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11/8/25

Conflictos y armonías entre dos hombres en pugna

Rubén I. Bourlot

El 14 de agosto de 1852 el Director Provisorio de la Confederación, general Justo José de Urquiza, dictó una resolución mandando devolver al general Juan Manuel de Rosas los bienes que le habían sido confiscados inmediatamente a su caída del gobierno. Hacía pocos meses que ambos se habían enfrentado en  la batalla de Caseros (3 de febrero de 1852).

Para muchos les resultará curioso un hecho que no suele destacarse cuando se divulga nuestra historia. La interpretación de los acontecimientos del pasado no siempre respeta lo que realmente aconteció. Muchos historiadores y divulgadores ofrecen una visión sesgada, desde sus propios prejuicios, de los sucesos y de las conductas de los protagonistas, que deforman la comprensión del pasado.

Así combaten en el papel, en los ajados manuales de historia para enseñar a nuestros gurises, los protagonistas malos -muy malos- contra los buenos inmaculados. Que Artigas era un buenudo y Ramírez el malo que lo corrió a lanzazos (o viceversa); que Urquiza fue el bueno que combatió y nos salvó de la cruel dictadura de Rosas (o viceversa). Tal maniqueísmo no se corresponde con un correcto análisis del pasado. La condición humana está plagada de miserias, de errores, de intereses que debemos sopesar cuando interpretamos los hechos de pasado. Por eso viene bien recordar los vínculos que acercaron y alejaron a dos protagonistas insoslayables de siglo XIX en nuestro país: Justo José de Urquiza y Juan Manuel de Rosas.

La batalla de Caseros que fue la culminación de un proceso iniciado un año antes, el 1 de mayo de 1852, con el llamado “Pronunciamiento” de Urquiza que desconocía el liderazgo de Rosas sobre todas las provincias de la Confederación Argentina. Y también era la clausura de dos décadas vigencia de un gobierno de pactos interprovinciales que reconocían a Restaurador la administración de los asuntos exteriores del país, de los negocios de paz y guerra y la distribución de los ingresos de la aduana de Buenos Aires. Faltaba la organización constitucional y un gobierno nacional que reemplazara al precario sistema pactista. Rosas dilataba, con la excusa de que primero había que pacificar el país, la promesa de convocar al Congreso General Federativo dispuesta por el Pacto Federal de 1831 con el objeto de sancionar ese “cuadernito con el nombre de constitución”, como decía. El reclamo fue madurando, empezaron a tallar los liderazgos de las demás provincias hasta que encontraron en Urquiza al artífice de la organización.

 

Caseros y los vengadores

La derrota de Caseros trajo como consecuencia la renuncia de Rosas y su exilio en Inglaterra. El flamante gobernador provisorio de Buenos Aires designado por Urquiza, Vicente López y Planes (el mismo autor del Himno Nacional), se apresuró en confiscar todos los bienes del caído en desgracia, sin atender el tan meneado derecho inviolable la propiedad. El 16 de febrero de 1852 firmó un decreto por el que los bienes del Restaurador eran apropiados por la provincia, que se comprometía a administrarlos hasta tanto la legislatura resolviera qué iba a hacer con ellos. “Todas la propiedades de todo género pertenecientes a don Juan Manuel de Rosas, existentes en el territorio de la provincia, son de pertenecía pública”, disponía en el artículo 1º.

López había tenido una actuación política muy cercana a Rosas: desde 1829 hasta 1852 desempeñó diferentes cargos en el Tribunal Superior de Justicia de la provincia de Buenos Aires. No obstante, bajo su ala, se encontraba el acérrimo antirrosista Valentín Alsina en el ministerio de Gobierno.

Meses después, renunciado López, Urquiza a cargo del gobierno de Buenos Aires dictó la resolución del 14 de agosto en cumplimiento de lo dispuesto el día 7 del mismo mes que dejaba sin efecto, y prohibía para lo sucesivo, toda confiscación de bienes por causas políticas. Estas medidas eran coherentes con el espíritu de las “Bases” que había redactado Juan Bautista Alberdi para proyectar la Constitución Nacional que consagró en 1853 precisamente: “la propiedad es inviolable, y ningún habitante de la Nación puede ser privado de ella, sino en virtud de sentencia fundada en ley” y “la confiscación de bienes queda borrada para siempre del Código Penal argentino”.

 

La gratitud de Rosas

Cuando Rosas, en su exilio inglés, se enteró de la buena nueva inmediatamente le dirigió una carta de agradecimiento a Urquiza, fechada en 3 de noviembre de 1852, donde le decía que “¿Al registrar la historia esos hechos ilustres de elevada generosidad, de rectitud y de justicia, podré excusarle esta declaración? No, señor, porque amo a mi patria, no soy injusto y no debo ser ingrato.”

Urquiza le respondió el 18 de marzo de 1853, desde San Nicolás, expresando que “ha sido un acto de rigurosa justicia, que ejercí en conformidad con mis más íntimas convicciones, y demasiado me creo retribuido por él, con que Vd. lo aprecie y me manifieste su gratitud”.

Todo parecía saldado en los dos caudillos separados por una generosa distancia que garantizaba una marcha tranquila hacia la organización nacional. Pero la ruptura de Buenos Aires tras el levantamiento del 11 de septiembre y el posterior intento de invasión a Entre Ríos para bloquear el desarrollo de la Convención Constituyente, que había iniciado sus sesiones a fines de ese año, dejó el campo libre para el retorno del unitarismo antirrosista al gobierno de esa provincia.

En 1857 Valentín Alsina accedió a la gobernación de la separatista Buenos Aires y dispuso inmediatamente una nueva confiscación mediante la Ley Nº 139: “Declaración de reo de lesa patria y confiscación de los bienes de Juan Manuel de Rosas” y autorizaba “al Poder Ejecutivo para la venta en pública subasta, de las tierras” de su propiedad.

Enterado el presidente Urquiza de este nuevo atropello le escribió a Rosas desde Paraná, el 24 de agosto de 1858, ofreciéndole ayuda: “Yo y algunos amigos de Entre Ríos estaríamos dispuestos a enviar a Vd. alguna suma para ayudarlo a sus gastos, si no nos detuviera el no ofender su susceptibilidad, y le agradecería que nos manifestara que aceptaría esta demostración de algunos individuos que alguna vez han obedecido a sus órdenes. Ello no importaría otra cosa que la expresión de buenos sentimientos que le guardan los mismos que contribuyeron a su caída, pero que no olvidan la consideración que se debe a lo que ha hecho tan gran figura en el país, y a los servicios muy altos que le debe, y que soy el primero en reconocer, servicios cuya gloria nadie puede arrebatarle, y son los que se refieren a la energía con que siempre sostuvo los derechos de la soberanía e independencia nacional”.

Rosas de nuevo le agradeció, a través de una carta que le dirigió por intermedio de Josefita Gómez el 7 marzo de 1858, donde le manifestaba que “lo poco que tengo se lo debo al general Urquiza ¿Cómo así podía dejar de serle perdurablemente agradecido?”

Muchos años después vino la reivindicación material que Rosas no puedo ver. Tras un prolongado proceso judicial llevado a cabo por su hija Manuelita Rosas de Terrero por la que reclamaba los bienes apoderados, la Corte Suprema de Justicia, en 1884, ordenó la devolución de parte de los mismos que habían pertenecido a su madre Encarnación Ezcurra.

Y pasado más de un siglo, con todo el bagaje de la revisión de los acontecimientos del pasado, llegaba la reparación mediante la Nº 8134 de fecha 30 de octubre de 1973 que ordenaba “derógase expresamente la ley Nº 139 del 28 de julio de 1857 dictada por una pasión antiargentina, no obstante la notoria ilegalidad de la misma”.

Como se puede observar, más allá de las disputas políticas, los valores humanos se filtraban entre los intersticios que dejaban las ambiciones y la sed de venganza. Es un ejemplo que hoy tiene plena vigencia y merece ser enseñado a las nuevas generaciones.


Imagen

Casco de la Estancia del Pino, hoy Museo Brig. Gral. Don Juan Manuel de Rosas

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