18/5/26

La entrerriana que sacó a los niños del pupitre

 Rubén I. Bourlot

 

El 18 de mayo de 1889 nacía en Concepción del Uruguay (Entre Ríos) Gerarda Scolamieri que con el tiempo se convertiría en una destacada docente e innovadora del sistema educativo con impacto continental.

Egresó con el título maestra en la Escuela Normal de su ciudad natal en 1906 y trabajó algunos años en la Escuela Láinez Nº 8  de Caseros, en el departamento Uruguay. En 1912, con 23 años, se trasladó a una escuela de Buenos Aires donde ejerció como docente y directora durante más de un cuarto de siglo en la escuela N° 7 “República de México” que obtuvo, gracias a su gestión, un nuevo edificio en el barrio de Villa Santa Rita, donde funciona hasta la actualidad.

Las  ideas de Scolamieri estaban vinculadas a la pedagogía de la Escuela Nueva o escuela Activa reconociendo ella misma como su mentora a Clotilde Guillén de Rezzano, una pedagoga que impulsó en Buenos Aires esta corriente reformadora inspirada en los postulados de Friedrich Froebel y María Montessori, entre otros. Compartió ideales con otras dos entrerrianas como Celia Ortíz de Montoya –que desarrolló una experiencia innovadora en Paraná- y Luz Vieira Méndez, también paranaense cuya labor también tuvo proyección latinoamericana. Asimismo adherían al nuevo movimiento que pretendía poner coto a normalismo positivista Olga y Leticia Cossettini y Juan Mantovani.

 

Niños en movimiento

En Buenos Aires Scolamieri comenzó a aplicar innovaciones profundas en la lógica de la enseñanza-aprendizaje que dejaba de ser unilateral, en un solo sentido del docente, depositario de los saberes, que enseña y el alumno que aprende. La revolución “copernicana” fue conceder autonomía a los aprendices, motivarlos para que salgan en la búsqueda de los conocimientos, a utilizar medios novedosos que los sacaran de la pasividad del pupitre (término muy de época).  Surgieron el teatro, la música, el encuentro con artistas de distintas disciplinas, las visitas a exposiciones de arte como recursos para motivar el aprendizaje activo. La lectura cotidiana en el aula no faltaba como una práctica placentera.

En 1918 llegó el cine a la escuela, una iniciativa verdaderamente revolucionaria en los comienzos de la cinematografía. Con su empeño logró contar con una máquina de proyección con la cual se llevaba a cabo semanalmente “una función de media hora para los alumnos de la escuela N°7 y de la escuela vecina que estaban invitados a disfrutar de la proyección”.

Trabó amistad con Benito Quinquela Martín quien realizó un mural llamado “Trabajo” en el patio interno de la escuela que dirigía. También apeló al arte del poeta titiritero Javier Villafañe con su “Andariega” que mostró a los niños la magia de los títeres y les enseñó a construirlo.

La biógrafa de Scolamieri, María Belén Trejo (Escuela Nueva y relato autobiográfico. Análisis de la trayectoria de Gerarda Scolamieri, una docente argentina), dice que “desde su posición de directora impulsó acciones que tendían a vincular la escuela con una comunidad más amplia. Eran frecuentes las visitas de personalidades del mundo de las artes, de la política, funcionarios, a actos y eventos escolares. Por otra parte construyó una relación fuerte y sostenida con instituciones mexicanas a partir de la imposición del nombre de la escuela: homenajes, celebraciones, actos de reciprocidad, visitas de diplomáticos, etc. Todas estas ocasiones eran construidas como instancias pedagógicas: no se trataba de la reunión de una adulta con funcionarios o con artistas, sino de un encuentro con la comunidad escolar, de una oportunidad de aprendizaje para el estudiantado y de construcción de lazos de solidaridad.”

En 1922 el Consejo Federal de Educación había resuelto darle el nombre de repúblicas americanas a escuelas de Capital Federal. Así fue como la escuela que dirigía Scolamieri se convirtió “República de México” y fue la excusa perfecta para acercar la niñez argentina con la mexicana ya que ella venía fomentando vínculos entre alumnos de escuelas de países de Latinoamérica con los cuales intercambiaban correspondencia.

El monitor de la educación común en 1923 informa que “en la secretaría de Educación Pública de Méjico realizóse el 1º de Setiembre último un brillante acto escolar, con motivo de la entrega de una bandera argentina que nuestro ministro en Méjico, Dr. Federico Quintana, hiciera a la escuela ‘Republica Argentina’ de ese país, dirigida por la señorita Adelaida Arguelles, y que fue remitida en nombre de la escuela ‘República de México’ de esta capital por la directora de la misma, señorita Gerarda Scolamieri.”

Luego vino la invitación para visitar México donde había llevado a cabo su innovadora experiencia educativa José Vasconcelos con un espíritu similar a la Escuela Nueva, y que vivió exiliado en el país entre 1933 y 1935.

A partir de 1943 la situación educativa cambió. El nuevo gobierno surgido del golpe de estado impuso la educación católica y canceló la experiencia de la Escuela Nueva que ya se venía cuestionando por los gobiernos conservadores. Lo mismo había sucedido con la experiencia educativa de Luz Vieira Méndez que tratamos en una nota anterior. Las posiciones de “izquierda” de Scolamieri, que se vinculó con el Partido Comunista y participó de actos del Movimiento Comunista por la Paz, habría sido el motivo de precipitada jubilación en 1944. Los gobiernos de facto cambiaron la orientación del sistema educativo, sin volver al normalismo, inspirado en el nacionalismo católico que impuso la religión en las escuelas. La educación católica en las escuelas estatales y cierta tensión con los movimientos feministas de la época marginaron muchos proyectos innovadores, situación continuó casi hasta el final de los gobiernos peronistas. Recién a principios de 1955 se sancionó de la Ley 14401 que suprimió de la enseñanza religiosa en el contexto del conflicto del gobierno con la Iglesia.

 

Cantando felices

Fuera de las aulas Scolamieri se dedicó a plasmar en un libro su rica experiencia. En 1946 publicó Vida y espíritu de una escuela.

Rescatamos de su trabajo unos fragmentos que transcribe Trejo: “El niño es un trabajador incansable –escribe Scolamieri-, y encauzada su actividad en las vías de lo agradable, se apasiona, se abstrae, se crea un mundo magnífico y provechoso, propicio para la adquisición del conocimiento. Los niños aprendían con placer, con avidez, con felicidad. Mi escuela fue un taller en que trabajaban cantando niños felices.

“En el cuaderno de cada alumno se fijó siempre, con la ilustración justa, cada conocimiento conquistado. El alumno dibujó, puso la vida del color y de la forma junto con la sugestión de la palabra escrita; nunca hubo en la enseñanza impartida nociones endebles; siempre el conocimiento llegó a ser tal, después de la justa visión del mismo: los niños siempre vieron (…)”.

Y en otros párrafos hallamos “A todas las expresiones de arte musical que se gustasen, admitía aún a los niños más pequeñitos; los colocaba muy cerca de los ejecutantes, porque creo que es el modo de iniciarlos en el arte de escuchar; ellos quitecitos, absortos, observan las formas de los instrumentos con toda la curiosidad de sus ojos nuevos; miran luego los movimientos y sin comprender, sin advertirlo, instintivamente, van comenzando a separar en sus sensibilidades la percepción plástica llevada por las formas nuevas y la percepción sonora que llega agradablemente desde aquellas formas vibrantes. Siempre era un gozo para mí ver aquellas personitas tan pequeñas, quietas, atentas, obsesionadas, apresadas por el encantamiento del primer contacto musical (…)”.

Gerarda falleció en Buenos Aires el 19 de enero de 1961.

El Potrero, la continuidad de la colonización agrícola

 Rubén I. Bourlot

 

El 20 de mayo de 1946 el gobierno nacional por decreto declara de utilidad pública, sujeto a expropiación, varios campos en el sur del departamento Uruguay para la creación de la colonia agrícola El Potrero.

La fundación de la colonia se enmarcaba en la ley 12.636 de 1940, autoría del entonces diputado entrerriano Bernardino Horne, que también había instaurado el Consejo Agrario Nacional. Los gobiernos nacional y provincial impulsaban la puesta en producción los extensos latifundios con aptitud agrícola y la consecuente radicación la población rural. Era la continuidad de una política de estado que hundía sus raíces en la colonización llevada a cabo por Justo José de Urquiza en el siglo XIX y, más recientemente, en las políticas agropecuarias del gobierno de Luis L. Etchevehere (1931-1935) a través de su ministro Horne.

En la primera mitad del siglo XX gran parte de la producción agrícola estaba en manos de aparceros que cultivaban parcelas de los latifundios sin la posibilidad de arraigarse para consolidar las familias y desarrollar planes de inversión sobre un terreno que no le era propio. En la zona de El Potrero ya se encontraban varias aparcerías organizadas por los propietarios de las estancias que se apresuraron a poner en producción sus tierras ante la perspectiva de una expropiación por parte del Consejo Agrario Nacional. En 1944 un grupo de arrendatarios patrocinados por Federación Agraria Argentina llevaron a cabo una gran concentración en la zona para reclamar la entrega de las parcelas en propiedad ante el maltrato por parte de los estancieros, las prohibiciones para contar al menos con alguna vaca lechera y aves para la subsistencia y la falta de escuelas para los niños.

 

EL POTRERO DE SAN LORENZO

La nueva colonia se constituyó con fracciones de campos correspondientes a las estancias “El Ñandubaysal”, “El Mangrullo”, “San Martín” y “San Luis”, en su mayoría propiedad de sucesores de Saturnino E. Unzué. El nombre de la misma, El Potrero, proviene del Potrero de San Lorenzo (en alusión a un arroyo de ese nombre) perteneciente entonces a la familia Unzué. Desde el siglo XVIII estos campos constituían la estancia San Lorenzo de Isabel de Álzaga de Elía, comprados en subasta pública al Cabildo de Buenos Aires por su padre Ignacio de Elía e Ilarra. Existen indicios de que en la zona se proyectó instalar una colonia con inmigrantes griegos y canarios en la década de 1840. Con el tiempo la propiedad fue adquirida por Justo José de Urquiza, más adelante pasó a manos de una sociedad encabezada por Anacarsis Lanús y finalmente a la familia Unzué.

Las familias de colonos de El Potrero en su mayoría eran descendientes de antiguos inmigrantes europeos, en su mayoría alemanes del Volga, y algunos criollos. Entre otros apellidos de los primeros chacareros figuran Ferrari, Koch, Ross, Domínguez, Sosa, Damer, Gertsner, Rinaldi, Spomer, Reichel, Vitasse, Martiarena, Schneider, Lizzi, Bohl y Sack.

Tras la expropiación se procedió a la mensura de los predios, de 50 a 100 hectáreas cada uno, el trazado de calles internas y el alambrado de los mismos. Poco a poco se fue dotando a la colonia de las mejoras necesarias para el desarrollo de la vida comunitaria. Se levantó la escuela primaria, un templo de la congregación evangélica del Río de la Plata, y la capilla María Auxiliadora. En 1958 se fundó el club Centro Cívico El Potrero, que contaba con un salón de considerables dimensiones, escenario de distintos eventos, reuniones, bailes y hasta de la proyección de cine. También se construyó una cancha de fútbol y un predio para jineteadas.

 

LA RESERVA POTRERO DE SAN LORENZO

En 2015 parte de los campos no expropiados en 1946, que constituyen la estancia Potrero de San Lorenzo (unas 18.000 hectáreas), fueron destinados por sus propietarios para constituir un Área Natural Protegida mediante un convenio con el gobierno provincial. El casco de la misma cuenta con un parque diseñado por Carlos Thays. Los dueños del establecimiento son Marcos Jorge Celedonio Pereda Born y su esposa Azul García Uriburu, esta última hija del pintor Nicolás García Uriburu, uno de los más destacados artistas plásticos argentinos contemporáneos, quien encontró reconocimiento mundial por sus pinturas sobre la naturaleza y por eventos culturales de gran repercusión mediática como fue el teñir de verde las aguas del Gran Canal, en Venecia, hace cincuenta años, para advertir sobre el ataque y destrucción de los escenarios naturales a manos de la sociedad moderna.

Entre los objetivos manifestados de esta área se cuentan convertirlo en un modelo productivo, ambiental y socialmente sustentable, y que sirva además para futuras investigaciones contribuyendo al bienestar de las comunidades.

El gaucho Calandria convertido en comedia por Martiniano Leguizamón

 Rubén I. Bourlot

 

La noche del 21 de mayo de 1896 la compañía de Podestá-Scotti representó en el Teatro Victoria de Buenos Aires la comedia de costumbres camperas Calandria, escrita por Martiniano Leguizamón.

El gaucho Calandria es uno de los tantos personajes reales que se transformó en mito popular como Juan Moreyra, el Gauchito Gil, nuestros entrerrianos Lázaro Blando y Carmelito Acosta. La obra de Martiniano Leguizamón le dio trascendencia y en estos tiempos falaces y descreídos, parafraseando a Yrigoyen, permanece en las bibliotecas a la espera de que alguna alma caritativa lo desempolve porque, como decía nuestro Martiniano: “Lo argentino se va. Es urgente salvarlo, antes que se pierda para siempre”. Cabe acotar que en 2023 se recreó la obra como “Las aventuras del gaucho Calandria” que fue presentada en la Vieja Usina de Paraná, dirigida por Juan Carlos Izaguirre.

Gaucho bravo y montaraz era el Calandria real y más aún el ficcionado por Leguizamón: “¡Pa agarrar esta Calandria tienen que aplastar muchos matungos las polesías de Entre Ríos!”

Dice el también entrerriano y dramaturgo Juan Carlos Ghiano que “el estreno fue recibido con general cordialidad por los críticos, quienes se preocuparon por señalar las distancias que reconocían entre la nueva pieza y el teatro gauchesco nacido de Juan Moreira.”

 

EL GAUCHO LITERARIO

Ghiano explica que “mientras para los primeros escritores del género, el gaucho era simplemente el hombre del pueblo, el provinciano entregado a tareas rurales -en particular de la campaña litoralense-, para los críticos de fines de siglo el gaucho era ya el símbolo de nuestro pueblo: la encarnación de las virtudes patrias y la esforzada síntesis de nuestra historia popular. Por estas riesgosas implicaciones, rechazaban los destinos rebeldes y agresivos que contó con abundancia Eduardo Gutiérrez, y se resistían a admitir la dignidad extratemporal del hijo poemático de José Hernández.

“Dentro de la castigada historia de nuestro teatro, Calandria se vio como la encarnación de ese ennoblecimiento del gaucho y, con la alegría de la rehabilitación, se sacrificó en su homenaje el teatro gauchesco anterior. Sin embargo, a través de los años transcurridos desde entonces, y en perspectiva librada de prejuicios, Calandria adquiere su pleno sentido si se sitúa como el final de una serie de creaciones, no como el comienzo de un nuevo género, que debe buscarse por otros rumbos: los de los dramas rurales de Florencio Sánchez y de Roberto J. Payró.”

Agrega el autor citado que “un tanto al margen queda un drama injustamente olvidado, del político Francisco F. Fernández, hombre importante en nuestros entreveros civiles: Solané, publicado en 1881”.

 

UNA CALANDRIA JORDANISTA

Seguimos con el relato del dramaturgo nogoyacero: “Martiniano Leguizamón conoció al famoso Calandria, civilmente Servando Cardoso, en Concepción del Uruguay, por donde solía aparecer hacia 1870. Los sucesos de su vida (según la han recordado Paul Groussac y Carlos Zedlitz-Weyrach) lo muestran como excelente jinete y cantor de nota; por sus cantos y travesuras recibió el apodo definitorio. Se recuerda, también, que le resultaba difícil sujetarse a cualquier disciplina de trabajo regular; debió ser el peón decidido y simpático a quien toleran sus compañeros y miman sus patrones. Así pasaba sus días, trabajando en un saladero de la ciudad de Urquiza, hasta que ocurrió la revolución de López Jordán; incorporado a las tropas, se portó como bravo en los entreveros de las facciones que chocaban en el territorio de su provincia. Mientras crecían sus corajadas, ganándole el aprecio de los jefes, no dejaba de suscitar el recelo de los compañeros de armas, desconcertados ante el arrojo sin premeditaciones de su conducta militar. Terminan las luchas jordanistas y Cardoso es destinado a un destacamento de guardias nacionales, donde vuelve a ganarse la estima de los superiores, hasta ser asistente del capitán; pero ningún halago puede silenciar los resueltos llamados de su alma y deserta, comenzando su vida de gaucho alzado. 

Son los años confirmatorios de su existencia y los que mejor diseñan los ecos popularísimos de la leyenda: Calandria frente a las partidas policiales entrerrianas juega como un pájaro que conoce los mejores refugios del monte, la fuente de los arroyos y la amistad admirativa de los paisanos, puestos decididamente de su parte. Dicen que no robaba ni mataba, o quizá la legendaria aceptación de su figura necesitó de estos reparos; era el matrero burlón, con algo de pícaro y mucho de animal bullente (…)

“Eran hombres que se quedaban al margen de las nuevas fundaciones rurales; hábiles y decididos para las guerrillas, no supieron acomodarse a las tareas de chacras y estancias alambradas. De ahí el epíteto con que lo señala Groussac al llamar a Calandria ‘el último outlaw argentino’ (…)

“Las aventuras de su héroe debieron llegar a Leguizamón no sólo por conocimiento directo del gaucho -escena que se evoca en el cuadro en que unos estudiantes del Colegio de Concepción del Uruguay son testigos de una travesura peligrosa-, sino también por las memorias de los pobladores de la campaña, que fueron la inspiración de muchos de sus relatos.”

Al igual que el Martín Fierro rebelado contra las injusticias de la primera parte que en la vuelta se incorpora manso a la nueva realidad del país de la “paz y la administración”, Calandria también se reconcilia en la obra de Leguizamón: “Ya ese pájaro murió / en la jaula de estos brasos; / pero ha nasido, amigasos, / ¡el criollo trabajador!...”

 

SOBRE EL AUTOR

Martiniano Leguizamón había nacido en Rosario del Tala el 28 de abril de 1858 y pasó largas temporadas de la niñez y de la adolescencia en la estancia paterna del Rincón de Calá, en el departamento de Gualeguay. Los años de estudiante en el ambiente del Colegio Nacional y su permanencia en la Fraternidad no lo separaron de su querencia campestre, ni tampoco su posterior radicación en Buenos Aires.

Dejó valiosas obras de diversos géneros como Recuerdos de la tierra (1896), el romance histórico Montaraz (1900), Alma natía (1906). En 1908 publica De cepa criolla, luego Páginas argentinas (1911), La cinta colorada (1916), El primer poeta criollo del Río de la Plata (1917), Rasgos de la vida de Urquiza (1920), Hombres y cosas que pasaron (1926) y finalmente Papeles de Rosas y La cuna del gaucho publicados en 1935, luego de su muerte.

 

11/5/26

La escuela del padre Castañeda en Paraná

 El 12 de Mayo de 1832 moría en Paraná, Entre Ríos, el sacerdote franciscano Francisco Paula Castañeda. Apasionado patriota, fue enemigo de Bernardino Rivadavia redactor de periódicos combativos de nombre curiosos como El desengañador gauchipolítico, El despertador teofilantrópico, Vete Portugués que aquí no es, entre otros. Fue profesor de filosofía en la Universidad de Córdoba. Fundó la Escuela de Artes y Oficios un Colegio de niños en Santa Fe y otro en Paraná. Fundó también el pueblo San José de la Esquina, en Corrientes. Dirigió y publicó varios periódicos y se destacó por su cultura y sus artículos satíricos y mordaces. Había nacido en Córdoba en 1800.

En el Archivo General de la Provincia de Entre Ríos, se encuentra documentación sobre la instalación de una escuela en la ciudad de Paraná a cargo del Padre Francisco Castañeda, con datos curiosos y pintorescos de las actividades que iban a recibir los alumnos de dicho establecimiento.

El 3 de mayo de 1827 el sacerdote Francisco Castañeda se dirige al Gobernador con la intención de establecer una escuela:

         “Fray Francisco Castañeda ante V.E. con el debido respeto me presento y digo: Que firme siempre en el propósito de fomentar por todos medios, y modos la instrucción de la juventud he sostenido por espacio de cuatro años en el Desierto del Rincón de Santa Fe un Colegio de Niños bastante numeroso procurándoles no solo la educación moral en los primeros rudimentos de la religión y de las letras, sino también la educación física habituándolos a andar descalzos, sufrir intemperies, y emprender trabajos de labranza y pastoría compatibles con sus fuerzas.

         Entre mis candidatos se encuentran bastantes niños Entre-Rianos que se han desterrado voluntariamente, y me acompañan prefiriendo la instrucción al bienestar que lograban al lado de sus padres; pero habiendo la seca concluido todas mis sementeras, me he visto en la necesidad de trasladar para de mi comunidad a algún otro punto, dejando en aquel destino los que buenamente puedan mantenerse.

         Esta provincia de Entre Ríos por su vecindad y cercanía me parece a mi que es el punto indicado, y siendo además tan abundante en cal, piedra y otros materiales, no dudo que en pocos días se podría levantar una capilla pequeña, y alguna otra pieza para verificar la traslación, ciñéndome al principio no más que proporcionarles escuela y clase de gramática, y dejando el cuidado del tiempo y el procurarles todos los adelantamientos que cupieran en mis facultades.

         En mi primera fundación no he tenido más objeto que el de ensayarme y convencerme de cuanto es capaz el hombre cuando desea eficazmente la educación e instrucción de sus próximos, y al mismo tiempo hacer ese remito para ser bien recibido en cualquier punto de América, donde me ofrezca a hacer otro tanto; por lo que a mi me toca estoy seguro que aun cuando mi utilidad fuera mucho mayor de lo que es para el efecto no por eso dejo de ser estimable la fina voluntad el vivo interés, y la incansable solicitud que toda mi vida he acreditado a favor de la juventud con el mayor desinterés y a costa de tantos sacrificios.

         La escasez de fondos en que accidentalmente se halla esta Provincia aun no se me oculta, pero yo estoy acostumbrado a padecer penuria, y a endurecer el ánimo contra toda escasez esperando el tiempo bueno y la abundancia que siempre suele seguir a la necesidad; de esta abundancia yo no dudo, y por eso es que quiero ser partícipe en las necesidades del Entre Ríos para después enriquecer mi Colegio exigiéndolo en Universidad, donde concurran a instruirse todos los jóvenes de América. Por tanto a V.E. pido y suplico se sirva señalarme en la Capital de la Provincia de su mando un sitio donde puede trasladarme con mis entre-rianos.

         Otro si que el tal establecimiento si es posible se construya lo más distante de la Parroquia para que los vecinos tengan más cerca el auxilio espiritual de la Curia, y sermón los domingos, rosario y leyenda todas las noches, y todo lo demás que en el colegio del Rincón se practica.”

Ante la solicitud del padre Castañeda, el 5 de mayo de 1827 se reunieron en la sala del Despacho del Juzgado Mayor Ordinario de la ciudad de Paraná a virtud del Superior Decreto del 3 del corriente, los señores que deben formar la junta para determinar sobre la solicitud elevada al Superior Gobierno por el mencionado Castañeda relativa a la construcción de una Capilla y Casa de Educación de la Juventud, a saber el Alcalde Mayor Ordinario Dn. Pedro pablo Seguí, Presidente y los Alcaldes de los distintos cuarteles y vecinos de la ciudad. Todos los integrantes de la junta, estuvieron a favor del establecimiento considerando muy útil y ventajosa para la educación.

El padre Castañeda informa como sería el funcionamiento de la escuela a su cargo, en la cual establece el siguiente método: “al rayar el alba tanto en invierno como en verano decirles la misa a los candidatos, en cuyo tiempo cantaran con música, o sin ella las divinas alabanzas: concluida la misa, barrer los aposentos, y el patio, poner en orden la escuela y dejarla todo acomodado antes del almuerzo: la escuela deberá durar tres horas por la mañana, y otras tres a la tarde: al entrar la noche rezarán el rosario, y después se leerá un punto sobre los misterios según el orden con que la santa Iglesia los va celebrando: antes de cenar se juntaran todos, y haciendo un coro relataran de memoria alguna parte del Catecismo.

         Los tiempos que median entre estas funciones se dedicaran a la educación física, y a divertirse ya en la danza, ya en la maroma, ya en la lucha, en correr a caballo, manejar una canoa, nadar en el Paraná, etc.

         Los gramáticos además de las tres horas de mañana, y tarde tendrán de noche sus conferencias; esto está por ahora reducido el método provisorio dejando para mejores tiempos y para cuando sean menos escasas las facultades el emprender con todo lujo la enseñanza recíproca, el fundar académica de dibulo, para lo cual debe contar el gobierno con mi notoria eficacia, y tesón infatigable.

         Se le concede la autorización para la fundación de la escuela de primera letras clase de latinidad y capilla pero deberá establecerse exclusivamente la enseñanza mutua o de Lancaster, cuando existan fondos para tal efecto.

Con respecto al terreno en la cual deberá funcionar el establecimiento escolar y la capilla don Salvador Ezpeleta, fundador de la Matanza (hoy Victoria) ofrece un terreno de sesenta varas de frente al este y cien de fondo al oeste sobre el mismo punto y en frente de la esquina del finado Dn. Esteban Marques.

Francisco Castañeda solicita al gobierno, que es necesario que se nombre a un patrono o síndico a cuyo cargo este lo material de la obra; como también la subsistencia y adelantamientos temporales del colegio, y para tal cargo propone a Dn. Salvador Ezpeleta, no solo por la donación del terreno sino también porque la fundación del pueblo de Aranzazu en la Matanza es un testimonio de la actividad y celo que lo caracteriza para que se le confíe la administración de éstas y otras obras mías. Esta solicitud fue aprobada por el Gobierno.

La primitiva escuela y capilla, llamada San José del Puerto, fueron edificadas en barro con techo de paja, hasta que en 1830, el señor Ezpeleta los sustituyó por otros edificios de cal y piedra. Estaba situada cerca del río, detrás de la actual iglesia del Carmen, según las comprobaciones realizadas por el doctor César B. Pérez Colman.

En mayo de 1834, el escribano don Manuel A. Calderón, publicó el siguiente documento: “se trata de un arreglo de cuentas entre  el P. Castañeda y el señor Espeleta como síndico de la escuela y capilla, hasta el 18 de marzo de 1830. Se pactó que las cuentas quedaban liquidadas, y que Espeleta recibía en propiedad el edificio de la capilla y escuela, bajo el compromiso de reedificarlas en piedra y cal. Finalizando la actividad educativa del padre Castañeda en el año 30.-

9/5/26

Las visitas de Almafuerte a Paraná

 Rubén I. Bourlot


Una extensa avenida, de las más prolongadas de la ciudad, que es la vía de ingreso desde el Este a Paraná lleva el nombre del ilustre poeta que en 1915 visitara la ciudad en medio de eufóricos homenajes. Pedro B. Palacio más conocido por su seudónimo de Almafuerte venía en el marco de una gira que en ese año incluyó a la poética Gualeguaychú. En esa ciudad el autor de los Sonetos medicinales fue recibido por una multitud en el puerto y luego actuó en el histórico Teatro Gualeguaychú.

En Paraná, en los primeros días de mayo, la recepción tuvo también ribetes epopéyicos. Se recibía a un poeta como hoy se suelen recibir a los ídolos deportivos o a algún cantante exitoso. Para esa altura Almafuerte ya había producido gran parte de la obra que lo hizo popular como los reconocidos Piu avanti y Molto piu avanti.

No te des por vencido, ni aun vencido,

no te sientas esclavo, ni aun esclavo;

trémulo de pavor, piénsate bravo,

y arremete feroz, ya mal herido.

Ofelia Sors dice que Almafuerte fue recibido en el puerto por una comisión vecinal que lo acompañó hasta la plaza Alvear donde cerca de 500 personas lo esperaron para luego dirigirse en columna acompañándolo hasta la plaza 1º de Mayo, en cuya esquina de calle Urquiza y Monte Caseros una Comisión Estudiantil había levantado una tribuna para que el poeta se dirigiera al público.

El diario La Provincia relataba, en un amplio despliegue en su primera plana, las actividades del “cantor de la chusma” como solía identificarse. En la edición del 8 de mayo publicaba una nota con los detalles de lo que sería la llegada de Almafuerte ilustrada con una fotografía del poeta. “Mañana será honrado Paraná con la visita de un poeta insigne… que acudiendo a insistentes pedidos de un núcleo de admiradores, viene a deleitarnos con la música sonora de sus versos y las vibraciones rítmicas de sus Evangelios”. 

A la noche se realizó un acto en el teatro 3 de Febrero donde el profesor Maximio S. Victoria, director de la Escuela Normal, lo presentó. Almafuerte, por su parte, pronunció un discurso y recitó algunas de sus poesías, entre otras “Evangélicas, “La sombra de la patria” y “Sonetos medicinales”, que merecieron el aplauso entusiasta del numeroso auditorio. Al otro día visitó algunos establecimientos educacionales. 

Unos meses antes, el 30 de marzo de 1915, el diario El Censor de Paraná había publicado como anticipo de la visita el poema Serenata: 

Nocturno canto do amor

que ondulas en mis pesares,

como en los negros pinares

las notas del ruiseñor.


El poeta de la chusma

Almafuerte había nacido como Pedro Bonifacio Palacios en San Justo (Buenos Aires) en 1854. Fue periodista y poeta. También ejerció la docencia. Era de una familia muy humilde, abandonado por su padre y perdió a su madre. 

Se destacó por su oratoria impetuosa y transgresora que reivindicaba a los sectores humildes, “la chusma de mis amores” les decía, y que le constó duras críticas por parte de la intelectualidad de la época. Se lo acusaba de prosaico y superficial en respuesta al deprecio que expresaba Almafuerte hacia los escritores consagrados por el orden conservador, a los que acusaba de “modernistas decadentes”. Tanto en su obra literaria como en sus escritos periodísticos bregaba por la implantación de una justicia social basada en la moral cristiana, aunque en soledad cuando el país se vanagloriaba de ser el granero del mundo y los que se caían des sistema permanecían invisibles. 


El maestro malogrado

Sin contar con una formación profesional -era un autodidacta en todos los sentidos- se inició en la docencia dictando clases en escuelas perdidas en medio de las pampas bonaerenses donde pocos se atrevían a llevar la cultura letrada: Mercedes, Salto y Trenque Lauquen. Ante una invitación de Domingo Faustino Sarmiento para que se trasladara a ejercer a la ciudad de Buenos Aires se negó alegando que “yo me quedo en el desierto; y cuando se haya poblado, me iré de maestro al Chubut”. Fue su forma de ganarse la vida dignamente. Años después (1896)  separado de la docencia por carecer de título oficial, que solo parece ser una simple excusa para separar a un elemento polémico que no rendía pleitesía a los gobernantes de turno (1). Esa circunstancia lo afectó anímicamente y en su economía. Al año siguiente inició su labor periodística en el diario El Pueblo de La Plata. 

En el nuevo siglo comienza a recoger los frutos de su obra poética. En 1906 publica Lamentaciones que es continuada por una sucesión de publicaciones que se prolongan más allá de su pronta muerte en  1917. Incomprendido en su momento, las generaciones posteriores, en particular el denominado “grupo de Boedo”, lo reconocen como uno de los precursores del vanguardismo (Jorge Luis Borges, Evaristo Carriego, Roberto Arlt, entre otros). Para algunos críticos uno de sus modelos fue Olegario v. Andrade, el gran poeta de La vuelta al hogar, vinculado con Gualeguaychú. No fue casual entonces que en su visita a la ciudad del sur entrerriano “una multitud esperaba en el puerto la entrada del vapor Golondrina –cuenta una crónica- que transportaba al señor Pedro Bonifacio Palacios, conocido por su seudónimo Almafuerte. La banda de música del regimiento 10 saludó con diferentes acordes la feliz llegada del distinguido viajero.”

Tras su muerte, en Paraná por una ordenanza del 7 de diciembre de 1917 se nombra Avenida Almafuerte al “camino a los corrales”.


(1) Laura Graciela Rodríguez dice al respecto que “en la Ley de Educación (1420) estaba previsto que los ayudantes o cualquier aspirante que no pudiese cursar en la Escuela Normal, adquiriese el título de maestro previa aprobación de un examen ante las autoridades del Consejo General de Educación. El control sobre las personas que ejercían sin título se hizo cada vez más estricto y hubo casos resonantes, como el del poeta y escritor Pedro B. Palacios, más conocido como “Almafuerte”, a quien las autoridades dejaron cesante después de haber trabajado como maestro durante 20 años.” (Maestro, inspector e intelectual: la biografía de Juan Francisco Jáuregui (1870-1960), en Intelectuales de la educación y el Estado: maestros, médicos y arquitectos, compilado por Flavia Fiorucci y Laura Graciela Rodríguez. – Bernal, Universidad Nacional de Quilmes, 2018)


Sucesos, un diario con opinión propia

Rubén I. Bourlot

El 7 de junio de 1979 nacía en Concepción del Uruguay un nuevo diario: Sucesos. La ciudad que supo tener un considerable número de periódicos en ese momento contaba con uno solo. No eran tiempos de internet y radios de frecuencia modulada. La gente se informaba por el diario local o por la emisora de AM LT 11.

La aparición de Sucesos, aunque de existencia efímera, nació con la intención de ofrecer una alternativa al hasta entonces único medio gráfico de la ciudad, el diario La Calle. Se presentaba como un medio innovador en su formato, la presentación de las noticias que en un 90 % eran de producción local, a diferencia de la competencia que solía llenar páginas con cables de agencias y gacetillas oficiales. El sistema de impresión offset también aportaba ventajas sobre la tipográfica particularmente en la reproducción de fotografías. Si bien su factura era muy artesanal, el resultado era atractivo para el lector. A esto se sumaba una muy activa producción periodística con cobertura de hechos locales, entrevistas y artículos de fondo.

La iniciativa venía precedida de varias experiencias periodísticas impulsadas por Rafael Almeyra. Desde 1974 venía publicando el periódico Información Agraria que circulaba en las zonas rurales de los departamentos Uruguay y Colón.  También había explorado otros títulos con La Costera dedicada a los espectáculos de jineteadas, La Gráfica Zonal especializada en el fútbol departamental y Sucesos que comenzó con un mensuario inspirado de la revistas de interés general como Siete Días y Gente. A fines de 1978 se transformó en un semanario con vocación de diario. Esta experiencia sirvió para formar los cuadros de profesionales y ensayar la dinámica que requería el nuevo formato. El objetivo era salir a la calle el 7 de junio Día del Periodista.

Opinión propia

El lema del medio era “con opinión propia”, todo un desafío en tiempos que el gobierno de facto mantenía una férrea vigilancia sobre el pensamiento. La línea editorial estableció como un objetivo central la defensa del rectorado de la Universidad Nacional de Entre Ríos. La UNER, creada en 1973, tenía su sede en Concepción del Uruguay pero sin ninguna facultad de la casa de estudios por lo que varias ciudades de la provincia aspiraban llevarse el rectorado: Paraná y Concordia, al menos.

El equipo de la publicación encabezado por el director Rafael Almeyra estaba integrado por Aníbal Gallay como jefe de redacción, Liliana Poggio, quién suscribe, en deportes Mario Lovisa y Martín González, Miguel Speroni en el diseño y diagramación, Rubén Juárez Bitz colaborador en el diseño y a cargo de la tira humorística, Mónica Amoz, entre varios más que escapan a la memoria.

Los primeros números se imprimían en Gualeguaychú lo que implicaba llevar los originales a la medianoche para que los ejemplares estén en la calle en las primeras horas del día. Luego adquirieron el propio equipo.

El diario se publicaba de lunes a sábado y el domingo salía un semanario literario, Sucesos dominical, que dirigía el poeta Jorge Enrique Martí.

Un pato rebelde

Entre las novedades incorporadas estuvo la tira humorística El Pato Sirirí que se publicaba al pie de la tapa con guion de Aníbal Gallay y dibujos de Bitz.
Este personaje fue protagonista de un insólito contrapunto con el gobierno de la provincia. Por esa época el logo turístico era también un pato sirirí por lo que las autoridades de facto cursaron un reclamo por “derechos de autor” que originó las respuesta de Sirirí es su propia tira deslindado toda similitud con el pato oficialista. La cuestión no pasó a mayores.

Final

Pero poderoso caballero, don dinero mandaba. A finales de 1979 el diario debatía su continuidad ante la falta de apoyo económico.

Y en esos últimos días del oscuro 1979, con las urnas bien guardadas, por la redacción comenzó a correr el rumor de que un diario de Paraná había hecho una oferta para adquirirlo.

En la capital provincial en esa época también circulaba un solo diario con aspiraciones hegemónicas. Se trataba de El Diario, por esos tiempos “de los Etchevehere”, que estaba en un proceso de expansión mediante la adquisición de diarios locales para posicionarse a nivel provincial. Ya se había quedado con el paranaense La Acción que fue trasladado a Nogoyá en 1978, El Debate-Pregón de Gualeguay, el Crisol de Victoria, y por corrillos circulaba la versión de la compra de varios periódicos locales que luego cerraban. En 1980 el grupo Etchevehere fundó el diario Concordia en la ciudad homónima.

El hecho fue que el rumor de la compra de Sucesos resultaba creíble y que no se concretó ante la negativa del director y titular de la sociedad editora Rafael Almeyra de dejar en manos de un grupo de Paraná el diario que había sido algo así como la coronación de su proyecto periodístico iniciado en 1974 con Información Agraria.

En marzo de 1980 Sucesos dejó de aparecer.

 

Imágenes

Portada del primer número de Sucesos

La cobertura de la visita de Palito Ortega

Una tira del Pato Sirirí

Parte del equipo de Sucesos


6/5/26

El tercer Carriego: “Carrieguito”

El 7 de mayo de 1883 nacía en Paraná Evaristo Carriego, “Carrieguito”. Su bisabuelo fue el coronel Evaristo Carriego, que actuó en Entre Ríos de 1820 a 1836, y su abuelo, también Evaristo Carriego, el periodista y abogado. El poeta, desde niño,  se radicó en Buenos  Aires adentrando con  sus poesías en el dolor de la tragedia del suburbio porteño. Publicó su primer libro de poemas, Misas herejes, en 1908. Luego vienen El alma del suburbio y La canción del barrio, todos ellos publicados póstumamente. 

Borges lo conoció personalmente porque era amigo de su padre y frecuentemente lo visitaba en su casa, y dijo haber descubierto la poesía de sus labios durante los extensos recitados que Carriego hacía de poemas de Almafuerte. 

Murió el 13 de octubre de 1912 en Buenos Aires, a causa de una peritonitis.

Compartimos fragmentos del ensayo sobre Carrieguito de Jorge Luis Borges publicado en 1930.


UNA VIDA DE EVARISTO CARRIEGO 

Por Jorge Luis Borges


Que un individuo quiera despertar en otro individuo recuerdos que no pertenecieron más que a un tercero, es una paradoja evidente. Ejecutar con despreocupación esa paradoja, es la inocente voluntad de toda biografía. Creo también que el haberlo conocido a Carriego no rectifica en este caso particular la dificultad del propósito. Poseo recuerdos de Carriego: recuerdos de recuerdos de otros recuerdos, cuyas mínimas desviaciones originales habrán oscura-mente crecido, en cada nuevo ensayo. Conservan, lo sé, el idiosincrásico sabor que llamo Carriego y que nos permite identificar un rostro en una muchedumbre. Es innegable, pero ese liviano archivo mnemónico —intención de la voz, costumbres de su andar y de su quietud, empleo de los ojos— es, por escrito, la menos comunicable de mis noticias acerca de él. Únicamente la trasmite la palabra Carriego, que demanda la mutua posesión de la propia imagen que deseo comunicar. Hay otra paradoja. Escribí que a las relaciones de Evaristo Carriego les basta la mención de su nombre para imaginárselo; añado que toda descripción puede satisfacerlos, sólo con no desmentir crasamente la ya formada representación que prevén. Repito esta de Giusti, en el número 219 de Nosotros: magro poeta de ojitos hurgadores, siempre trajeado de negro, que vivía en el arrabal. La indicación de muerte, presente en lo de trajeado siempre de negro y en el adjetivo, no faltaba en el vivacísimo rostro, que traslucía sin mayor divergencia las líneas de la calavera interior. La vida, la más urgente vida, estaba en los ojos. También los recordó con justicia el discurso fúnebre de Marcelo del Mazo. Esa acentuación única de sus ojos, con tan poca luz y tan riquísimo gesto, escribió. 

Carriego era entrerriano, de Paraná. Fue abuelo suyo el doctor Evaristo Carriego, escritor de ese libro de papel moreno y tapas tiesas que se llama con entera razón Páginas olvidadas (Santa Fe, 1895) y que mi lector, si tiene costumbre de revolver los turbios purgatorios de libros viejos de la calle Lavalle, habrá tenido en las manos alguna vez. Tenido y dejado, porque la pasión escrita en ese libro es circunstancial. Se trata de una suma de páginas partidarias de urgencia, en que todo es requisado para la acción, desde los latines caseros hasta Macaulay o el Plutarco según Garnier. Su valentía es de alma: cuando la legislatura del Paraná resolvió levantarle a Urquiza una estatua en vida, el único diputado que protestó fue el doctor Carriego, en oración hermosa aunque inútil. Carriego el antecesor es memorable aquí, no sólo por su posible herencia polémica sino por la tradición literaria de que se valdría el nieto después para borronear esas primeras cosas endebles que son la condición de las válidas. 

Carriego era, dé generaciones atrás, entrerriano. La entonación entrerriana del criollismo, afín a la oriental, reúne lo decorativo y lo despiadado igual que los tigres. Es batalladora, su símbolo es la lanza montonera de las patriadas. Es dulce: una dulzura bochornosa y mortal, una dulzura sin pudor, tipifica las más belicosas páginas de Leguizamón, de Elías Regules y de Silva Valdés. Es grave: la República Oriental, donde la entonación a que me refiero es más evidente, no ha escrito un solo buen humor, una sola dicha, desde los mil cuatrocientos epigramas hispanocoloniales propuestos por Acuña de Figueroa. Puesta a versificar, vacila entre la acuarela y el crimen; su tema no es la aceptación de destino del Martín Fierro, sino las calenturas de la caña o de la divisa, bien endulzadas. Está colaborando en ese sentir una efusión que no comprendemos, el árbol; una impiedad que no encarnamos, el indio. Su gravedad parece derivar de un más sobresaltado rigor: Sombra, porteño, conoció los derechos rumbos de la llanura, el arreo de las haciendas y un duelo ocasional a cuchillo; oriental, habría conocido también la carga de caballería de las patriadas, el duro arreo de hombres, el contrabando... Carriego sabía por tradición ese criollismo romántico y lo misturó con el criollismo resentido de los suburbios. 

A las razones evidentes de su criollismo —linaje provinciano y vivir en las orillas de Buenos Aires— debemos agregar una razón paradójica: la de su alguna sangre italiana, articulada en el apellido materno Giorello. Escribo sin malicia; el criollismo del íntegramente criollo es una fatalidad, el del mestizado una decisión, una conducta preferida y re-suelta. La veneración de lo étnico inglés que se lee en el inspired Eurasian journalist Kipling ¿no es una prueba más (si la fisonómica no bastara) de su tiznada sangre? 

Carriego solía vanagloriarse.  A los gringos no me basta con aborrecerlos; yo los calumnio, pero el desenfreno alegre de esa declaración prueba su no verdad. El criollo, con la seguridad de su ascetismo y del que está en su casa, lo considera al gringo un menor. Su misma felicidad le hace gracia, su apoteosis espesa. Es de común observación que el italiano lo puede todo en esta república, salvo ser tomado realmente en serio por los desalojados por él. Esa benevolencia con fondo completo de sorna, es el desquite reservado de los hijos del país. 

Los españoles eran otra preferencia de su aversión. La acepción callejera del español —el fanático que ha reemplazado el auto de fe con el Diccionario de Galicismos, el mucamo en la selva de plumeros— era también la suya. Huelga añadir que esta previsión o prejuicio no le estorbó algunas amistades hispanas, como la del doctor Severiano Lo-rente, que parecía llevar consigo el tiempo ocioso y generoso de España (el ancho tiempo musulmán que engendró el Libro de las Mil y Una Noches) y que se demoraba hasta el alba, en el Royal Keller, ante su medio litro. 

Carriego creía tener una obligación con su barrio pobre: obligación que el estilo bellaco de la fecha traducía en rencor, pero que él sentiría como una fuerza. Ser pobre implica una más inmediata posesión de la realidad, un atropellar el primer gusto áspero de las cosas: conocimiento que parece faltar a los ricos, como si todo les llegara filtrado. Tan adeudado se creyó Evaristo Carriego a su ambiente, que en dos distintas ocasiones de su obra se disculpa de escribir-le versos a una mujer, como si la consideración del pobrerío amargo de la vecindad fuera el único empleo lícito de su destino. 

Los hechos de su vida, con ser infinitos e incalculables, son de fácil aparente dicción y los enumera servicialmente Gabriel en su libro del novecientos veintiuno. Se nos confía en él que nuestro Evaristo Carriego nació en 1883, el 7 de mayo, y que rindió el tercer año del nacional y que frecuentaba la redacción del diario La Protesta y que falleció el día 13 de octubre del novecientos doce, y otras puntuales e invisibles noticias que encargan despreocupadamente a quien las recibe el salteado trabajo del narrador, que es restituir a imágenes los informes. Yo pienso que la sucesión cronológica es inaplicable a Carriego, hombre de conversada vida y paseada. Enumerarlo, seguir el orden de sus días, me parece imposible; mejor buscar su eternidad, sus repeticiones. Sólo una descripción intemporal, morosa con amor, puede devolvérnoslo. 

Literariamente, sus juicios de condenación y de elogio ignoraban la duda. Era muy alacrán: maldecía de los más justificados nombres famosos con esa evidente sinrazón que suele no ser más que una cortesía al propio cenáculo, una lealtad de creer que la reunión presente es perfecta y no podría ser mejorada por la adición de nadie. La revelación de la capacidad estética de la palabra se operó en él, como en casi todos los argentinos, mediante los desconsuelos y los éxtasis de Almafuerte: afición que la amistad personal corroboró después. El Quijote era su más frecuente lectura. Con Martín Fierro debe haber ejercido el proceder común de su tiempo: unas apasionadas lecturas clandestinas cuando muchacho, un gusto sin dictamen. Era aficionado también a las calumniadas biografías de guapos que hizo Eduardo Gutiérrez, desde la semirromántica de Moreira hasta la desengañadamente realista de Hormiga Negra, el de San Nicolás (¡del Arroyo y no me arrollo!). Francia, país entonces de recomendado entusiasmo, había subdelegado para él su representación en Georges D'Esparbés, en alguna novela de Víctor Hugo y en las de Dumas. También solía publicar en su conversación esas preferencias guerreras. La muerte erótica del caudillo Ramírez, desmontado a lanzazos del caballo y decapitado por defender a su Delfina, y la de Juan Moreira, que pasó de los ardientes juegos del lupanar a las bayonetas policiales y los balazos, eran muy contadas por él. No descuidaba la crónica de su tiempo: las puñaladas de bailecito y de esquina, los relatos de hierro que dejan recaer su valor en quien está contándolos. Su conversación —escribía Giusti después— evocaba los patios de vecindad, los quejumbrosos organillos, los bailes, los velorios, los guapos, los tugares de perdición, su carne de presidio y de hospital. Hombres del Centro, le escuchábamos encariñados, como si nos contase fábulas de un lejano país. Él se sabía delicado y mortal, pero leguas rosadas de Palermo estaban respaldándolo. 

Escribía poco, lo que significa que sus borradores eran orales. En la caminada noche callejera, en la plataforma de los Lacroze, en las tardías vueltas a casa, iba tramando versos. Al otro día —por lo común después de almorzar, hora veteada de indolencia pero sin apurones— los precisaba en el papel. Ni fatigó la noche ni se atrevió jamás a la ceremonia desconsolada de madrugar para escribir. Antes de entregar un original, ponía a prueba su inmediata eficacia, leyéndolo e repitiéndolo a los amigos. De éstos, uno que se menciona invariablemente es Carlos de Soussens. 

La noche que Soussens me descubrió, era una de las fechas acostumbradas en la conversación de Carriego. Éste lo quería y lo malquería por razones iguales. Le gustaba su condición de francés, de hombre asimilado a los prestigios de Dumas padre, de Verlaine y de Napoleón; le molestaba su condición anexa de gringo, de hombre sin muertos en América. Además, el oscilante Soussens era más bien un francés aproximativo: era, como él circunloqueaba y repitió Carriego en un verso, caballero de Friburgo, francés que no alcanzaba a francés y no salía de suizo. Le gustaba, en abstracto, su condición libérrima de bohemio; le molestaba —hasta la reflexión pedagógica y la censura— su complicada haraganería, su alcoholización, su rutina de postergaciones y de enredos. Esa aversión dice que el Evaristo Carriego de la honesta tradición criolla era el esencial y no el trasnochador de Los inmortales. 

Pero el amigo más real de Carriego fue Marcelo del Mazo, que sentía por él esa casi perpleja admiración que el instintivo suele producir en el hombre de letras. Del Mazo, escritor olvidado con injusticia, ejercía en el arte la misma cortesía exacerbada que en el trato común, y las piedades o las delicadezas del mal eran su argumento. Publicó en 1910 Los vencidos (segunda serie), libro ignorado que reserva unas páginas virtualmente famosas, como la diatriba contra las personas de edad —menos entigrecida pero mejor Observada que la de Swift (Travels into Several Remote Nations, III, 10) — y la que se llama La última. Otros escritores de la amistad de Carriego fueron Jorge Borges, Gustavo Caraballo, Félix Lima, Juan Más y Pi, Alvaro Melián Lafinur, Evar Méndez, Antonio Monteavaro, Florencio Sánchez, Emilio Suárez Calimano, Soiza Reilly. 

Declaro ahora sus amistades de barrio, en las que fue riquísimo. La más operativa fue la del caudillo Paredes, entonces el patrón de Palermo. Esa amistad la buscó Evaristo Carriego a los catorce años. Tenía la lealtad disponible, inquirió el nombre del caudillo de la parroquia, le noticiaron quién, lo buscó, se abrió camino entre los fornidos pretoria-nos de chambergo alto, le dijo que él era Evaristo Carriego, de Honduras. Esto sucedió en el mercado que está en la plaza Güemes; el muchacho no se movió hasta el alba de ahí, codeándose con guapos, tuteando —la ginebra es confianzuda— asesinos. Porque la votación se dirimía entonces a hachazos, y las puntas norte y sur de la capital producían, en razón directa de su población criolla y de su miseria, el elemento electoral que los despachaba. Ese elemento operaba en la provincia también: los caudillos de barrio iban donde los precisaba el partido y llevaban sus hombres. Ojo y acero —ajados nacionales de papel y profundos revólveres— depositaban su voto independiente. La aplicación de la ley Sáenz Peña, el novecientos doce, desbandó esas milicias. No le hace; la desvelada noche que referí  es de 1897 recién, y manda Paredes. Paredes es el criollo rumboso, en entera posesión de su realidad: el pecho dilatado de hombría, la presencia mandona, la melena negra insolente, el bigote flameado, la grave voz usual que deliberadamente se afemina y se arrastra en la provocación, el sentencioso andar, el manejo de la posible anécdota heroica, del dicharacho, del naipe habilidoso, del cuchillo y de la guitarra, la seguridad infinita. Es hombre de a caballo también, porque se ha criado en un Palermo anterior a este del carreraje, en el de la distancia y las quintas. Es el varón de los asados homéricos y del contrapunto incansable. Del contrapunto dije; a los treinta años de esa cargada noche me dedicaría unas décimas, de las que no olvidaré este acierto impensado, esta resolución de amistad: A usté, compañero Borges, lo saludo enteramente. Es visteador de ley, pero malevo que ha querido faltarle ha sido sujeta-do, no con el fierro igual, sino con el rebenque mandón o con la mano abierta, para mantener disciplina. Los amigos, lo mismo que los muertos y las ciudades, colaboran en cada hombre, y hay renglón de El alma del suburbio: pues ya urna vez lo hizo caer de un hachazo, en que parece retumbar la voz de Paredes, ese trueno cansado y fastidiado de las imprecaciones criollas. Por Nicolás Paredes conoció Evaristo Carriego la gente cuchillera de la sección, la flor de Dios te libre. Mantuvo por un tiempo con ellos una despareja amistad, una amistad profesionalmente criolla con efusiones de almacén y juramentos leales de gaucho y vos me conoces che hermano y las otras morondangas del género. Ceniza de esa frecuentación son las algunas décimas en lunfardo que Carriego se desentendió de firmar y de las que he juntado dos series: una agradeciéndole a Félix Lima el envío de su libro de crónicas Con los nueve; otra, cuyo nombre parece una irrisión de Dies irae, llamada Día de bronca y publicada sobre el seudónimo El Barretero en la revista policial L. C. En el suplemento de este segundo capítulo copio algunas. 

No se le conocieron hechos de amor. Sus hermanos tienen el recuerdo de una mujer de luto que solía esperar en la vereda y que mandaba cualquier chico a buscarlo. Lo embromaban: nunca le sonsacaron su nombre. 

Arribo a la cuestión de su enfermedad, que pienso importantísima. Es creencia general que la tuberculosis lo ardió: opinión desmentida por su familia, aconsejada tal vez por dos supersticiones, la de que es denigrativo ese mal, la de que se hereda. Salvo sus deudos, todos aseveran que murió tísico. Tres consideraciones vindican esa general opinión de sus amistades: la inspirada movilidad y vitalidad de la conversación de Carriego, favor posible de un estado febril; la figura, insistida con obsesión, de la escupida roja; la solicitud urgente de aplauso. Él se sabía dedicado a la muerte y sin otra posible inmortalidad que la de sus palabras escritas; por eso, la impaciencia de gloria. Imponía sus versos en el café, ladeaba la conversación a temas vecinos de los versificados por él, denigraba con elogios indiferentes o con reprobaciones totales a los colegas de aptitud peligrosa; decía, como quien se distrae, mi talento. Además, había preparado o se había agenciado un sofisma, que vaticinaba que la entera poesía contemporánea iba a perecer por retórica, salvo la suya, que podía subsistir como documento —como si la afición retórica no fuera documental de un siglo, también. Tenía sobrada razón —escribe del Mazo— al requerir personalmente la atención general hacia su obra. Comprendía que la consagración lentísima alcanza en vida a contados ancianos, y subiendo que no produciría en amontonamiento de libros, abría el espíritu ambiente a la belleza y gravedad de sus versos. Ese proceder no significaba una vanidad: era la parte mecánica de la gloria, era una obligación del mismo orden que la de corregir las pruebas. La premonición de la incesante muerte la urgía. Codiciaba Carriego el futuro tiempo generoso de los de-más, el afecto de ausentes. Por esa abstracta conversación con las almas, llegó a desentenderse del amor y de la desprevenida amistad, y se redujo a ser su propia publicidad y su apóstol. 

Puedo intercalar una historia. Una mujer ensangrentada, italiana, que huía de los golpes de su marido, irrumpió una tarde en el patio de los Carriego. Éste salió indignado a la calle y dijo las cuatro duras palabras que había que decir. El marido (un cantinero vecino) las toleró sin contestación, pero guardó rencor. Carriego, sabiendo que la fama es artículo de primera necesidad, aunque vergonzante, publicó un suelto de vistosa reprobación en Ultima Hora sobre la brutalidad de ese gringo. Su resultado fue inmediato: el hombre, vindicada públicamente su condición de bruto, depuso entre ajenas chacotas halagadoras el malhumor; la golpeada anduvo sonriente unos días; la calle Honduras se sintió más real cuando se leyó impresa. Quien así podía traslucir en los otros esa apetencia clandestina de fama, adolecía de ella también. , 

La perduración en el recuerdo de los demás lo tiranizaba. Cuando alguna definitiva pluma de acero resolvió que Almafuerte, Lugones y Enrique Banchs integraban ya el triunvirato —¿o sería el tricornio o el trimestre?— de la poesía argentina, Carriego proponía en los cafés la deposición de Lugones, para que no tuviera que molestar su propia inclusión ese arreglo ternario. 

Las variantes raleaban: sus días eran un solo día. Hasta su muerte vivió en el 84 de Honduras, hoy 3784. Era infaltable los domingos en casa nuestra, de vuelta del hipódromo. Repensando las frecuencias de su vivir —los desabridos despertares caseros, el gusto de travesear con los chicos, la copa grande de guindado oriental o caña de naranja en el vecino almacén de Charcas y Malabia, las tenidas en el bar de Venezuela y Perú, la discutidora amistad, las italianas comidas porteñas en la Cortada, la conmemoración de versos de Gutiérrez Nájera y de Almafuerte, la asistencia viril a la casa de zaguán rosado como una niña, el cortar un gajito de madreselva al orillar una tapia, el hábito y el amor de la noche— veo un sentido de inclusión y de círculo en su misma trivialidad. Son actos comunísticos, pero el sentido fundamental de común es el de compartido entre todos. Esas frecuencias que enuncié de Carriego, yo sé que nos lo acercan; Lo repiten infinitamente en nosotros, como si Carriego perdurara disperso en nuestros destinos, como si cada uno de nosotros fuera por unos segundos Carriego. Creo que literalmente así es, y que esas momentáneas identidades (¡no repeticiones!) que aniquilan el supuesto correr del tiempo, prueban la eternidad. 

Inferir de un libro las inclinaciones de su escritor parece operación muy fácil, máxime si olvidamos que éste no redacta siempre lo que prefiere, sino lo de menor empeño y lo que se figura esperan de él. Esas borrosas imágenes suficientes de campo de a caballo, que son el fondo de toda conciencia argentina, no podían faltar en Carriego. En ellas hubiera querido vivir. Otras incidentales (de azar domiciliario al principio, de ensayo aventurero después, de cariño al fin) eran, sin embargo, las que defenderían su memoria: el patio que es ocasión de serenidad, rosa para los días, el fuego humilde de San Juan, revolcándose como un perro en mitad de la calle, la estaca de la carbonería, su bloque de apretada tiniebla, sus muchos leños, la mampara de fierro del conventillo, los hombres de la esquina rosada. Ellas lo confiesan y aluden. Yo espero que Carriego lo entendió así alegre y resignadamente, en una de sus callejeras noches finales; yo imagino que el hombre es poroso para la muerte y que su inmediación lo suele vetear de hastíos y de luz, de vigilancias milagrosas y previsiones. 


General Francia, testigo y protagonista de una etapa bisagra en la institucionalización del país

Rubén I. Bourlot

El 8 de mayo de 1887 fallecía en Montevideo el general José María Francia de dilatada actuación en Entre Ríos. Había nacido también en la costa oriental del Uruguay, Santo Domingo Soriano, en 1818. Era considerado como un militar de competencia técnica y experto conductor de tropas, pudiendo ser estimado como uno de los créditos militares de Urquiza.

La actuación de José María Francia recorre un periodo clave de la historia de Entre Ríos. Fue testigo y protagonista a la vez de una etapa bisagra en la institucionalización del país con sus avances y conflictos. Recorrer su biografía es una excusa para conocer un poco más la complejidad de un proceso histórico con protagonistas relevantes que opacaron su presencia.

Desde joven se incorporó a las milicias entrerrianas con el grado de subteniente durante las gobernaciones de Pascual Echagüe (1832-1841) el que vino a aplacar las aguas de la anarquía entrerriana. Tuvo actuación destacada en las batallas de Pago Largo (1839), Cagancha (1839), Caá Guazú (1841), India Muerta (1845) sobresaliendo siempre por su valor. Acompañó a Urquiza en su campaña de 1842 y participó en la batalla clave de Arroyo Grande (1842), a cargo la artillería junto a Juan Bautista Thorne. En Paraná se casó con Ramona Puig, hermana de la esposa de Ricardo López Jordán (hijo), Dolores Puig.

Herido en Vences

Ante el fracaso de lo dispuesto en los tratados de Alcaraz, firmados por los gobiernos de Entre Ríos y Corrientes en 1846, el 20 de octubre de 1847 el gobernador entrerriano Justo José de Urquiza resolvió atacar nuevamente a Corrientes. Partió desde su campamento de Calá al frente de 6.000 hombres, en tanto el Ejército de Corrientes, al mando del gobernador Joaquín Madariaga,  contaba con 4.100 jinetes.

Una crónica especializada relata que el enfrentamiento se produjo en el sitio denominado potrero o rincón de Vences, situado poco más de 80 kilómetros de la ciudad de Corrientes, una elevación de forma aproximadamente circular de un diámetro no mayor de 800 metros, rodeada de bañados y malezas salvo en un estrecho espacio al Este de la misma (entrada del potrero). Madariaga hizo abrir una zanja en la mayor parte del perímetro y pozos de lobo en los lugares de más fácil acceso. El ataque federal contra el ejército correntino situado dentro del potrero se realizó simultáneamente contra el frente y a ambos flancos. La acción frontal  estuvo a cargo de dos batallones de infantería, un escuadrón y dos cañones, contra las posiciones fortificadas de los correntinos, a órdenes del comandante Francia. Las fuerzas correntinas fueron derrotadas de modo contundente pero Francia resultó gravemente herido.

Un suelto publicado por el periódico La Regeneración en 1850 da cuenta del reconocimiento a los muertos y heridos del ejército de la Confederación en la batalla de Potrero de Vences donde figura el teniente coronel José María Francia del batallón Entrerriano “herido gravemente de metralla”.

En Buenos Aires fue asistido y operado con intervención del doctor Ángel M. Donado pero las cicatrices de su cara no pudieron disimularse por lo que desde entonces las ocultó con una espesa barba.

Durante la presidencia de Urquiza fue comandante general interino de Entre Ríos, y ascendido a general en julio de 1858. El presidente Santiago Derqui lo nombró inspector general del ejército de la Confederación y más tarde, en diciembre de 1860, ministro de guerra y marina.

Asistió a las batallas de Caseros (1852) donde integró el batallón Urquiza, Cepeda (1859), como jefe de estado mayor y de la artillería, y Pavón (1861) como jefe de estado mayor. Tras la confusa derrota en esta última batalla Urquiza lo culpó por haber elegido un campo de batalla en que la caballería no podía maniobrar; pero fue justamente la caballería federal la vencedora al mando de Ricardo López Jordán. En A finales de ese mismo año, el gobernador Urquiza lo nombró comandante militar de Paraná.

Regreso con gloria

En 1859, tras el triunfo de Cepeda contra las fuerzas separatistas de Buenos Aires el ejército hizo su entrada triunfal en la capital de la Confederación con el saludo de repiques de campanas y el pueblo entusiasta que lanzado a las calles para aplaudir a los soldados y a sus jefes en un ambiente de indescriptible entusiasmo. Según la crónica periodística, el pueblo ocupaba todo el trayecto de "La Batería" (hoy Parque Urquiza), la Alameda hasta la plaza 1º de Mayo, ubicándose el vecindario en aceras, balcones y azoteas. Los soldados desfilaron bajo arcos triunfales construidos por los propios vecinos en cada bocacalle y entre una lluvia y alfombra de flores arrojadas a su paso por señoras y niñas. El espectáculo se amenizaba con la novedosa ascensión de globos de colores. La recepción más entusiasta y tocante se tributó al batallón "Fidelidad", acaso porque la mayoría de sus soldados, comandados por el general Francia, eran de Paraná.

En 1863 obtuvo la baja del ejército y se retiró a su estancia, y años más tarde se mudó a Montevideo. En 1883, fue reincorporado al Ejército Argentino como general de división, pero solamente para el cobro de jubilaciones.

El anciano general, en 1885, repasa con sentido crítico los hechos del Pronunciamiento en una carta a Antonino Reyes que había sido edecán de Rosas: “Usted va a juzgar del estado de ánimo de nuestro espíritu el día de la proclamación del bando y fijación de éste en las calles del Paraná, por el siguiente hecho histórico e imponente de que fui testigo: Yo era el Jefe de las armas, y la orden se dio para la formación de todas las tropas que allí se hallaban en un número de 2.500 hombres. La columna se puso en marcha y no se oía más que la voz del pregón comunicando al pueblo la separación de la provincia de Entre Ríos y supresión de la encomienda al gobernador de Buenos Aires en las relaciones exteriores. En la tropa se oía el mismo silencio durante la marcha. De repente una sola y única voz (el Dr. Evaristo Carriego) gritó: ¡Muera el tirano Juan Manuel de Rosas! La columna hizo un raro movimiento como es echar un paso atrás, toda ella, y nadie contestó”.  

Después de una cruel enfermedad, atribuida a la herida sufrida en Vences, falleció en Montevideo en 1887.


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