cultura latina y negra, y Gabino Ezeiza de evidentes orígenes africanos.

No todos los intérpretes raperos improvisan pero en sus letras, como en las payadas, no faltan referencias a problemáticas concretas, crítica social y política como dice el conocido Wos: “No para de toser, trabajando doce horas / cobra dos moneda’ al mes, para mantener a cuatro persona’ / Y no hable’ de meritocracia, me da gracia, no me jodas / Que, sin oportunidades, esa mierda no funciona.”


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