Rubén I. Bourlot
La noche del 21 de mayo de 1896 la compañía de
Podestá-Scotti representó en el Teatro Victoria de Buenos Aires la comedia de
costumbres camperas Calandria, escrita por Martiniano Leguizamón.
Gaucho bravo y montaraz era el Calandria real y más aún el
ficcionado por Leguizamón: “¡Pa agarrar esta Calandria tienen que aplastar
muchos matungos las polesías de Entre Ríos!”
Dice el también entrerriano y dramaturgo Juan Carlos Ghiano
que “el estreno fue recibido con general cordialidad por los críticos, quienes
se preocuparon por señalar las distancias que reconocían entre la nueva pieza y
el teatro gauchesco nacido de Juan Moreira.”
EL GAUCHO LITERARIO
Ghiano explica que “mientras para los primeros escritores
del género, el gaucho era simplemente el hombre del pueblo, el provinciano
entregado a tareas rurales -en particular de la campaña litoralense-, para los
críticos de fines de siglo el gaucho era ya el símbolo de nuestro pueblo: la
encarnación de las virtudes patrias y la esforzada síntesis de nuestra historia
popular. Por estas riesgosas implicaciones, rechazaban los destinos rebeldes y
agresivos que contó con abundancia Eduardo Gutiérrez, y se resistían a admitir
la dignidad extratemporal del hijo poemático de José Hernández.
“Dentro de la castigada historia de nuestro teatro,
Calandria se vio como la encarnación de ese ennoblecimiento del gaucho y, con
la alegría de la rehabilitación, se sacrificó en su homenaje el teatro
gauchesco anterior. Sin embargo, a través de los años transcurridos desde
entonces, y en perspectiva librada de prejuicios, Calandria adquiere su pleno
sentido si se sitúa como el final de una serie de creaciones, no como el
comienzo de un nuevo género, que debe buscarse por otros rumbos: los de los
dramas rurales de Florencio Sánchez y de Roberto J. Payró.”
Agrega el autor citado que “un tanto al margen queda un
drama injustamente olvidado, del político Francisco F. Fernández, hombre importante
en nuestros entreveros civiles: Solané, publicado en 1881”.
UNA CALANDRIA JORDANISTA
Seguimos con el relato del dramaturgo nogoyacero: “Martiniano Leguizamón conoció al famoso Calandria, civilmente Servando Cardoso, en Concepción del Uruguay, por donde solía aparecer hacia 1870. Los sucesos de su vida (según la han recordado Paul Groussac y Carlos Zedlitz-Weyrach) lo muestran como excelente jinete y cantor de nota; por sus cantos y travesuras recibió el apodo definitorio. Se recuerda, también, que le resultaba difícil sujetarse a cualquier disciplina de trabajo regular; debió ser el peón decidido y simpático a quien toleran sus compañeros y miman sus patrones. Así pasaba sus días, trabajando en un saladero de la ciudad de Urquiza, hasta que ocurrió la revolución de López Jordán; incorporado a las tropas, se portó como bravo en los entreveros de las facciones que chocaban en el territorio de su provincia. Mientras crecían sus corajadas, ganándole el aprecio de los jefes, no dejaba de suscitar el recelo de los compañeros de armas, desconcertados ante el arrojo sin premeditaciones de su conducta militar. Terminan las luchas jordanistas y Cardoso es destinado a un destacamento de guardias nacionales, donde vuelve a ganarse la estima de los superiores, hasta ser asistente del capitán; pero ningún halago puede silenciar los resueltos llamados de su alma y deserta, comenzando su vida de gaucho alzado.
“Eran hombres que se quedaban al margen de las nuevas
fundaciones rurales; hábiles y decididos para las guerrillas, no supieron
acomodarse a las tareas de chacras y estancias alambradas. De ahí el epíteto
con que lo señala Groussac al llamar a Calandria ‘el último outlaw argentino’
(…)
“Las aventuras de su héroe debieron llegar a Leguizamón no
sólo por conocimiento directo del gaucho -escena que se evoca en el cuadro en
que unos estudiantes del Colegio de Concepción del Uruguay son testigos de una
travesura peligrosa-, sino también por las memorias de los pobladores de la
campaña, que fueron la inspiración de muchos de sus relatos.”
Al igual que el Martín Fierro rebelado contra las
injusticias de la primera parte que en la vuelta se incorpora manso a la nueva
realidad del país de la “paz y la administración”, Calandria también se
reconcilia en la obra de Leguizamón: “Ya ese pájaro murió / en la jaula de
estos brasos; / pero ha nasido,
amigasos, / ¡el criollo trabajador!...”
SOBRE EL AUTOR
Dejó valiosas obras de diversos géneros como Recuerdos de la
tierra (1896), el romance histórico Montaraz (1900), Alma natía (1906). En 1908
publica De cepa criolla, luego Páginas argentinas (1911), La cinta colorada (1916),
El primer poeta criollo del Río de la Plata (1917), Rasgos de la vida de
Urquiza (1920), Hombres y cosas que pasaron (1926) y finalmente Papeles de
Rosas y La cuna del gaucho publicados en 1935, luego de su muerte.


