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Una manifestación racedista reprimida por la policía
El 27 de abril de 1890 el exgobernador y recientemente renunciado ministro de Guerra y Marina de la Nación, Eduardo Racedo, esperaba una recepción apoteótica en Paraná. Retornaba a Entre Ríos con el propósito de organizar su plan de reelección para la gobernación, tras su renuncia al cargo nacional como consecuencia la ruptura del roquismo con el gobierno de Juárez Célman.
Pero todo salió bien distinto. Racedo no arribó a la ciudad y los manifestantes fueron reprimidos por la policía.
Eduardo Racedo nació en 1843 en Paraná, Entre Ríos, y murió en 1918 en Buenos Aires. Fue un protagonista insoslayable de la política entrerriana y nacional, además de su actuación en el ámbito militar. Julio Argentino Roca lo tuvo a su lado tanto en la campaña militar en la Patagonia como en su armado político representado por el Partido Autonomista Nacional (PAN).
En 1883 accedió a la gobernación de la provincia y poco antes de culminar el mandato fue convocado por el presidente Juárez Célman para ocupar el ministerio Guerra y Marina.
Espera infructuosa
Ese 27 de abril bien temprano entre cuatro y seis mil personas –según las fuentes periodísticas de la época- esperaban al exministro en las inmediaciones Puerto Viejo, en La Batería (hoy Parque Urquiza), a lo largo de la entonces avenida Rivadavia y en la plaza Alvear. Al mediodía llegó la noticia de que el vapor en que viajaba Racedo había encallado en las proximidades de Diamante. Otras fuentes aseguraban que la interrupción del viaje fue deliberada, obedeciendo a sugestiones del general Roca sobre la inconveniencia de esa llegada a Entre Ríos. Qué negocios estaba pergeniando el Zorro Roca no lo sabemos con certeza. Lo que se conoce es que el PAN se había dividido en la provincia. El oficialismo, que gobernaba con Clemente Basavilbaso, en febrero había proclamado la fórmula Sabá Z. Hernández - Camilo Villagra, mientras que los racedistas, el 9 de abril proclamaron en Gualeguay la fórmula Eduardo Racedo - Miguel Laurencena.
Cuando la noticia de la ausencia de Racedo se esparció entre la multitud resolvieron marchar en manifestación por las calles de la ciudad. Un periódico de Buenos Aires redactado en inglés, The Standard del 2 de mayo de 1890, titula la crónica de los hechos como “Los disturbios en Entre Ríos” y señala que en ese momento los manifestantes se conducen en “el más perfecto orden que conservan en todo momento y con vítores para el presidente de la república y para el general Racedo”. Y agrega que “numerosas azoteas y balcones a lo largo de las calles del recorrido se llenaron de damas que arrojaron grandes cantidades de flores, a medida que transcurría la manifestación (…).”
En la plaza Alvear se concentraron para llevar cabo un acto con varios oradores y luego se desconcentraron “del mismo modo ordenado en que se habían formado”, escribe el cronista.
Los disturbios
Desde el sur de la ciudad un grupo a caballo, integrantes del club "General Dorrego" de Paracao, que contaba con unos 600 adherentes, encabezados por su presidente Teófilo Almada, habían marchado hacia la estación del Ferrocarril de Entre Ríos para concentrarse en la plaza 1º de Mayo. “Cuando en el lado opuesto de la plaza de la policía un hombre gritó ‘¡Viva el General Racedo!’ –relata el periódico citado- del otro lado respondieron ‘¡Viva el gobernador de la provincia!’”. Y la situación se desmadró. El piquete de la policía que se encontraba armado y listo para actuar en el Departamento de Policía, ubicado en San Martín y España (hoy Banco de la Nación), avanzó un poco sobre la plaza e hizo fuego contra los manifestantes, originándose un recio tiroteo del que resultaron seis manifestantes muertos y varios heridos. Los partidarios de Racedo, que también portaban armas, respondieron y sobre la vereda de la Escuela Normal, en calle Urquiza, cayó muerto el jefe del piquete, comisario Francisco Modernel. La policía terminó arrestando a unos 200 de los manifestantes.
La crónica del Standard relata que “un italiano empleado del tramway, que no tomaba parte en las manifestaciones, en el momento del tiroteo se encontraba despachando en la oficina de correos, para llevar la correspondencia al puerto, y quedó tan gravemente herido que murió antes de llegar al hospital. Su nombre: Juan Gaya, 52 años de edad.”
“Es difícil de entender cómo resultaron heridas tan pocas personas –continúa la crónica-, ya que la plaza estaba llena de gente en el momento en que comenzó el tiroteo, entre ellos mujeres y niños, simplemente espectadores (una mujer y un niño resultaron heridos). No se puede concebir un ataque más despiadado. Entre los que tomaron parte activa estaban dos profesores de la Escuela Normal, revólver en mano, amenazando a varias personas que vitoreaban al general Racedo, y que desde hace mucho tiempo participan en nuestra política local.”
El mismo periódico se preguntaba “cómo pudo haber ocurrido la colisión parece incomprensible”, y argumentaba que “como es bastante evidente los racedistas no deseaban ningún encuentro con las autoridades, prueba de lo cual transcribimos la siguiente proclama” firmada por Miguel Laurencena:
“El jefe de policía ha suscrito que no permitirá la recepción popular propuesta hoy (…)
“He decidido respetar esta prohibición y deseo que sea respetada por todos, para que nadie esté presente para recibir al general Racedo. Y al mismo tiempo deseo protestar ante mis seguidores ciudadanos por esta prohibición arbitraria, que atenta contra nuestros derechos políticos’.”
Los relatos posteriores de estos hechos difieren. Como cualquier acontecimiento está sujeto a las interpretaciones desde la óptica de testigos y cronistas. Años después el diario La Acción de Paraná, en una edición de 1930, rememoraba los sucesos como “semana trágica” con conceptos reprobatorios a la actuación del gobernador Basavilbaso. Esta versión era confrontada por el periodista Luis Bonaparte que en un artículo defendía la actuación del gobernador y acusaba a los manifestantes de ser parte de un “plan revolucionario” para derrocarlo.
Los carreros entrerrianos
Bourlot, R. y Gallay, O. (2019). El crimen del carrero Gaillard
Cecilia Grierson, desde Entre Ríos primera médica del país
(1) Archivo General de Entre Ríos, Fondo Hacienda, Serie XI, Instrucción Pública, Departamento Uruguay, Caja Nº 6, Leg. 3, pp. 152 y vta.
(2) La Opinión de Entre Ríos, Paraná, 19 de marzo de 1889.
Bibliografía
aría del Carmen Binda, Romina Silveira, y Cristian Krämer: Cecilia Grierson, la primera médica argentina, en http://www.scielo.org.ar/. Acceso: 9/9/2016,
Alfredo G. Kohn Loncarica, Cecilia Grierson. Vida y obra de la primera médica argentina, Buenos Aires, 1976, pp. 47-48.
Cecilia Grierson, www.elhistoriador.com.ar, acceso: 8/9/2016
https://es.wikipedia.org/wiki/Cecilia_Grierson#Infancia_y_vida_familiar, acceso: 8/9/2016
http://www.ciudaddemujeres.com/mujeres/Medicina/GriersonCecilia.htm, acceso: 9/9/2016
Primeras maestras jardineras: Macedonia Amavet
Bibliografía
Borgogno, Mónica, (2/06/2002). “El Jardín de infantes más antiguo del país y de América Latina”, diario Uno, Paraná.
Victoria M.S., (1910). Informe Anual: “La escuela Normal del Paraná en 1910”, Ed. Compañía de Billetes de Banco, Bs As.
El Diario, Paraná, varios números
Diario La Acción, Paraná, 1-11-32
http://www.escuelanormalparana.edu.ar/estaticas/?id=21&pag=2
http://www.lagaceta.com.ar/nota/428125/informacion-general/rescatando-nombres-hicieron-historia.html
http://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2010/09/03/culturadiario/CULT-01.html
Fernández Doux de Demarchi, E. N. Macedonia Amavet de Moreno: crecer entre idas y vueltas, inédito.
El presidente Sarmiento fija precio a la cabeza de López Jordán
Caricatura en El Mosquito
Grupo de revolucionario de López
Jordán en 1873 dibujo aparecido en La Tour de Monde en Paris en 1873
Roca discípulo del Colegio del Uruguay
Tomás Cantín en la revolución de 1880
Rubén I. Bourlot
La revolución de 1880 no fue un hecho más de las guerras civiles argentinas. El triunfo de las fuerzas federales por sobre el ejército de la provincia de Buenos Aires significó la instalación de la capital definitiva del país. En estos acontecimientos Entre Ríos no estuvo ausente. Como en Cepeda, en Caseros, los panzaverdes pisaron fuerte sobre los adoquines de la rebelde ciudad portuaria.
El entonces coronel entrerriano Eduardo Racedo estuvo al frente de la división Norte de los ejércitos nacionales pero no fue menor la participación del batallón de la “Guardia Provincial” y de su segundo jefe, el entonces sargento mayor Tomás Cantín, que actuó en el combate de Corrales el 21 de junio. Documentos de la época dan cuenta de su valeroso aporte que tal vez los libros de historia no lo registren en su real dimensión. No es casual: la revolución del ’80 fue un hecho que suele tratarse como una escaramuza local en la puja por la capitalización de Buenos Aires. Todo lo contrario, fue un cruento enfrentamiento que dejó unas 3000 víctimas mortales en las calles de Buenos Aires en donde las milicias armadas del gobernador de la provincia de Buenos Aires, Carlos Tejedor, no pudieron resistir el embate del ejército nacional conformado por efectivos provenientes de todas las provincias, fogueados en las guerras civiles y en la reciente expedición a la Patagonia que había encabezado el ahora electo presidente Julio Argentino Roca.
Roca y la capitalización de Buenos Aires
Para ponerle contexto a los hechos recordemos que en 1880 se llevaron a cabo elecciones presidenciales para designar al sucesor de Nicolás Avellaneda y entre los candidatos con mayores posibilidades se encontraban el entonces ministro de Guerra Julio Argentino Roca, que venía de realizar su campaña patagónica, y el candidato mitrista por el partido Autonomista -gobernador de la provincia de Buenos Aires-, Carlos Tejedor.
La revolución fracasó. El 30 de junio el gobernador Carlos Tejedor presentó su renuncia. Avellaneda intervino la provincia y disolvió a todas las milicias provinciales de Buenos Aires. Roca inició su camino hacia la Casa Rosada. El 21 de septiembre de ese año una ley declaró a la ciudad de Buenos Aires territorio federal y capital de la Nación. El 12 de octubre asumía el nuevo presidente.
Reconocimiento a Cantín
Una nota firmada el 1º de julio por el ministro de Guerra nacional, Carlos Pellegrini, certifica que “don Tomás Cantín llegó al campamento de la chacharita como 2 jefe del batallón ‘Guardia Provincial’ de Entre Ríos, el 12 de junio de 1880.
“Prestó sus servicios de avanzada en la división del coronel (Manuel José) Olascoaga, que cubría la línea de San José de Flores y formó en la misma división en el combate de Corrales el 21 de junio, avanzando con su batallón en primera línea y ocupando esa posición. Su conducta fue recomendable en todo momento, dándole el presente para los fines que pueda convenirse.”
Días después, el 4 de julio, el sargento mayor Tomás Cantín era ascendido a teniente coronel por el gobernador de Entre Ríos José F. Antelo en reconocimiento a los méritos del “segundo jefe de la infantería del batallón ‘Guardia de Entre Ríos’” en el combate de Corrales.
Con el tiempo los méritos se olvidan y Cantín pasó a ser un oficial más que al año siguiente apareció mencionado en un documento, conservado en el Fondo Gobierno del Archivo General de Entre Ríos, solicitando “dos meses de sueldo que se le adeudan”.(1) En 1887 figura en el escalafón del Ejército nacional como mayor de infantería ingresado en diciembre de 1880. En 1895, el Departamento de Guerra resolvió formar “una lista especial para aquellos Jefes que han prestado servicios durante la Campaña del Paraguay (1865-1870) y que revistaban en la Plana Mayor Activa” donde figura el mayor Tomás Cantín en su calidad de veterano.
(1) Archivo General de Entre Ríos, Fondo gobierno, Asuntos militares, Legajo Nº 8: 1880 - 1881. Cantín, Tomás. Teniente Coronel de Infantería de la Provincia. Solicita dos meses de sueldo que se le adeudan.
ImágenesCombate de Corrales donde actuó Cantín
Escalafón del Ejército de 1887
Ramos, J. A. Revolución y contrarrevolución en la historia argentina, Vol. II: Del patriciado a la oligarquía. Disponible en http://www.labaldrich.com.ar/biblioteca-digital/
La libertad de imprenta: “que el pueblo hable al pueblo”
Rubén I. Bourlot
"La imprenta, emancipada del capital y de los intereses particulares, sería la tribuna en que el pueblo hable al pueblo, será la redacción de los intereses generales para instruir al público”, aseveraba Mariano Fragueiro.
El 26 de octubre de 1811
el gobierno del Primer Triunvirato del Río de la Plata decretaba la libertad de
imprenta. En esa época se entendía como libertad de imprenta que “toda persona
puede publicar sus ideas libremente y sin censura previa”. En el siglo XIX el
único soporte posible para las publicaciones era el papel. El otro medio eran
los pregoneros que propalaban mensajes en el centro de las plazas.
El citado decreto consideraba
que “el abuso de esta libertad es un crimen”, y que “su acusación corresponde a
los interesados, si ofende derechos particulares, y a todos los ciudadanos si
compromete la tranquilidad pública, la conservación de la religión católica o
la Constitución del Estado”.
De acuerdo con la norma,
compuesta por un total de diez artículos, los autores eran responsables de sus
obras. Se garantizaba la difusión de las ideas en momentos que el proceso de
independencia estaba en el debate público.
En Entre Ríos apareció el
primer periódico en 1819 cuando Francisco Ramírez fundó La gaceta federal que
circuló hasta los primeros meses de 1820 por la imprenta que trajo el chileno
José Miguel Carrera. En diciembre de 1821, con Lucio Mansilla en el gobierno de
la provincia, empezó a editarse El correo ministerial de Paraná.
Respecto a las normativas
locales, el Estatuto Provisorio Constitucional de 1822 disponía que “la prensa
es libre, bajo el Reglamento dado por el Ejecutivo General de las Provincias el
26 de octubre del año 1811” que tuvo vigencia hasta 1954.
El estado como garantía de la libertad de prensa
El 9 de diciembre de 1853
se sancionaba el Estatuto para la Organización de la Hacienda y el Crédito
Público, cuya autoría corresponde al Ministro de Hacienda Mariano Fragueiro,
que era complementario a la Constitución Nacional que había sido sancionada en
este mismo año.
En un completo capítulo
se desarrollaba la normativa referida a la publicación de contenidos por medio
de las imprentas, una verdadera ley de medios de comunicación.
El Título XII del
Estatuto disponía la instalación de imprentas del estado dependientes de la
Administración del Crédito público en las ciudades de la Confederación para la
publicación de documentación oficial y de todo escrito, que enviado a la
Administración respectiva que haya recibido la “calificación de útil”, sin
costo alguno para el autor. Asimismo se preveía una compensación mediante la
entrega de un porcentaje de los ejemplares impresos.
“¿No sería de mucha
importancia elevar al rango de instituciones políticas del poder de la imprenta
y el del crédito público, como medios de garantir la libertad de publicar el
pensamiento y el uso de la propiedad?” leemos en Fragueiro (Cuestiones
argentinas, 1852). Y agregaba que “el espíritu de la prensa periódica y todos
sus servicios, lo mismo que los servicios del crédito público, deben ser
nacionales”. Ya en su obra previa, La organización del crédito (1850), había
sostenido que la imprenta debía ser una propiedad pública sometida a la
administración estatal.
Fragueiro estaba
convencido que debía garantizarse a todos los habitantes “(…) el derecho y el
poder de publicar sus pensamientos gratis, y con remuneración en su caso, en imprentas
del estado, toda vez que el escrito fuera declarado útil por un jurado antes de
su publicación”.
La censura empresaria
También advertía el
economista cordobés sobre las críticas de censura previa que podían recaer
sobre esta propuesta, y sostenía que sin la intervención estatal las
restricciones a la libertad de expresión se acentuaban por las exigencias de
los propietarios de los medios. “El pobre, el que no puede pagar la impresión,
no puede publicar. La restricción de los empresarios, redactores y editores que
no consentirán la impresión de ningún escrito contrario a sus intereses” y
agregaba: “La imprenta está a merced de quien más paga”.
Estas aseveraciones
podrán no resultar simpáticas para los abanderados de la libertad de prensa de
hoy que cuestionarán con iracundia el monopolio del estado con el consecuente
riesgo de censura previa. En ese sentido
opinaba su biógrafo Alfredo Terzaga (Mariano Fragueiro. Pensamiento y vida
política, 2000): “Ninguna gran empresa editora de capital privado, y ninguna
entidad que agrupe a dueños de diarios y periódicos podría ver hoy sin
escándalo la tesis sostenida por Fragueiro”.
Las precauciones que
planteaba Fragueiro sobre los medios privados y sus mecanismos más o menos
encubiertos de censura se pueden trasladar al siglo XXI. El hombre común o el
publicista independiente no cuentan con demasiados canales, salvo las
denominadas “redes sociales”, para difundir sus ideas a pesar de la
proliferación de medios. Se deben limitar a solicitar un espacio en la sección
de cartas a los lectores o dejar un mensaje telefónico, cuya publicación queda
sujeta a las disponibilidades de tiempo y espacio del medio. El profesional de
la comunicación incorporado a un medio no siempre tiene margen para expresarse
libremente ya que, como lo sostenía Fragueiro hace siglo y medio, “no
consentirán la impresión de ningún escrito contrario a sus intereses”.
“Lejos pues, de intentar
atacar la libertad de imprenta, queremos protegerla contra los abusos del
egoísmo; procuramos destruir el absolutismo de los empresarios, redactores,
editores y gerentes de los periódicos, que bajo estos nombres anónimos ejercen
un poder señorial sobre los productos del talento (...)
“Entonces, la imprenta,
emancipada del capital y de los intereses particulares, sería la tribuna en que
el pueblo hable al pueblo, será la redacción de los intereses generales para
instruir al público”, aseveraba Fragueiro.
Mitre veta la candidatura presidencial de Urquiza
Rubén I. Bourlot
El 17 de mayo de 1868 el presidente Bartolomé Mitre,
pronto a finalizar su mandato, dirigió a Urquiza una carta solicitándole que
declinase su candidatura presidencial. Lo cuestionaba por "haber sido
proclamada antes de iniciarse los trabajos constitucionales por las montoneras
que han asolado el interior de la República …”
Como la cuestión no se resolvía un grupo de
oficiales y jefes del ejército se entusiasmaron con una idea lanzada por Lucio
V. Mansilla. Ahí estaba disponible otro provinciano en apariencia más dócil al
modelo político centralista del puerto de Buenos Aires, y que podía arrimarle
los votos de las provincias. Era nada menos que el sanjuanino Domingo Faustino
Sarmiento que en ese momento se encontraba en Estados Unidos, pronto a
embarcarse a Europa. Y en París se enteró del ofrecimiento durante un banquete
que le brindaron en el marco de la Exposición Universal de 1867. En Buenos Aires no tomaron muy en serio esa
candidatura. “Le hicieron creer que puede ser presidente” publicaban los
diarios.
La
candidatura de Urquiza
Proclamado
por la “montonera”
Finalmente Urquiza no fue elegido presidente por
segunda vez. El sistema de colegios electorales permitió que se maniobrara en
los cenáculos para favorecer finalmente al más digerible Domingo Faustino
Sarmiento que obtiuvo 79 votos, Urquiza 28, Rufino Elizalde 22, Rawson 3 y
Vélez Sársfield 1. Votaron por Urquiza todos los electores de Entre Ríos, Santa
Fe y Salta.
Bibliografía
Calderón L. B. (1951). Urquiza, síntesis de su época y su actuación y su obra, Paraná.
Ramos, J. A., (1974). Del patriciado a la oligarquía, Peña Lillo, Bs. As.
Rosa, J.M., (1992). Historia Argentina, T. 7, Oriente, Buenos Aires.
La valiente defensa de una ciudad
Rubén I. Bourlot
Una calle de
Concepción del Uruguay recuerda la valiente defensa de la ciudad el 21 de
noviembre de 1852 cuando tropas enviadas por el gobierno separatista de Buenos
Aires intentaba impedir la reunión del Congreso Constituyente.
Siguiendo el relato de Luis B. Calderón, el 19 de
noviembre de 1852 al mediodía "Ricardo López Jordán (hijo), Comandante
Militar de Concepción del Uruguay tuvo noticia de que una escuadrilla
conduciendo tropas remontaba el río; y casi simultáneamente un oficial de
marina, Bartolomé Cordero, llegado en veloz carrera desde Gualeguaychú, le
informó del ataque de (Manuel) Hornos.
Producida la separación de Buenos Aires del resto de
las provincias, tras el golpe de estado del 11 de septiembre, el gobernador de
hecho Valentín Alsina y su ministro Bartolomé Mitre trazaron un plan militar
“de pacificación de las provincias” para impedir la reunión del Congreso
Constituyente convocado por Urquiza.
El 15 de noviembre la escuadrilla al mando del general
Hornos se ubicó en el río Uruguay, al sur de Gualeguaychú con el objeto de
apoyar el ataque del general Juan Madariaga a Concepción del Uruguay que se
produciría días después. Al día siguiente se produjo el desembarco en puerto
Landa, en la boca del Gualeguaychú, con propósito de tomar la ciudad homónima.
Lo propio hizo la caballería comandada por el correntino Ocampo.
El
pueblo en armas
Madariaga en tanto remontó el río rumbo a Concepción
del Uruguay. “El 20 por la mañana se presentó la escuadrilla frente a la plaza
–escribe Calderón-, y tomó como base para sus operaciones el vecino saladero
Santa Cándida. Habiendo López Jordán rechazado con altivez la intimación que le
dirigiera Madariaga, éste dispuso el ataque el 21 hacía medio día. “
El vapor Merced se ubicó a la altura del actual Ministerio de Obras
Públicas, con sus cañones apuntando a la población. Los cabos de amarre estaban
atados en lo que es hoy la isla del puerto (en aquel entonces la zona se
llamaba “el naranjal de Sagastume”).
La heroica defensa
Los combates comenzaron a las 10 de la mañana del 21 de noviembre. La
columna más importante de los invasores comenzó a avanzar desde el actual
Balneario Itapé por lo que es hoy la calle Juan D. Perón hacia la plaza
Ramírez, mientras –desde el Merced- se cañoneaba al nuevo edificio del Colegio
del Uruguay (asiento de uno de los cantones de la defensa y donde se ubicaron
cañones para hostigar el avance de los invasores). El Colegio perdió así su
primer mirador.
Durante tres horas se peleó encarnizadamente. Se llegó al enfrentamiento
cuerpo a cuerpo. Por el sur, por el suroeste, por el norte. Fue tan dura y
decidida la respuesta de los pobladores, que el enemigo (que no esperaba
semejante entereza) al no poder doblegar a los defensores, huyó
despavoridamente volviendo hacia el Itapé. Contra ellos –que se retiraban-
cargó López Jordán encabezando la precaria caballería con que contaba, haciendo
que la victoria fuera total y definitiva.
A las 14 horas la victoria ya era completa. Diez uruguayenses perdieron
la vida en los combates y 82 invasores. Hubo más de 100 heridos y 44
prisioneros.
“Entretanto Hornos, que avanzaba desde Gualeguaychú,
dispersó las milicias que intentaban reunir algunos jefes de Urquiza y se
acercó a Uruguay. Ya en sus inmediaciones tuvo noticia de la derrota y fuga de
Madariaga y, como si lo contagiara el verdadero pánico que había hecho presa de
su colega en el comando de la expedición, no pensó más que en salvarse huyendo
hacia Corrientes.”
En
esos días Urquiza se encontraba en Paraná, desde el 15 de noviembre, dispuesto
a viajar a Santa Fe para inaugurar el Congreso Constituyente; pero el 18, al
recibir noticias del movimiento de las fuerzas porteñas resolvió dirigirse
hacia el campamento de Calá para organizar la defensa. Por eso motivo no
participó de la apertura del Congreso.
Bibliografía
Calderón, Luis B., (1951). Urquiza, Provincia de Entre Ríos y Pezzarini,
Heriberto, (2007). Historia de Concordia I, Casa Fornés. Disponibles en el
Archivo General de Entre Ríos.
Imágenes
- Monolito y placa que recuerda la defensa
- Ricardo López
Jordán
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