29/12/23

Hacia una redefinición del trabajo

 Rubén I. Bourlot


Desde hace algunas décadas presenciamos una euforia por definir los tiempos contemporáneos. Para algunos estamos viviendo en la postmodernidad, asistimos a fin de la Historia sustentada en la idea de globalización y en la explosión tecnológica. A fines del siglo pasado la idea de que habitábamos una aldea global suponía la desaparición de los conflictos de nacionalidades, de la puja de las culturas para conservar o construir sus respectivas identidades. Todo esto bajo la vigilancia de la pax imperial. Los hechos cotidianos y los sucesos globales en las primeras décadas del siglo XXI tienden a desmentir estas teorías de fin de milenio. Por ello también son tiempos de rectificaciones.

Si podemos hablar de algún tipo de globalización tenemos pensar en el mercado, verdadero dios pagano de la modernidad. El mercado acompañó las grandes conquistas, desde las cruzadas hasta nuestros días. La globalización mercantil que hoy interconecta al Mundo a una velocidad impensada hace un siglo (Internet, jumbos, satélites, cohetes intercontinentales) se anudó con la expedición de Magallanes - Elcano cuando amanecía el siglo XVI. Por lo tanto no es un fenómeno tan nuevo para estos tiempos de inmediatez. Es un acontecimiento propio de la Modernidad europea.

Es en este contexto que el trabajo humano ingresó como un componente más del mercado, integrando las cadenas de producción y comercialización, convirtiéndose en una variable más de los costos y en una mercancía. Así se justificó el comercio de esclavos, no ya la utilización de mano de obra esclava de las épocas preburguesas. El esclavo era mano de obra y mercancía. El esclavo abarataba los costos de producción de materias primas en las colonias y de manufacturas en las metrópolis. Las revoluciones sociales incorporaron los derechos ineludibles de los trabajadores y la esclavitud corrió el riesgo de desaparecer. No obstante el propio mercado recobró la iniciativa: flexibilización laboral, pérdida del poder adquisitivo de los salarios, reemplazo de trabajo humano por artefactos (robótica) contribuyen hoy a transferir el fruto del trabajo a los dueños de los medios de producción. Para ello el mercado ha sustituido al estado, a la política, como depositarios y administradores del poder. El poder del pueblo, un postulado de la modernidad, es una entelequia hoy más que nunca. El poder ha sido expropiado por el mercado.

Se plantea el fenómeno de la desaparición del trabajo en las formas que conoció la humanidad desde sus orígenes. El trabajo poco a poco se convierte en un privilegio de una clase social intermedia entre la aristocracia propietaria del mercado y los pobres que se deben conformar con las migajas de la “economía informal” y los planes sociales. En este contexto, heredero del más puro malthusianismo, sobran millones de personas.

Frente a esta realidad es necesario abrir un paréntesis para reflexionar y repensar el sentido del trabajo humano. No como un engranaje en la maquinaria de producción de bienes (o males) y servicios, un componente más del costo, una variable económica. El trabajo es parte de la dignidad del hombre. El hombre ganará el pan de cada día con el sudor de su frente dice la milenaria consigna. El trabajo es una experiencia vital, un acto cultural y una manera de servir a la comunidad. La persona humana se realiza mediante el trabajo, se constituye parte de su comunidad siendo útil, aportando su trabajo, cumpliendo una función (Aquello no era trabajo, / Mas bien era una junción, al decir del Martín Fierro). Desde este punto de vista no pueden existir desocupados y por ende miembros de la comunidad que no puedan satisfacer sus necesidades de alimento, abrigo, descanso y esparcimiento. La máquina, la tecnología son sólo instrumentos creados por el hombre para servir al hombre, para aliviar tareas penosas, para explorar nuevas experiencias propias de la cultura. No es concebible justificar la marginación de parte de la sociedad, sacrificar millones de personas, como un precio a pagar al avance tecnológico. La máquina no es responsable de las injusticias, de la miseria, de la guerra. La ruptura de la armonía entre el trabajo que transforma la energía física e intelectual del hombre en bienes culturales, y el descanso - alimentación - esparcimiento, por los cuales el hombre recupera esas energías; es responsabilidad de la lógica del mercado, que acumula los bienes producidos en pocas manos para luego distribuirlas - venderlas con la mayor ganancia posible.

Es necesario dar una vuelta de tuerca para reinventar el trabajo, desvinculándolo del mercado.

 

El hombre americano y el trabajo desde una nueva perspectiva

El hombre americano es producto de la fusión de culturas autóctonas con las oleadas de pueblos europeos peninsulares, impulsadas por las energías mercantiles pero también motivadas por ideales cristianos. Evangelizar a los indios implicó, más allá de gruesos y trágicos errores de apreciación, un esfuerzo para incorporar el otro a la ecúmene, ese otro que rechazaban, en nombre del puritanismo, los anglosajones que arribaron a la costa atlántica del norte de América.

La cultura hispanoamericana es una cultura trascendente. La comunidad, el cuerpo social tiene un horizonte de más allá. En otra dimensión puede hallar la salvación. El pueblo americano es un pueblo creyente con la misma fuerza e ingenuidad de sus antepasados indios. Los mitos y leyendas de las cosmovisiones americanas fueron el germen de su destrucción histórica pero a su vez fueron capaces de trascender en la nueva realidad cultural. De lo material nos quedan ruinas monumentales en medio de la maraña; de lo espiritual permanece vivo casi todo, imbricado, mimetizado en las culturas de la América morena. Es en los rincones más remotos del subsuelo social donde perdura viva la llama de una nueva redención; en los arrabales de una comunidad fracturada entre la opulencia de los edificios de vidrio y acero, la pobreza extrema entre las chapas y los cartones de las favelas y villas. Es en este submundo que para los politólogos son sectores NBA - con necesidades básicas insatisfechas - donde permanece latente el reservorio de dignidad humana, donde se conserva la llama de la esperanza por un más allá superador de las miserias actuales.

Desde esta América, podremos reinventar el trabajo con otra perspectiva, reconstruir una cultura donde el trabajo sea un componente imprescindible. Repensar el mundo, no como una aldea global sino como una sumatoria de comunidades integradas por fuertes lazos de identidad y solidaridad. Repensar y recrear el estado como la realización suprema de la comunidad organizada, su expresión más acabada, que sintetiza las aspiraciones de sus miembros. Este estado sustentado en las relaciones de trabajo y no en las relaciones económicas como las concibe el liberalismo, será el único que garantizará la justicia, la paz social y la prosperidad de los pueblos.


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