Rubén I. Bourlot
Durante el gobierno de
Echagüe, el empresario Enrique Hoker introduce una máquina de vapor para la
extracción de grasa de yeguarizos, con exenciones arancelarias, convirtiéndola
en una incipiente industria.
Seguramente algún
economista contemporáneo, de esos que colonizan las pantallas de la televisión,
minimizarían la medida o la tildarían de “proteccionista” en sentido contrario
a la tan ponderada libre competencia que pregonan.
Según Urquiza Almandoz,
en su Historia económica y social de Entre Ríos, hacia 1830 se introdujeron en
el Río de la Plata nuevas técnicas para la extracción de grasas mediante baños
de vapor. "Casi simultáneamente con las innovaciones que se producían en Buenos
Aires y Montevideo - escribe el autor citado -, algunos hombres de empresa
radicados en la provincia de Entre Ríos vieron la posibilidad de aplicar la
máquina de vapor para la extracción de grasas (...). A partir de ese momento
fue posible advertir un cambio notorio merced a la iniciativa de Enrique Hoker,
al incorporar la máquina de vapor para incrementar la producción de su establecimiento
(...). En fecha 21 de agosto de 1834 (el gobernador Echagüe) se dirigió al
Cuerpo Representativo proponiendo exenciones fiscales para el citado
establecimiento." La legislatura entrerriana aceptó de buen grado la
propuesta "por haber sido Hoker el primero que a su costa ha conducido la
máquina que no se puede dudar de su utilidad".
En la comunicación del 21
de agosto de 1843 el gobernador había consultado al Tesorero General acerca del
derecho que debía pagar la grasa de yegua “en razón de no estar expresado en la
Ley de aduana” y a continuación se expidió Echagüe diciendo que “el gobierno
cree que tan lejos de gravar este ramo naciente de comercio con un impuesto, se
debe por el contrario, declarar que la grasa de yegua que se extraiga en la
máquina de vapor mencionada, sea libre de derecho por el término de dos años.”
Más adelante abona que
Hoker “ha tenido la constancia de ensayar una máquina que no había visto sino
figurada y explicada en la Enciclopedia; cuya circunstancia realza su mérito
(…)”
Se valoraba además el
empleo de mano de obra “que antes no producían” y, finalmente, los beneficios
para el Tesoro Público por lo que “debe reportar en los retornos que
naturalmente han de venir a la provincia.”
Con fecha 27 de agosto la
Comisión permanente del la Sala de Representantes se pronunció favorablemente
pero con la observación que en lo sucesivo el “derecho que por el mismo ramo
deben pagar los demás individuos que quieran extraerle, la aduana exigirá el
cuatro por ciento de todos los frutos (…)”
La obtención de grasa de
yegua era muy común en la región del Río de
la Plata y las crónicas describen que durante el siglo XIX se
organizaban grupos para la caza de las yeguas salvajes con destino a los
saladeros y a la obtención de grasa para la fabricación de velas y jabones. Las
graserías fueron grandes consumidoras de yeguas gordas, lo que perjudicó la
reproducción de las manadas.
Es por lo antes expuesto
que al año siguiente el gobierno provincial dispuso como requisito la solicitud
de la correspondiente licencia para habilitar nuevas graserías y así evitar la
matanza indiscriminada del ganado equino.
Las nuevas tecnologías
Las nuevas tecnologías
basadas en el uso del vapor fueron introducidas en la región a partir de 1930
para derretir grasa bovina y ovina, y para la limpieza de cueros.
El vapor permitía un
mayor aprovechamiento de los recursos del animal y, por consiguiente, una
diversificación de los productos obtenidos: a la carne salada y los cueros se
sumó la producción de grasa y sebo. Una parte de este insumo, vital para la
producción de velas y jabones, se utilizaba en el mercado interno y otra se
exportaba, alcanzando hacia 1850, según los fragmentarios registros de la
época, siete mil toneladas.
Fue de la mano del químico
francés Antonio Cambaceres que se introdujeron las calderas para producir vapor
en los mataderos lo cambió notablemente la estructura de esos antiguos
establecimientos. La operación se realizaba en unos cubos de madera a los
cuales se calentaba con el vapor producido en unos cilindros hervidores.
En los años cuarenta
cuando el viajero inglés William Mac Cann hizo su recorrido por las estancias inglesas
de la provincia de Buenos Aires describió un caso: “La casa de Newton está
construida de ladrillo y bien calificada. Tiene delante una galería sostenida
por pilares de madera. Algunas rejas, bastidores y postigos de las ventanas son
de hierro e importados de Birmingham. Dos lados de la casa tienen arboleda y
los otros dos dan al patio y a los galpones. En uno de ellos funciona un aparato
de vapor para derretir grasa de vaca y de oveja.”
El proteccionismo de Echagüe
La medida de favorecer el
emprendimiento de Hoker con medidas fiscales estaba adelantando lo que dos años
después sería Ley de Aduanas sancionada por el Congreso provincial el 5 de
febrero y promulgada por el gobernador Echagüe el 12 del mismo mes de 1836, en
consonancia con la respectiva ley de aduanas de 1835 vigente en la provincia de
Buenos Aries. En ese sentido interpreta Edgar Erik Poenitz, en el capítulo
dedicado al gobierno de Echagüe en el tomo II de la Enciclopedia de Entre Ríos,
que “se fijaron derechos preferenciales a favor de la industria y producción
nacional y provincial, castigándose y, aún, prohibiéndose la introducción de
muchos productos extranjeros que competían injustamente con tradicionales
artesanía criollas.”
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