4/1/26

El combate del Espinillo y la autonomía entrerriana

Rubén I. Bourlot

En 1914, el directorio se propuso sacar a Entre Ríos de la influencia de Artigas. Tras nombrar comandante de Entre Ríos a Hilarión de la Quintana, ordena a Eduardo Kaunitz Barón de Holmberg que pasara a Paraná para tomar posesión de la villa.

En tanto, el caudillo Eusebio Hereñú – recientemente plegado al artiguismo - marcha desde Nogoyá y el 21 de febrero toma la plaza de Paraná y destituye al comandante Francisco Antonio de la Torre. También sustituye a Andrés Pazos por José Gregorio González como alcalde de primer voto del cabildo de la ciudad. Por su parte Holmberg avanza desde Paraná a Nogoyá para tomar contacto con Manuel Pinto Carneiro que debía traer refuerzos desde Concepción del Uruguay. En su retorno a Paraná, el 21 arriban a la posta del Espinillo, sobre el arroyo homónimo, a unas ocho leguas al sudeste de Paraná, donde se detienen a descansar. El 22 a la madrugada Hereñú, junto con el comandante Fernando Otorgués, que viene de Concepción del Uruguay, lo ataca sorpresivamente derrotándolos.

Al respecto escribe Facundo Arce que 

Eusebio Hereñú, con sus gauchos, enfrentó a la hueste directorial en las barrancas del arroyo Espinillo, a unos 25 kilómetros de Paraná. EI veterano coronel Eduardo Holmberg, Barón de Kaillitz, que luchó contra las aguerridas tropas de Napoleón, no pudo hacer nada contra el arrollador avance de Hereñú, y fue derrotado y tomado prisionero, junto con toda su oficialidad. 
Todos fueron tratados con generosidad y, tanto Holmberg como los oficiales prisioneros, no fueron molestados en nada por el tiempo que dependieron de los artiguistas, a pesar de que habían llegado con la pretensión de matar a Artigas y sus secuaces y ahogar en sangre el movimiento de los pueblos. Además habían asesinado al patriota Juan Castares y cometido tropelías en Gualeguay. Algunos de los prisioneros, como Estanislao López, se convirtieron al federalismo, 
Lo primero que debemos señalar como consecuencia de este combate es que, con este hecho de armas, se inicia la etapa de la independencia provincial de Entre Ríos, que habría de pasar por dura prueba hasta definirse firmemente en 1815 (…).2 

Días después Artigas informa sobre los sucesos de Entre Ríos:

(…) D. Hilarión de la Quintana fue destruido por las fuerzas unidas de mi izquierda en el paso del puente del Gualeguaychú, tomándosele las tres piezas de artillería que llevaba con todas sus municiones; y el barón de Holmberg, que pasó en su auxilio el Paraná con todas sus fuerzas que había acantonado en Santa Fe, ha sido igualmente batido y destrozado (espinillo?), quitándosele su armamento, artillería, municiones y demás pertrechos de guerra, de modo que ya solo resta el departamento de Yapeyú para llenar el fin preciso de pacificar todo el territorio (…)3

A partir de ese momento la provincia queda incorporada a la naciente Liga de los Pueblos Libres bajo el protectorado de José Artigas.

La actuación Hereñú, flamante comandante de Paraná, se encuentra envuelta en los conflictos entre los artiguistas y la intromisión del Directorio nombrando tenientes gobernadores de la vecina Santa Fe, jurisdicción a la que hasta 1813 pertenecía Paraná.

Un informe de Juan Carlos Wrigh fechado en Gualeguay en mayo de 1914 hace mención al nombramiento (dos meses antes) de comandantes militares artiguistas en varias villas de la provincia, ente otras en la de Paraná, “nombrados por el vecindario según disposición” del doctor José Revuelta que cumplía órdenes directas de Otorgués.

Pocos meses después Hereñú debe enfrentar una situación conflictiva y es separado transitoriamente de su cargo cuando “se sublevó el pueblo aclamando la deposición del Comandante militar Don Eusebio Hereñú, que con algunos individuos trató de sostenerse” según un informe del Teniente Gobernador de Santa Fe, Eustoquio Díaz Vélez al Director Supremo.4 El 22 de mayo es reemplazado por el teniente Pedro Antonio Paz y luego por el comandante Agustín de Etcheverría. 

El mismo informe consigna que Hereñú había intentado retomar el cargo “con 500 hombres con algunas armas y 3 piezas de artillería reclamando su reposición”. Los vecinos de Paraná procuran negociar a través de José Francisco Rodríguez que ofrece indultos para calmar las aguas pero el pueblo “en masa le contestó que sin la firma de Artigas no gobernaría otro que Agustín de Etcheverría”.

Para mediar en esta situación conflictiva Artigas designa a su hermano Manuel Francisco comandante de Entre Ríos y a fines de junio arriba a Paraná para hacerse cargo personalmente de la situación.

 

Las dos postas Espinillo

 Hoy el sitio del combate del Espinillo está señalado con un monolito sobre este arroyo tributario del Las Conchas, en el distrito Espinillo, departamento Paraná, en las cercanías de La Picada. El lugar identificado actualmente por Facundo Arce en base a la tradición y haciendo interpretaciones de los informes del jefe de la expedición directorial Barón de Holmberg. El historiador Segura sostiene lo mismo y lo grafica en un croquis con las marchas de ambos ejércitos. Otros autores, recientemente, abonan esa hipótesis con trabajos de campo.1 No obstante, esta hipótesis puede ser confrontada a partir de la reinterpretación de la documentación existente, como son los informes de propio Holmberg y la cartografía de la época.

Para determinar los sitios que recorrieron los contendientes y en particular el del combate contamos con el Diario de la marcha de la expedición directorial, el parte elevado al Directorio y las actas de rendición. Esta documentación obra en el Archivo General de la Nación y la tomamos reproducida en el trabajo de Arce, Demonte y Vitale5.

También contamos con la información acerca de las carreras de postas de la época, un dato fundamental puesto que el combate se desarrolla a partir de una posta que toma el nombre de Espinillo, presumiblemente por el arroyo adyacente. En la documentación de la época figuran las de postas que enlazaban las localidades de la provincia6, y en la zona que nos ocupa hallamos dos con el mismo nombre. Tres carreras de postas parten desde La Bajada (Paraná). Una hacia Corrientes con las siguientes postas: Sauce Grande, Potrero de Vera, Arroyo María, Antonio Tomás y subsiguientes. La que parte de La Bajada rumbo a Yeruá cuenta con las postas de El Sauce, ESPINILLO, Quebracho y demás. Finalmente, la que comunica La Bajada con Nogoyá, Gualeguay y Concepción del Uruguay. Esta carrera originalmente llegaba desde la costa del Uruguay hasta Nogoyá y recién en 1810 se aprueba su extensión hasta la actual capital entrerriana. Comprende las postas de la Ensenadita, CUCHILLA DEL ESPINILLO, Arroyo San Cristóbal y Capilla de Nogoyá.

Este último es el derrotero que debió seguir Holmberg con sus tropas que el 11 de febrero parte a Nogoyá para encontrarse con Pintos Carneiro y en la posta del Espinillo hacen noche. Al día siguiente “se caminó hasta la posta de Don Cristóbal”. El 13 arriban a Nogoyá. Al día siguiente marchan hasta la Punta del Obispo, un arroyo que nace al norte de Lucas González. En el lugar, ya diezmado por las deserciones y la falta de caballos, continúan hasta el arroyo Clé con el objetivo de llegar hasta el paso del Jacinta. En la noche del 16 acampan en la estancia de Pablo Ezeyza, y en el camino se enteran del paso de Otorgués por la zona. Finalmente Pintos, tras haber cometido una serie de tropelías en su paso por Gualeguay, no arriba con los auxilios prometidos.

Holmberg decide volver sobre sus pasos pasando por la Punta del Obispo, El Pueblito y finalmente “fuimos a dormir en el Espenillo (sic) a donde fue la acción”, escribe en su informe.7 No hay dudas que se trata de la misma posta en donde había hecho noche el día 11. No surge ningún motivo para justificar un cambio de rumbo, dar un rodeo por terrenos desconocidos, sin sendas marcadas, para llegar a la otra posta de la carrera que une La Bajada con Yeruá.

Segura publica un croquis en su Historia de Nogoyá con los movimientos de tropas y desplazamientos, que muestran este improbable cambio de itinerario.8

En su parte Holmberg detalla las acciones del combate. Alrededor de las cinco de la mañana las fuerzas de Hereñú los sorprenden, aunque Holmberg dice que a las 3 ya habían tocado diana. Ante la presencia del enemigo toman posesión con las espaldas cubiertas por el arroyo Espinillo, pero nada pueden hacer y tras tres horas de combates se retiran hostigados por las tropas de Hereñú que los persiguen unas tres leguas, siguiendo el curso del Espinillo, hasta la rendición definitiva.

Otra cuestión a analizar son las distancias desde La Bajada y el sitio del combate. Holmberg en su capitulación dice que la firma a cinco leguas Paraná, pero luego en el informe que eleva afirma que el combate se desarrolló a ocho leguas. Estas distancias podrían ser imprecisas debido al desconocimiento del terreno pero también a que entre el inicio de las acciones y la firma de la rendición hubo un desplazamiento de tres leguas, aparentemente siguiendo el curso del Espinillo. Pero lo que nos interesa es el dato del primer enfrentamiento, a ocho leguas de La Bajada, que traducido al sistema métrico decimal nos daría unos 40 kilómetros, muy alejados a los 20 que dista el sitio donde actualmente se localiza el hecho, o los 25 que cita Arce.9 

Según detalla Walter Bosé, entre la posta de La Bajada, a un legua del río, y la de Ensenadita había una legua, y desde esta a la Cuchilla del Espinillo, seis leguas. La suma da las ocho leguas citadas. No se conocen datos precisos acerca del sitio de las postas pero este itinerario seguramente seguía la divisoria de aguas, un trayecto similar a la traza actual de las vías del ferrocarril. Entonces es posible que la posta se hallase en la altura de una cuchilla que daría en las nacientes del espinillo, al este de la actual ciudad de Crespo.

Citas

1 Richardet y Balbi – Artigas y Entre Ríos

2  Facundo Arce, (1978), en Enciclopedia de Entre Ríos, Arozena Editores, tomo II.

3 Artigas al Cabildo de Corrientes, Cuartel General, marzo 5 de 1814, en Pivel Devoto, Juan E., (1981),  Archivo Artigas, t. XIX, Liga de los Pueblos Libres, 1914 – 1815, Montevideo, A Monteverde.

4 Eustoquio Díaz Vélez al Director Supremo, Santa Fe, junio 12 de 1814, en Pivel Devoto, cit.

5 Arce, Facundo y Demonte Vitale, (   ), Artigas heraldo del federalismo. Este trabajo es producto de la cátedra Artigas que existió en el Profesorado de Historia de la Escuela Normal de Paraná, dirigida por José Luis Busaniche.

6Bosé, Walter B. L. (1970) Las postas en las provincias de Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes y Misiones: 1772-1820. Trabajos y Comunicaciones, 20: 87-130. (Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata (FaHCE-UNLP).

7 Diario de la marcha del coronel Holmberg, febrero de 1814.

8 Segura, J. J. A., (1974), Historia de Nogoyá, tomo I (1782-1821).

9 Arce, F., cit.


3/1/26

Auge y decadencia del desarrollo ferroviario entrerriano

 Rubén I. Bourlot

El antecedente más remoto sobre el tendido de una red ferroviaria en el país corresponde a una iniciativa del general Urquiza - entonces presidente de la Confederación Argentina -, y de su ministro de Hacienda, Mariano Fragueiro, que en 1854 propuso la construcción del Ferrocarril Central Argentino entre las ciudades de Rosario, puerto de ultramar de la Confederación, y Córdoba, lugar de paso obligado hacia el puerto de Rosario desde el oeste y norte del país. Para los estudios previos se contrató al Ingeniero Alian Campbell. El proyecto ferroviario quedó paralizado por las sucesivas crisis económicas que se produjeron después de la renuncia de Fragueiro.

El 9 de julio de 1866 se inauguró el "Primer entrerriano", un tramo que unía Gualeguay con Puerto Ruiz a lo largo de 10 kilómetros. La idea de este ferrocarril surgió en una reunión de vecinos que se llevó a cabo en 1864.. Posteriormente se constituyó una sociedad con un capital de 100.000 pesos que aportaron vecinos de Gualeguay, el general Urquiza, el gobierno nacional, el gobierno provincial y la banca brasileña Mauá y Compañía.

El proyecto y dirección de la obra fue contratado al ingeniero Juan Coghlan. La primitiva locomotora fue denominada "La Solís".

En 1874, por iniciativa del gobierno nacional, se aprueba un proyecto para construir una línea ferroviaria entre Concordia y Monte Caseros (Corrientes) con el objeto de salvar los saltos Grande y Chico que obstaculizaban la navegación por el río Uruguay. El primer tramo del Ferrocarril del Este Entrerriano, como se lo denominó, desde Concordia a Federación, se inauguró en marzo de 1874, y el segundo tramo de Federación de Monte Caseros fue inaugurado en abril de 1875.

 

El Central Entrerriano

Durante la gobernación de Eduardo Racedo - 1883-1887 - comienza una nueva etapa en el tendido de líneas ferroviarias a la que se agregaba la fundación de pueblos adyacentes a las estaciones. Por una ley de 1883 se autorizó al Poder Ejecutivo para la construcción de un ferrocarril de trocha media entre Paraná y Concepción del Uruguay.

La construcción de la nueva línea fue contratada, en 1884, con la empresa de Lúeas González y Cia. En 1885 se iniciaron los trabajos y partir de 1887 se comenzaron a librar al servicio los primeros tramos. En esta primera etapa los ferrocarriles son empresas de propiedad del gobierno de la Provincia con participación de accionistas privados y el gobierno nacional.

La estación Basavilbaso, habilitada en 1887, se constituyó en el nudo ferroviario de Entre Ríos, y conjuntamente con Concordia o Ibicuy, estaban clasificadas como especial "A" dada la cantidad de trenes, recaudación por boletería, encomienda u otros conceptos.

 

La privatización

A partir de 1890, como resultado de la profunda crisis económica que vivió el país, se apeló a la venta de los ferrocarriles que cayeron en manos de empresas extranjeras, principalmente británicas. El Estado, para estimular los capitales en la inversión de nuevas líneas, otorgaba a los concesionarios "ganancias garantidas" del 7 por ciento sobre el capital invertido y otorgándoles gratuitamente las tierras adyacentes a las vías.

En consonancia con la política nacional, el gobierno de Entre Ríos, en octubre de 1890, resolvió transferir el Ferrocarril Central Entrerriano a una empresa particular y en 1891 a los tenedores de los bonos de la deuda contraída para su construcción. En 1892 se hizo cargo de la línea la Sociedad The entre Ríos Railway Limited.

 

El ferrobarco

En 1908 se concretó la conexión ferroviaria entre el Puerto Ibicuy (E.R.) con Zarate (Bs. As.) a través del Ferrobarco (Ferrry Boat "Lucía Garbo").

Hasta 1900 los ferrocarriles de Entre Ríos no tenían ninguna conexión con las provincias vecinas, excepto Corrientes. Era de vital importancia la vinculación con Buenos Aires, principal mercado para la producción granjera de la provincia.

A través de una ley, en 1905 se aprobó la ejecución de la obra y en 1907 se iniciaron los trabajos consistentes en desmontes en barrancas, grandes movimientos de suelo buscando el nivel de las maniobras, llegando a cavar un millón de metros cúbicos con una multitudinaria ocupación de obreros que llevaron a cabo el acertado proyecto, con elementos y máquinas rudimentarias.

El primer tren directo de Entre Ríos a Zarate partió de la ciudad de Paraná el 15 de marzo de 1908 con hacienda, gallinas, huevos, siguiéndole otra formación procedente de Concordia el 16 de marzo de 1908.

En 1911 se comenzó con el tendido de vías desde Hasenkamp a Federal y simultáneamente el tramo de Diamante a Crespo que se libró al servicio público en marzo de 1912. En 1916 se habilitó en forma condicional el servicio entre Hasenkamp y Federal.

 

La nacionalización

Con el acceso al poder de Juan Perón en 1946, se inició un proceso de nacionalización de las actividades económicas estratégicas, dentro de las cuales estuvieron comprendidos los servicios ferroviarios. Los ferrocarriles de Entre Ríos se incorporaron a la línea Urquiza de Ferrocarriles Argentinos.

Durante la presidencia de Arturo Frondizi, en 1961, se decretó un plan de "racionalización" de los ferrocarriles. Con ese objetivo el Ministro de Economía, Alvaro Alsogaray, viajó a EEUU para acordar la venida del General Thomas Larkin para la realización de un estudio del sistema de transportes auspiciado por del Banco Mundial. Así se diseñó el denominado «Plan Larkin». El entonces ministro de Obras Públicas, Arturo Acevedo, señaló que en la primera fase del plan serían levantados 800 kilómetros de vías de los ferrocarriles Mitre, Urquiza y Belgrano, lo que originó una enérgica reacción de los gremos ferroviarios.

En 1973, con la construcción del puente ferrovial Zarate -Brazo Largo, se posibilitó bajar los tiempos de viaje y eliminar gradualmente el uso de los Ferrys. Más adelante le tocaría el turno a la construcción del Complejo de Salto Grande, permitiendo unir los países de Argentina y Uruguay sobre la misma vía y la misma trocha.

 

La “racionalización”

En la última dictadura militar - 1976 - 1983 -, se reanudaron los planes de "racionalización" con el cierre varios de ramales, 350 estaciones y 50.000 despidos: de 154.000 ferroviarios quedaron 95.000.

En nuestra provincia se cerraron los talleres de Strobel - Diamante - y el ramal Caseros a San Salvador (julio de 1980) dejando si transporte a una rica zona de producción arrocera que se conectaba por ferrocarril con el puerto de Concepción del Uruguay.

Con la Ley de Reforma del Estado logró el marco jurídico para la privatización de los Ferrocarriles Argentinos En 1993 el Ferrocarril Urquiza fue concesionado a Ferrocarril Mesopotámico S.A. de Pescarmona y en 1999, mediante un cambio de titulares la empresa fue transferida a la compañía ALL (América Latina Logística que opera servicios de carga entre Argentina, Paraguay y Brasil.

 

2/1/26

La viruela y las vacunas

Rubén I. Bourlot

El 11 de enero de 1806 llegan a Concepción del Uruguay tres frascos de vidrio con la preciada vacuna contra la viruela, despachados desde Buenos Aires por el virrey Sobremonte. El pedido del medicamento lo hace el alcalde de la ciudad, Tomás Antonio Lavín, en diciembre de 1905 ante una inminente epidemia viruela que en ese momento azotaba Corrientes.
La introducción de la viruela, ignorada en nuestro continente antes de la llegada de los europeos, contribuyó a diezmar a los pueblos autóctonos que, como sabemos hoy, no portaban ningún anticuerpo para enfrentar al virus. Se ensayaron los más diversos métodos para combatirla sin resultados satisfactorios, hasta que llegó la vacuna salvadora.
Dice el historiador Urquiza Almandoz que la vacuna contra las viruela fue descubierta por Eduardo Jenner en 1796 y en nuestra región los primeros ensayos se llevaron a cabo hacia 1805. Primero en Buenos Aires y a principios de 1806 llegaba a Entre Ríos. “Se aprovechó fundamentalmente el arribo del buque Rosa do Río – dice el autor – que traía a su bordo varios negros vacunados portadores de pústulas frescas, además de ‘líquido vacuno conservado en vidrios’, el que fue puesto a disposición de la autoridad virreinal.”
El doctor Miguel O’Gorman fue el autor de un folleto impreso por los Niños Expósitos con “Instrucciones sobre la inoculación de la vacuna…” que se hizo circular por el virreinato. La vacunación se practicaba en forma gratuita a toda la comunidad.
Ante la presencia de la epidemia en Corrientes el virrey Sobremonte ofició al comandante de Entre Ríos Josef de Urquiza para que tomara las precauciones correspondientes. En tanto el alcalde de Concepción del Uruguay, Tomás Antonio Levín, solicitó al virrey el envío de las novedosas vacunas. El 11 de enero tres pequeños frascos llegaban a la ciudad.

El médico vacunador

Por esa época el único médico que figura registrado Concepción del Uruguay es el cirujano Antonio Monte Blanco que se hace cargo de la vacunación. Como primera medida inoculó a sus tres hijas. Algunos podrían sospechar que fue una actitud poco solidaria, pero lo cierto es que esa conducta podía generar confianza entre la población. En aquellos tiempos las vacunas no gozaban de popularidad y, como aún hoy en pleno siglo de la ciencia y la tecnología, había una fuerte resistencia a inocularse. Monte Blanco también apeló a una hábil estrategia para persuadir a la población con el aporte del párroco de la ciudad, José Bonifacio Reduello, que en los sermones de las misas machacaba con la necesidad de aplicarse la vacuna. La estrategia ya se había puesto en práctica el año anterior en Buenos Aires por el cura Saturnino Segurola. El 2 de agosto de 1805, en un acto celebrado en el fuerte (hoy Casa de Gobierno) el virrey, rodeado de sus más altos funcionarios, presenció la primera vacunación. Luego, alentó a los clérigos de las parroquias de esa ciudad de 40 mil almas y a sus alcaldes de barrio a que animasen a la gente a dejarse vacunar, tarea nada fácil de cumplir, ya que antes se precisaba convencer.
En ese mismo año Monte Blanco hizo campañas de vacunación en Gualeguaychú y Gualeguay donde tropezó con varios obstáculos por parte del alcalde local “y una plebe de curanderos” que le impedían vacunar.

Epidemias recurrentes
Pero el hecho que la vacunación sólo se ponía en práctica cuando se acercaba una epidemia no lograba eliminar la existencia de la enfermedad, y cada tanto se producían rebrotes mortíferos como el de 1846 que provocó numerosas víctimas fatales.
Por esa época la población indígena también era alcanzada por las sucesivas epidemias, lo que motivó que el gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, impulsó campañas de vacunación como lo menciona el historiador Adolfo Saldías. “Como resistieran la vacuna, Rosas citó ex profeso a los caciques con sus tribus y se hizo vacunar él mismo. Bastó esto para que los indios en tropel estirasen el brazo, por manera en que en menos de un mes recibieron casi todos el virus”.
Hacia 1886 se produjeron brotes en varias localidades en nuestra provincia. En 1935 y 1936 se desató una nueva epidemia de viruela en los departamentos Villaguay y Gualeguay, que obligó a llevar a cabo la vacunación antivariólica masiva en todos los municipios. Farmacéuticos y algunos maestros se convirtieron en vacunadores.
Hoy este flagelo ya es historia. El último caso de contagio natural se diagnosticó en octubre de 1977 y en 1980 la Organización Mundial de la Salud (OMS) certificó la erradicación de la enfermedad en todo el planeta.
 
La imagen corresponde a un suelto publicado por el diario La Libertad de Paraná el 9 de enero de 1911.

1/1/26

El olvidado tanguito entrerriano

 Rubén I. Bourlot  


La música es una de las expresiones más genuinas de una cultura. Una manifestación de la identidad de un pueblo. Hoy escuchamos géneros musicales de todo el mundo que muchos caracterizan como “universales” pero todos tuvieron origen en una cultura determinada y fueron expandiéndose, universalizándose con el tiempo. En particular los países que expandieron su poder, ocuparon territorios, se transformaron en imperios, también implantaron su cultura, impusieron su arte hegemónico sobre las manifestaciones locales. El mercado luego hizo lo suyo.

La industria discográfica como fenómeno comercial del siglo XX impuso modas y músicas que moldearon el gusto musical en los sitios más remotos del mundo. Los géneros locales quedaron recluidos, al margen del mercado, en nichos pequeños. En muchos casos se fusionaron con los géneros que venían del exterior; en otros casos los cultores locales se apropiaron y resignificaron esa música ajena como ocurrió con el llamado “rock nacional”.

Hoy la diversidad de formatos para difundir música uniformó aún más los gustos musicales, en particular entre los jóvenes. En muchos casos escuchamos registros sonoros (por no decir ruidos) invadiendo los medios de comunicación que carecen de los mínimos requisitos para llamarse música. Como dijo en algún momento Charly García “Para mí la música es melodía armonía y ritmo… y lo que hay ahora es ritmo, pero le falta la melodía y la armonía".

Lo que se suele denominarse como folklore en nuestro país, por los motivos expuestos, fue perdiendo masividad en la mayoría de los casos. En algunas regiones conserva su popularidad, el pueblo lo escucha y lo baila, como es el caso del chamamé, por citar un ejemplo cercano. Entre Ríos entra dentro de esta región, en particular en el norte provincial.

El folklore entrerriano tiene una rica variedad de expresiones pero no todas gozan de la difusión que se merecen. Tal vez sea la chamarrita una de las excepciones ya que de la mano de Linares Cardozo y los Hermanos Cuestas, entre muchos otros, en la década de 1960 alcanzó su proyección nacional. El festival de Cosquín fue la plataforma de lanzamiento y así se convirtió en sinónimo de música entrerriana.

 

Al trotecito

Entre los estilos folclóricos de Entre Ríos, es el tanguito liso uno de esos géneros identitarios de la provincia que aún no están totalmente valorados. Según las investigaciones recientes, entre otras las de Raúl Tournoud de Concepción de Uruguay (plasmadas en el libro digital “Identidades vivas de la Entre Ríos mundial”, publicado por el Colectivo Cultural “Entre Ríos sin fronteras” y Multiarchivo “Oscar Cacho Dutra”), se trata de un antiguo género musical, no tanto como la chamarrita, recogido por acordeonistas tradicionales e intérpretes más contemporáneos que lo traen a nuestro tiempo entre chamamés y chamarritas.

Según una de las hipótesis el “tanguito” es una derivación del tango porteño. Se supone que empezó a aparecer en la primera mitad del siglo XX cuando los acordeonistas interpretaban temas de tango pero con las llamadas “verduleras” que carecían de las características del bandoneón y debían adaptarlos a un instrumento con menos recursos. Así ese tango se transformaba y cobraba un carácter más sencillo y original. Lo mismo sucedió con la coreografía que se simplificó para ser bailado por los paisanos en las ranchadas donde se improvisaban bailes en las características pistas de tierra.

La espontaneidad de estas interpretaciones impidió conformar un estilo unificado y por ello en distintos lugares de la provincia el tanguito liso fue recibiendo diversas denominaciones: tanguito costero (departamento La Paz), rastro de leña (departamento Nogoyá) y tanguito a guacha (en el este provincial) entre otras. Esta última curiosa denominación obedece a que en las zonas rurales los paisanos, gente de a caballo, lo bailaba sin quitarse el cuchillo de la cintura y colgaban del cabo de este la guacha (el rebenque que se usa para azuzar al caballo) que se revoleaba con la danza. También lo hallamos como rasgueadito doble o chamamé de sobrepaso. La denominación tanguito montielero que aparece en algunas interpretaciones, según los investigadores, sería un término inventado en el momento de registrar el género en SADAIC, en la década de 1970.

Tournoud sostiene que el origen del tango y de nuestro tanguito tiene estrechas vinculaciones con los esclavos libertos del Brasil (incluso la voz “tango” es de origen africano). Al proclamarse la república en el país vecino, en 1889, se fueron liberando los esclavos que solían reunirse en sitios denominados “tangos” donde practicaban sus rituales y danzas ancestrales de herencia africana pero con influencias de ritmos de origen europeo. Luego esa fusión de músicas, entre las cuales se encuentra el maxixé, tomó el nombre del lugar y en sus migraciones, ya libertos, lo fueron difundiendo. Así llegó al Río de la Plata y a nuestra provincia.

El tanguito liso, hasta el momento, es un género típico casi exclusivo de Entre Ríos, a diferencia de la chamarrita que tiene versiones en el Uruguay y sur del Brasil.

 

Como lo bailan los tagüé

De la letra del popular rasguido doble El rancho de la Cambicha de Mario Millán Medina encontramos referencias al tanguito: “Esta noche que hay baile en el Rancho e’ la Cambicha, chamamé de sobrepaso tangueadito bailaré, chamamé milongueado al estilo oriental, troteando despacito como bailan los tagüé“, que es como suelen llamar los correntinos a los entrerrianos. Según Tournoud las menciones de Millán Medina aluden al tanguito correntino “quien ha declarado específicamente que su tema se refiere a los bailes a los que concurrían los troperos de los alrededores de Goya, donde se destacaba la pista de ‘Cambicha’ Moreira.”

Sin dudas ese trote despacito, que se baila en pareja enlazada, remite a la simpleza de su coreografía adaptada al paisanaje sin demasiadas habilidades para la danza.

Como observamos más arriba, los sitios donde se bailaba eran pistas improvisadas de tierra apisonada. Según testimonios orales, la música se amplificaba con alguna bocina de discreta potencia por lo cual el sonido no llegaba hasta los lugares más alejados de la pista y los bailarines lo hacían casi por intuición y dejaban de danzar cuando lo hacían los que estaban más cerca del escenario.

Algunos de los cultores de esta modalidad musical folclórica son Edmundo Pérez, Santos Tala, Pocho Gaitán (de Pronunciamiento: “Soy tanguito montielero”). También Pancho Moreno (Hernandarias), Agustín “Agüicho” Franco (Santa Elena). Otros que lo interpretaron son Los Hermanos Cuestas (“Alitas de mi Entre Ríos” de Jorge E. Martí), Los del Gualeyán, Los Hermanos Spiazzi, Los Chamarriteros, Federico Gutiérrez y Los Poriajú, Ricardo Zandomeni, Julio López, José Albino y Reynaldo Mathey Doret (Líbaros: “Al poeta del Calá”).

Es necesario para el fortalecimiento de nuestra identidad cultural el rescate esta variedad de ritmos musicales, fomentar su difusión y llevarlos a las escuelas. Que estén presentes en las aulas, hacerlos conocer en las clases de música, para ir educando el gusto por lo nuestro. Porque no puede gustar lo que no se conoce.


Imagen

Reynaldo Mathey Doré

Fuente consultada

Raúl Tournoud y Susana Dutra, Panorama del nuevo folklore entrerriano para el siglo 21 en  https://laciudadrevista.com/panorama-del-nuevo-folklore-entrerriano-para-el-siglo-21/


21/11/25

Las cuarteleras, esas mujeres invisibles

 Rubén I. Bourlot

Mujeres sacrificadas que hacían patria con lo que tenían a mano. No eran mujeres soldados, no portaban lanzas ni trabucos pero cumplían una función fundamental. Eran las cuarteleras, soldaderas, compañeras fieles de los bravos montoneros de las guerras de la independencia, de las luchas intestinas y de las campañas contra los indígenas.
Desconocidas, ocultadas o biografiadas encubriendo sus orígenes para “adecentarlas”, aún no está reconocido plenamente el papel de las mujeres en el proceso de construcción de nuestra nacionalidad. Sólo son reivindicadas las mujeres “de salón”, y alguna que otra que por azar alcanzó trascendencia, como La Delfina, Tadea Jordán o Juana Azurduy. Pero a las más, motejadas como de mal vivir, se las prefiere ignorar.
El general José María Paz, un jefe unitario que anduvo por Entre Ríos, cuenta en sus memorias que era habitual la existencia de mujeres siguiendo a retaguardia de los ejércitos. “Muchas veces se repartieron a la tropa efectos de ultramar, finos, y particularmente las mujeres, a quienes se daba el gracioso nombre de patricias, tuvieron su parte en ellos. Me han asegurado que se les distribuyeron pañuelos y medias de seda (…).” Y agrega: “Las mujeres son el cáncer de nuestros ejércitos; pero un cáncer que es difícil cortar, principalmente en los compuestos de paisanaje, después de las tradiciones que nos han dejado los Artigas, los Ramírez y los Otorgués, y que han continuado sus discípulos, los Rivera y otros.”
Distinto era el trato que Urquiza le daba al asunto, nos informa el mismo Paz. “No eran así seguramente los ejércitos que mandaba el general Belgrano, y últimamente nos ha dado un ejemplo Urquiza, que hizo su invasión en 1846 a Corrientes, sin llevar en su ejército una sola mujer. Esto le daba una inmensa economía en caballos, víveres y vestuarios, al paso que facilitaba la movilidad y el orden en todas sus operaciones (…). Su campaña estaba calculada como de corta duración, y no le fue difícil persuadir que dejasen las mujeres en su campo del Arroyo Grande, a donde no habían de tardar mucho en volver.”
Artigas propició esa práctica, según relata el autor citado. “Cuando la guerra del Brasil, oí un día contar al general don Frutos Rivera que, encontrándose Artigas en no sé qué situación crítica que se hacía más afligente por la extraordinaria deserción de los soldados, que les era imposible contener, se le ocurrió entonces un arbitrio que propuso a Artigas, quien lo adoptó y puso en práctica con el mejor suceso. Consistía en traer algunos cientos de chinas para distribuir a los soldados.”
 
Zitarrosa les canta:
Sufrió y sudó en los caminos
enancada, en carro, a pie
y, a lo más, un parte dijo:
ayer murió una mujer.
 
El propio caudillo oriental se casa con una lancera paraguaya, Melchora Cuenca, que les dio sus hijos Santiago y María. Pero a Artigas no le duraban las mujeres, y cuando derrotado decide marchar al exilio paraguayo, Melchora se queda por acá, en nuestra provincia con sus hijos. Perseguida y sin recursos en 1829 se casa con José Cáceres. Se dice que muere en Concordia en la década de 1860.
También en la llamada “frontera” sur, en ese impreciso territorio donde se iba diluyendo la “civilización” para dar paso a los dominios de las tolderías de indios, la mujer fue una pieza fundamental para “arraigar” al soldado.
Las “fortineras”, junto a la india y la cautiva fueron las mujeres prototípicas que habitaron esas soledades atravesadas por vientos helados. Eran parte de ese ejército, eran sometidas a los mismos deberes aunque no les asistían los derechos, que sí tenían los soldados, como la paga, los ascensos y el premio de leguas de tierra en compensación a los servicios prestados. Y esas fortineras muchas veces terminaban sumándose al batallón de cautivas entre los indios.
El Ejército de los Andes también tuvo sus mujeres con la expresa autorización de San Martín, para que acompañaran a sus maridos. En este caso se suponía que eran las esposas de los soldados y no simples queridas, como les decían.
Otro ejemplo es el de Josefa Tenorio, una esclava negra, que pidió al general Gregorio Las Heras que la dejara combatir. Este la aceptó y la mujer hizo la campaña como agregada al cuerpo del comandante de guerrillas Toribio Dávalos. Aspiraba obtener, también, su libertad personal. No se sabe si lo consiguió, aunque San Martín la recomendó para "el primer sorteo que se haga por la libertad de los esclavos".

Dejando las familias
A la clemencia de Dios,
Y andaban los años enteros
Encima del macarrón!
Escribía Hilario Ascasubi.

En nuestra provincia está el caso de la romántica historia entre Francisco Ramírez y La Delfina, esa mujer misteriosa que un día apareció en la vida del caudillo y se lo llevó a la tumba, según una de las versiones tradicionales. La mujer también conocida como María Delfina según el acta de defunción, era de origen portugués (hoy sería brasileña) y habría arribado a las cercanías de Concepción del Uruguay siguiendo como soldadera a las montoneras de Artigas. Otras versiones la dan como prisionera tomada en la frontera portuguesa. El destino quiso que esa bella mujer cautivara al Jefe de los entrerrianos y pasara a ocupar un lugar destacado dentro de sus ejércitos, ya no como cuartelera sino como una dragona, mano derecha del que luego sería el Supremo Entrerriano, vestida con uniforme de oficial, casaca roja y ataviada con un sobrero “a la chamberga” decorado con plumas de ñandú. 


Fuentes y bibliografía
Letra de canción de La Soldadera de Alfredo Zitarrosa
Memorias del general José María Paz
 
Imágenes
Dibujo ideal de La Delfina
Las cuarteleras según Juan Manuel Blanes
 
 
 


23/10/25

Las trovas urquicistas de El Montielero

Rubén I. Bourlot

Una necrológica publicada en la primera página del periódico El Tribuno de Paraná el 8 de abril de 1911 da cuenta del fallecimiento de “El Montielero” seudónimo poético de Eduardo Candioti. La crónica informa que “el querido bardo popular, ha muerto anoche a las 10 y media en su vivienda de Villa Sarmiento (de Paraná).”
Hoy muy pocos recordarán a este juglar que cantó las hazañas del general Urquiza en unas décimas que dejó plasmadas en folletos de existencia efímera de los cuales algún ejemplar quedó al resguardo de una biblioteca.
Seguramente que sus versos no formarán parte de ninguna antología de la poesía regional pero constituyen una vívida fuente para la historia de Entre Ríos y en particular del general Urquiza. Es “uno de esos cantores sin metro ni rima –relata la crónica citada-, que en la rusticidad de un lenguaje trasuntan el alma del trovero criollo, de esos que ya no quedan sino en la lejanías apartadas a donde la guitarra tradicional todavía no ha sido reemplazada por el acordeón del inmigrante.”
Se dice que Urquiza solía escuchar los recitados del Montielero en los momentos de reposo que le dejaban las campañas militares y las tareas de gobierno. Y la crónica continúa con un testimonio del propio Candioti que, con cierta nostalgia, rememora: “Si Urquiza no hubiera caído tan pronto no solamente la patria hubiera ganado, sino que yo también, porque hubiera llegado a dónde merecía.”
Otra vocación también había atrapado al Montielero. En su casa de ese antiguo barrio paranaense había instalado una escuelita a la que concurría un puñado de alumnos de los alrededores “ansiosos de aprender de los labios del poeta el A B C y algún poco de Historia de Entre Ríos”.

Papeles amarillos
Hurgando en las bibliotecas, desempolvando papeles sepia, Luis Alberto Salvarezza dio con el folleto en cuestión titulado “Historia del capitán general Don Justo J. de Urquiza, en versos, escrita por un soldado” que incluye una carta a Benjamín Victorica y Luis María Campos, fechada en 1893, a quienes les dedica el trabajo. 
El folleto lleva el pie de imprenta de Tipografía, Litografía y Encuadernación “La Velocidad” fechado en Paraná en 1894. 
Precisamente en el Museo Histórico Martiniano Leguizamón de Paraná se puede consultar uno de esos ejemplares.
En una compilación realizada por Olga Fernández Latour (Cantares Históricos de la tradición argentina, 1960) se menciona al poeta, sin aludir a su seudónimo, y sostiene que “el estudio de la folletería es generalmente ingrato. Literatura que carece del brillo de la ilustración y de la espontaneidad del folklore, resulta más placentero ignorarla que hurgar en sus motivaciones y su destino. Sin embargo la proliferación de esta folletería que tanto alarmaba a Navarro Viola se debía a que ella trataba de llenar el enorme hueco cultural que iban dejando las tradiciones decadentes.”
Y se pregunta “¿Qué resabios, habrán quedado de este movimiento en la tradición oral? ¿Habrá pasado todo aquello como una moda fugaz? ¿Habrá dejado alguna raíz en la cultura del pueblo?”

Una dedicatoria
En la carta dirigida por el Montielero a Victorica y Campos expresa que les dedica “mi muy humilde y sin ningún valor versificación histórica, que en honor a la memoria de la ilustre víctima, Capitán General D. Justo José de Urquiza, acabo de hacer imprimir a fin de que las generaciones de esos valientes soldados, cuyas glorias compartieron con el General Urquiza, conozcan los hechos históricos de sus antepasados; los sacrificios hechos en bien de la Patria; las victorias obtenidas y el alcance que ellas han tenido, bajo la dirección y órdenes de tan ínclito General.
“La reconocida ilustración de ustedes, sabrá darle su mérito, no como poesía, por cuanto nada vale en este sentido, pero sí en el sentido que, el nombre del General Urquiza y sus glorias, no se borren de la memoria de ese soldado rudo pero valiente, de ese pueblo .poco instruido que más que nadie tiene derecho a conocer, conservar, cantar, en malos o buenos versos, los hechos, las glorias de sus antepasados, y aun las adquiridas por ellos mismos. Ellos las cantan con orgullo y las trasmiten de generación en generación; cantando sus glorias retemplan su patriotismo, encarnan en sus hijos el amor a la Patria, y conservan en su memoria el respeto y la veneración a nuestros grandes hombres.”

Retazos de un folleto
Ponemos a consideración del lector unos fragmentos de los poemas.
A uno lo titula Memorable pasaje del río Paraná (a nado):

“Es preciso conocer / lo que es el río Paraná, / la anchura y profundidad / que se tiene que vencer.
Es más fácil perecer / que salir de él victorioso, / si hay un hombre valeroso / que a nado quiera pasar / la vida ha de peligrar / en su oleaje borrascoso.
“A este caudaloso río / su bravura le humillaron, / porque a nado lo pasaron / los soldados de Entre Ríos.
“Las divisiones pasaban / llevando cada soldado / el caballo a su costado / y en esta forma nadaban.
“Los jefes de divisiones / también a nado pasaban, / ellos el ejemplo daban
al frente de sus legiones.
“Urquiza quiso hacer ver / que en un momento oportuno / no había obstáculo ninguno
que no pudiera vencer.”

Otro de los poemas lleva por título Marcha y batalla de Caseros:

“Cuando el caudillo entrerriano / el pasaje concluyó, / a Buenos Aires marchó
donde se hallaba el tirano.
“Allí Rosas de antemano / el terreno había elegido / con su ejército reunido
fuerte y bien parapetado / creía el triunfo asegurado / y no creía ser vencido.”
 
Valga esta reseña como recuerdo de uno de los tantos casi anónimos personajes que fueron testigos del devenir histórico comarcano, portador de un apellido que identifica a protagonistas del pasado regional.

Bibliografía principal

Olga Fernández Latour (1960). Cantares Históricos de la tradición argentina, disponible en https://www.letras.edu.ar/BID/bid121_OlgaFernandezLatourdeBotas_Cantares-historicos-de-la-tradicion-argentina.pdf

20/10/25

Elecciones, picardías y agachadas

Rubén I. Bourlot

En estos tiempos de comicios recordamos algunas prácticas y notas de color de las elecciones que se fueron sucediendo desde hace más de dos siglos.
“…Don Joaquín, si triunfa el partido le han prometido a Policarpo darle un puesto importante por los ministerios o por las provincia del interior…” ficcionaba el sainete “Los políticos” de Nemesio Trejo y Antonio Reynoso escrito en 1906.
Nuestro país nació con experiencias electorales puesto que si bien el régimen político de los dominios españoles era monárquico a nivel municipal los vecinos elegían a los miembros de los cabildos mediante el voto, muy acotado por cierto. Ya en épocas revolucionarias los caudillos pusieron en práctica sistemas electivos. José Artigas mandó a votar a los diputados para el Congreso del Arroyo de La China en 1815 y Francisco Ramírez plebiscitó su nombramiento como supremo de la República de Entre Ríos mediante el sufragio.
En la segunda mitad del siglo XIX comenzó la brega por la ampliación del electorado en los comicios que en esos tiempos era un sistema manipulado y con escasa participación. Hipólito Yrigoyen combatió con el abstencionismo para lograr más transparencia y la universalización del voto que se logró en 1912 con la denominada Ley Sáenz Peña.
Mientras tanto las mujeres esperaban que se las habilitaran para ejercer su derecho a elegir y ser elegida que se conquistó en 1947. En 1911 la luchadora por los derechos femeninos Julieta Lanteri, mediante un amparo, logró ser incorporada al padrón electoral argentino. En las elecciones del 26 de noviembre de ese año se convirtió en la primera sudamericana en votar.

Los bromosódicos
Años después un curioso personaje, Enrique Badessich, irrumpió en las elecciones del 2 de abril de 1922 como candidato a diputado provincial en Córdoba por el Partido Bromosódico. Llevó adelante una extensa campaña, con alrededor de 300 discursos, en los que prometía el amor libre, la separación de la Iglesia y el estado, la supresión del Ejército por antisocial y anacrónico, el acortamiento de los hábitos sacerdotales para, con la tela economizada, hacer ropa para los chicos pobres, la eliminación de las esquinas para evitar los choques, la implantación de la República cordobesa con representantes confidenciales ante los países de Europa y América, Argentina incluida.
Daba sus discursos en improvisados escenarios en toda la ciudad de Córdoba, ataviado con un traje de papel y un enorme sombrero. Sorpresivamente logró los votos necesarios para acceder a la cámara favorecido por la abstención de la Unión Cívica Radical. Finalmente no pudo asumir porque la mayoría conservadora rechazó su elección, argumentando que era una persona notoriamente incapacitada para ejercer como legislador.
Luego vendría el fraude electoral “patriótico” practicado por el régimen conservador que sucedió al golpe de estado de 1930. Este ciclo se cerró, tras el golpe de 1943, con los comicios que llevaron al poder a Juan Domingo Perón. En 1955 un nuevo golpe dio por tierra con la apertura democrática que se prolongó hasta 1973.
En el interregno de 1958 a 1966 se llevaron a cabo procesos electorales enrarecidos por la proscripción del peronismo y las permanentes amenazas de golpes de estado.

Campaña macartista
En Entre Ríos, la apertura electoral de 1958 se llevó a cabo con el peronismo proscripto. La fuerza con mayores expectativas de triunfo en la provincia y el país era el radicalismo, que en esta oportunidad iba dividido en la Unión Cívica Radical del Pueblo (UCRP) y al Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI). Nosotros hoy sabemos que la UCRI triunfó e impuso como presidente a Arturo Frondizi, y en la provincia a Raúl Uranga, y que por una acuerdo el peronismo había volcado sus votos al frondizismo.
La campaña electoral, para los comicios del 23 de febrero del citado año, se calentó no sólo por los soles de enero sino por el clima político ya que la campaña había adquirido una particular virulencia discursiva entre el radicalismo del pueblo y los intransigentes, con pases de factura y macarteadas notables. Eso que llamamos un macartismo a la entrerriana, en particular contra los seguidores de Frondizi, es una analogía a las persecuciones que en Estados Unidos, entre 1950 y 1956, el senador Joseph McCarthy había promovido en contra de políticos, artistas y empresarios a los que denunciaba, sin mayores pruebas, de “comunistas” y posibles aliados a la antigua Unión Soviética.
En la campaña electoral se distribuían volantes anónimos que acusaban de comunistas a los candidatos de la UCRI. Uno de esos panfletos dirigidos a los “agricultores de la colonia” advertía que “un serio peligro amenaza a esta colonia que fue fruto de vuestro esfuerzo; particularmente está en peligro el lote en que cada uno de Uds. tiene asentada su casa y su familia”.
El texto del volante denunciaba que “la Unión Cívica Radical Intransigente y su candidato Frondizi apoyado por el partido comunista, si llega al gobierno pondrá en ejecución su plan agrario de enfiteusis que significa que todas las tierras pasarán a ser de propiedad del Estado, igual que en Rusia, y los productores rurales simples arrendatarios expuestos a que los caudillos políticos los desalojen en cualquier momento.” Finalizaba recomendando “votar en contra de Frondizi y de Uranga.”
A pesar de esta campaña de acusaciones, similar a la llevada a cabo contra la candidatura de Perón en 1946, el radicalismo intransigente triunfó en la elección nacional y provincial.
El retorno a la democracia plena se produjo en 1973 pero se prolongó solo tres años, hasta la asonada del 24 de 1976 que derrocó al gobierno constitucional.

Hace 40 años
Las instituciones democráticas se recuperaron en 1983 con una inédita continuidad hasta la actualidad. En los pasos iniciales de esos históricos comicios de octubre fueron bien distintos a los actuales. Aún permanecían los partidos políticos que emergieron a fines del siglo XIX y el XX. El peronismo con su vocación frentista, el Movimiento de Integración y Desarrollo y el partido Intransigente herederos de la UCRI, el partido Socialista, la izquierda nacional (Frente de Izquierda Popular), la Democracia Cristiana y la Unión de Centro Democrático que concentraba a los sectores del liberalismo. Pero fue la Unión Cívica Radical con su sigla propia la que resultó triunfante y llevó a la presidencia a Raúl Alfonsín.
Para la promoción de los candidatos no existían los medios tecnológicos actuales, no había celulares, ni internet y mucho menos las redes sociales. La PC era un novedoso artefacto que mostraba aburridos textos y números sobre un fondo negro. La política aún conservaba su candor casi vocacional. Las campañas electorales eran totalmente artesanales donde la militancia desplegaba su ingenio para aprovechar los pocos recursos que tenían para difundir la propaganda.
Eran tiempos a cal y engrudo. La tarea tal vez más sacrificada era la publicidad en la vía pública: el pegado de afiches con engrudo (harina y agua) y las pintadas de los muros con cal coloreada con ferrite. Las ferreterías agradecidas. También los pasacalles de plastillera se pintaban artesanalmente en los locales partidarios.

Cuando abolieron "la inmemorial y bárbara costumbre del juego de Carnaval"

 Rubén I. Bourlot


Con fecha 21 de octubre de 1848 el gobernador Urquiza dicta un decreto que deja "abolido para siempre (…) el Carnaval de los tres días antes del Miércoles de Cenizas". También prohibía los festejos celebratorios de la "la gloriosa convención de paz celebrada entre la Confederación Argentina y la Francia" (Arana - Makau de 1840). En substitución de este último carnaval se dispuso ayudar anualmente a los deudos necesitados de las personas que hubieran perecido en el sostén de la Santa Federación. Los infractores a lo ordenado serían castigados con la pena “arbitraria, según la gravedad de la falta.”
En los considerandos del decreto se invocan los graves inconvenientes que originaba "la inmemorial y bárbara costumbre del juego de Carnaval que no menos perjudica a la salud de los que imprudentemente se entregan a sus excesos, que a la moral y a la cultura que tan imperiosamente demanda la Religión del Estado y el actual siglo de luces".

Carnem levare
El juego del carnaval hunde sus raíces en el fondo de la historia. La celebración es importada de Europa y sus orígenes son difusos. La etimología nos dice que carnaval deriva de “carnem levare”, lo que significa “quitar la carne”, nombrado así en épocas medievales cuando el cristianismo cooptó la fiesta pagana y la ubicó en los últimos días antes de la Cuaresma cuando para los cristianos comienza el periodo de ayuno y abstinencia. Para otros el nombre deriva de “carrus navalis” (carros navales) por los barcos de madera decorados que se utilizaban en las fiestas en honor a la diosa Isis (de origen egipcio) entre los romanos.

Candombes y carnavalitos
Al arribo de la colonización española, y custodiado por cruces y espadas, llega el carnaval con todo su esplendor, se mimetiza y se transforma en una de las fiestas más populares de América donde “El prohombre y el gusano / Bailan y se dan la mano / Sin importarles la facha. / Juntos los encuentra el sol / A la sombra de un farol / Empapados en alcohol” como canta Joan Manuel Serrat.
El carnaval se mimetiza en el noroeste argentino con las tradiciones incaicas, y en todos los rumbos americanos se amestiza con las culturas africanas. Surgen las murgas, los candombes y los carnavalitos. Y en nuestras tierras prende en todas las ciudades y pueblos. Los memoriosos recuerdan los corsos pueblerinos con desfiles de comparsas y mascaritas, los sulkis y carros decorados que desfilan en la calle principal mientras el público arroja serpentinas, papel picado y agua perfumada. Tiempos vinieron cuando los gobiernos de facto temerosos, como Urquiza, que la expansión popular derivara en una “bárbara costumbre” exigen a quienes quisieran asistir disfrazado que se arrimen a la comisaría para gestionar el permiso. En 1866 la Jefatura Política de Gualeguay disponía que “todas las personas que deseen vestir trajes de disfraz o llevar careta únicamente tendrán que sacar un permiso de la Policía.”

Cosa de negros
Ángel Harman en su libro “Los rostros invisibles de nuestra historia” nombra a las comparsas de negros en Concepción del Uruguay décadas atrás, una de ellas denominada “La Africana”, acompañada de buena música, que ejecutaba números de baile y cantos típicos y a Felipe Oroño – un criado del coronel Pedro Melitón González- que presidía la misma.
Otra de las comparsas que en forma regular se presentaba a los corsos uruguayenses era “Los Changadores”, vestidos sus integrantes con trajes de color blanco y celeste y portando un hermoso estandarte en el que se exhibían las numerosas medallas obtenidas como premio.
“Además de una buena orquesta – escribe Harman-, contaba con el mejor escobero, el negro Antúnez, hábil en bailes y candombes. Su agilidad de gato montés, que le permitía hacer toda clase de contorsiones.
“Otro descendiente de africanos que se destacaba como escobero en las comparsas, era el negro Cirilo (…)”

Victoria del carnaval
En la segunda mitad del siglo XIX poco a poco se fue restituyendo la fiesta del carnaval y cayó en el olvido el decreto proscriptivo. Una crónica de Ezequiel Rubattino Faccendini en su página digital “Old Victoria” informa que con influencia de la inmigración europea llegada a Victoria, principalmente italianos, “se comienzan a formar comparsas y se incorporan instrumentos como mandolinas, flautas, guitarras, violines, clarinetes, acordeones y bandoneones; las fiestas toman un tinte familiar y se incorporan las temáticas de índole gauchesca en la celebración.
“En la ciudad de Victoria el primer registro documentado de la celebración del carnaval es un reglamento del club de Artes y Oficios; que data del año 1868, donde se promueve la creación del conjunto de una asociación musical “Los Pobres Iniciadores” con el fin de la diversión carnavalesca y su propaganda, además de la Filantropía y la Unión (…).
“Esta asociación fue durante 18 años (hasta 1886), la principal expresión en el festejo de los carnavales (…).
“En 1875 Feliciano Aguirre, español y poeta radicado en Victoria, escribió la letra y el coro de la música para la sociedad de los Pobres Iniciadores: Salid hermosas / Flores lozanas / Y a las ventanas / Presto acudid / Veréis “Los Pobres Iniciadores” / Cantando amores; / Salid, Salid.”

Imágenes
Decreto prohibiendo el carnaval
Carro decorado de los carnavales de Victoria (gentileza: Ezequiel Rubattino Faccendini)

7/10/25

Paraná, ciudad de tres siglos fundada en 1730

 Rubén I. Bourlot

 

Atendiendo gestiones del gobernador de Buenos Aires, Bruno Mauricio de Zavala, el 23 de octubre de 1730 el Cabildo Eclesiástico de Buenos Aires erigió la Parroquia del Pago de la Otra Banda del Paraná bajo la advocación de la Virgen del Rosario, en consideración al número de pobladores asentados en el lugar "por cuyo motivo no se ha hecho nómina de 'sus poblaciones ni tomado razón de sus feligreses, y de que éstos se hallan faltos de pasto espiritual y de la debida asistencia de los curas". Esta fecha debe ser considerada como la fundación de Paraná.

Según se relata en la página oficial de la Municipalidad paranaense “a comienzos del siglo XVI, los habitantes de Santa Fe se fueron estableciendo en esta orilla del río, pues encontraban más seguridad para sus bienes y familias. Es por ello que Paraná no registra una fundación como era costumbre de los colonizadores españoles: se formó por decisión de esta gente.” Y es por eso mismo que el 25 de junio de cada año se conmemora el “día de la ciudad” en coincidencia con la constitución del primer cabildo, en 1813.

Pero esa difundida versión sobre la falta de fundación de Paraná es un error que le retacea a la ciudad un siglo de vida. La capital entrerriana en 2030 estará cumpliendo los tres siglos de existencia y es el núcleo urbano más antiguo de Entre Ríos.

En nuestra América el proceso fundacional, en este caso por parte de las autoridades españolas, obedeció a la necesidad de ocupar el territorio, aunque no siempre se llevó a cabo según el modelo planificado por las autoridades civiles. También la Iglesia católica fue fundadora de pueblos en ese proceso, como sucedió en los dominios de las misiones jesuíticas y en el caso que relatamos aquí. Sobre este tópico, Rodolfo Puiggrós sostiene que las órdenes religiosas “fueron los más metódicos, racionales y perseverantes agentes del tipo de colonización hispana”.

 

La ocupación de los mancebos paraguayos

Acotemos que en el actual territorio entrerriano los asentamientos previos a la ocupación hispanocriolla no constituyeron centros urbanizados como sí se pueden observar en el imperio incaico o en el antiguo México de mayas y aztecas.

Los primeros pobladores no indígenas al oriente del Paraná fueron los descendientes de mancebos de la tierra de Asunción que fundaron la ciudad de Santa Fe en el siglo XVI. Tras su reubicación al sitio actual, unos kilómetros al sur de la antigua Cayastá, se da inicio a la ocupación de zona que llaman “la otra Banda del Paraná” o “la Baxada” con algunas ventajas naturales para el desembarco y también para facilitar el enlace hacia el norte: “Allí también tomaban tierra firme los viajeros que iban a Corrientes y al Paraguay”, dice el historiador Pérez Colman y lo certifica la cartografía de la época que nos informa sobre una línea de postas que parte desde la Bajada hacia Corrientes por la ribera oriental del Paraná. Otro factor que impulsa el desarrollo del lugar es la presencia de yacimientos de piedra caliza utilizada para la construcción y para el curtido de cueros, una actividad derivada de la abundante presencia de ganado vacuno.

En las primeras décadas del 1700 el sitio de la Bajada, que también en los mapas figura como La Capilla, Punta de Piedra y La Calera, ya contaba con un modesto caserío trepado sobre las barrancas, alrededor de un pequeño puerto.

 

La fundación eclesiástica

Y llegamos a 1730 cuando el Cabildo Eclesiástico resuelve la erección de una parroquia, no un simple oratorio -que según los testimonios ya existía- sino una entidad con jurisdicción sobre un territorio a cargo de un párroco. Esta disposición “constituye el primer acto gubernativo de las autoridades españolas para la organización del territorio que más tarde formaría el cuerpo político denominado provincia de Entre Ríos”, expresa Pérez Colman. Y agrega: “En aquel entonces, la parroquia no era una simple institución de orden puramente eclesiástico, ya que a las parroquias también les competían funciones a la vez religiosas, políticas y administrativas, y el cura se constituía en un mandatario público con competencias civiles y administrativas otorgadas por las leyes”. 

Meses después sería designado párroco Francisco Arias de Montiel quien es el que por primera vez nombra a La Bajada como Paraná en 1732. En 1733 el Cabildo de Santa Fe nombra Alcalde de la Hermandad a Santiago Hereñú y se convierte en la primera autoridad civil.

El ya citado Zabala, que ejercía el vicepatronato, ejecutó lo resuelto por el Cabildo, y ambos documentos -el del Cabildo y el de Zabala- pueden considerarse, como sostiene Pérez Colman, el inicio de la vida organizada del pueblo paranaense y sus alrededores. Es por ello que nos atrevemos a sostener que, a falta de otro acto administrativo, éste fue el acto fundacional de la actual capital de la provincia.


Bibliografía principal

Arce, Facundo, (1963), “Aspectos de la evolución económica de Paraná”, en Boletín del Centro Comercial e Industrial. Paraná, número extra: Homenaje a la Independencia argentina y al Día del Comercio.

Puiggrós, Rodolfo, (1930) “De la colonia a la revolución”, Ed. Sudamericana, Bs. As, 1986.

Pérez Colman, César Luis, “La Parroquia y la Ciudad de Paraná en su segundo centenario. 1730-1930”, Paraná, Talleres Gráficos La Acción.


Imágenes

Publicación de El Diario,Paraná, 5 de septiembre de 1930.

El Paraná que se va. La Revista, Paraná,1912.

La Baxada de Paraná, 1730-1731

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