Bernardo Verbitsky
Transcribimos una nota aparecida en 1958, en la revista
Blanco y Negro, bajo el título “El centenario de Martiniano Leguizamón”
Se ha recordado con artículos, y con discursos en sucesivos
actos público —el último se realizó en la SADE en los primeros días de agosto—
el centenario de Martiniano Leguizamón, nacido el 28 de abril de 1858. Se ha
honrado su memoria pero lo que resulta imposible es encontrar sus libros. Están
agotados desde hace muchos años y salvo, dos, Recuerdos de la tierra y
Montaraz, reeditados no hace mucho, los demás títulos que forman sus obras
completas son hoy la obsesión de quienes procuran reunir material de literatura
argentina, desaparecido de la circulación. Sus libros se han convertido así en
piezas raras más al alcance de coleccionistas que de 1os lectores. Sin embargo
Leguizamón no es un fósil de nuestra literatura, y buena parte de su obra
mantiene su vitalidad.
Esto se demostró hace unas dos décadas al volver a
representarse Calandria en el Teatro Cervantes. Exhumada unos cuarenta años
después de su estreno, que fue en 1896, lejos de ser una curiosidad histórica
resultó un éxito de público. Era interesante ese triunfo póstumo de un autor
cuya primera obra era de 1877.

Su incorporación poética fue aún más lejana. Tenía solo 17
años cuando publicó su "Canto a la bandera de los Andes”, entonces
celebrado por Oleario Andrade. Esto era en 1875 y muchos años después, en 1910,
en el mismo día en que Martiniano Leguizamón cumplía 52 años, firmaba a su vez
el elogio de un joven a quien dio de ese modo un augural espaldarazo. Por una
curiosa coincidencia el prólogo a Los gauchos judío con el cual lanzaba a
Alberto Gerchunoff, que entonces tenía 27 años, está fechado el 28 de abril de
aquel año del Centenario. Del elogio de Andrade a Leguizamón, al espaldarazo de
éste a Gerchunofí, surge el hecho vivo de una continuidad literaria, siempre
fecunda. El tradicionalismo de Leguizamón no le impedía apoyar a un escritor
desconocido que precisamente registraba una esencial transformación del campo
argentino a través del aporte inmigratorio que entonces pudo parecer exótico.
Pero esta continuidad entre autores de generaciones
distintas es entre nosotros más ilusoria que verdadera, y uno de los hechos que
cortan el nexo de lo tradicional, es la desaparición misma de los libros.
También la novela Montaraz es obra aún viva. Se publicó en 1900, una fecha que
nos parece increíblemente remota justamente por esa inexistencia de una
tradición. (Gálvez no desciende de un Manuel T. Podestá, ni Roberto Arlt
continúa a Gálvez). La lectura de Montaraz depara la sorpresa de su modernidad.
Leguizamón evoca lejanos acontecimientos de la historia de su Entre Ríos y lo
hace con garra de novelista actual. La estructura y el estilo son de hoy. Mas
que describir o relatar hace vivir los hechos a través de personajes que en el
ritmo de sus acciones nos traen el eco de un tiempo heroico, argentino y
americano, que así se salva en el testimonio artístico, y no el meramente
documental.

Pero ¿cuándo ha podido leerse Montaraz? Se reeditó en 1956.
Sin duda que Leguizamón, fallecido en 1936, tuvo tiempo de hacer melancólicas
reflexiones sobre su propio destino de novelista que ya en 1900 había cumplido
un positivo avance dentro de la literatura local. Inclusive el centenario de su
nacimiento ha debido recordarse sin que se le pudiese leer. Y esto no es sólo
lamentable: es grave. Porque esta “muerte” de los libros, no de su contenido
sino de su envoltura, sólo nos deja nombres fantasmas e interrumpe hasta la posibilidad física de esa integración que
representa en lo nacional la tradición literaria.”
(Blanco y negro, Nº 8, noviembre de 1958, pág. 76)
1 comentario:
Hola amigo lo que e leido es muy bueno todos lo que viz escrivis me encanta como leer gracias.
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