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18/8/26

España en América o los orígenes de la independencia

 Rubén I. Bourlot

 

Mucho se debate acerca de si José de San Martín fue español, rioplatense y si actuó como un sedicioso que atentó en contra de su patria combatiendo a los ejércitos realistas. Nada más desacertado. Para comprender mejor el proceso histórico hay que ponerlo en contexto temporal y espacial.

A fines del siglo XVIII España ya no era la cabeza del gran imperio que atravesaba dos océanos, se prolongaba por tres continentes y tenía sus confines en la Filipinas. Ese imperio donde nunca se ocultaba el sol. La decadencia de la dinastía austriaca y su reemplazo por los borbones en el poder no pudo detener la caída libre de la España quijotesca. El siglo de las revoluciones, la industrial a la que se subieron Inglaterra, Francia y otros países, y la política que reemplazó las monarquías por procesos republicanos, no ingresó a España. Las riquezas americanas que alimentaban a la metrópolis fueron utilizadas para el consumo sin impactar en el desarrollo de una burguesía capitalista industrial. El oro solo pasaba por su territorio y se fugaba rápidamente para comprar manufacturas que otros fabricaban.


El siglo XIX fue peor. El ascendente emperador francés Napoleón con su plan de dominio continental avanzó sobre la península Ibérica y se apropió de España y Portugal.

Acá está el nudo de la cuestión. Ante la amenaza del Gran Corso la corte portuguesa resolvió salvar los trapos marchando a sus dominios del Brasil, con ayuda de su aliada Inglaterra, y lo convirtieron en el centro del imperio. La corte española, en cambio, se quedó esperando el desarrollo de la situación hasta que Napoleón dio el zarpazo, destituyó a los monarcas (padre Carlos IV y Fernando VIII) y nombró rey a su hermano José “Pepe” (el de las botellas).

 

Independencia temprana

Los acontecimientos europeos impactaron inmediatamente en los reinos americanos. La España ocupada estaba inhabilitada para sostener su autoridad sobre los territorios allende los mares. Las comunas resistían como podían, defendían sus autonomías y llegaron a formar un gobierno provisorio, la Junta Central de Sevilla que, perseguida por las garras de Napoleón, terminó en Cádiz (las Cortes de Cádiz) con la pretención de llenar el vacío de poder. Era tarde. España hacía tiempo que no estaba en condiciones hacerse cargo de los asuntos de América. Antes del avance de Napoleón la monarquía ya había mostrado su debilidad ante el intento de Inglaterra de apoderarse de los dominios del Río de la Plata. Fue la valentía y organización de los criollos americanos lo que impidió la ocupación británica en 1806 y 1807.

Por lo tanto cuando en el año X, en los reinos hispanoamericanos, comenzaron a emerger gobiernos provisionales en reemplazo de las autoridades nombradas por España la fractura ya estaba dada. La España ibérica se había caído del mapa. La ausencia de poder real produjo un proceso de retroversión, como lo había plateado Francisco Suárez, y los pueblos americanos recuperaron su autonomía para gobernarse por sí. De hecho ya se podían considerar independientes muchos antes de las sucesivas declaraciones formales. A partir de 1808 hubo proyectos de instalar una monarquía autónoma en el Río de la Plata encabezada por la princesa Carlota Joaquina, la esposa del rey de Portugal y hermana de Fernando VII.

No fue el caso de las rebeliones previas que, según el relato histórico tradicional, se consideran inspiradores de las independencias como el levantamiento de los Comuneros (Nueva Granada), el de Túpac Amaru (Alto Perú) y otros que  no tuvieron vocación independentista.

 

Una España americana

Pero el meollo de la cuestión es que la España americana -si se permite la caracterización- no pudo concretarse como lo hizo Portugal con el Brasil. El traslado de la corte lusitana con toda su parafernalia centralizó el poder y consolidó la unidad de aquel territorio. No sucedió lo mismo con reinos españoles.

Y aquí volvemos al principio. Al San Martín español en América. El Libertador en realidad no combatió en contra de España sino contra las fuerzas de una monarquía que ya no existía y respondían a los sustitutos como el Consejo de Regencia y sus virreyes. El retorno de Fernando VIII en 1814 era una caricatura de lo que habia sido la monarquía española. Por lo tanto no fue "el hombre del partido americano", como se definía, un sedicioso pues su campaña continental, como la de Bolívar, fue una operación para consolidar la España en América. Los sediciosos en todo caso eran los denominados realistas o “maturrangos”.

Por eso cuando en América se declararon formalmente las independencias no eran otra cosa que la ratificación de un hecho. La declaración de la independencia el 9 de julio de 1816 se hizo primeramente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli, y no específicamente de España como reino. Luego se agregó, para que no quedaran dudas, “de toda otra denominación extranjera.”

Algo similar pedía Artigas en las  instrucciones a los diputados orientales en 1813: “independencia absoluta” de “la corona de España, y familia de los Borbones, y que toda conexión política entre ellas y el Estado de España, es, y debe ser totalmente disuelta.”

Había que sofocar todo intento de la familia de los Borbones por recuperar los territorios que no supieron conservar.

Es contrafáctico imaginar qué hubiera pasado si la monarquía borbónica se trasladaba con todos sus petates a alguno de los reinos de América, como lo hizo Portugal. Tal vez con el poder centralizado se conservaba la unidad de los reinos americanos como era la aspiración de Miranda, Bolívar, Artigas, San Martín, entre otros. No es para nada casual que tanto San Martín como Belgrano y Bolívar hayan sido partidarios de regímenes monárquicos o de poderes ejecutivos fuertes. El propio Artigas gobernó la Liga de los Pueblos Libres como “Protector” y así lo hizo San Martín en el Perú. El primer gobierno independiente de México tambien fue el Imperio de  Agustín de Iturbide (1822). Poderes centralizados muy lejos de sistema republicano. Pero también lejos de las pretensiones de los gobiernos de Buenos Aires que intentaban importar a algún príncipe europeo para coronarlo y atarnos nuevamente a un poder extranjero.

24/4/24

El nombre América ¿un nombre nuestro?

 Rubén I. Bourlot

 

Alrededor del 12 de octubre se renueva la polémica  acerca del significado de la fecha que está de moda estigmatizar. Y aparecen los fundamentalistas que quieren volver al futuro. Y hasta el nombre ponen en tensión.

América es el nombre impuesto al continente que nos cobija, que nos contiene. Nombre que nació, como todo lo americano entre las brumas del realismo mágico, de origen oscuro y mestizo. Nombre apropiado por el Norte para decirse americanos por antonomasia y que muchos en el sur repiten como loros, como si los americanos fueran ellos y nosotros ¿qué? Hoy muchos cuestionan ese nombre por considerarlo “europeo”, trasplantado a nuestro territorio, impuesto por los conquistadores, y buscan alternativas más autóctonas.

El término alternativo más difundido para denominar al continente, principalmente entre grupos indigenistas y medios intelectuales, es el de Abya Yala. Este nombre proviene de una comunidad indígena de Panamá y significa tierra en plena madurez, pero no consta que se refiera a la totalidad del continente. No consta que pueblo alguno del continente haya tenido noción de la totalidad del mismo. También existe la versión acerca del nombre Mayab entre los mayas de Yucatán y otros términos. En ese orden podríamos agregar que Tahuantinsuyo, el país de los cuatro suyos, es el término que nombraba al territorio más extenso en el continente, el imperio de los incas.

Pero hay una cuestión que no tienen en cuenta entre los partidarios de “Abya Yala”, lo que significa un topónimo, es decir el término que nombra a un lugar. Un nombre geográfico no siempre se constituye en un topónimo. Para que se transforme en topónimo, tiene que haber echado raíces en la tradición del lugar, ser sentido como propio por sus habitantes y defendido como tal. Topónimo, es por lo tanto, la máxima categorización del nombre geográfico, con la comprensión del origen y de su significado. Y eso es lo que sucede con “América”.

Es conocida la hipótesis que América viene del navegante y cartógrafo florentino Américo Vespucio, injusto homenaje, desde el punto de vista europeo, ya que otros protagonistas de aquellas tierras serían los merecedores como Cristóbal Colón o los propios Reyes Católicos (así el continente “nuevo” para ellos sería Colombia, o Isabelia, o Fernandia). El nombre, se dice, comenzó a difundirse a partir de la publicación de las cartas y cartografía de Vespucio en donde los editores postulan llamar al “nuevo mundo” como América, el femenino del nombre del explorador. No obstante, oficialmente tanto para España como Portugal, los territorios bajo sus dominios nunca se llamaron así. Para el imperio español se denominaba Indias (así Consejo de Indias, Compañía de Indias, Leyes de Indias).

Pero desde hace un siglo o más se plantean dudas acerca de esa hipótesis. El notable tradicionalista peruano Ricardo Palma, a fines del siglo XIX, sostiene que de ningún modo el término es europeo. A grandes rasgos, se funda en que el nombre corresponde a un lugar de Nicaragua, que sus antiguos habitantes llamaban Americ (otras versiones lo dan como Amerrisque). Se trata de la serranía de Amerrisque o Chontaleña en el departamento Chontales de ese país centroamericano. El nombre en lengua nativa significaría “la cuna del viento”.

Palma afirma que el nombre de Vespucio era Albérico o Albéricus, muy lejos de América.  En publicaciones antiguas se lo menciona también como Amerigo.

Seguramente tampoco este nombre tenía vocación continental como ningún otro que se propone, pero a diferencia de los postulados, este es el que se ha impuesto como topónimo y también sería bien nuestro, bien mestizo como todo lo americano.

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