Rubén I. Bourlot
El sistema educativo actual fue moldeado a partir del sistema ideado hace tres siglos por Juan Bautista de La Salle para sacar a los chicos de la calle y luego por el normalismo destinado a formar maestros que debían enseñar a alumnos en grupos homogéneos y “normales” que aprendían en un tiempo determinado.
Con el tiempo se planteó la necesidad de una educación masiva que fue derivando hacia la gratuidad y obligatoriedad para la enseñanza primaria pero sin modificar el sistema. Fue el sueño de los educadores del siglo XIX que se proponían “educar al soberano”. En Entre Ríos ya lo había planteado Francisco Ramírez cuando incorporó la enseñanza obligatoria de las primeras letras en los reglamentos de la República de Entre Ríos, en 1820. En 1870 una ley pionera en Entre Ríos disponía que "será obligatoria en toda la Provincia la instrucción primaria de lectura, rudimentos de aritmética y de religión para todos los niños varones de siete a catorce años y mujeres de seis a doce”. Los padres, tutores, etc. que no tuvieran cómo dar instrucción, por su indigencia, "a sus hijos, pupilos o dependientes menores, deberán hacerlo en las escuelas públicas costeadas o subvencionadas por el Estado, donde se les enseñará gratuitamente"
Pero la escolaridad nunca llegó a ser totalmente masiva. Argentina se vanagloriaba de tener uno de los más bajos índices de analfabetismo lo cual no implicaba una escolaridad de calidad para todos. En muchos casos significaba solo un mínimo nivel alfabetización (saber leer y escribir) sin la terminalidad de la escuela primaria. Sobre ese esquema, en la última década del siglo XX se incorporó la obligatoriedad del nivel secundario con idénticos resultados. Era evidente que no se podía diseñar un sistema nuevo vaciado en los viejos moldes de la escuela pensada para unos pocos. Que estaba formateada para un alumno ideal, el modelo de estudiante que era capaz de aprender todos los contenidos en un año lectivo de 180 días de clases y egresar al cabo de seis o siete años. Una normalidad que muy pocos pueden sostener y el resto se cae del sistema y debe reingresar a regímenes alternativos. Estos son sobrantes que el sistema recorta al igual que cuando no se cumplen los 180 días ideales de clases y el docente apela a recortar contenidos.
El sable de Guarumba
Cuando hablamos de recortes nos vienen a la memoria anécdotas de nuestra historia, maestra de vida afirmaba Cicerón, como lo que sucedió con el coronel Miguel Guarumba que recortó de un certero sablazo lo que le sobraba de Sarmiento. El hecho ocurrió hacia 1874 en oportunidad de la visita de Domingo Faustino Sarmiento a Federación para la inauguración del Ferrocarril Este Argentino. En el lugar se encontró con el bravo guaraní -a quién el sanjuanino le había enviado una colección de sus libros- que le mostró los ejemplares que conservaba impecables salvo los recortes practicados para uniformar los que tenían distinto formato. Guarumba era analfabeto y por lo tanto para él los libros eran solo preciados objetos, tótems que podía moldear a su gusto. Sarmiento, el letrado, no lo comprendió así y estalló con su furia habitual: "¡La civilización hasta aquí y la barbarie de tu lado!" le espetó. Como Guarumba, que en su ingenuidad había recortado lo sobrante, lo no normal, también lo hacía el civilizado Sarmiento cuando podaba lo que no encajaba en su criterio de normalidad. Para el “padre del aula” al país le sobraba espacio y había que cercenar la Patagonia (“El mal que aqueja a la República Argentina es la extensión” escribió), y le sobraban caudillos gauchos e indios a los que había que “recortar”, usar de carne de cañón y abonar la tierra con su sangre porque “la sangre es lo único que tienen de seres humanos esos salvajes”, decía.
Un tiempo sin tiempos
Y algo así sucede con nuestro sistema educativo establecido para un ideal de alumno “normal”. El que no se ajusta a ese molde se descarta, se corta (Hay que "ajustar el traje al cuerpo y no el cuerpo al traje" nos decía sabiamente Arturo Jauretche). Retomando lo expresado al principio, la escuela actual encorseta el aprendizaje en tiempos que solo algunos pueden cumplir. Se planifican contenidos que no siempre es posible desarrollar en un año lectivo y se terminan podando también. Entonces por qué no pensar en una educación que contemple las condiciones objetivas y subjetivas del alumno, y que el tiempo no sea un tirano que todo lo condiciona, que obliga a todos a aprender con el mismo ritmo contenidos tan disímiles como Lengua, Matemáticas o Historia. Más aún en una sociedad injusta la situación social y económica de cada estudiante es un condicionante que no puede modificar la escuela.
Por eso el tiempo no puede ser un factor.
Por lo tanto hay que poner sobre la mesa de discusión una reforma del sistema que contemple la eliminación de tiempos rígidos para el desarrollo de la enseñanza. Educación no graduada, escuelas sin grados, donde el aprendizaje sea continuo sin el factor tiempo de por medio. No son ideas nuevas. Desde el método ideado por María Montessori (controversial en muchos aspectos) en adelante se han realizado varias experiencias si llegar a generalizarse. Vale la pena pensar en un modelo que sustituya la tipología de alumno “normal” por otro que contemple una “normalidad” diversa y elimine las situaciones de repitencia, de traumáticos exámenes “previos”, “recuperatorios” y otros artefactos ideados para reinsertar al alumno. Un modelo sin tiempos predeterminados, sin la rigidez de un ciclo lectivo anual facilitaría, además, la integración de alumnos denominados “con necesidades educativas especiales” y o los que padecen el tan de moda “déficit de atención dispersa” (TDA) que hoy quita el sueño padres y docentes.


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