5/6/26

Los diálogos de Mastronardi con César Tiempo a través de las cartas

 Rubén I. Bourlot

 

Es solo un dato simbólico que el 23 de enero se haya instituido como el Día Mundial de la Carta Escrita a Mano. Aparentemente la fecha responde al día de nacimiento, en 1737, de John Hancock, uno de los protagonistas de la Revolución estadounidense y el primer firmante de la declaración de Independencia de los Estados Unidos. En 1977 la asociación Writing Instrument Manufacturers (Asociación de Fabricantes de Instrumentos de Escritura) comenzó a celebrar este día con el objetivo de enaltecer la historia de la caligrafía y su influencia. Y, viendo cómo avanza la tecnología desterrando día a día la práctica de la escritura a mano, la celebración cobra plena vigencia.

Las cartas constituyen una fuente interesantísima para auscultar las mentalidades de una época y descubrir algunas “verdades” que muchas veces no se expresan en otros documentos públicos. Cartas de personalidades, políticos, artistas, empresarios, cartas familiares. Hasta no hace mucho tiempo la comunicación entre personas se hacía mediante las cartas, hasta que fueron reemplazadas por el territorio de lo virtual. Primero, los correos electrónicos y hoy los breves y efímeros mensajes de las redes sociales, celulares y otros artefactos. La comunicación perdió ese encanto del relato escrito con tiempo para ser leído pausadamente. No sé qué incidencia tendrán ahora las cartas y si aún se siguen enviando por correo electrónico cartas que luego se guardan en algún rincón del ciberespacio. Lo casi cierto es que cada vez se escribe más breve, más desprolijo y no se guardan los escritos. Es la era de lo instantáneo, efímero y descartable. ¿Estaremos yendo a una nueva cultura ágrafa como en los tiempos primordiales? Es la gran pregunta.

Me consta que hasta no hace mucho las cartas aún circulaban, y tengo a mano un libro con olor a tinta fresca en donde Luis Alberto Salvarezza descorre el velo del pintor gualeyo Derlis Maddoni a través de sus cartas. Cartas que muerden los primeros años del siglo XXI.

 

Cartas con Tiempo

A propósito de cartas rescatamos una interesante misiva, de una serie que intercambiaron en la década del ’30 dos de los más notables poetas entrerrianos, Juan L. Ortiz y Carlos Mastronardi, con César Tiempo. Esta carta que le dirige el autor de Luz de provincia desde Gualeguay a su amigo Tiempo está fechada el 30 de enero 1930 y vale la pena ir desgranando ese rico texto donde comparten impresiones sobre Roberto Arlt, Juan L. Ortiz y la literatura de la época.

 “Amigo Tiempo: ya me extrañaba su silencio casi entusiasta (…).

“Ahora le escribo bajo un signo de influjo demencial. Acabo de leer -lectura frenética- la novela desconcertante de Arlt. Me parece el ‘libro del año’. Me digo un encamotado de ese libro. En Arlt hay eso que los críticos del 905 llaman garra. Nunca lo adiviné tan poderoso al amigo Arlt. ‘Los 7 locos’ tiene esa contextura maciza, homogénea, contundente, que solo se admira en Balzac y en algunos rusos de primera magnitud. El sabor policial de un secuestro allí relatado, y lo contradictorio de algunos caracteres, no disminuyen los méritos de esta obra. Lo sucio que puede leerse tampoco molesta. No aparece como pimentón ni como finalidad estética. Por eso no molesta. Libro de alucinación, donde se mueven muchas bestias divinas. Porque sus personajes no son símbolos netos y pulcros, no representan el Bien total ni el Mal entero. Tienen de todo. La bajera bestial y la divinidad están en cada uno de sus hombres. Hombres que esperan lo extraordinario  sin darse cuenta de que viven unas vidas extraordinarias. Seres deschavetados que buscan un ‘sentido’, una razón de existencia. Angustiosamente. Personajes que, a pesar de ser canallas o poseídos, tienen alguna hora noble. Hay situaciones raras y de excepción: la ‘piantada’ de la esposa. El que, sin desvestirse, le proporciona una alegría de 5 pesos a la pupila. La ciudad mimando al ‘canfli’. El aburrimiento de estos rufianes: aburrimiento y desesperanza bien representativos de Buenos Aires. Un rufián melancólico –humanamente- no deja de ser reo, cosa interesante. Pero lo que me asombra en Arlt es su don de generalizador, su facultad para expresar una visión global, filosófica de las vidas. No se queda en la anecdótico, sino que traza planes de hombres, categorías. El mismo –visible en Erdosain- busca internamente una total justificación de su ser. A cada rato se desdobla, se analiza urgentemente.

“Pero estoy hablando sobre sabido. Ud., en carta del mes pasado, ya me había dicho sus entusiasmos por este libro. Me alegra coincidir con estos agrados suyos.

“Me dice Ud. que lo de Ortiz tendrá buen destino. Así sea. El vate compinche me dice que un tan Barbieri le solicitó fotografía para la revista de Rosso. Yo no conozco a ese señor y Ortiz no sabe con qué objeto pidió la vera efigie. Si Ud. anda en eso, agradézcale al dicho Barbieri.”

Se refería a Lorenzo Rosso, editor de Literatura Argentina que incluyó efectivamente una nota de César Tiempo y Carlos Mastronardi sobre Juan L. en la edición de enero de 1930.

 

Comerciantes al menudeo

Y continua Mastronardi la carta deslizando una crítica al mundillo literario:

“Lo que yo me olvidé de anotar (puede hacerlo Ud. Si le parece) es el heroísmo que significa hacerse un mundo de arte en este ambiente. Y superar el mal gusto reinante. Pueblo de comerciantes al menudeo, solo tiene existencia reconocida aquel que persigue fines centaveros. Y nada le digo de la idiosincrasia secante de los aedas de abanico, de los amerengados vates de salón, de los campeones florales. Ortiz es pobre, y como no frecuenta el Club Social, no puede pasmar a las damas que se regodean con poemas cuyos títulos solicitan Jurcas. Circulan algunos así nombrados: ‘Los 3 Mosquetereos’, ‘El Ensueño Vespertino’, ‘El Hermoso Brummel’; ¡y hay que ver la suficiencia con que eruptan esas cosas!

“Es realmente asqueante esta literaria comedia provinciana. Yo me olvidé de arrimar leña a este respecto. Si Ud. quiere suplirme (y si no ha enviado a prensas los originales) se lo agradeceré. “Siento la necesidad (casi sanitaria) de escribir una rajante cachadura. Si ya no hay tiempo, lo convoco para cualquier otra oportunidad.

“Supongo ha prosperado su propósito revistero. Carulla, Scalabrini y los demás que Ud. nombra son mis amigos. Estaré con agrado allí.

“Mi laboriosidad es bien relativa. Notitas pobretonas en ‘Síntesis’. Como para dar señales de vida. Ahora me interesaría ocuparme de [Nicolás] Olivari (ese Arlt del verso, aunque menos) pero no sé si ya lo comentaron en ‘Síntesis’ (…)”

 

César Tiempo

César Tiempo nació con el nombre de Israel Zeitlin en Ucrania pero cumplió su primer año de vida en Buenos Aires. En 1924 obtuvo la ciudadanía argentina. Formó parte del grupo literario Boedo. En 1930 obtuvo el Premio Municipal de Poesía. En 1937 fundó y dirigió la revista Columna y recibió el Premio Nacional de Teatro. En los años treinta, como joven intelectual, enfrentó al director general de la Biblioteca Nacional Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría), por su antisemitismo, y se transformó en héroe en la colectividad judía. Más tarde adhirió al peronismo.

Entre 1952 y 1955 fue director del suplemento literario del estatizado diario La Prensa. Entre 1973 y 1975 se desempeñó como director del Teatro Nacional Cervantes.


Imágenes

Fragmento de la carta de Mastronardi a Tiempo

César Tiempo

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