18/5/26

La entrerriana que sacó a los niños del pupitre

 Rubén I. Bourlot

 

El 18 de mayo de 1889 nacía en Concepción del Uruguay (Entre Ríos) Gerarda Scolamieri que con el tiempo se convertiría en una destacada docente e innovadora del sistema educativo con impacto continental.

Egresó con el título maestra en la Escuela Normal de su ciudad natal en 1906 y trabajó algunos años en la Escuela Láinez Nº 8  de Caseros, en el departamento Uruguay. En 1912, con 23 años, se trasladó a una escuela de Buenos Aires donde ejerció como docente y directora durante más de un cuarto de siglo en la escuela N° 7 “República de México” que obtuvo, gracias a su gestión, un nuevo edificio en el barrio de Villa Santa Rita, donde funciona hasta la actualidad.

Las  ideas de Scolamieri estaban vinculadas a la pedagogía de la Escuela Nueva o escuela Activa reconociendo ella misma como su mentora a Clotilde Guillén de Rezzano, una pedagoga que impulsó en Buenos Aires esta corriente reformadora inspirada en los postulados de Friedrich Froebel y María Montessori, entre otros. Compartió ideales con otras dos entrerrianas como Celia Ortíz de Montoya –que desarrolló una experiencia innovadora en Paraná- y Luz Vieira Méndez, también paranaense cuya labor también tuvo proyección latinoamericana. Asimismo adherían al nuevo movimiento que pretendía poner coto a normalismo positivista Olga y Leticia Cossettini y Juan Mantovani.

 

Niños en movimiento

En Buenos Aires Scolamieri comenzó a aplicar innovaciones profundas en la lógica de la enseñanza-aprendizaje que dejaba de ser unilateral, en un solo sentido del docente, depositario de los saberes, que enseña y el alumno que aprende. La revolución “copernicana” fue conceder autonomía a los aprendices, motivarlos para que salgan en la búsqueda de los conocimientos, a utilizar medios novedosos que los sacaran de la pasividad del pupitre (término muy de época).  Surgieron el teatro, la música, el encuentro con artistas de distintas disciplinas, las visitas a exposiciones de arte como recursos para motivar el aprendizaje activo. La lectura cotidiana en el aula no faltaba como una práctica placentera.

En 1918 llegó el cine a la escuela, una iniciativa verdaderamente revolucionaria en los comienzos de la cinematografía. Con su empeño logró contar con una máquina de proyección con la cual se llevaba a cabo semanalmente “una función de media hora para los alumnos de la escuela N°7 y de la escuela vecina que estaban invitados a disfrutar de la proyección”.

Trabó amistad con Benito Quinquela Martín quien realizó un mural llamado “Trabajo” en el patio interno de la escuela que dirigía. También apeló al arte del poeta titiritero Javier Villafañe con su “Andariega” que mostró a los niños la magia de los títeres y les enseñó a construirlo.

La biógrafa de Scolamieri, María Belén Trejo (Escuela Nueva y relato autobiográfico. Análisis de la trayectoria de Gerarda Scolamieri, una docente argentina), dice que “desde su posición de directora impulsó acciones que tendían a vincular la escuela con una comunidad más amplia. Eran frecuentes las visitas de personalidades del mundo de las artes, de la política, funcionarios, a actos y eventos escolares. Por otra parte construyó una relación fuerte y sostenida con instituciones mexicanas a partir de la imposición del nombre de la escuela: homenajes, celebraciones, actos de reciprocidad, visitas de diplomáticos, etc. Todas estas ocasiones eran construidas como instancias pedagógicas: no se trataba de la reunión de una adulta con funcionarios o con artistas, sino de un encuentro con la comunidad escolar, de una oportunidad de aprendizaje para el estudiantado y de construcción de lazos de solidaridad.”

En 1922 el Consejo Federal de Educación había resuelto darle el nombre de repúblicas americanas a escuelas de Capital Federal. Así fue como la escuela que dirigía Scolamieri se convirtió “República de México” y fue la excusa perfecta para acercar la niñez argentina con la mexicana ya que ella venía fomentando vínculos entre alumnos de escuelas de países de Latinoamérica con los cuales intercambiaban correspondencia.

El monitor de la educación común en 1923 informa que “en la secretaría de Educación Pública de Méjico realizóse el 1º de Setiembre último un brillante acto escolar, con motivo de la entrega de una bandera argentina que nuestro ministro en Méjico, Dr. Federico Quintana, hiciera a la escuela ‘Republica Argentina’ de ese país, dirigida por la señorita Adelaida Arguelles, y que fue remitida en nombre de la escuela ‘República de México’ de esta capital por la directora de la misma, señorita Gerarda Scolamieri.”

Luego vino la invitación para visitar México donde había llevado a cabo su innovadora experiencia educativa José Vasconcelos con un espíritu similar a la Escuela Nueva, y que vivió exiliado en el país entre 1933 y 1935.

A partir de 1943 la situación educativa cambió. El nuevo gobierno surgido del golpe de estado impuso la educación católica y canceló la experiencia de la Escuela Nueva que ya se venía cuestionando por los gobiernos conservadores. Lo mismo había sucedido con la experiencia educativa de Luz Vieira Méndez que tratamos en una nota anterior. Las posiciones de “izquierda” de Scolamieri, que se vinculó con el Partido Comunista y participó de actos del Movimiento Comunista por la Paz, habría sido el motivo de precipitada jubilación en 1944. Los gobiernos de facto cambiaron la orientación del sistema educativo, sin volver al normalismo, inspirado en el nacionalismo católico que impuso la religión en las escuelas. La educación católica en las escuelas estatales y cierta tensión con los movimientos feministas de la época marginaron muchos proyectos innovadores, situación continuó casi hasta el final de los gobiernos peronistas. Recién a principios de 1955 se sancionó de la Ley 14401 que suprimió de la enseñanza religiosa en el contexto del conflicto del gobierno con la Iglesia.

 

Cantando felices

Fuera de las aulas Scolamieri se dedicó a plasmar en un libro su rica experiencia. En 1946 publicó Vida y espíritu de una escuela.

Rescatamos de su trabajo unos fragmentos que transcribe Trejo: “El niño es un trabajador incansable –escribe Scolamieri-, y encauzada su actividad en las vías de lo agradable, se apasiona, se abstrae, se crea un mundo magnífico y provechoso, propicio para la adquisición del conocimiento. Los niños aprendían con placer, con avidez, con felicidad. Mi escuela fue un taller en que trabajaban cantando niños felices.

“En el cuaderno de cada alumno se fijó siempre, con la ilustración justa, cada conocimiento conquistado. El alumno dibujó, puso la vida del color y de la forma junto con la sugestión de la palabra escrita; nunca hubo en la enseñanza impartida nociones endebles; siempre el conocimiento llegó a ser tal, después de la justa visión del mismo: los niños siempre vieron (…)”.

Y en otros párrafos hallamos “A todas las expresiones de arte musical que se gustasen, admitía aún a los niños más pequeñitos; los colocaba muy cerca de los ejecutantes, porque creo que es el modo de iniciarlos en el arte de escuchar; ellos quitecitos, absortos, observan las formas de los instrumentos con toda la curiosidad de sus ojos nuevos; miran luego los movimientos y sin comprender, sin advertirlo, instintivamente, van comenzando a separar en sus sensibilidades la percepción plástica llevada por las formas nuevas y la percepción sonora que llega agradablemente desde aquellas formas vibrantes. Siempre era un gozo para mí ver aquellas personitas tan pequeñas, quietas, atentas, obsesionadas, apresadas por el encantamiento del primer contacto musical (…)”.

Gerarda falleció en Buenos Aires el 19 de enero de 1961.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Muy enriquecedor rescatar la vida de esta docente respetuosa del conocimiento construido por los alumnos

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