Rubén I. Bourlot
Los nombres de los lugares de nuestra
provincia presentan una riqueza y variedad notables. Hay una persistencia de topónimos de origen remoto dado por las comunidades aborígenes, particularmente
guaraníticas, tanto en los que señalan accidentes naturales como en los sitios
humanizados.
El fundador Tomás de Rocamora tuvo el buen tino de nombrar a las villas con la denominación de una devoción religiosa con el agregado de una referencia al lugar como sucede con Concepción
del Uruguay, San José de Gualeguaychú o San Antonio de
Gualeguay. Las dos últimas ciudades terminaron perdiendo el santo en obsequio a
la brevedad. Pero siempre es el pueblo, hoy diríamos el “usuario”, el que
termina redondeando el topónimo. Lo mismo
Paraná que por muchos años después de adoptar el nombre actual la seguían
llamando La Bajada. Otro aso que combina devoción con un aditamento autóctono es
Pero en el siglo XIX, tanto desde el estado como de las corporaciones privadas de colonización y las compañías que construyeron las redes ferroviarias impusieron nombres que en escasas ocasiones respetaron los topónimos lugareños. Son repetidos los lugares que recuerdan al general Urquiza, como es natural, inclusive en vida, como es el caso de la colonia Villa Urquiza nombrada así en 1858.
En el caso de la ciudad “Histórica” fue fundada 25 de junio de 1783 por Tomás de Rocamora con familias establecidas cerca del Arroyo de la China y el río Uruguay. El fundador solicitó al virrey Juan José de Vértiz que la Virgen de la Purísima Concepción, de la que eran devotos los recién llegados, fuese patrona del pueblo. De ahí tomó su nombre: una asociación entre el topónimo del río (Uruguay) con el de la patrona de su parroquia, la Inmaculada Concepción. No obstante durante décadas los vecinos la seguían llamando Arroyo de la China.
La
enajenación de los nombres
Escribe Jauretche en Los profetas del odio que “con el pretexto del homenaje a figuras históricas se ha desvirtuado la toponimia para afirmar la historia falsificada, y a la sombra de los San Martín y Belgrano, la nomenclatura ha servido para desvincular la imagen geográfica del paisaje histórico. Toda esta nomenclatura tenía amplia cabida en las calles innominadas, en las estaciones de ferrocarril y en los pueblos que iban surgiendo. (…) Recientemente se quiso restaurar el nombre de Fraile Muerto y se agitaron los diarios, los rotarianos y los pedagogos para defender su híbrido franco británico Bell Ville (…)
“Fue Sarmiento el que hizo el cambio
de nombre adoptando el de un vecino británico, para que así Fraile Muerto,
elemento retardatario pasase a ser Bell Ville, elemento progresista. Hay un
caso curioso. A la estación Monte Buey -nombre tradicional del lugar que
designaba la estancia de un inglés llamado Woodgate, el F. C. Central Argentino
le adjudicó ese nombre británico. Pero ocurrió que a los paisanos Woodgate les
resultaba difícil y le llamaban Bogati. El mismo Woodgate, horrorizado de que
le italianizasen el apellido consiguió que se restableciera la vieja
designación Monte Buey.”
Los
autohomenajes
En nuestra provincia una ley de 1911 legalizó estas arbitrariedades al establecer que los nombres de los pueblos y colonias podrán ser propuestos por los fundadores. Así proliferaron los homenajes y autohomenajes en la denominación de estaciones y pueblos. La estación Gobernador Basavilbaso, habilitada en 1887 lleva el nombre de Clemente Basavilbaso, gobernador de la provincia entre 1887 y 1890. A la estación y pueblo Gilbert se le impuso ese nombre por decreto de 1890 en reconocimiento a Torcuato Gilbert, ministro del gobernador Basavilbaso. La estación Faustino Parera, en el departamento Gualeguaychú, fue habilitada en 1909 y recuerda al entonces gobernador de la provincia (1907 – 1910). Como puede verse, los homenajes en su mayoría eran para personas vivas y en funciones.
También los jerarcas de las empresas
ferroviarias se reservaban lugares para pasar a la posteridad como Lucas
González que recuerda al abogado mendocino que fuera legislador, ministro de
Relaciones Exteriores y director del Ferrocarril Central Entrerriano y de la
empresa constructora que lleva su nombre. Otro caso es el nombre del pueblo
Holt-Ibicuy que alude al administrador del Ferrocarril de Entre Ríos y de
extensa actuación en los ferrocarriles argentinos y brasileros, Follet Holt.
Nombres
complicados
Un caso muy significativo en la
evolución de un nombre es el de San Jaime de la Frontera. Originalmente conocido como Villa
Fronteras y también Villa Miño debido a José Miño propietario de la estancia La
Selva. En 1922, se localizó en el lugar la estación San Jaime correspondiente a la línea
ferroviaria entre Federal y Curuzú Cuatiá. En
1935 se fundó oficialmente la villa en una fracción de la estancia San
Jaime perteneciente a Dominga La Cruz de Arruabarrena que le impone el nombre
de su padre Juan B. Arruabarrena. Finalmente, en 1956 por solicitud de los
vecinos, el pueblo adopta el nombre de la estación: San Jaime. En 1966 se
conforma la denominación definitiva: San Jaime de la Frontera.
Las colonias judías también llevan
nombres de funcionarios de la Jewish Colonization Association como Pueblo
Cazés, en referencia a David Cazés de origen judío (nacido en Marruecos),
educador, escritor y administrador de la compañía del Barón Maurice de Hirsch.
Colonia Walter Moss ubicada en el departamento San Salvador fue nombrada en
homenaje a uno de los directivos de la Jewish Colonization Association.
Un caso más llamativo aún; una versión
tradicional según señala Enrique Udaondo, es el de Colonia Jubileo, situada departamento
Villaguay, ya que el nombre se le dio en conmemoración del jubileo efectuado en
Inglaterra en honor a la reina Victoria, en recuerdo de su coronación.
Fuentes:
Bertolini, Juan Carlos y Bourlot, Rubén:
Proyecto Toponimias de Entre Ríos, síntesis y actualización.
Jauretche, Arturo, Los profetas del odio y
la yapa, Peña Lillo, Ed., Bs. As., 1985.
















