Rubén I. Bourlot
El gran poeta entrerriano Juan L. (esa L. que oculta el Laurentino) nació en Puerto Ruiz el 11 de junio de 1896. Vivió en Gualeguay desde 1915 hasta 1942 año en que se radicó en Paraná, frente al Parque Urquiza. Falleció en esta última ciudad el 2 de septiembre de 1978.
Su poesía explora el paisaje terruñero y también el pasado.
En una entrevista de Alberto Perrone para la revista Siete Días, en 1973, recitó un fragmento titulado “Artigas (viento del este)” que se incluyó en un recuadro.Durante la entrevista Juan L. explica el poema: “Siempre me
interesó comprender el problema de los caudillos, que es el problema nacional.
Los caudillos son !a reacción contra los intereses porteños. Gente que estaba
en arreglos con las diademas, con las coronas de Inglaterra y Portugal. Intereses
europeos que imponían sus objetivos en el Río de la Plata. Pese a la Revolución
de Mayo, el interior continúa sujeto a Buenos Aires. El federalismo es una
entelequia. En mi poema ‘Tríptico del viento’ sintetizo, de algún modo, el
problema. Para eso tomé figuras que reconozco principalísimas. Moreno, el
hombre de fuego. Francisco Ramírez, rama de orilla, hombre del pueblo de Entre
Ríos, y sobre todo, José Artigas, con un pensamiento y una acción de los más
avanzados para su época. Ellos son tres grandes caudillos atentos al latido del
pueblo...”
Artigas (viento del Este)
De qué manera el grito por sobre el Plata halló
su raíz en el Este que descendía, ya al frente
de todas las raíces que invirtiera su voz
como si de unas manos llevara la creciente.
Helo, ahí, desvelado de espinillo y pindó
ante la noche que por su borde se siente...
Helo ahí, desdoblándose del “monto” en que dio
para que nadie el numen ni a una vincha detente.
Helo ahí, abriéndose hacia todos los fríos
rubíes de cabildos en la flor del fogón...
Helo en una parábola del litoral de a pie...
Helo como esta cauda de todos los desvíos
dividiéndole el centro al dar la comunión
del sol agrario en quince pétalos a la vez.
Y sin embargo el héroe numeroso se había alzado de eso mismo
cuando el héroe Supremo supo tocarlo como un numen
en el numen de Mayo, traicionado allá, y amenazado de
“coronas”...
Y fuera el “monte”, al fin, todo alado de centauros,
el que salvara ya entonces, paladinamente, la “ciudad”...
Como fuera el “monte”, más tarde, con el sobrino consecuente
y los otros centauros,
-una barba de río, como la propia divisa, llameando en el
viento de las cargas,
y unos nuevos pechos de quimera para aguzar el viento-
el que lavara sus mismos laureles de la sangre y de la
entrega,
y salvara por tercera vez, con el suyo, el honor de la
“ciudad”...
Y no fueran “estancieros”, no, éstos, ciñendo todos los
cilicios,
para subir con todos los sin nombre, con todos, hasta el
aire debido...
Mas la “cultura”, sólo al cabo permitiera, con los remington
y los cañones alemanes,
el de las raíces sin señales, y el de las marañas y las
pajas, y el de la costa extraña...
En otro fragmento del poema descubre al poco mencionado Bartolomé Zapata, el primer caudillo entrerriano que agitó montoneras por 1810 y murió tempranamente pero dejó su impronta.
Nunca te faltaron, Ciudad, los Zapata, que te libraran de
las extrañas fuerzas pesadas.
Marchabas, sí, a pesar de todo, con los pasos del mundo,
pero con los pasos que avanzaban.
Y cuando esas fuerzas se abatían sobre ti, de lo hondo de ti
salían las tuyas
como las gentiles deidades nunca dormidas del nativo monte
íntimo
de la mano con los mitos más intensamente vivos en que el
tiempo se miraba,
y hete al punto en tu línea ligera y profunda a la vez,
clara e íntima a la vez,
alada como otra victoria en el encuentro siempre justo con
el héroe...
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Imágenes:
En Paraná, en su lugar del Parque Urquiza. Foto publicada en la revista Siete Días en 1973.
Noticia de su muerte publicada por el semanario Sucesos, C. del Uruguay, 7 de septiembre de1978.

