9/5/26

Las visitas de Almafuerte a Paraná

 Rubén I. Bourlot


Una extensa avenida, de las más prolongadas de la ciudad, que es la vía de ingreso desde el Este a Paraná lleva el nombre del ilustre poeta que en 1915 visitara la ciudad en medio de eufóricos homenajes. Pedro B. Palacio más conocido por su seudónimo de Almafuerte venía en el marco de una gira que en ese año incluyó a la poética Gualeguaychú. En esa ciudad el autor de los Sonetos medicinales fue recibido por una multitud en el puerto y luego actuó en el histórico Teatro Gualeguaychú.

En Paraná, en los primeros días de mayo, la recepción tuvo también ribetes epopéyicos. Se recibía a un poeta como hoy se suelen recibir a los ídolos deportivos o a algún cantante exitoso. Para esa altura Almafuerte ya había producido gran parte de la obra que lo hizo popular como los reconocidos Piu avanti y Molto piu avanti.

No te des por vencido, ni aun vencido,

no te sientas esclavo, ni aun esclavo;

trémulo de pavor, piénsate bravo,

y arremete feroz, ya mal herido.

Ofelia Sors dice que Almafuerte fue recibido en el puerto por una comisión vecinal que lo acompañó hasta la plaza Alvear donde cerca de 500 personas lo esperaron para luego dirigirse en columna acompañándolo hasta la plaza 1º de Mayo, en cuya esquina de calle Urquiza y Monte Caseros una Comisión Estudiantil había levantado una tribuna para que el poeta se dirigiera al público.

El diario La Provincia relataba, en un amplio despliegue en su primera plana, las actividades del “cantor de la chusma” como solía identificarse. En la edición del 8 de mayo publicaba una nota con los detalles de lo que sería la llegada de Almafuerte ilustrada con una fotografía del poeta. “Mañana será honrado Paraná con la visita de un poeta insigne… que acudiendo a insistentes pedidos de un núcleo de admiradores, viene a deleitarnos con la música sonora de sus versos y las vibraciones rítmicas de sus Evangelios”. 

A la noche se realizó un acto en el teatro 3 de Febrero donde el profesor Maximio S. Victoria, director de la Escuela Normal, lo presentó. Almafuerte, por su parte, pronunció un discurso y recitó algunas de sus poesías, entre otras “Evangélicas, “La sombra de la patria” y “Sonetos medicinales”, que merecieron el aplauso entusiasta del numeroso auditorio. Al otro día visitó algunos establecimientos educacionales. 

Unos meses antes, el 30 de marzo de 1915, el diario El Censor de Paraná había publicado como anticipo de la visita el poema Serenata: 

Nocturno canto do amor

que ondulas en mis pesares,

como en los negros pinares

las notas del ruiseñor.


El poeta de la chusma

Almafuerte había nacido como Pedro Bonifacio Palacios en San Justo (Buenos Aires) en 1854. Fue periodista y poeta. También ejerció la docencia. Era de una familia muy humilde, abandonado por su padre y perdió a su madre. 

Se destacó por su oratoria impetuosa y transgresora que reivindicaba a los sectores humildes, “la chusma de mis amores” les decía, y que le constó duras críticas por parte de la intelectualidad de la época. Se lo acusaba de prosaico y superficial en respuesta al deprecio que expresaba Almafuerte hacia los escritores consagrados por el orden conservador, a los que acusaba de “modernistas decadentes”. Tanto en su obra literaria como en sus escritos periodísticos bregaba por la implantación de una justicia social basada en la moral cristiana, aunque en soledad cuando el país se vanagloriaba de ser el granero del mundo y los que se caían des sistema permanecían invisibles. 


El maestro malogrado

Sin contar con una formación profesional -era un autodidacta en todos los sentidos- se inició en la docencia dictando clases en escuelas perdidas en medio de las pampas bonaerenses donde pocos se atrevían a llevar la cultura letrada: Mercedes, Salto y Trenque Lauquen. Ante una invitación de Domingo Faustino Sarmiento para que se trasladara a ejercer a la ciudad de Buenos Aires se negó alegando que “yo me quedo en el desierto; y cuando se haya poblado, me iré de maestro al Chubut”. Fue su forma de ganarse la vida dignamente. Años después (1896)  separado de la docencia por carecer de título oficial, que solo parece ser una simple excusa para separar a un elemento polémico que no rendía pleitesía a los gobernantes de turno (1). Esa circunstancia lo afectó anímicamente y en su economía. Al año siguiente inició su labor periodística en el diario El Pueblo de La Plata. 

En el nuevo siglo comienza a recoger los frutos de su obra poética. En 1906 publica Lamentaciones que es continuada por una sucesión de publicaciones que se prolongan más allá de su pronta muerte en  1917. Incomprendido en su momento, las generaciones posteriores, en particular el denominado “grupo de Boedo”, lo reconocen como uno de los precursores del vanguardismo (Jorge Luis Borges, Evaristo Carriego, Roberto Arlt, entre otros). Para algunos críticos uno de sus modelos fue Olegario v. Andrade, el gran poeta de La vuelta al hogar, vinculado con Gualeguaychú. No fue casual entonces que en su visita a la ciudad del sur entrerriano “una multitud esperaba en el puerto la entrada del vapor Golondrina –cuenta una crónica- que transportaba al señor Pedro Bonifacio Palacios, conocido por su seudónimo Almafuerte. La banda de música del regimiento 10 saludó con diferentes acordes la feliz llegada del distinguido viajero.”

Tras su muerte, en Paraná por una ordenanza del 7 de diciembre de 1917 se nombra Avenida Almafuerte al “camino a los corrales”.


(1) Laura Graciela Rodríguez dice al respecto que “en la Ley de Educación (1420) estaba previsto que los ayudantes o cualquier aspirante que no pudiese cursar en la Escuela Normal, adquiriese el título de maestro previa aprobación de un examen ante las autoridades del Consejo General de Educación. El control sobre las personas que ejercían sin título se hizo cada vez más estricto y hubo casos resonantes, como el del poeta y escritor Pedro B. Palacios, más conocido como “Almafuerte”, a quien las autoridades dejaron cesante después de haber trabajado como maestro durante 20 años.” (Maestro, inspector e intelectual: la biografía de Juan Francisco Jáuregui (1870-1960), en Intelectuales de la educación y el Estado: maestros, médicos y arquitectos, compilado por Flavia Fiorucci y Laura Graciela Rodríguez. – Bernal, Universidad Nacional de Quilmes, 2018)


Sucesos, un diario con opinión propia

Rubén I. Bourlot

El 7 de junio de 1979 nacía en Concepción del Uruguay un nuevo diario: Sucesos. La ciudad que supo tener un considerable número de periódicos en ese momento contaba con uno solo. No eran tiempos de internet y radios de frecuencia modulada. La gente se informaba por el diario local o por la emisora de AM LT 11.

La aparición de Sucesos, aunque de existencia efímera, nació con la intención de ofrecer una alternativa al hasta entonces único medio gráfico de la ciudad, el diario La Calle. Se presentaba como un medio innovador en su formato, la presentación de las noticias que en un 90 % eran de producción local, a diferencia de la competencia que solía llenar páginas con cables de agencias y gacetillas oficiales. El sistema de impresión offset también aportaba ventajas sobre la tipográfica particularmente en la reproducción de fotografías. Si bien su factura era muy artesanal, el resultado era atractivo para el lector. A esto se sumaba una muy activa producción periodística con cobertura de hechos locales, entrevistas y artículos de fondo.

La iniciativa venía precedida de varias experiencias periodísticas impulsadas por Rafael Almeyra. Desde 1974 venía publicando el periódico Información Agraria que circulaba en las zonas rurales de los departamentos Uruguay y Colón.  También había explorado otros títulos con La Costera dedicada a los espectáculos de jineteadas, La Gráfica Zonal especializada en el fútbol departamental y Sucesos que comenzó con un mensuario inspirado de la revistas de interés general como Siete Días y Gente. A fines de 1978 se transformó en un semanario con vocación de diario. Esta experiencia sirvió para formar los cuadros de profesionales y ensayar la dinámica que requería el nuevo formato. El objetivo era salir a la calle el 7 de junio Día del Periodista.

Opinión propia

El lema del medio era “con opinión propia”, todo un desafío en tiempos que el gobierno de facto mantenía una férrea vigilancia sobre el pensamiento. La línea editorial estableció como un objetivo central la defensa del rectorado de la Universidad Nacional de Entre Ríos. La UNER, creada en 1973, tenía su sede en Concepción del Uruguay pero sin ninguna facultad de la casa de estudios por lo que varias ciudades de la provincia aspiraban llevarse el rectorado: Paraná y Concordia, al menos.

El equipo de la publicación encabezado por el director Rafael Almeyra estaba integrado por Aníbal Gallay como jefe de redacción, Liliana Poggio, quién suscribe, en deportes Mario Lovisa y Martín González, Miguel Speroni en el diseño y diagramación, Rubén Juárez Bitz colaborador en el diseño y a cargo de la tira humorística, Mónica Amoz, entre varios más que escapan a la memoria.

Los primeros números se imprimían en Gualeguaychú lo que implicaba llevar los originales a la medianoche para que los ejemplares estén en la calle en las primeras horas del día. Luego adquirieron el propio equipo.

El diario se publicaba de lunes a sábado y el domingo salía un semanario literario, Sucesos dominical, que dirigía el poeta Jorge Enrique Martí.

Un pato rebelde

Entre las novedades incorporadas estuvo la tira humorística El Pato Sirirí que se publicaba al pie de la tapa con guion de Aníbal Gallay y dibujos de Bitz.
Este personaje fue protagonista de un insólito contrapunto con el gobierno de la provincia. Por esa época el logo turístico era también un pato sirirí por lo que las autoridades de facto cursaron un reclamo por “derechos de autor” que originó las respuesta de Sirirí es su propia tira deslindado toda similitud con el pato oficialista. La cuestión no pasó a mayores.

Final

Pero poderoso caballero, don dinero mandaba. A finales de 1979 el diario debatía su continuidad ante la falta de apoyo económico.

Y en esos últimos días del oscuro 1979, con las urnas bien guardadas, por la redacción comenzó a correr el rumor de que un diario de Paraná había hecho una oferta para adquirirlo.

En la capital provincial en esa época también circulaba un solo diario con aspiraciones hegemónicas. Se trataba de El Diario, por esos tiempos “de los Etchevehere”, que estaba en un proceso de expansión mediante la adquisición de diarios locales para posicionarse a nivel provincial. Ya se había quedado con el paranaense La Acción que fue trasladado a Nogoyá en 1978, El Debate-Pregón de Gualeguay, el Crisol de Victoria, y por corrillos circulaba la versión de la compra de varios periódicos locales que luego cerraban. En 1980 el grupo Etchevehere fundó el diario Concordia en la ciudad homónima.

El hecho fue que el rumor de la compra de Sucesos resultaba creíble y que no se concretó ante la negativa del director y titular de la sociedad editora Rafael Almeyra de dejar en manos de un grupo de Paraná el diario que había sido algo así como la coronación de su proyecto periodístico iniciado en 1974 con Información Agraria.

En marzo de 1980 Sucesos dejó de aparecer.

 

Imágenes

Portada del primer número de Sucesos

La cobertura de la visita de Palito Ortega

Una tira del Pato Sirirí

Parte del equipo de Sucesos


6/5/26

El tercer Carriego: “Carrieguito”

El 7 de mayo de 1883 nacía en Paraná Evaristo Carriego, “Carrieguito”. Su bisabuelo fue el coronel Evaristo Carriego, que actuó en Entre Ríos de 1820 a 1836, y su abuelo, también Evaristo Carriego, el periodista y abogado. El poeta, desde niño,  se radicó en Buenos  Aires adentrando con  sus poesías en el dolor de la tragedia del suburbio porteño. Publicó su primer libro de poemas, Misas herejes, en 1908. Luego vienen El alma del suburbio y La canción del barrio, todos ellos publicados póstumamente. 

Borges lo conoció personalmente porque era amigo de su padre y frecuentemente lo visitaba en su casa, y dijo haber descubierto la poesía de sus labios durante los extensos recitados que Carriego hacía de poemas de Almafuerte. 

Murió el 13 de octubre de 1912 en Buenos Aires, a causa de una peritonitis.

Compartimos fragmentos del ensayo sobre Carrieguito de Jorge Luis Borges publicado en 1930.


UNA VIDA DE EVARISTO CARRIEGO 

Por Jorge Luis Borges


Que un individuo quiera despertar en otro individuo recuerdos que no pertenecieron más que a un tercero, es una paradoja evidente. Ejecutar con despreocupación esa paradoja, es la inocente voluntad de toda biografía. Creo también que el haberlo conocido a Carriego no rectifica en este caso particular la dificultad del propósito. Poseo recuerdos de Carriego: recuerdos de recuerdos de otros recuerdos, cuyas mínimas desviaciones originales habrán oscura-mente crecido, en cada nuevo ensayo. Conservan, lo sé, el idiosincrásico sabor que llamo Carriego y que nos permite identificar un rostro en una muchedumbre. Es innegable, pero ese liviano archivo mnemónico —intención de la voz, costumbres de su andar y de su quietud, empleo de los ojos— es, por escrito, la menos comunicable de mis noticias acerca de él. Únicamente la trasmite la palabra Carriego, que demanda la mutua posesión de la propia imagen que deseo comunicar. Hay otra paradoja. Escribí que a las relaciones de Evaristo Carriego les basta la mención de su nombre para imaginárselo; añado que toda descripción puede satisfacerlos, sólo con no desmentir crasamente la ya formada representación que prevén. Repito esta de Giusti, en el número 219 de Nosotros: magro poeta de ojitos hurgadores, siempre trajeado de negro, que vivía en el arrabal. La indicación de muerte, presente en lo de trajeado siempre de negro y en el adjetivo, no faltaba en el vivacísimo rostro, que traslucía sin mayor divergencia las líneas de la calavera interior. La vida, la más urgente vida, estaba en los ojos. También los recordó con justicia el discurso fúnebre de Marcelo del Mazo. Esa acentuación única de sus ojos, con tan poca luz y tan riquísimo gesto, escribió. 

Carriego era entrerriano, de Paraná. Fue abuelo suyo el doctor Evaristo Carriego, escritor de ese libro de papel moreno y tapas tiesas que se llama con entera razón Páginas olvidadas (Santa Fe, 1895) y que mi lector, si tiene costumbre de revolver los turbios purgatorios de libros viejos de la calle Lavalle, habrá tenido en las manos alguna vez. Tenido y dejado, porque la pasión escrita en ese libro es circunstancial. Se trata de una suma de páginas partidarias de urgencia, en que todo es requisado para la acción, desde los latines caseros hasta Macaulay o el Plutarco según Garnier. Su valentía es de alma: cuando la legislatura del Paraná resolvió levantarle a Urquiza una estatua en vida, el único diputado que protestó fue el doctor Carriego, en oración hermosa aunque inútil. Carriego el antecesor es memorable aquí, no sólo por su posible herencia polémica sino por la tradición literaria de que se valdría el nieto después para borronear esas primeras cosas endebles que son la condición de las válidas. 

Carriego era, dé generaciones atrás, entrerriano. La entonación entrerriana del criollismo, afín a la oriental, reúne lo decorativo y lo despiadado igual que los tigres. Es batalladora, su símbolo es la lanza montonera de las patriadas. Es dulce: una dulzura bochornosa y mortal, una dulzura sin pudor, tipifica las más belicosas páginas de Leguizamón, de Elías Regules y de Silva Valdés. Es grave: la República Oriental, donde la entonación a que me refiero es más evidente, no ha escrito un solo buen humor, una sola dicha, desde los mil cuatrocientos epigramas hispanocoloniales propuestos por Acuña de Figueroa. Puesta a versificar, vacila entre la acuarela y el crimen; su tema no es la aceptación de destino del Martín Fierro, sino las calenturas de la caña o de la divisa, bien endulzadas. Está colaborando en ese sentir una efusión que no comprendemos, el árbol; una impiedad que no encarnamos, el indio. Su gravedad parece derivar de un más sobresaltado rigor: Sombra, porteño, conoció los derechos rumbos de la llanura, el arreo de las haciendas y un duelo ocasional a cuchillo; oriental, habría conocido también la carga de caballería de las patriadas, el duro arreo de hombres, el contrabando... Carriego sabía por tradición ese criollismo romántico y lo misturó con el criollismo resentido de los suburbios. 

A las razones evidentes de su criollismo —linaje provinciano y vivir en las orillas de Buenos Aires— debemos agregar una razón paradójica: la de su alguna sangre italiana, articulada en el apellido materno Giorello. Escribo sin malicia; el criollismo del íntegramente criollo es una fatalidad, el del mestizado una decisión, una conducta preferida y re-suelta. La veneración de lo étnico inglés que se lee en el inspired Eurasian journalist Kipling ¿no es una prueba más (si la fisonómica no bastara) de su tiznada sangre? 

Carriego solía vanagloriarse.  A los gringos no me basta con aborrecerlos; yo los calumnio, pero el desenfreno alegre de esa declaración prueba su no verdad. El criollo, con la seguridad de su ascetismo y del que está en su casa, lo considera al gringo un menor. Su misma felicidad le hace gracia, su apoteosis espesa. Es de común observación que el italiano lo puede todo en esta república, salvo ser tomado realmente en serio por los desalojados por él. Esa benevolencia con fondo completo de sorna, es el desquite reservado de los hijos del país. 

Los españoles eran otra preferencia de su aversión. La acepción callejera del español —el fanático que ha reemplazado el auto de fe con el Diccionario de Galicismos, el mucamo en la selva de plumeros— era también la suya. Huelga añadir que esta previsión o prejuicio no le estorbó algunas amistades hispanas, como la del doctor Severiano Lo-rente, que parecía llevar consigo el tiempo ocioso y generoso de España (el ancho tiempo musulmán que engendró el Libro de las Mil y Una Noches) y que se demoraba hasta el alba, en el Royal Keller, ante su medio litro. 

Carriego creía tener una obligación con su barrio pobre: obligación que el estilo bellaco de la fecha traducía en rencor, pero que él sentiría como una fuerza. Ser pobre implica una más inmediata posesión de la realidad, un atropellar el primer gusto áspero de las cosas: conocimiento que parece faltar a los ricos, como si todo les llegara filtrado. Tan adeudado se creyó Evaristo Carriego a su ambiente, que en dos distintas ocasiones de su obra se disculpa de escribir-le versos a una mujer, como si la consideración del pobrerío amargo de la vecindad fuera el único empleo lícito de su destino. 

Los hechos de su vida, con ser infinitos e incalculables, son de fácil aparente dicción y los enumera servicialmente Gabriel en su libro del novecientos veintiuno. Se nos confía en él que nuestro Evaristo Carriego nació en 1883, el 7 de mayo, y que rindió el tercer año del nacional y que frecuentaba la redacción del diario La Protesta y que falleció el día 13 de octubre del novecientos doce, y otras puntuales e invisibles noticias que encargan despreocupadamente a quien las recibe el salteado trabajo del narrador, que es restituir a imágenes los informes. Yo pienso que la sucesión cronológica es inaplicable a Carriego, hombre de conversada vida y paseada. Enumerarlo, seguir el orden de sus días, me parece imposible; mejor buscar su eternidad, sus repeticiones. Sólo una descripción intemporal, morosa con amor, puede devolvérnoslo. 

Literariamente, sus juicios de condenación y de elogio ignoraban la duda. Era muy alacrán: maldecía de los más justificados nombres famosos con esa evidente sinrazón que suele no ser más que una cortesía al propio cenáculo, una lealtad de creer que la reunión presente es perfecta y no podría ser mejorada por la adición de nadie. La revelación de la capacidad estética de la palabra se operó en él, como en casi todos los argentinos, mediante los desconsuelos y los éxtasis de Almafuerte: afición que la amistad personal corroboró después. El Quijote era su más frecuente lectura. Con Martín Fierro debe haber ejercido el proceder común de su tiempo: unas apasionadas lecturas clandestinas cuando muchacho, un gusto sin dictamen. Era aficionado también a las calumniadas biografías de guapos que hizo Eduardo Gutiérrez, desde la semirromántica de Moreira hasta la desengañadamente realista de Hormiga Negra, el de San Nicolás (¡del Arroyo y no me arrollo!). Francia, país entonces de recomendado entusiasmo, había subdelegado para él su representación en Georges D'Esparbés, en alguna novela de Víctor Hugo y en las de Dumas. También solía publicar en su conversación esas preferencias guerreras. La muerte erótica del caudillo Ramírez, desmontado a lanzazos del caballo y decapitado por defender a su Delfina, y la de Juan Moreira, que pasó de los ardientes juegos del lupanar a las bayonetas policiales y los balazos, eran muy contadas por él. No descuidaba la crónica de su tiempo: las puñaladas de bailecito y de esquina, los relatos de hierro que dejan recaer su valor en quien está contándolos. Su conversación —escribía Giusti después— evocaba los patios de vecindad, los quejumbrosos organillos, los bailes, los velorios, los guapos, los tugares de perdición, su carne de presidio y de hospital. Hombres del Centro, le escuchábamos encariñados, como si nos contase fábulas de un lejano país. Él se sabía delicado y mortal, pero leguas rosadas de Palermo estaban respaldándolo. 

Escribía poco, lo que significa que sus borradores eran orales. En la caminada noche callejera, en la plataforma de los Lacroze, en las tardías vueltas a casa, iba tramando versos. Al otro día —por lo común después de almorzar, hora veteada de indolencia pero sin apurones— los precisaba en el papel. Ni fatigó la noche ni se atrevió jamás a la ceremonia desconsolada de madrugar para escribir. Antes de entregar un original, ponía a prueba su inmediata eficacia, leyéndolo e repitiéndolo a los amigos. De éstos, uno que se menciona invariablemente es Carlos de Soussens. 

La noche que Soussens me descubrió, era una de las fechas acostumbradas en la conversación de Carriego. Éste lo quería y lo malquería por razones iguales. Le gustaba su condición de francés, de hombre asimilado a los prestigios de Dumas padre, de Verlaine y de Napoleón; le molestaba su condición anexa de gringo, de hombre sin muertos en América. Además, el oscilante Soussens era más bien un francés aproximativo: era, como él circunloqueaba y repitió Carriego en un verso, caballero de Friburgo, francés que no alcanzaba a francés y no salía de suizo. Le gustaba, en abstracto, su condición libérrima de bohemio; le molestaba —hasta la reflexión pedagógica y la censura— su complicada haraganería, su alcoholización, su rutina de postergaciones y de enredos. Esa aversión dice que el Evaristo Carriego de la honesta tradición criolla era el esencial y no el trasnochador de Los inmortales. 

Pero el amigo más real de Carriego fue Marcelo del Mazo, que sentía por él esa casi perpleja admiración que el instintivo suele producir en el hombre de letras. Del Mazo, escritor olvidado con injusticia, ejercía en el arte la misma cortesía exacerbada que en el trato común, y las piedades o las delicadezas del mal eran su argumento. Publicó en 1910 Los vencidos (segunda serie), libro ignorado que reserva unas páginas virtualmente famosas, como la diatriba contra las personas de edad —menos entigrecida pero mejor Observada que la de Swift (Travels into Several Remote Nations, III, 10) — y la que se llama La última. Otros escritores de la amistad de Carriego fueron Jorge Borges, Gustavo Caraballo, Félix Lima, Juan Más y Pi, Alvaro Melián Lafinur, Evar Méndez, Antonio Monteavaro, Florencio Sánchez, Emilio Suárez Calimano, Soiza Reilly. 

Declaro ahora sus amistades de barrio, en las que fue riquísimo. La más operativa fue la del caudillo Paredes, entonces el patrón de Palermo. Esa amistad la buscó Evaristo Carriego a los catorce años. Tenía la lealtad disponible, inquirió el nombre del caudillo de la parroquia, le noticiaron quién, lo buscó, se abrió camino entre los fornidos pretoria-nos de chambergo alto, le dijo que él era Evaristo Carriego, de Honduras. Esto sucedió en el mercado que está en la plaza Güemes; el muchacho no se movió hasta el alba de ahí, codeándose con guapos, tuteando —la ginebra es confianzuda— asesinos. Porque la votación se dirimía entonces a hachazos, y las puntas norte y sur de la capital producían, en razón directa de su población criolla y de su miseria, el elemento electoral que los despachaba. Ese elemento operaba en la provincia también: los caudillos de barrio iban donde los precisaba el partido y llevaban sus hombres. Ojo y acero —ajados nacionales de papel y profundos revólveres— depositaban su voto independiente. La aplicación de la ley Sáenz Peña, el novecientos doce, desbandó esas milicias. No le hace; la desvelada noche que referí  es de 1897 recién, y manda Paredes. Paredes es el criollo rumboso, en entera posesión de su realidad: el pecho dilatado de hombría, la presencia mandona, la melena negra insolente, el bigote flameado, la grave voz usual que deliberadamente se afemina y se arrastra en la provocación, el sentencioso andar, el manejo de la posible anécdota heroica, del dicharacho, del naipe habilidoso, del cuchillo y de la guitarra, la seguridad infinita. Es hombre de a caballo también, porque se ha criado en un Palermo anterior a este del carreraje, en el de la distancia y las quintas. Es el varón de los asados homéricos y del contrapunto incansable. Del contrapunto dije; a los treinta años de esa cargada noche me dedicaría unas décimas, de las que no olvidaré este acierto impensado, esta resolución de amistad: A usté, compañero Borges, lo saludo enteramente. Es visteador de ley, pero malevo que ha querido faltarle ha sido sujeta-do, no con el fierro igual, sino con el rebenque mandón o con la mano abierta, para mantener disciplina. Los amigos, lo mismo que los muertos y las ciudades, colaboran en cada hombre, y hay renglón de El alma del suburbio: pues ya urna vez lo hizo caer de un hachazo, en que parece retumbar la voz de Paredes, ese trueno cansado y fastidiado de las imprecaciones criollas. Por Nicolás Paredes conoció Evaristo Carriego la gente cuchillera de la sección, la flor de Dios te libre. Mantuvo por un tiempo con ellos una despareja amistad, una amistad profesionalmente criolla con efusiones de almacén y juramentos leales de gaucho y vos me conoces che hermano y las otras morondangas del género. Ceniza de esa frecuentación son las algunas décimas en lunfardo que Carriego se desentendió de firmar y de las que he juntado dos series: una agradeciéndole a Félix Lima el envío de su libro de crónicas Con los nueve; otra, cuyo nombre parece una irrisión de Dies irae, llamada Día de bronca y publicada sobre el seudónimo El Barretero en la revista policial L. C. En el suplemento de este segundo capítulo copio algunas. 

No se le conocieron hechos de amor. Sus hermanos tienen el recuerdo de una mujer de luto que solía esperar en la vereda y que mandaba cualquier chico a buscarlo. Lo embromaban: nunca le sonsacaron su nombre. 

Arribo a la cuestión de su enfermedad, que pienso importantísima. Es creencia general que la tuberculosis lo ardió: opinión desmentida por su familia, aconsejada tal vez por dos supersticiones, la de que es denigrativo ese mal, la de que se hereda. Salvo sus deudos, todos aseveran que murió tísico. Tres consideraciones vindican esa general opinión de sus amistades: la inspirada movilidad y vitalidad de la conversación de Carriego, favor posible de un estado febril; la figura, insistida con obsesión, de la escupida roja; la solicitud urgente de aplauso. Él se sabía dedicado a la muerte y sin otra posible inmortalidad que la de sus palabras escritas; por eso, la impaciencia de gloria. Imponía sus versos en el café, ladeaba la conversación a temas vecinos de los versificados por él, denigraba con elogios indiferentes o con reprobaciones totales a los colegas de aptitud peligrosa; decía, como quien se distrae, mi talento. Además, había preparado o se había agenciado un sofisma, que vaticinaba que la entera poesía contemporánea iba a perecer por retórica, salvo la suya, que podía subsistir como documento —como si la afición retórica no fuera documental de un siglo, también. Tenía sobrada razón —escribe del Mazo— al requerir personalmente la atención general hacia su obra. Comprendía que la consagración lentísima alcanza en vida a contados ancianos, y subiendo que no produciría en amontonamiento de libros, abría el espíritu ambiente a la belleza y gravedad de sus versos. Ese proceder no significaba una vanidad: era la parte mecánica de la gloria, era una obligación del mismo orden que la de corregir las pruebas. La premonición de la incesante muerte la urgía. Codiciaba Carriego el futuro tiempo generoso de los de-más, el afecto de ausentes. Por esa abstracta conversación con las almas, llegó a desentenderse del amor y de la desprevenida amistad, y se redujo a ser su propia publicidad y su apóstol. 

Puedo intercalar una historia. Una mujer ensangrentada, italiana, que huía de los golpes de su marido, irrumpió una tarde en el patio de los Carriego. Éste salió indignado a la calle y dijo las cuatro duras palabras que había que decir. El marido (un cantinero vecino) las toleró sin contestación, pero guardó rencor. Carriego, sabiendo que la fama es artículo de primera necesidad, aunque vergonzante, publicó un suelto de vistosa reprobación en Ultima Hora sobre la brutalidad de ese gringo. Su resultado fue inmediato: el hombre, vindicada públicamente su condición de bruto, depuso entre ajenas chacotas halagadoras el malhumor; la golpeada anduvo sonriente unos días; la calle Honduras se sintió más real cuando se leyó impresa. Quien así podía traslucir en los otros esa apetencia clandestina de fama, adolecía de ella también. , 

La perduración en el recuerdo de los demás lo tiranizaba. Cuando alguna definitiva pluma de acero resolvió que Almafuerte, Lugones y Enrique Banchs integraban ya el triunvirato —¿o sería el tricornio o el trimestre?— de la poesía argentina, Carriego proponía en los cafés la deposición de Lugones, para que no tuviera que molestar su propia inclusión ese arreglo ternario. 

Las variantes raleaban: sus días eran un solo día. Hasta su muerte vivió en el 84 de Honduras, hoy 3784. Era infaltable los domingos en casa nuestra, de vuelta del hipódromo. Repensando las frecuencias de su vivir —los desabridos despertares caseros, el gusto de travesear con los chicos, la copa grande de guindado oriental o caña de naranja en el vecino almacén de Charcas y Malabia, las tenidas en el bar de Venezuela y Perú, la discutidora amistad, las italianas comidas porteñas en la Cortada, la conmemoración de versos de Gutiérrez Nájera y de Almafuerte, la asistencia viril a la casa de zaguán rosado como una niña, el cortar un gajito de madreselva al orillar una tapia, el hábito y el amor de la noche— veo un sentido de inclusión y de círculo en su misma trivialidad. Son actos comunísticos, pero el sentido fundamental de común es el de compartido entre todos. Esas frecuencias que enuncié de Carriego, yo sé que nos lo acercan; Lo repiten infinitamente en nosotros, como si Carriego perdurara disperso en nuestros destinos, como si cada uno de nosotros fuera por unos segundos Carriego. Creo que literalmente así es, y que esas momentáneas identidades (¡no repeticiones!) que aniquilan el supuesto correr del tiempo, prueban la eternidad. 

Inferir de un libro las inclinaciones de su escritor parece operación muy fácil, máxime si olvidamos que éste no redacta siempre lo que prefiere, sino lo de menor empeño y lo que se figura esperan de él. Esas borrosas imágenes suficientes de campo de a caballo, que son el fondo de toda conciencia argentina, no podían faltar en Carriego. En ellas hubiera querido vivir. Otras incidentales (de azar domiciliario al principio, de ensayo aventurero después, de cariño al fin) eran, sin embargo, las que defenderían su memoria: el patio que es ocasión de serenidad, rosa para los días, el fuego humilde de San Juan, revolcándose como un perro en mitad de la calle, la estaca de la carbonería, su bloque de apretada tiniebla, sus muchos leños, la mampara de fierro del conventillo, los hombres de la esquina rosada. Ellas lo confiesan y aluden. Yo espero que Carriego lo entendió así alegre y resignadamente, en una de sus callejeras noches finales; yo imagino que el hombre es poroso para la muerte y que su inmediación lo suele vetear de hastíos y de luz, de vigilancias milagrosas y previsiones. 


General Francia, testigo y protagonista de una etapa bisagra en la institucionalización del país

Rubén I. Bourlot

El 8 de mayo de 1887 fallecía en Montevideo el general José María Francia de dilatada actuación en Entre Ríos. Había nacido también en la costa oriental del Uruguay, Santo Domingo Soriano, en 1818. Era considerado como un militar de competencia técnica y experto conductor de tropas, pudiendo ser estimado como uno de los créditos militares de Urquiza.

La actuación de José María Francia recorre un periodo clave de la historia de Entre Ríos. Fue testigo y protagonista a la vez de una etapa bisagra en la institucionalización del país con sus avances y conflictos. Recorrer su biografía es una excusa para conocer un poco más la complejidad de un proceso histórico con protagonistas relevantes que opacaron su presencia.

Desde joven se incorporó a las milicias entrerrianas con el grado de subteniente durante las gobernaciones de Pascual Echagüe (1832-1841) el que vino a aplacar las aguas de la anarquía entrerriana. Tuvo actuación destacada en las batallas de Pago Largo (1839), Cagancha (1839), Caá Guazú (1841), India Muerta (1845) sobresaliendo siempre por su valor. Acompañó a Urquiza en su campaña de 1842 y participó en la batalla clave de Arroyo Grande (1842), a cargo la artillería junto a Juan Bautista Thorne. En Paraná se casó con Ramona Puig, hermana de la esposa de Ricardo López Jordán (hijo), Dolores Puig.

Herido en Vences

Ante el fracaso de lo dispuesto en los tratados de Alcaraz, firmados por los gobiernos de Entre Ríos y Corrientes en 1846, el 20 de octubre de 1847 el gobernador entrerriano Justo José de Urquiza resolvió atacar nuevamente a Corrientes. Partió desde su campamento de Calá al frente de 6.000 hombres, en tanto el Ejército de Corrientes, al mando del gobernador Joaquín Madariaga,  contaba con 4.100 jinetes.

Una crónica especializada relata que el enfrentamiento se produjo en el sitio denominado potrero o rincón de Vences, situado poco más de 80 kilómetros de la ciudad de Corrientes, una elevación de forma aproximadamente circular de un diámetro no mayor de 800 metros, rodeada de bañados y malezas salvo en un estrecho espacio al Este de la misma (entrada del potrero). Madariaga hizo abrir una zanja en la mayor parte del perímetro y pozos de lobo en los lugares de más fácil acceso. El ataque federal contra el ejército correntino situado dentro del potrero se realizó simultáneamente contra el frente y a ambos flancos. La acción frontal  estuvo a cargo de dos batallones de infantería, un escuadrón y dos cañones, contra las posiciones fortificadas de los correntinos, a órdenes del comandante Francia. Las fuerzas correntinas fueron derrotadas de modo contundente pero Francia resultó gravemente herido.

Un suelto publicado por el periódico La Regeneración en 1850 da cuenta del reconocimiento a los muertos y heridos del ejército de la Confederación en la batalla de Potrero de Vences donde figura el teniente coronel José María Francia del batallón Entrerriano “herido gravemente de metralla”.

En Buenos Aires fue asistido y operado con intervención del doctor Ángel M. Donado pero las cicatrices de su cara no pudieron disimularse por lo que desde entonces las ocultó con una espesa barba.

Durante la presidencia de Urquiza fue comandante general interino de Entre Ríos, y ascendido a general en julio de 1858. El presidente Santiago Derqui lo nombró inspector general del ejército de la Confederación y más tarde, en diciembre de 1860, ministro de guerra y marina.

Asistió a las batallas de Caseros (1852) donde integró el batallón Urquiza, Cepeda (1859), como jefe de estado mayor y de la artillería, y Pavón (1861) como jefe de estado mayor. Tras la confusa derrota en esta última batalla Urquiza lo culpó por haber elegido un campo de batalla en que la caballería no podía maniobrar; pero fue justamente la caballería federal la vencedora al mando de Ricardo López Jordán. En A finales de ese mismo año, el gobernador Urquiza lo nombró comandante militar de Paraná.

Regreso con gloria

En 1859, tras el triunfo de Cepeda contra las fuerzas separatistas de Buenos Aires el ejército hizo su entrada triunfal en la capital de la Confederación con el saludo de repiques de campanas y el pueblo entusiasta que lanzado a las calles para aplaudir a los soldados y a sus jefes en un ambiente de indescriptible entusiasmo. Según la crónica periodística, el pueblo ocupaba todo el trayecto de "La Batería" (hoy Parque Urquiza), la Alameda hasta la plaza 1º de Mayo, ubicándose el vecindario en aceras, balcones y azoteas. Los soldados desfilaron bajo arcos triunfales construidos por los propios vecinos en cada bocacalle y entre una lluvia y alfombra de flores arrojadas a su paso por señoras y niñas. El espectáculo se amenizaba con la novedosa ascensión de globos de colores. La recepción más entusiasta y tocante se tributó al batallón "Fidelidad", acaso porque la mayoría de sus soldados, comandados por el general Francia, eran de Paraná.

En 1863 obtuvo la baja del ejército y se retiró a su estancia, y años más tarde se mudó a Montevideo. En 1883, fue reincorporado al Ejército Argentino como general de división, pero solamente para el cobro de jubilaciones.

El anciano general, en 1885, repasa con sentido crítico los hechos del Pronunciamiento en una carta a Antonino Reyes que había sido edecán de Rosas: “Usted va a juzgar del estado de ánimo de nuestro espíritu el día de la proclamación del bando y fijación de éste en las calles del Paraná, por el siguiente hecho histórico e imponente de que fui testigo: Yo era el Jefe de las armas, y la orden se dio para la formación de todas las tropas que allí se hallaban en un número de 2.500 hombres. La columna se puso en marcha y no se oía más que la voz del pregón comunicando al pueblo la separación de la provincia de Entre Ríos y supresión de la encomienda al gobernador de Buenos Aires en las relaciones exteriores. En la tropa se oía el mismo silencio durante la marcha. De repente una sola y única voz (el Dr. Evaristo Carriego) gritó: ¡Muera el tirano Juan Manuel de Rosas! La columna hizo un raro movimiento como es echar un paso atrás, toda ella, y nadie contestó”.  

Después de una cruel enfermedad, atribuida a la herida sufrida en Vences, falleció en Montevideo en 1887.


5/5/26

Juan María Gutiérrez, constituyente de 1853

Juan María Gutiérrez, el futuro constituyente, nació en Buenos Aires el 6 de mayo de en 1809, donde realiza estudios superiores de matemáticas, para finalmente graduarse como Licenciado en Jurisprudencia en 1834.

Tenía una marcada vocación literaria y junto a sus más íntimos amigos, Alberdi y Echeverría, y otros como Marcos Sastre y Thompson, fundan en 1837 el Salón Literario, y más tarde integra las asociaciones Joven Argentina y luego, Asociación de Mayo, alrededor de las cuales se aglutinaban esos jóvenes talentosos, visionarios y conciliadores de las posiciones extremas que habían dañado tanto la organización nacional, y que formaron lo que se llamó la Generación del 1837 (además de los nombrados, Félix Frías, Vicente Fidel López, Bartolomé Mitre, Carlos Tejedor, Miguel Cané, Carlos Lamarca, José Mármol, José Barros Pazos y José Rivera Indarte).

Ante el disgusto de Rosas y sus posible persecuciones, emigra como casi todos ellos hacia países hermanos, instalándose en Montevideo y ejerciendo el periodismo, para finalmente marcharse con Alberdi para recorrer diversos países europeos y varios sudamericanos, instalándose definitivamente en Valparaíso, donde se dedica al periodismo y la docencia, y publica “América Poética”, considerada la primera antología americana.

Regresa al país con motivo del triunfo de Urquiza en Caseros, es Ministro de Vicente López y Planes, y tiene destacada actuación en el Acuerdo de San Nicolás, para luego instalarse en Santa Fe al ser elegido constituyente por la provincia de Entre Ríos.

En el Congreso Constituyente tuvo la brillante actuación como miembro de la Comisión

Redactora e informante del despacho, como ya lo hemos destacado supra. Concluido el Congreso, Gutiérrez va a Paraná donde el Presidente Urquiza lo designa Ministro de Relaciones de la Confederación. Luego fue sucesivamente, Diputado Nacional y Rector de la Universidad de Buenos Aires por nombramiento de Mitre, desarrollando –según López Rosas- una vasta obra cultural, colaborando en las más prestigiosas revistas y siendo autor de varios libros, en los que supo plasmar su marcada vocación por la literatura, en la que se destaca de tal manera, que Menéndez Pelayo (1856-1912) llegó a expresar: “Gutiérrez fue el hombre más completo de letras que hasta ahora haya producido aquella parte del nuevo continente”. Falleció en 1878.

 

La labor constituyente

En la Comisión de Negocios Constitucionales, tiene a su cargo la redacción de la parte dogmática del Proyecto de Constitución.

Gutiérrez llevó al Congreso la voz cantante de Alberdi, su íntimo amigo, difundiendo sus “Bases” entre los constituyentes.

En carta que le envía a Vicente Fidel López el 20 de octubre de 1852, Gutiérrez a la vez que criticaba a ácidamente a Alsina, Mitre y Piran, le confesaba su profundo y fundado optimismo en la sanción de la Constitución, diciéndole: “La Constitución se dará y buena. Todos los congresales son personas que Ud. estimaría tratándolas, llenas de buen sentido, de tolerancia y de modestia discreta”

Es el mismo Gutiérrez con su formación literaria y jurídico-política, quien tiene una decisiva participación en la redacción del Informe de la Comisión del Congreso, y más aún, como lo señala Antonio Sagarna, no fue ni Salvador María del Carril ni Juan Francisco Seguí quien elaboró el mensaje inaugural del Gral. Urquiza al Congreso, sino Juan María Gutiérrez, según lo prueban los borradores encontrados entre sus papeles y archivo y biblioteca hoy incorporados a la Biblioteca del Congreso Nacional

Entre tantas otras, podemos señalar como una de sus brillantes intervenciones, cuando en la sesión del 20 de abril, respondiendo al extenso discurso de Zuviría por el que sostenía la inoportunidad de sancionar el proyecto de Constitución, Gutiérrez le contesta señalando los fines preambulares, que “si la Constitución que sienta estos principios, si el Congreso encargado de dictarlos, si la autoridad creada por él para sostenerlos, no pueden dar a la República las ventajas de que carece; ni sacarla del estado en que la pinta el Diputado por Salta, ¿Qué otra cosa podrá volverle al goce de sus derechos, el orden constitucional y la paz que carece? (…).

 

Extractado de Haro, Ricardo: “Abogados destacados en el Congreso de 1853: Gorostiaga, Gutiérrez y Del Campillo”. Academia Nacional de Derecho y Ciencias Sociales de Córdoba (República Argentina) en http://www.acader.unc.edu.ar

4/5/26

La luctuosa recepción de un gobernante de facto

 Rubén I. Bourlot

El primero de mayo de 1956 no fue un día feriado más. No fue para Entre Ríos el día de los trabajadores y de la sanción de la Constitución Nacional. Por el contrario fue una jornada luctuosa protagonizada por el paseo triunfal, por las ciudades de Concepción del Uruguay y Paraná, del presidente de facto que representaba la violación de la Constitución y el avance para destruir las merecidas conquistas de los trabajadores. 

Hacía pocos meses que el presidente constitucional Juan Domingo Perón había sido destituido tras sangrientas jornadas y abolida por una “proclama” militar la constitución de 1853 reformada en 1949. Tras el golpe se sucedieron dos “presidentes provisionales”: Eduardo Lonardi unos pocos días y el visitante Pedro Eugenio Aramburu que gobernó hasta 1958.

El presidente provisional arribó a Concepción del Uruguay el 1 de mayo para “proclamar la vigencia” de la Constitución sancionada en 1853 con sus reformas, obviando la introducida en 1949. 

La reforma constitucional de 1949 había sido anulada por la proclama firmada el 27 de abril de ese año por Aramburu, Isaac F. Rojas y sus colaboradores. El encabezado de la resolución decía que “… el Gobierno provisional de la Nación Argentina, en ejercicio de sus poderes revolucionarios, proclama con fuerza obligatoria:

Art. 1°: Declarar vigente la Constitución nacional sancionada en 1853, con las reformas de 1860, 1880, 1898 y exclusión de la de 1949 (…)”. Para quiénes no vivieron esas oscuras jornadas cabe aclarar que se proclamaban campeones de la democracia, de la república y del constitucionalismo los que habían trepado al poder el 17 de septiembre de 1955 tras un sangriento golpe de estado contra el gobierno constitucional de Juan Domingo Perón. A ese cuartelazo, rodeado de “fuerzas vivas” civiles, lo denominaron “Revolución Libertadora” pretendiendo unir sus ideales a los de la Revolución de Mayo de 1810 y la Batalla de Caseros de 1852 que llevó a sancionar el texto original de la constitución de la mano de Justo José de Urquiza. Así se apropiaban de la historia para construir su relato y justificar la violación de las instituciones. Tanta fue la impunidad que hasta asumieron facultades constituyentes para anular una reforma constitucional y “revivir” el texto derogado por una convención constituyente. Lo mismo se hizo con la constitución de Entre Ríos que por el artículo 3º de la proclama dejaba sin efecto la reforma provincial de 1949 y ponía en vigencia el texto sancionado en 1933. Así también se avanzaba sobre las instituciones del estado federal. 

“Acto trascendental”

El 1º de mayo arribó Aramburu y su séquito a Concepción del Uruguay para “proclamar la vigencias de la constitución sancionada en 1853”. La prensa de la época, en particular el diario La Acción que seguimos en este relato, dispensaba generosos elogios hacia el acontecimiento calificando al acto realizado en la plaza Francisco Ramírez de Concepción del Uruguay de “trascendental”. En el mismo, ante una parada militar y numeroso público se proclamaba la vigencia de la Constitución sancionada en 1853 con un discurso del propio presidente provisional. En otros titulares el citado diario rescataba las expresiones del mandatario de facto: “Septiembre, glorioso como Mayo y Caseros, palpita en sus mismos ideales y busca realizar las mismas  aspiraciones de sano patriotismo” y  “La elevación del hombre argentino depende del esfuerzo conjunto y la responsabilidad individual”. 

En su discurso en la Plaza Ramírez el mandatario de facto se refirió las relaciones con el movimiento obrero. “Queremos agrupaciones de hombre libres y no masa engañada”, dijo. Y recalcó que la “revolución” asumía el compromiso de “establecer la libertad jurídica, de manera que quede asegurado el funcionamiento auténticamente democrático en un marco de prescindencia política partidaria de las asociaciones gremiales y sindicales…”. 

En otra parte abundó en críticas al gobierno depuesto. “Un trabajador puede y debe ser sindicalista y también político a la vez, pero diferenciando las distintas esferas de acción. Alguien predicó a los trabajadores para crear el temor a la política y a los políticos, y lo hizo para imponer su propia política de dominio total.

“Lo dicho fue un engaño evidente –agregó- que logró hacer carne en la masa que él mismo creó. El engaño vino del conductor providencial al trabajador y no a la inversa, por donde, el más indefenso fue la gran víctima de la partida.”

Con posterioridad Aramburu concedió una audiencia a la delegación del Radicalismo de Entre Ríos encabezada por su presidente, Miguel Parente, que destacó las coincidencias con “el pensamiento revolucionario de la U. C. R.”

En Paraná

Al día siguiente el autoproclamado presidente provisional llegó a Paraná en medio de una algarabía popular, según lo reflejó la prensa escrita. El diario La Acción tituló: “Una jornada de intensa vibración patriótica vivió el pueblo de Paraná con la visita del presidente Aramburu”. Tras su arribo se llevó a cabo un desfile militar en el Parque Urquiza, en las inmediaciones del monumento a Urquiza, con la concurrencia de “numeroso público”. Las notas gráficas muestran escenas del desfile de efectivos y material militar de las tres armas. 

En este acto se sucedieron los discurso del presidente provisional y el interventor de Entre Ríos, general Manuel María Calderón que “elogio la Constitución del 53 y al referirse a las del 49 expresó que fue ‘obra de obsecuentes y serviles paniaguados del tirano depuesto’”.

Posteriormente los gobernantes se dirigieron a la casa de gobierno para llevar a cabo una serie de audiencias, entre otras con una delegación de jubilados que solicitaban mejoras en sus haberes. 


25/4/26

Bazán y Bustos, el obispo de la justicia social

Mg. Ana Bella Pérez Campos

 

Fragmentos del artículo publicado en la revista Ramos Generales, Nº 10, diciembre de 2021.

En la  La Rioja, donde los llanos se mezclan con las montañas, nacía en Villa del Rosario de Tama, Juan Abel Bazán y Bustos, en 1867.

En 1910 el Papa Pio X instituyó  Obispo de la Diócesis de Paraná al ya Dr. Abel Bazán y Bustos, y falleció siendo obispo el 26 de abril de 1926.

A través especialmente de sus Cartas Pastorales nos acercaremos al pensamiento de este  Obispo, que escribe y actúa conforme  a la ruta marcada por los mandatos de Roma que a su vez son tomados por la Iglesia Argentina .En las Cartas  muestra una capacidad de observación y  sensibilidad para detectar la injusticia, el dolor y la miseria presente en la sociedad de la época , aun conociendo que su  mirada la realiza  desde un lugar privilegiado como era el espacio ocupado por  los obispos  en estos tiempos.

Cartas pastorales

En su Primera Carta Pastoral el Obispo destaca la santidad a la que estamos llamados todos los cristianos cada uno en su propio estado. Los padres de familia siendo fieles y respetuosos a sus conyugues, educando a sus hijos en el amor a Dios, las virtudes, cimentada en la moral de Jesús. Los hijos se santificaran obedeciendo a sus padres, auxiliándoles en sus necesidades.

Los ricos sirviéndose de su fortuna para socorres al pobre, al desheredado. El poderoso constituyéndose en protector y escudo del débil, del necesitado. Los pobres con la resignación cristiana en su pobreza. Esto vino Jesús a enseñar, la santidad ordinaria que practicó especialmente en la sujeción, el silencio de tantos años. Lo común en la vida del hombre tornase a veces más difícil.

“Hay un paso en el Evangelio, el de la vida oculta de Jesús, tan bello en su misma sencillez, tan luminoso…, que ha cautivado siempre nuestro corazón. A más de esto, muévenos a elegir tan hermoso tópico el pensar que el problema magno y que debe preocupar seriamente a cuantos se interesa por el bien común: es la cuestión social y obrera” (Primera Carta Pastoral ,mayo 1810)

Jesús muestra su predilección por los pequeños y necesitados, desde la cuna en Belén, el hogar de Nazareth, más tarde serán sus pobres compañeros y amigos. La Iglesia también debe velar por los pobres, “objeto predilecto de los amores del Maestro”

“Como cristianos debemos imitar a Nuestro Señor Jesucristo que nos dio el ejemplo en el taller de Nazaret. Él fue Obrero Dios, hermano de los pobres, de los pequeños, de los trabajadores y necesitados… Con su ejemplo está diciendo a los ricos y patrones que mejoren la suerte de sus hermanos con un salario que les alcance para subvenir honestamente sus necesidades, formar una familia y proporcionarse con prudentes ahorros algún sobrante, y en día de la adquisición de un modesto patrimonio; que les ayuden y protejan contra explotadores inicuos” (Primera Carta Pastoral, mayo 1810)

Pensamiento social

Bazán apela a la solidaridad de los patrones, sin dejar de ver la realidad de la existencia de empleadores que se aprovechan abusivamente del trabajo de sus obreros.

También aspira a … “que se restablezca una vez para siempre el roto equilibrio en la repartición de la riqueza publica, causa inmediata del mal social” pero “sin odios ni rencores…sin violencias ni revoluciones insensatas” (Primera Carta Pastoral ,mayo 1810).

En varias Cartas y Exhortaciones pastorales Bazán aborda la cuestión social, pero particularmente en la carta Pastoral de octubre de 1914 y en la Carta Pastoral del 10 de abril de 1919, “Ante los problemas sociales”. Es allí donde expresa que el liberalismo durante más de un siglo trabajó en apartar a la Iglesia de la sociedad civil, y lo consiguió, con el laicismo en la educación y en las leyes. Ahora el liberalismo ya desarrollado da lugar al socialismo y al anarquismo.

El materialismo ahoga a esta “pseudo civilización hueca y necia que constituirá el orgullo de la sociedad contemporánea” Los pueblos decepcionados, sin haber obtenido nada de lo que le prometieron se levantan acosados por el hambre del cuerpo y del espíritu, y piden a gritos el lugar que les corresponde en el banquete de la vida” (Carta Pastoral, 10 de abril de 1919).

 

Justicia social

Urge realizar una reforma social, dar a cada uno lo que corresponde. Esta obligación consiste en primer término a los gobernantes y legisladores, mediante leyes protectoras del obrero, de arbitraje en las huelgas, de protección a la ancianidad. Mejorar la situación del obrero urbano y de los trabajadores de la campaña, reglamentar el trabajo de las mujeres y de los niños, facilitar las tierras a los colonos en condiciones posibles para llegar a la pequeña propiedad, con la distribución equitativa entre la población agraria de los grandes latifundios,  especialmente los de propiedad de la nación y de las provincias, solucionar la gravísima cuestión agrafia. Pide combatir con leyes el  monopolio y los truts que ponen en peligro las pequeñas industrias, y el comercio minorista. Fomentar y proteger las cajas rurales y cooperativas de consumo.

A los municipios y comunas deben aumentar el número de las ferias francas para que el proletario se provea a precios económicos lo necesario para su subsistencia; proceder a la creación de barrios obreros, con habitaciones higiénicas y baratas.

Entiende Bazán que el capital como el trabajo son indispensables para el progreso. La discusión versa sobre a armonía y conciliación de ambas. La Iglesia  católica da la respuesta equilibrada  para que uno  no oprima al otro, enseñando que violar el derecho del trabajador a su justa retribución es un pecado que subleva la justicia de Dios; pero enseñando también con Santo tomas de Aquino que el capital tiene un doble carácter, para la utilidad propia y el social, el propietario o capitalista posee las cosas como comunes, de manera que todos los hombres han de participar de la propiedad y del capital, porque aquel que providencialmente se encuentra investido de aquellos oficios, según San Pablo, es más que todo un administrador, el cual es constituido guardador de la riqueza no solo para su utilidad sino también para un fin común.


El texto completo se puede consultar en https://www.calameo.com/read/0065640162d54e7dda636 

21/4/26

Asamblea del año XIII. El revoltoso Ramón de Anchoris nombrado diputado por el Continente de Entre Ríos

 Rubén I. Bourlot

El 22 de abril de 1813 el presbítero doctor Ramón de Anchoris se incorporó como diputado a la Asamblea del Año XIII representando al “Continente de Entre Ríos”, denominación laxa pero que se supone coincidía con los límites actuales de nuestra provincia ya que Corrientes contaba con su propio representante, Carlos de Alvear, luego reemplazado Francisco Ortiz. Para otros ese “continente de Entre Ríos” se limitaría a las villas que contaban con cabildo: Concepción del Uruguay, Gualeguay y Gualeguaychú.

Recordemos que la Asamblea General Constituyente, más conocida como Asamblea del Año XIII, inició sus sesiones en 31 de enero de ese año, y su integración originó no pocos conflictos, principalmente por la incorporación de los diputados de la Banda Oriental enviados por el caudillo José Artigas, finalmente fueron rechazados. Una artimaña reglamentaria los excluyó al declarar a los diputados como del pueblo "de la Nación" y no "de las provincias", en desmedro de sus autonomías. Esto explica el hecho de que Entre Ríos estuviera representado por de Anchoris, prácticamente desconocido en la provincia. El historiador Urquiza Almandoz cita un testimonio que indicaría la realización de “alguna reunión realizada en Concepción del Uruguay” para su elección.

 Anchoris, cura revolucionario

Ramón de Anchoris había nacido en Buenos Aires en 1775, cursando sus estudios en el Colegio San Carlos y luego en la Universidad de Charcas, doctorándose en jurisprudencia y ordenándose sacerdote. Trasladado a Cuzco, optó el grado de Licenciado en Derecho Canónico en la Universidad de San Antonio Abad, en 1805. Luego pasó a Lima donde ofició como sacristán mayor de la Parroquia de San Lázaro, presbítero y mayordomo del arzobispo de esa ciudad. Cuando se enteró de la Revolución de Mayo inició su tumultuosa actividad política. Quiso regresar a Buenos Aires para unirse a los revolucionarios junto a un grupo de compatriotas, fueron descubiertos, apresados y deportados a España. Estuvo detenido en el castillo Santa Catalina de Cádiz, prisión de los patriotas americanos, desde donde continuó propagando las ideas de independencia, en tanto elevaba un memorial al Consejo de Regencia reclamando por su libertad, la que le fue concedida pero con la prohibición de regresar a América. En Europa se vinculó con Francisco de Miranda y José de San Martín, entre otros, y se integró, en Cádiz, a la Logia Caballeros Racionales N° 3 dirigida por Carlos María de Alvear. En la misma interactuó con residentes americanos como José Matías Zapiola, Francisco de Gurruchaga y el general peruano José Rivadeneira y Tejada.

Recién en 1813 lo tenemos de regreso en Buenos Aires integrando la Logia Lautaro local, fundada por San Martín. Aquí hallamos el motivo de su elección como diputado en la Asamblea ya que gran parte de sus miembros eran integrantes de la logia. El diputado por Corrientes, Alvear, también era uno de sus miembros fundadores.

Su labor en la Asamblea no pasó inadvertida ya que en varias oportunidades la presidió y habría integrado la comisión redactora de uno de los proyectos de constitución que finalmente la Asamblea no trató.

Periodista combativo

En 1816 fue miembro de la Junta de Observación. Integró el grupo que promovió la revuelta que terminó con la caída del nuevo director, Antonio González Balcarce, y apoyó a su sucesor, Juan Martín de Pueyrredón. Ocupó distintos cargos públicos secundarios hasta la crisis del año 1820. Simultáneamente instaló, junto a su hermano Gabino, la Imprenta de la Independencia que en 1816 publicó la Carta dirigida a los españoles americanos por uno de sus compatriotas de  Juan Pablo Viscardo y Guzmán. En 1821 el gobernador Martín Rodríguez le concedió a la exclusividad de todos los trabajos a realizarse por cuenta del Estado por el término de cinco años. En la misma se imprimieron El Censor, La Gazeta de Buenos Ayres, El Redactor del Congreso Nacional, El Desengaño, Oda, A la victoria de Chacabuco y Manifiestos del Congreso de Tucumán entre otros impresos. La  primavera duró poco ya que su vocación federal y su condición de clérigo se dio de bruces con las reformas religiosas del ministro Bernardino Rivadavia.  En 1822 participó de un movimiento opositor encabezado por Gregorio García de Tagle que fue sofocado rápidamente. Se estableció brevemente en Chile ejerciendo la abogacía, tras lo cual que volvió a Buenos Aires dedicándose de lleno al periodismo.

Entre 1824 y 1829 fue uno de los periodistas que con más rigor y tenacidad atacaron el sistema unitario desde el diario porteño Causa celebre de Buenos Aires. Se unió al partido federal de Manuel Dorrego, y tras la revolución del general Juan Lavalle fue arrestado y su imprenta incautada por el gobierno. En 1830 el gobierno ordenó la prisión del editor y el secuestro de los ejemplares de la publicación titulada Nueva Época de Buenos Aires.

Murió en su ciudad natal en 1831.

19/4/26

Feliciano Pueyrredón, el padrino de Urquiza

 Rubén I. Bourlot


Escribió Oscar Urquiza Almadoz en su Historia de Concepción del Uruguay que no se puede soslayar la actuación de Feliciano José Pueyrredón, nacido en Buenos Aires el 20 de abril de 1767, sacerdote que fue párroco de la Inmaculada Concepción de Concepción del Uruguay. Se ordenó sacerdote en 1795 y en 1801 fue trasladado a cumplir las funciones de párroco en la Villa de Concepción del Uruguay. El 18 de octubre de ese año fue padrino de bautismo de Justo José de Urquiza.

Era hermano mayor de Juan Martín de Pueyrredón, futuro Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, del coronel Diego José de Pueyrredón, del teniente coronel José Cipriano Andrés de Pueyrredón, del coronel Juan Andrés de Pueyrredón y de la patricia Juana María Pueyrredón.

Antes de recalar en Concepción del Uruguay fue cura y vicario de las parroquias unidas de San Pedro y del Baradero y se destacó en el esmero puesto para lograr la apertura de un canal de comunicación entre el río Paraná y el riacho Baradero, para facilitar no sólo la navegación de las balsas de madera y leña para consumo del pueblo, sino también la carrera a los barcos de Santa Fe y el Paraguay, siendo diaria la asistencia del prelado a la dirección de las obras y pagando de su peculio cuantos trabajadores se le presentaban, gratificando igualmente a los indios cuya compañía tenía a su disposición.

Al producirse en 1806 la primera de las invasiones inglesas, con sus hermanos tuvo una destacada actuación, contribuyendo a reclutar voluntarios para la formación del Escuadrón de Húsares llamado justamente, "de Pueyrredón", que tendría su bautismo de fuego en el Combate de Perdriel.

El 19 de diciembre de 1808 fue nombrado capellán del Batallón N° 3 del Regimiento de Infantería de Buenos Aires, el "Fijo", y luego de producida la Revolución de Mayo de 1810, del regimiento de Granaderos de Fernando VII.

Si bien no se registra su participación en los sucesos que condujeron a la formación de la Primera Junta, adhirió decididamente al movimiento patriota al igual que sus hermanos y hermana. Cuando el secretario Mariano Moreno creo la Biblioteca Nacional, Pueyrredón contribuyó con uno de los mayores lotes.

En 1812 fue comisionado para acompañar como capellán al Regimiento de Granaderos a Caballo al mando de José de San Martín a las costas del río Paraná. Muy enfermo, Pueyrredón solicitó al gobierno su separación del servicio. Si bien no marchó en esa histórica campaña, recién se accedió a su separación el 4 de febrero de 1814, siendo reemplazado en sus funciones por el presbítero Iturri Patiño.

Años después de la caída del Directorio, habiendo ya repartido todos sus bienes en obras de caridad, llegó a encontrarse en situación de extrema pobreza, por lo que solicitó a las autoridades un curato. El 23 de agosto de 1825 fue nombrado cura de la parroquia de Jesús Amoroso, en el actual partido de General San Martín, cargo que desempeñó hasta su muerte. Falleció en esa localidad el 29 de noviembre de 1826, siendo inhumado en el cementerio de la Recoleta.

14/4/26

La breve gestión del gobernador delegado Cipriano de Urquiza

 Rubén I. Bourlot

A fines de 1841 el gobierno de Pascual Echagüe había sufrido el desgaste de una década al frente del gobierno de Entre Ríos a lo que se sumó la desarticulado el ejército entrerriano tras la derrota de Caaguazú. Su desprestigio era tal que la Legislatura, en diciembre de 1841, designó para sustituirlo al que hasta entonces era el Comandante del 2° Departamento Principal, el ascendente Justo José de Urquiza.

El nombramiento Urquiza coincidió con una de las situaciones más críticas que tuvo que afrontar la provincia, ante la inminente invasión de los correntinos bajo el mando el general José María Paz y del “Pardejón” Rivera desde la Banda Oriental. Paz se tomó por la fuerza el gobierno de la provincia por lo que el flamante gobernador se retiró a la isla del Tonelero para reagrupar sus fuerzas y conseguir refuerzos. Desde este sitio expidió un decreto de fecha 16 de abril nombrando a su hermano Cipriano en carácter de gobernador delegado que se hizo cargo estando en Concepción del Uruguay. Desempeñó su cargo hasta el día de su asesinato, en Nogoyá, el 24 de enero de 1844. Cipriano de Urquiza, que había nacido en Gualeguaychú, tenía 53 años.

El gobierno unitario del “Manco” Paz fue breve. El antiguo oficial del general Belgrano, se retiró de la provincia hostigado por los entrerrianos y el ejército de Rivera fue derrotado en diciembre de 1842 por el general federal Manuel Oribe en la batalla de Arroyo Grande.

Cipriano, como gobernador delegado, colaboró activamente con Oribe para la preparación y provisión del ejército federal que se encontraba en la zona del Arroyo de las Conchas.  La abundante documentación epistolar así lo confirma.

El año 1843 se inició con un panorama más alentador para la provincia. En Corrientes una revolución federal nombró como gobernador a Pedro Dionisio Cabral, emparentado con Urquiza, lo que permitió la firma de un tratado de paz entre ambas provincias. Mientras tanto el gobernador propietario iniciaba su campaña hacia la Banda Oriental con el objetivo de derrotar en su territorio al general Rivera y apoyar a Oribe que sitiaba la ciudad de Montevideo.

Cipriano, ante la normalización de la provincia y aquejado por distintas dolencias, presentó la renuncia a su cargo pero la misma fue rechazada por la Legislatura.

La precaria paz entre Corrientes y Entre Ríos concluyó con el derrocamiento de Cabral y el nombramiento en su lugar a Joaquín Madariaga. En abril las tropas correntinas ingresaron nuevamente en Entre Ríos provocando la destrucción y robo en los pueblos del norte de la provincia. Esta invasión, sumada a los numerosos gauchos alzados y desertores que se refugiaban principalmente en los montes del centro de la provincia, provocó la reacción del gobierno para contener la situación.

EL MAGNICIDIO

Ante estos acontecimientos Cipriano, cumpliendo las órdenes de su hermano, nombró como general del Ejército de Reserva a Eugenio Garzón para la defensa de la provincia, y llamó a todos los hombres disponibles para que se presenten en sus respectivos departamentos para su incorporación al servicio. También se dispuso una amnistía para los desertores con la condición de que se incorporen a sus respectivas divisiones.

A fines de 1843 el gobernador delegado se dirigió a Nogoyá, con una pequeña escolta, con el objetivo de permanecer próximo al teatro de los posibles acontecimientos y vigilar personalmente la concentración de hombres que en la región se llevaría a cabo.

El desorden que produjo la  invasión  redundó a favor de los desertores que aprovecharon las circunstancias para acercarse a las villas indefensas, tal como ocurrió con una partida al mando de Pedro Martínez, conocido como Rodas que se encontraba en las cercanías de Nogoyá.

El 26 de enero de 1844, en horas de la siesta cuando todo el pueblo descansaba, Rodas atacó la casa donde se encontraba el gobernador delegado. La escasa escolta fue rápidamente reducida y depusieron sus armas. En tanto Cipriano intentó refugiarse en la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen pero en el camino fue alcanzado, ultimado de un balazo y degollado por los malhechores.

Nunca quedó debidamente clarificado quienes fueron los verdaderos autores intelectuales del crimen. Las sospechas recayeron sobre el gobernador correntino Madariaga ya que el mencionado Rodas fue incorporado al ejército de esa provincia, en tanto Urquiza sugirió como responsable al exgobernador Echagüe quien desde Santa Fe conspiraba contra su gobierno.

La mayoría de los implicados fueron juzgados y fusilados en la plaza pública de Nogoyá y colgados para ejemplo de la población.


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