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En 1893 tropas entrerrianas reprimen la revolución de Santa Fe

Rubén I. Bourlot

El 24 de septiembre de 1893 la ciudad de Paraná amaneció convulsionada. Unos ocho mil hombres bien armados se concentraban en la ciudad para reprimir la rebelión radical de Santa Fe. Los entrerrianos estaban desacostumbrados a este tipo de movilizaciones después de que fueran sofocados los levantamientos jordanistas de la década del ’70. Pero en este caso la movilización estaba destinada a sofocar la rebelión que había estallado en Santa Fe.
El gobernador Sabá Hernández dispuso que el Batallón 1º de Paraná al mando del teniente coronel Ramira, al que se sumó la guardia nacional a las órdenes del general Juan Ayala, se concentraran en la capital con ocho mil hombres, para luego traspasar el Paraná rumbo a la vecina provincia, embarcados en los vapores Ceres y Quinto.

El movimiento insurgente de Santa Fe se produjo para procurar desplazar al interventor nacional Baldomero Llerena, reemplazado el 25 por el general Liborio Bernal. La revolución fue uno de los tantos movimientos inspirados por la naciente Unión Cívica Radical, que en Santa Fe tenía como una de sus principales exponentes a Mariano Candioti, quién meses antes se había hecho cargo de la gobernación tras el levantamiento que había desplazado del cargo al entonces gobernador Juan Manuel Cafferata. Eran tiempos de la presidencia de Luis Sáenz Peña.
El día 25, desde Bajada Grande, también partió a Santa Fe el regimiento 11 de caballería a las órdenes del coronel Julio Morosini. Los revolucionarios santafesinos se habían apoderado de la capital y Rosario. A las tropas entrerrianas les correspondió participar del encarnizado combate de La Calera o Los Ceibos, y en los ataques y toma del convento de San Francisco, el Hospital, las aduanas y la estación Francesa.
Se hizo menta en la época de la certera puntería de los revolucionarios de origen suizo, el Batallón “Las Colonias”, de Esperanza, San Jerónimo y San Carlos, que actuaron en la defensa de la estación Francesa y provocaron numerosas bajas.

La revolución radical
Recordemos que en ese año los líderes de la UCR Hipólito Yrigoyen y Aristóbulo del Valle promovieron levantamientos en varias provincias, entre otras las de San Luis, Buenos Aires y Santa Fe. Yrigoyen sostenía que el poder había que tomarlo mediante una revolución en vista que con las elecciones fraudulentas manipuladas por los conservadores era imposible competir.
El 30 de julio estalló la revolución en Santa Fe. Luego de varios días de luchas sangrientas, finalmente derrotaron al gobierno provincial y el 4 de agosto asume el gobierno el radical Mariano Candioti hasta el 22 del mismo mes cuando se decreta la intervención federal. Entre los líderes revolucionarios se encontraban también Leandro N. Alem y Lisandro de la Torre que tuvieron a su cargo la toma de Rosario.
Finalmente la rebelión de Candioti fue sofocada y su líder se rinde en el cuartel general de la Aduana Vieja donde intervino el Regimiento 11 de caballería.
El radicalismo entrerriano no tuvo una participación visible en este movimiento, tal vez debido al fuerte control ejercido por el gobierno provincial.

El papel de los gringos radicales
Ya citamos la participación de los rifleros de “Las Colonias” en el levantamiento. La movilización de los colonos de las colonias fundadas por los inmigrantes europeos tuvo su origen en 1891, cuando el gobierno de la Provincia logró que se votara en la Legislatura un impuesto de diez centavos por cada quintal de trigo y lino vendido dentro de Santa Fe. 
La sanción de esta ley provocó la reacción de los grandes exportadores -Otto Bemberg, Bunge y Born y Dreyfus- y el gobierno, ni lerdo ni perezoso, decidió que el impuesto lo pagaran los colonos. Esta medida tan arbitraria hizo que los productores vieran con simpatía al nuevo movimiento político encabezado por Yrigoyen y Alem, que prometía reformas profundas en el ámbito rural. Cuando en 1893 se produjo la revolución armada contra el gobierno de la Provincia, los gringos de las colonias prestaron su pleno apoyo. Ahí estuvieron prestos para combatir los colonos de Humboldt, San Jerónimo, Josefina, Santa Clara y Santa María. También los de San Carlos, Las Tunas, Clucellas, Esperanza y Rafaela. A raíz de estos sucesos se crea la Unión Agraria encabezada por Atanasio Páez. Es así que, pronunciada la revolución de 1893, el 3 de agosto los productores se movilizaron a la ciudad de Santa Fe. Más de dos mil “gringos” armados participaron de los hechos, y 500 en la toma de la capital provincial.

Imágenes
Guardia Nacional
Revolucionarios de la colonia Esperanza

Bibliografía
VV. AA., (1978), Enciclopedia de Entre Ríos, Historia, Arozena Editores, Paraná, tomo III.
Reula, Filiberto, (1963), Historia de Entre Ríos. Política, étnica, social, cultural y moral, Tomo III, Editorial Castelví, Santa Fe.
Aquel histórico febrero de 1893, en Campo Litoral, 22 de mayo de 2010, recuperado de https://www.campolitoral.com.ar/
Vásquez, Aníbal S., (1950), Dos siglos de vida entrerriana, Paraná, Ministerio de Educación, Biblioteca entrerriana Juan Domingo Perón, Paraná.

Una manifestación racedista reprimida por la policía

Rubén I. Bourlot

El 27 de abril de 1890 el exgobernador y recientemente renunciado ministro de Guerra y Marina de la Nación, Eduardo Racedo, esperaba una recepción apoteótica en Paraná. Retornaba a Entre Ríos con el propósito de organizar su plan de reelección para la gobernación, tras su renuncia al cargo nacional como consecuencia la ruptura del roquismo con el gobierno de Juárez Célman.
Pero todo salió bien distinto. Racedo no arribó a la ciudad y los manifestantes fueron reprimidos por la policía.
Eduardo Racedo nació en 1843 en Paraná, Entre Ríos, y murió en 1918 en Buenos Aires. Fue un protagonista insoslayable de la política entrerriana y nacional, además de su actuación en el ámbito militar. Julio Argentino Roca lo tuvo a su lado tanto en la campaña militar en la Patagonia como en su armado político representado por el Partido Autonomista Nacional (PAN).
En 1883 accedió a la gobernación de la provincia y poco antes de culminar el mandato fue convocado por el presidente Juárez Célman para ocupar el ministerio Guerra y Marina.

Espera infructuosa
Ese 27 de abril bien temprano entre cuatro y seis mil personas –según las fuentes periodísticas de la época- esperaban al exministro en las inmediaciones Puerto Viejo, en La Batería (hoy Parque Urquiza), a lo largo de la entonces avenida Rivadavia y en la plaza Alvear. Al mediodía llegó la noticia de que el vapor en que viajaba Racedo había encallado en las proximidades de Diamante. Otras fuentes aseguraban que la interrupción del viaje fue deliberada, obedeciendo a sugestiones del general Roca sobre la inconveniencia de esa llegada a Entre Ríos. Qué negocios estaba pergeniando el Zorro Roca no lo sabemos con certeza. Lo que se conoce es que el PAN se había dividido en la provincia. El oficialismo, que gobernaba con Clemente Basavilbaso, en febrero había proclamado la fórmula Sabá Z. Hernández - Camilo Villagra, mientras que los racedistas, el 9 de abril proclamaron en Gualeguay la fórmula Eduardo Racedo - Miguel Laurencena.
Cuando la noticia de la ausencia de Racedo se esparció entre la multitud resolvieron marchar en manifestación por las calles de la ciudad. Un periódico de Buenos Aires redactado en inglés, The Standard del 2 de mayo de 1890, titula la crónica de los hechos como “Los disturbios en Entre Ríos” y señala que en ese momento los manifestantes se conducen en “el más perfecto orden que conservan en todo momento y con vítores para el presidente de la república y para el general Racedo”. Y agrega que “numerosas azoteas y balcones a lo largo de las calles del recorrido se llenaron de damas que arrojaron grandes cantidades de flores, a medida que transcurría la manifestación (…).”
En la plaza Alvear se concentraron para llevar cabo un acto con varios oradores y luego se desconcentraron “del mismo modo ordenado en que se habían formado”, escribe el cronista.

Los disturbios
Desde el sur de la ciudad un grupo a caballo, integrantes del club "General Dorrego" de Paracao, que contaba con unos 600 adherentes, encabezados por su presidente Teófilo Almada, habían marchado hacia la estación del Ferrocarril de Entre Ríos para concentrarse en la plaza 1º de Mayo. “Cuando en el lado opuesto de la plaza de la policía un hombre gritó ‘¡Viva el General Racedo!’ –relata el periódico citado- del otro lado respondieron ‘¡Viva el gobernador de la provincia!’”. Y la situación se desmadró. El piquete de la policía que se encontraba armado y listo para actuar en el Departamento de Policía, ubicado en San Martín y España (hoy Banco de la Nación), avanzó un poco sobre la plaza e hizo fuego contra los manifestantes, originándose un recio tiroteo del que resultaron seis manifestantes muertos y varios heridos.
Los partidarios de Racedo, que también portaban armas, respondieron y sobre la vereda de la Escuela Normal, en calle Urquiza, cayó muerto el jefe del piquete, comisario Francisco Modernel. La policía terminó arrestando a unos 200 de los manifestantes.
La crónica del Standard relata que “un italiano empleado del tramway, que no tomaba parte en las manifestaciones, en el momento del tiroteo se encontraba despachando en la oficina de correos, para llevar la correspondencia al puerto, y quedó tan gravemente herido que murió antes de llegar al hospital. Su nombre: Juan Gaya, 52 años de edad.”
“Es difícil de entender cómo resultaron heridas tan pocas personas –continúa la crónica-, ya que la plaza estaba llena de gente en el momento en que comenzó el tiroteo, entre ellos mujeres y niños, simplemente espectadores (una mujer y un niño resultaron heridos). No se puede concebir un ataque más despiadado. Entre los que tomaron parte activa estaban dos profesores de la Escuela Normal, revólver en mano, amenazando a varias personas que vitoreaban al general Racedo, y que desde hace mucho tiempo participan en nuestra política local.”
El mismo periódico se preguntaba “cómo pudo haber ocurrido la colisión parece incomprensible”, y argumentaba que “como es bastante evidente los racedistas no deseaban ningún encuentro con las autoridades, prueba de lo cual transcribimos la siguiente proclama” firmada por Miguel Laurencena:
“El jefe de policía ha suscrito que no permitirá la recepción popular propuesta hoy (…)
“He decidido respetar esta prohibición y deseo que sea respetada por todos, para que nadie esté presente para recibir al general Racedo. Y al mismo tiempo deseo protestar ante mis seguidores ciudadanos por esta prohibición arbitraria, que atenta contra nuestros derechos políticos’.”
Los relatos posteriores de estos hechos difieren. Como cualquier acontecimiento está sujeto a las interpretaciones desde la óptica de testigos y cronistas. Años después el diario La Acción de Paraná, en una edición de 1930, rememoraba los sucesos como “semana trágica” con conceptos reprobatorios a la actuación del gobernador Basavilbaso. Esta versión era confrontada por el periodista Luis Bonaparte que en un artículo defendía la actuación del gobernador y acusaba a los manifestantes de ser parte de un “plan revolucionario” para derrocarlo.

Los carreros entrerrianos

Rubén I. Bourlot

El 11 de enero de 1907 era asesinado en las cercanías de Villaguay el carrero Julio Modesto Gaillard, fecha propicia para homenajear al sacrificado y por lo visto peligroso oficio de carrero.
El homicidio del carrero Gaillard en la primera década del siglo XX cobró relevancia por tratarse de un atentado contra la libertad de prensa, y con tintes de crimen político puesto que el objetivo de los conspiradores era la destrucción de la imprenta de Antonio R. Ciapuscio, editor del diario El Pueblo de Villaguay, con la complicidad del jefe político de esta ciudad.
Hoy un monolito, que se levanta a unos 12 kilómetros al norte de la ruta N° 130 que une Villaguay con Villa Elisa -a orillas del arroyo Santa Rosa-, es el silencioso recuerdo de Gaillard. En su homenaje bien podría ser esta fecha el Día del Carrero.
En Entre Ríos hasta la primera mitad del siglo XX el carro era el medio de carga terrestre que se complementaba con el ferrocarril. Los carreros trasportaban todo tipo de cargas, principalmente las cosechas, ya que los camiones eran escasos o inexistentes y los caminos impracticables para los vehículos automotores. Otros carros eran los que sacaban los postes de ñandubay y algarrobo de los montes del Montiel y los trasportaban a todos los puntos de la provincia para construir los alambrados.

Las condiciones laborales
“No creo que haya país que tenga más carros que la República Argentina; sólo los colonos de Entre Ríos tienen 15.000”, dice Juan Bialet Massé en su clásico Informe sobre el estado de las clases obreras argentinas.
“El carro chato de cuatro ruedas es para el colono lo que es el caballo para el gaucho. La razón está en la extensión de las chacras y las largas distancias. Aparte de la fantasía del colono de trotar largo siempre y de los choques que esto produce continuamente, nada hay que observar en este servicio.
“Pero no así en las tropas encargadas de llevar las cargas a las estaciones, y sobre todo en los carros de servicio de acarreo en el interior de las ciudades.”
Bialet advierte que “las municipalidades han reglamentado el tráfico, pero no los jornales y variantes del salario; han dictado tarifas que se burlan siempre que se puede” y agrega: “es creencia general que en este servicio no puede haber horarios y nadie se da cuenta de la naturaleza de este servicio”.
Considera que “el horario del carrero debe ser como el de los demás obreros, y lo extraordinario y forzoso debe serle pagado, sin que el servicio forzoso pueda exceder de la sexta parte del de la semana, a no ser exigido por autoridad pública competente, porque eso es fuerza mayor irresistible. Más allá de esto debe haber obrero que lo substituya, y las sociedades gremiales nunca carecen de substitutos disponibles.
“En la fijación del jornal debe tenerse en cuenta la responsabilidad en general y la particular de que el obrero paga las pérdidas de bultos, muchas roturas y la atención particular que el oficio requiere.”
Por otra parte hace una referencia al trato que reciben los caballos por parte del carrero que “sea por la dureza del oficio o por la falta de instrucción, la verdad es que los individuos de este oficio se distinguen por su rudeza. Yo creo que les viene principalmente de la costumbre de pegar y maltratar a los animales. Me parece que va llegando la hora de quitar de las manos del carrero el látigo, como se quitó la palmeta de las manos del maestro de escuela. El castigo no añade fuerza al animal, sino que se la quita, y lo que no se consigue por el amaestramiento y la excitación de la voz, tampoco se logra por el palo.”

Guiso carrero
El escritor Aldo Herrera en su trabajo Arar con caballos pinta una semblanza en un viejo carrero que recorría el departamento Paraná. El Turco Tropero “se movilizaba en un carro de esos grandes, de dos ruedas —de los llamados «carro de bueyes»— pero en este caso tirado por caballos. A la noche se cerraba alrededor del carro con algunas arpilleras, bolsas de cereales en desuso, y se armaba una especie de carpa, que le servía de cocina y dormitorio. Los peones, criollos de a caballos, dormían en el suelo, sobre el apero, como cuenta Martín Fierro. Cuando llovía o hacía mucho frío, siempre se encontraba algún lugar en un galpón para que los mismos pasaran la noche ahí. En el carro, El Turco llevaba todos los elementos necesarios para la subsistencia, comestibles y demás. Recuerdo los comentarios que provocaba su manera de preparar y servir la comida a su gente, seguramente traída de su tierra natal y que aquí resultaba risueña. Cocinaba siempre un guiso, en una olla grande puesta sobre una treve (una especie de parrilla de hierro de tres patas de unos treinta centímetros de alto) y abajo hacía fuego con leña, que nunca faltaba en ninguna parte.
“Cuando el guiso estaba listo, los criollos ya habían terminado la clásica mateada alrededor del fogón y se empezaba a comer. Y aquí empieza la particularidad del Turco. El único elemento de cocina que tenía era un cucharón grande, que usaba también para remover el guiso mientras se cocinaba. Con este utensilio extraía la cantidad que cabía en el mismo y se lo pasaba al primero de la rueda. Éste se servía directamente con la boca del mismo —uno, dos o tres bocados, según el hambre que tuviera o la capacidad de su boca— y lo pasaba al compañero de al lado. Cuando se terminaba el contenido del cucharón, el Turco lo llenaba de nuevo y seguía la ronda, hasta que todos se llenaban o se terminaba el guiso.”
En la colonia San Cipriano (departamento Uruguay), nos recuerda Omar Alberto Gallay en su libro Esperanza, corazón y tierra: narrativa histórica de San Cipriano, era un reconocido personaje Graciano Voilloud con su carro tirado por caballos bayos que recorría las colonias comprando chatarras, vidrio, huesos, cartones que comercializaba en Concepción del Uruguay; y vendiendo yuyos medicinales, miel y otros productos.
Roberto Romani rememora en su cuenta de Facebook que el último carrero de “Larroque, mi pueblo natal, fue y será ‘Tico’ Cabrera, el último arreador de las escarchas que, desde su atalaya de horizontes claros, bendijo el trabajo y los sueños de la comarca dichosa.
“Luis Cabrera, respetado y querido por el vecindario, vivió los inviernos de su vejez trepado al carro entrerriano, como un centinela del pago chico, sin importarle los horarios de la ciudad o las cargas modernas que le permitían ganarse la vida con dignidad.
“Había nacido el 5 de febrero de 1904. Anduvo en la década del treinta como un pombero de las madrugadas sobre las bolsas de cereal, por Las Mercedes, Almada y Faustino Parera, hasta entregar los frutos del campo a los trenes del Ferrocarril Urquiza, que llegaban a la Estación Larroque.
“Allí lo sorprendieron los cencerritos del alba junto a Mariano y ‘Truca’ Aguilar, ‘Puco’ Fernández, los hermanos Januario, Ramón e Inocencio Morel, Alejandro Cuello y los hermanos Isaac, Silverio y Toribio Díaz, carreros como él, acostumbrados a la polvareda de los caminos vecinales, que siempre cumplieron con la palabra empeñada.”


Bibliografía
Bourlot, R. y Gallay, O. (2019). El crimen del carrero Gaillard
Herrera, A. Arar con caballos

Cecilia Grierson, desde Entre Ríos primera médica del país

Rubén I. Bourlot

El 2 de julio de 1889, Cecilia Grierson presentó su tesis en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, para consagrarse como primera mujer médica del país (y de América del Sur) y podemos considerarla entrerriana porque, si bien, según algunas versiones, nació circunstancialmente en
Buenos Aires, pasó la mayor parte de su niñez y juventud en la estancia de sus padres ubicada en el distrito Genacito, departamento Uruguay. Con Teresa Ratto, fueron las primeras médicas del país.
Cecilia Grierson nació el 22 de noviembre de 1859. Hija de colonos escoceses e irlandeses instalados en Entre Ríos, nacida en Buenos Aires según algunos testimonios, siendo niña vivió en la estancia de sus padres ubicada en el distrito Genacito, departamento Uruguay.
Era hija de los irlandeses Jane Duffy y John Parish Robertson Grierson (el autor del reconocido libro de viajes: "La Argentina en la época de la Revolución - Cartas sobre el Paraguay"), hijo del inmigrante escocés William Grierson (abuelo paterno de Cecilia), que se estableció en Argentina en 1825, para asentarse en Santa Catalina Monte Grande en la primera y única colonia escocesa en Argentina. 
La familia paterna fue una de las primeras que llegaron de Escocia al país. Fue la mayor de seis hermanos, una mujer llamada Catalina y los restantes fueron David, Juan, Tomás y Diego.
A los seis años fue enviada a estudiar a Buenos Aires, cursó la primaria en colegios ingleses, y una vez finalizados sus estudios debió regresar a Entre Ríos por causa de la muerte de su padre.
En ese momento, a pesar de su corta edad, comenzó a ayudar a su madre con el cuidado de sus hermanos. Y además se desempeñaba como institutriz en una casa de una familiar de buena posición económica lo que permitió ayudar aportando ingresos a la economía familiar. 

Una maestra precoz
Y con sólo 14 años de edad instaló con su madre en una dependencia de la estancia de su fallecido padre una escuela donde ejerció la docencia durante tres años sin poseer título habilitante. En esa época era práctica habitual ante la escasez de profesionales en el ámbito rural. Como era menor de edad el sueldo lo cobraba su madre. En un documento de marzo de 1874 se informa la resolución por la cual el gobierno de Entre Ríos concede una subvención a la señora Juana D. de Grierson para instalar una escuela particular en el distrito Genacito(1). Un año más tarde empezó sus estudios formales como maestra de grado en la Escuela Normal de Señoritas de Buenos Aires fundada por Emma de Caprile, recibiéndose en 1878. Ya de pequeña mostró interés en ser docente como lo reflejó en una carta:
“...creo que nací para ser maestra, recuerdo algunas escenas desde los dos años de edad, donde siempre en mis juegos era una maestra...”.
Una vez obtenido el título, Domingo Faustino Sarmiento, por entonces Director de Escuelas, la nombra maestra en la Escuela Mixta de San Cristóbal, y con su sueldo traslada a su familia a Capital Federal. Además integra el Consejo Nacional de Educación desde 1892 hasta 1899
En 1902 funda la Escuela de Economía doméstica y la Sociedad de Economía Doméstica, establecimiento precursor de la Escuela Técnica del Hogar, primera en el país en esa especialidad, promueve el estudio de la puericultura y es pionera en la enseñanza de ciegos, sordomudos y discapacitados.

La carrera de medicina
La enfermedad de una querida amiga, Amelia Kenig que muere a raíz de una enfermedad respiratoria crónica, la decidió a lanzarse a otra aventura, la carrera de medicina. No debió ser nada fácil enfrentar los prejuicios para transformarse en la primera mujer en intentar convertirse en profesional del arte de curar. Pero coraje no le faltaba, tanto que fundó la Escuela de Enfermeras del Círculo Médico Argentino.
Uno de sus mayores aportes, hecho tempranamente desde su tesis de graduación, fue sobre la irritación o histeria en las mujeres recién operadas de ovarios. Al respecto un suelto publicado en el diario la Opinión de Entre Ríos en 1889, bajo el título “La primera doctora argentina”, anuncia de Cecilia acaba de terminar sus estudios de medicina. “Se llama Cecilia Grieson, tiene veinte y ocho años, natural de Entre Ríos. Acaba de terminar sus estudios en la facultad y pronto presentará su tesis (…).
“Este hecho, digno de registrarse porque es enteramente nuevo y altamente significativo. Como París tiene a las señoritas Scbultze y Evans, Buenos Aires tendrá a la señorita Grierson; aquellas no son las primeras doctoras francesas, pero ésta sí será la primera doctora argentina (…)
“Ha seguido sus estudios con notable aprovechamiento – continúa la nota -, obteniendo en los exámenes que acaba de rendir, en el primero cinco puntos y ocho en los otros dos. Actualmente ocupa el puesto de practicante mayor en el hospital de mujeres (…).
“Huérfana desde hace muchos años – destaca el diario -, entregada al trabajo y al estudio, ha venido siendo la providencia de sus hermanos, a quienes ha encarrilado y dirigido en la vida.”(2)
El 2 de julio de 1889 presentó su tesis titulada tituló Histero-ovarotomías ejecutadas en el Hospital de Mujeres, desde 1883 a 1889, a los 6 años de haber iniciado sus estudios médicos. Se convertía así en la primera mujer de Argentina y de América del Sur en obtener el título de médico. En 1897 ya había publicado Masaje práctico, uno de los primeros libros sobre técnicas kinesiólogicas.
Su valentía, inteligencia y capacidad de trabajo darían todavía muchos más frutos: desde su primer consultorio en el Hospital San Roque (hoy Hospital General de Agudos José María Ramos Mejía), su viaje oficial por Europa, la participación en la fundación del Instituto Argentino para Ciegos, la Primera Escuela de Enfermeras, la Asociación de Obstetricia Argentina y el Liceo de Señoritas, hasta la publicación de sus libros Educación Técnica para la Mujer y La educación del ciego y Cuidado del enfermo.
Un grupo de estudiantes disconformes, entre los que se encontraban José María Ramos Mejía y Juan B. Justo, por considerar a la carrera de medicina muy teórica y carente de prácticas creó el Círculo Médico en donde funcionó una escuela práctica de medicina con consultorios de especialidades varias y un centro dedicado a la difusión y a la investigación. En este establecimiento Grierson creó la primera Escuela de Enfermeras de América Latina con un plan de estudios formal y donde se estableció el uso de uniforme para las enfermeras y posteriormente fue adoptado por la mayoría los países latinoamericanos. Se desempeñó como directora hasta 1913.

La epidemia de cólera
A principios de abril de 1886 la ciudad de Buenos Aires tuvo una epidemia de cólera, la tercera del siglo, y todos los estudiantes de medicina fueron convocados a prestar servicios en Salud Pública.
Cecilia Grierson fue destinada a la Casa de Aislamiento, uno de los lugares de atención y refugio para los pacientes de esta enfermedad que se tuvieron que improvisar a lo largo de la ciudad. Tuvo como grupo de trabajo a los doctores Penna y Estévez.
“Los días agotadores pasados en la casa de Aislamiento –relata en sus memorias- me hicieron concebir la idea de educar a enfermeras, puesto que no había quien respondiera a las necesidades de los enfermos. El mejor medio de proporcionar alivio a los que sufren es colocar a su lado personas comprensivas, afables y capacitadas que puedan colaborar con el médico en la lucha por recobrar la salud.
La epidemia se pudo controlar mermando los casos de afectados en abril de ese año, fecha en la que pudo retomar sus estudios.

La defensa de los derechos de la mujer
Su lucha por los derechos de las mujeres no se limitó al campo médico. En la primera década del siglo XX, extendió sus reclamos –desde las filas del Partido Socialista Argentino, fundado en 1896, junto a Alicia Moreau de Justo, Elvira Rawson y Julieta Lanteri-Renshaw- a favor de los derechos civiles y políticos de las mujeres y participó de los primeros congresos feministas en el país. Grierson fue también pintora, escultora y buena deportista. Hacia el final de su vida residió en la ciudad cordobesa de Los Cocos, hasta que falleció el 10 de abril de 1934.
En sus memorias, la notable médica relata sus esfuerzos por insertarse en un mundo dominados por hombres. "Entre las muchas contrariedades sufridas en mi vida debo declarar que, siendo médica diplomada, intenté inútilmente ingresar al profesorado de la Facultad en la sección en que la enseñanza se hace sólo para mujeres (se refería, indudablemente, a la Escuela de Obstetricia). No era posible que a la primera mujer que tuvo la audacia de obtener en nuestro país el título de médica cirujana se le ofreciera la oportunidad de ser jefe de sala, directora de algún hospital, o se le diera un puesto de médica escolar o se le permitiera ser profesora de la universidad. Fue únicamente a causa de mi condición de mujer –según refieren oyentes y uno de los miembros de la mesa examinadora- que el jurado dio, en este concurso de competencia por examen, un extraño y único fallo: no conceder la cátedra ni a mí, ni a mi competidor… Las razones y los argumentos expuestos en esa ocasión llevarían un capítulo contra el feminismo, cuyas aspiraciones en el orden intelectual y económico he defendido siempre. Más tarde, en París, en la Clínica del Profesor Pinard, y dejando modestia aparte, me cercioré de que poseía la materia, y los elogios que me prodigaron sólo sirvieron para entristecer mi espíritu y convencerme una vez más de que a lo menos en lo que a las mujeres atañe ‘nadie es profeta en su tierra’. Espero sin embargo que pronto alguna colega reivindique un puesto para las mujeres médicas en la Argentina, obteniendo en la Facultad de Medicina una cátedra, una sala de enfermos en algún hospital, la dirección de un hospital para escuela modelo de enfermeros y enfermeras y un puesto dirigente en las reparticiones de educación."

(1) Archivo General de Entre Ríos, Fondo Hacienda, Serie XI, Instrucción Pública, Departamento Uruguay, Caja Nº 6, Leg. 3, pp. 152 y vta.
(2) La Opinión de Entre Ríos, Paraná, 19 de marzo de 1889.


Bibliografía
aría del Carmen Binda, Romina Silveira, y Cristian Krämer: Cecilia Grierson, la primera médica argentina, en http://www.scielo.org.ar/. Acceso: 9/9/2016,
Alfredo G. Kohn Loncarica, Cecilia Grierson. Vida y obra de la primera médica argentina, Buenos Aires, 1976, pp. 47-48.
Cecilia Grierson, www.elhistoriador.com.ar, acceso: 8/9/2016
https://es.wikipedia.org/wiki/Cecilia_Grierson#Infancia_y_vida_familiar, acceso: 8/9/2016
http://www.ciudaddemujeres.com/mujeres/Medicina/GriersonCecilia.htm, acceso: 9/9/2016

Primeras maestras jardineras: Macedonia Amavet

Rubén I. Bourlot

Macedonia Amavet nació en Paraná el 8 de mayo de 1867, primogénita de once hermanos. Y en Paraná, en la recientemente creada Escuela Normal, aprendió sus primeras letras, y con el tiempo aprendería a enseñar las primeras letras a los niños y niñas. El destino quiso que en 1888 se convirtiera en una de las tres primeras maestras jardineras, kidergartianas le decían en la época, de Latinoamérica junto a Justa Gómez y María Errasquin.
Pero como el destino no es tan justo, el día que honra a las maestras jardineras recuerda a Rosario Vera Peñaloza, muy merecido por su labor, que no es de las primeras. Y más ingrato es ese destino que hasta hoy, cuando se alzan voces reclamando la visibilización del protagonismo de las mujeres, Macedonia es prácticamente desconocida en su ciudad y en la provincia.
La historia de los jardines de infantes comienza en 1884 aprovechando la posibilidad otorgada por la Ley de Educación Común N° 1.420 que disponía “además de las escuelas comunes (…) se establecerán las siguientes escuelas especiales de enseñanza primaria: uno o más jardines de infantes en las ciudades donde sea posible dotarlos convenientemente (…)”. Así la Escuela Normal de Paraná dirigida por Sarah Eccleston abrió el primer jardín para niños del país en una escuela normal de jurisdicción nacional. Ante la falta de docentes especializados en el nivel, en 1886 se abrió el primer curso de profesoras kindergartianas normales con una promoción inicial de profesoras especializadas en jardín de infantes en 1888.
Al respecto afirmaba José María Torres, entonces director de la Escuela Normal, en su Informe de 1893: “El Kindergarten Normal es el primitivo de los Jardines de la infancia existentes en la República Argentina. Hasta esta época formó trece profesores. Resultado poco favorable para el objeto principal del Instituto fröebeliano establecido en esta escuela, débese a que aún la escasa demanda que hay de profesores para otros Jardines de Infantes ha podido satisfacerse porque nuestras costumbres se oponen generalmente a que la familia que tiene una hija graduada de Maestra, consienta que ésta para ejercer su profesión vaya a vivir lejos de su casa paterna”.
En esa primera promoción, junto a Amavet egresó Justa Josefa Gómez (1867-1938) de Nogoyá que se desempeñó en la Escuela Normal de Paraná y más tarde, radicada en Tucumán creó y dirigió el Jardín de Infantes de la Escuela provincial “Juan Bautista Alberdi”. Entre 1900 y 1901 dictó cursos sobre el método fröebeliano, lecciones de trabajo manual y un curso para maestras jardineras en el Jardín a su cargo. Falleció en Tafí Viejo (Tucumán) a los 71 años. También se recibió de jardinera María Errazquin, de Gualeguaychú, que ejerció brevemente en Paraná y luego en su ciudad natal donde se desempeñó como vicedirectora de una escuela graduada hasta 1910, en que continuó trabajando en Buenos Aires.
Tras recibirse, Macedonia Amavet ejerció como profesora de grado en el Departamento de Aplicación de la Escuela Normal (1888 a 1894). Posteriormente pasó a la vicedirección de la Escuela Normal Provincial de Santa Fe (1895). Estudiosa de los problemas de la educación y de la situación de los docentes, participó en distintas comisiones durante la realización, en la ciudad de Santa Fe, del Congreso Pedagógico Nacional (1896).
De regreso en Paraná, fue nombrada directora y profesora de Trabajo Manual en el jardín de infantes de la Escuela Normal (1897 a 1906). Bajo su dirección la institución inició una nueva etapa con la introducción de importantes innovaciones que implicaron una mayor amplitud de criterios respecto del método fröebeliano.

Periodista y feminista
Además de su tarea docente, en Santa Fe ejerció el periodismo en La revista argentina, El hogar y la escuela, y en el semanario El Pensamiento dirigido por Carlota Garrido de la Peña. Se la considera entre las primeras periodistas femeninas.
En 1906, junto a un grupo de mujeres santafesinas reunidas en la Biblioteca Cosmopolita, fundó el Centro Mixto Feminista Santafesino, cuya primera comisión fue presidida por Amavet. La inspiración de estas mujeres pioneras surgió a partir de la llegada a Santa Fe, en noviembre de 1906, de Belén de Sárraga -nacida en Valladolid en 1874 y fallecida en México en 1951-, médica por la Universidad de Barcelona, docente, periodista, propagandista anarquista y activista anticlerical. De Sárraga, “rebelde periférica del siglo XIX” la llamaban, se había acercado a estos pagos para participar, en Buenos Aires, del Congreso de Libre Pensamiento en representación de la Logia Masónica “Virtud” (Málaga) e hizo una gira por varias ciudades del país.
Para 1907 Macedonia Amavet estaba de regreso en Paraná como directora de la Escuela Modelo de Niñas. En 1912 fue nombrada vicedirectora de la Escuela Normal de San Francisco (Córdoba) y luego en 1914, como profesora en la Escuela Normal de Santo Tomé (Corrientes). Falleció en 1932. Hoy una calle del puerto de Santa Fe lleva su nombre. Paraná aún le debe un digno reconocimiento.

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Macedonia Amavet
Homenajes El Diario 18 de mayo de 1934

Bibliografía
Borgogno, Mónica, (2/06/2002). “El Jardín de infantes más antiguo del país y de América Latina”, diario Uno, Paraná.
Victoria M.S., (1910). Informe Anual: “La escuela Normal del Paraná en 1910”, Ed. Compañía de Billetes de Banco, Bs As.
El Diario, Paraná, varios números
Diario La Acción, Paraná, 1-11-32
http://www.escuelanormalparana.edu.ar/estaticas/?id=21&pag=2
http://www.lagaceta.com.ar/nota/428125/informacion-general/rescatando-nombres-hicieron-historia.html
http://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2010/09/03/culturadiario/CULT-01.html
Fernández Doux de Demarchi, E. N. Macedonia Amavet de Moreno: crecer entre idas y vueltas, inédito.

El presidente Sarmiento fija precio a la cabeza de López Jordán

Rubén I. Bourlot

El 28 de mayo de 1873 ingresa a la Cámara de Diputados un proyecto de ley del presidente Domingo Faustino Sarmiento por el cual se autoriza abonar una recompensa de 100.000 pesos fuertes por la cabeza del rebelde entrerriano Ricardo López Jordán.
Tras el asesinato del gobernado Justo José de Urquiza en 1870 y la designación de Ricardo López Jordán para completar el periodo de gobierno, el presidente Sarmiento considerando al nuevo gobernador como autor intelectual del magnicidio, sin pruebas ni proceso por cierto, resolvió el envío de una intervención armada de la provincia que culminó con la derrota de los jordanistas y la pérdida de la autonomía provincial.
Tras elecciones amañadas para intentar restablecer las instituciones, enrarecidas por la intervención del gobierno nacional, en 1873 se produce un nuevo levantamiento encabezado por López Jordán. Este hecho enfurece al irascible Sarmiento y decide enviar al Congreso un proyecto de ley poniendo el precio de 100.000 pesos a la cabeza del jefe rebelde y a las de sus compañeros de lucha. La misma “barbarie” que él mismo denostaba la cometía cada vez que accedía a una cuota de poder.

La política del degüello
El método civilizado de descabezar al enemigo viene de lejos. Recordemos la cita bíblica del general en Jefe del Ejército Asirio Holofernes: “Entonces sacó de la bolsa la cabeza de Holofernes y la mostró: ‘Aquí tienen la cabeza de Holofernes, general en jefe del ejército asirio, y éstas son las cortinas de su cama. El Señor lo mató por la mano de una mujer.’ (Judit: 12,15). Durante la época de dominación española era usual mutilar los cuerpos de los delincuentes. Sus cabezas y brazos eran colocados en una jaula y expuestos a la entrada de los pueblos o en las encrucijadas, para ejemplo y escarmiento.
Más adelante, en 1814, el Director Supremo Gervasio Antonio de Posadas declaró a Artigas “infame, privado de sus empleos, fuera de la ley y enemigo de la patria” y dispuso que sea perseguido y “muerto en caso de resistencia”, para lo cual se estableció un premio de “6.000 pesos al que entregue la persona de José Artigas vivo o muerto”. Con menos suerte en 1821 Francisco Ramírez en su última campaña, perseguido por las fuerzas combinadas de Santa Fe y Córdoba, fue alcanzado en los confines de la provincia mediterránea, muerto en batalla cuando intentaba proteger a su compañera Delfina. Luego, cuenta el historiador Ramón S. Lassaga en Historia de López, “(…) su cabeza fue cortada (...) por un soldado Pedraza, trompa de órdenes del comandante Orrego; y Bedoya envió aquel trofeo sangriento al general López (...)”. Éste dispuso que se la colocara en una de las arcadas del Cabildo, que se encontraba frente a la plaza mayor de la ciudad para escarmiento de los enemigos.
Y podemos seguir: en 1821, simultáneamente a la muerte de Ramírez, su aliado José Miguel Carreras fue apresado en Mendoza y condenado a muerte por orden del gobierno de Godoy Cruz. Cumplida la ejecución se le mutiló el cuerpo, y su cabeza y brazos fueron expuestos en el cabildo de aquella ciudad. También el estanciero bonaerense Pedro Castelli, insurrecto contra Rosas en 1839, fue degollado y su cabeza expuesta en la punta de un palo en la plaza de Dolores, permaneciendo siete años. Otro hecho conocido históricamente es el asesinato del Chacho Peñaloza por parte de las fuerzas enviadas por el propio Sarmiento, gobernador de San Juan, cuya cabeza fue exhibida en la plaza de Olta. En 1868 ya presidente, ante hechos criminales, Sarmiento se dirigía al general José M. Arredondo: “Se dice que una diligencia ha sido asaltada. A grandes males, grandes remedios; trate de capturarlos. Córteles la cabeza y déjelas de muestra en los caminos.”

Por varias cabezas
El artículo 1º del proyecto de ley enviado por Sarmiento a la Cámara de Diputados dice: "La suma de 100.000 pesos fuertes será dada al que o a los que aprehendiesen y entregasen a las autoridades constituidas, excepto el caso de que cayese en poder del ejército, vencido y capturado como prisionero, a Ricardo López Jordán etc." El art. 2º ofrece 10 mil pesos fuertes por don Mariano Querencio, y por el art. 3º crea premios de mil pesos fuertes para quienes entregaran a autores de excesos cometidos durante la revolución. El artículo 5° aclara, por las dudas, que “estas medidas no limitarán, si fueren ineficaces, las facultades inherentes al poder militar de la Nación que la Constitución ha depositado en el general en jefe de sus fuerzas”.
El original del proyecto no se halla en los archivos pero sí la presurosa publicación que del mismo hizo el diario La Nación, que dirigía Bartolomé Mitre, el 25 de mayo de 1873. El semanario satírico El Mosquito se hizo eco de la medida a través de una caricatura que muestra a López Jordán quitándose la cabeza para entregársela a un asombrado Sarmiento.
Al respecto Leopoldo Lugones en su Historia de Sarmiento escribe que “ejecutado sin formación de causa, era un general de la nación. López Jordán, cuya cabeza quiso Sarmiento poner a precio, si bien el congreso rechazó con honrada independencia la monstruosa ley, era un ciudadano argentino amparado en su mismo extravío por la constitución que prohíbe la pena de muerte para el delito político.” Y agrega Aníbal S. Vásquez en Caudillos entrerrianos que el presidente “pretendía que se le llevara su cabeza en bandeja de plata, de igual manera que los cordobeses presentaron al general Estanislao López, la gallarda del Supremo Entrerriano.”

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Caricatura en El Mosquito

Grupo de revolucionario de López Jordán en 1873 dibujo aparecido en La Tour de Monde en Paris en 1873

Roca discípulo del Colegio del Uruguay

Rubén I. Bourlot

En el Colegio del Uruguay el busto dedicado al exalumno Julio Argentino Roca siempre luce una nariz perfectamente pulida. Esto se debe al ritual de los alumnos que cuando van a rendir algún examen tocan la nariz para que le propicie buena suerte. Y dicen que Roca siempre cumple, seguramente con la ayudita de un repaso previo de la lección.
Alejo Julio Argentino Roca nació el 17 de julio de 1843 en San Miguel de Tucumán. Fue el tercero de nueve hijos y llegó a ser uno de los presidentes más jóvenes que gobernó la Argentina. Desde la provincia del congreso de 1816, con apenas 14 años, se trasladó, junto a sus hermanos Celedonio y Marcos, al histórico Colegio fundado por Justo José Urquiza, en ese momento presidente de la Confederación Argentina. 
Como tantos otros jóvenes del país y de países cercanos, veían en la institución un verdadero faro para su formación, favorecidos por un sistema de becas y el internado que les proveía alojamiento y comida. Una verdadera apuesta a la educación pública que ya se perfilaba como gratuita para los que menos tenían, con incuestionable calidad. La llegada de Roca coincidió con el período de mayor esplendor del Histórico, “la década de oro”, bajo la dirección de Alberto Larroque. De sus aulas surgieron notables intelectuales, profesionales y dirigentes políticos.

La carrera militar
Por iniciativa de Larroque se había abierto una sección militar para la formación de oficiales y en ese curso, de dos años de duración, se incorporó Roca en 1857. Los docentes eran prestigiosos y experimentados profesionales de distintas áreas del conocimiento, como el teniente coronel Nicolás Martínez de Fontes y el coronel Simón de Santa Cruz, hijo del Mariscal de Santa Cruz, entre otros. Al año siguiente Roca recibió los despachos como Subteniente de Artillería y muy pronto sobrevendrá su bautismo de fuego. Fue con motivo del nuevo enfrentamiento del gobierno de la Confederación con la rebelde Buenos Aires que culminará en la batalla de Cepeda. Roca, con 16 años, se propuso para alistarse y fue aceptado. Participó del combate el 23 de octubre de 1859 donde por su actuación fue ascendido a Teniente 1°.

Tras su participación en Cepeda retornó a las clases del Colegio hasta que el nuevo enfrentamiento de Pavón (17/11/61) lo encontró entre los combatientes de destacada actuación. Incluso, cuando el general Urquiza tomó la polémica decisión de retirarse y dejar el triunfo al ejército del estado separatista de Buenos Aires, continuó combatiendo hasta el final: “Yo fui efectivamente el único oficial del regimiento de (coronel Simón de) Santa Cruz que salvó sus piezas y el último que se retiró del campo de batalla”, escribe Roca en una carta a Ezequiel Paz, imitando similar conducta sostenida por la caballería comandada por Ricardo López Jordán.
Culminados los estudios en el histórico Colegio su carrera militar fue en franco ascenso. Participó de la cruenta guerra contra el Paraguay y de la represión a los caudillos provinciales alzados contra la política represiva de los gobiernos de Mitre y Sarmiento. En 1871, en Corrientes, la batalla de Ñaembé lo enfrentó con las tropas de López Jordán, a quién había conocido en su época de estudios en el Colegio del Uruguay, y combatido juntos en la batalla de Pavón. Desencuentros habituales de nuestras disputas políticas. Años después el “jordanismo” entrerriano se sumaba a las filas de Eduardo Racedo, representante en la provincia al Partido Autonomista Nacional que llevaría a la presidencia a Roca. En tanto López Jordán, condenado y luego de una breve estadía en la prisión de Rosario escapó y se exilió en el Uruguay. En 1888 el presidente Juárez Celman le concedió la amnistía.
Luego vendría la campaña militar a la Patagonia, mal llamada “Conquista del Desierto”, y el triunfo contundente en la batalla de Buenos Aires que logró su capitalización definitiva. Con esos laureles se volcó a la arena política y presentó su candidatura presidencial apoyado por el Partido Autonomista Nacional (PAN) primera expresión política organizada a nivel nacional. Su triunfo fue contundente (155 votos contra 70 en el Colegio Electoral) y a los 37 años asumió la presidencia a la que sucedería un segundo periodo en 1898 completando 12 años de gobierno.

Los discípulos del Colegio
Desde la presidencia Roca convocó a varios de sus compañeros y profesores del Colegio que le dio sus primeras armas. Victorino de la Plaza como Ministro de Relaciones Exteriores; Eduardo Wilde, ministro de Instrucción Pública; Issac Chavarría, Ministro del Interior; Wenceslao Pacheco, Ministro de Hacienda; Benjamín Victorica –que fuera su profesor-, Ministro de Guerra. Capítulo aparte merece Onésimo Leguizamón que en 1882 presidió Congreso Pedagógico Sudamericano en Buenos Aires convocado por Roca que dio origen a la Ley de educación común. Como se ve gran parte de la influyente “Generación del ochenta” fue formada en las aulas del Colegio del Uruguay.

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Roca en el Colegio Nacional de Concepción del Uruguay c. 1857. A su derecha sus primos Eduardo y Florencio Reboredo.
Busto de Roca en el colegio del Uruguay

Bibliografía

Tomás Cantín en la revolución de 1880

Rubén I. Bourlot

La revolución de 1880 no fue un hecho más de las guerras civiles argentinas. El triunfo de las fuerzas federales por sobre el ejército de la provincia de Buenos Aires significó la instalación de la capital definitiva del país. En estos acontecimientos Entre Ríos no estuvo ausente. Como en Cepeda, en Caseros, los panzaverdes pisaron fuerte sobre los adoquines de la rebelde ciudad portuaria.
El entonces coronel entrerriano Eduardo Racedo estuvo al frente de la división Norte de los ejércitos nacionales pero no fue menor la participación del batallón de la “Guardia Provincial” y de su segundo jefe, el entonces sargento mayor Tomás Cantín, que actuó en el combate de Corrales el 21 de junio. Documentos de la época dan cuenta de su valeroso aporte que tal vez los libros de historia no lo registren en su real dimensión. No es casual: la revolución del ’80 fue un hecho que suele tratarse como una escaramuza local en la puja por la capitalización de Buenos Aires. Todo lo contrario, fue un cruento enfrentamiento que dejó unas 3000 víctimas mortales en las calles de Buenos Aires en donde las milicias armadas del gobernador de la provincia de Buenos Aires, Carlos Tejedor, no pudieron resistir el embate del ejército nacional conformado por efectivos provenientes de todas las provincias, fogueados en las guerras civiles y en la reciente expedición a la Patagonia que había encabezado el ahora electo presidente Julio Argentino Roca.

Roca y la capitalización de Buenos Aires
Para ponerle contexto a los hechos recordemos que en 1880 se llevaron a cabo elecciones presidenciales para designar al sucesor de Nicolás Avellaneda y entre los candidatos con mayores posibilidades se encontraban el entonces ministro de Guerra Julio Argentino Roca, que venía de realizar su campaña patagónica, y el candidato mitrista por el partido Autonomista -gobernador de la provincia de Buenos Aires-, Carlos Tejedor.

En los comicios realizados el 11 de abril de 1880 Roca obtuvo la mayoría de electores para el Colegio Electoral –Tejedor había ganado solamente en la provincia de Buenos aires- y faltaba que el mismo ratificara los resultados el 12 de junio. Ante este hecho Tejedor y su mentor Bartolomé Mitre no vieron otra salida que intentar desconocer el resultado, como lo había hecho en 1874 ante el triunfo de Avellaneda, provocando un golpe de estado. El primer paso fue proclamar unilateralmente a Tejedor como presidente y volver a convertir a Buenos Aires en un estado separado del resto del país reeditando lo hecho en 1854 cuando la provincia portuaria se escindió de la Confederación, pero no lograron ningún reconocimiento internacional. Eran otros tiempos y el horno no estaba para bollos. Recurrieron a las armas, arrinconaron a Avellaneda –el presidente “huésped” de Buenos Aries- que se vio obligado a trasladar su despacho al pueblo de Belgrano, e intentaron resistir a las hordas provinciales, “los chinos de Roca” como le llamaban despectivamente.
La revolución fracasó. El 30 de junio el gobernador Carlos Tejedor presentó su renuncia. Avellaneda intervino la provincia y disolvió a todas las milicias provinciales de Buenos Aires. Roca inició su camino hacia la Casa Rosada. El 21 de septiembre de ese año una ley declaró a la ciudad de Buenos Aires territorio federal y capital de la Nación. El 12 de octubre asumía el nuevo presidente.

Reconocimiento a Cantín
Una nota firmada el 1º de julio por el ministro de Guerra nacional, Carlos Pellegrini, certifica que “don Tomás Cantín llegó al campamento de la chacharita como 2 jefe del batallón ‘Guardia Provincial’ de Entre Ríos, el 12 de junio de 1880.
“Prestó sus servicios de avanzada en la división del coronel (Manuel José) Olascoaga, que cubría la línea de San José de Flores y formó en la misma división en el combate de Corrales el 21 de junio, avanzando con su batallón en primera línea y ocupando esa posición. Su conducta fue recomendable en todo momento, dándole el presente para los fines que pueda convenirse.”
Días después, el 4 de julio, el sargento mayor Tomás Cantín era ascendido a teniente coronel por el gobernador de Entre Ríos José F. Antelo en reconocimiento a los méritos del “segundo jefe de la infantería del batallón ‘Guardia de Entre Ríos’” en el combate de Corrales.
Con el tiempo los méritos se olvidan y Cantín pasó a ser un oficial más que al año siguiente apareció mencionado en un documento, conservado en el Fondo Gobierno del Archivo General de Entre Ríos, solicitando “dos meses de sueldo que se le adeudan”.(1) En 1887 figura en el escalafón del Ejército nacional como mayor de infantería ingresado en diciembre de 1880. En 1895, el Departamento de Guerra resolvió formar “una lista especial para aquellos Jefes que han prestado servicios durante la Campaña del Paraguay (1865-1870) y que revistaban en la Plana Mayor Activa” donde figura el mayor Tomás Cantín en su calidad de veterano.

(1) Archivo General de Entre Ríos, Fondo gobierno, Asuntos militares, Legajo Nº 8: 1880 - 1881. Cantín, Tomás. Teniente Coronel de Infantería de la Provincia. Solicita dos meses de sueldo que se le adeudan.

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Combate de Corrales donde actuó Cantín
Escalafón del Ejército de 1887

Bibliografía

Ramos, J. A. Revolución y contrarrevolución en la historia argentina, Vol. II: Del patriciado a la oligarquía. Disponible en http://www.labaldrich.com.ar/biblioteca-digital/


La libertad de imprenta: “que el pueblo hable al pueblo”

 Rubén I. Bourlot

"La imprenta, emancipada del capital y de los intereses particulares, sería la tribuna en que el pueblo hable al pueblo, será la redacción de los intereses generales para instruir al público”, aseveraba Mariano Fragueiro.

El 26 de octubre de 1811 el gobierno del Primer Triunvirato del Río de la Plata decretaba la libertad de imprenta. En esa época se entendía como libertad de imprenta que “toda persona puede publicar sus ideas libremente y sin censura previa”. En el siglo XIX el único soporte posible para las publicaciones era el papel. El otro medio eran los pregoneros que propalaban mensajes en el centro de las plazas.

El citado decreto consideraba que “el abuso de esta libertad es un crimen”, y que “su acusación corresponde a los interesados, si ofende derechos particulares, y a todos los ciudadanos si compromete la tranquilidad pública, la conservación de la religión católica o la Constitución del Estado”.

De acuerdo con la norma, compuesta por un total de diez artículos, los autores eran responsables de sus obras. Se garantizaba la difusión de las ideas en momentos que el proceso de independencia estaba en el debate público.

Los periódicos que circulaban eran escasos porque no abundaban las imprentas. Fuera de Buenos Aires casi ninguna localidad del Río de la Plata contaba con medios periodísticos. En Montevideo había circulado La Estrella del Sur publicada por la ocupación británica en 1807.

En Entre Ríos apareció el primer periódico en 1819 cuando Francisco Ramírez fundó La gaceta federal que circuló hasta los primeros meses de 1820 por la imprenta que trajo el chileno José Miguel Carrera. En diciembre de 1821, con Lucio Mansilla en el gobierno de la provincia, empezó a editarse El correo ministerial de Paraná.

Respecto a las normativas locales, el Estatuto Provisorio Constitucional de 1822 disponía que “la prensa es libre, bajo el Reglamento dado por el Ejecutivo General de las Provincias el 26 de octubre del año 1811” que tuvo vigencia hasta 1954.

 

El estado como garantía de la libertad de prensa

El 9 de diciembre de 1853 se sancionaba el Estatuto para la Organización de la Hacienda y el Crédito Público, cuya autoría corresponde al Ministro de Hacienda Mariano Fragueiro, que era complementario a la Constitución Nacional que había sido sancionada en este mismo año.

En un completo capítulo se desarrollaba la normativa referida a la publicación de contenidos por medio de las imprentas, una verdadera ley de medios de comunicación.

El Título XII del Estatuto disponía la instalación de imprentas del estado dependientes de la Administración del Crédito público en las ciudades de la Confederación para la publicación de documentación oficial y de todo escrito, que enviado a la Administración respectiva que haya recibido la “calificación de útil”, sin costo alguno para el autor. Asimismo se preveía una compensación mediante la entrega de un porcentaje de los ejemplares impresos.

La idea central de Fragueiro, expresada en trabajos previos, era incorporar a la imprenta como medio de comunicación, junto al crédito público, como un poder dentro de la estructura del gobierno, independiente de los otros tres poderes. Es decir, convertir a la prensa en el verdadero cuarto poder, que garantizaría el desarrollo del pensamiento en un marco de libre expresión.

“¿No sería de mucha importancia elevar al rango de instituciones políticas del poder de la imprenta y el del crédito público, como medios de garantir la libertad de publicar el pensamiento y el uso de la propiedad?” leemos en Fragueiro (Cuestiones argentinas, 1852). Y agregaba que “el espíritu de la prensa periódica y todos sus servicios, lo mismo que los servicios del crédito público, deben ser nacionales”. Ya en su obra previa, La organización del crédito (1850), había sostenido que la imprenta debía ser una propiedad pública sometida a la administración estatal.

Fragueiro estaba convencido que debía garantizarse a todos los habitantes “(…) el derecho y el poder de publicar sus pensamientos gratis, y con remuneración en su caso, en imprentas del estado, toda vez que el escrito fuera declarado útil por un jurado antes de su publicación”.

 

La censura empresaria

También advertía el economista cordobés sobre las críticas de censura previa que podían recaer sobre esta propuesta, y sostenía que sin la intervención estatal las restricciones a la libertad de expresión se acentuaban por las exigencias de los propietarios de los medios. “El pobre, el que no puede pagar la impresión, no puede publicar. La restricción de los empresarios, redactores y editores que no consentirán la impresión de ningún escrito contrario a sus intereses” y agregaba: “La imprenta está a merced de quien más paga”.

Estas aseveraciones podrán no resultar simpáticas para los abanderados de la libertad de prensa de hoy que cuestionarán con iracundia el monopolio del estado con el consecuente riesgo de censura previa.  En ese sentido opinaba su biógrafo Alfredo Terzaga (Mariano Fragueiro. Pensamiento y vida política, 2000): “Ninguna gran empresa editora de capital privado, y ninguna entidad que agrupe a dueños de diarios y periódicos podría ver hoy sin escándalo la tesis sostenida por Fragueiro”.

Las precauciones que planteaba Fragueiro sobre los medios privados y sus mecanismos más o menos encubiertos de censura se pueden trasladar al siglo XXI. El hombre común o el publicista independiente no cuentan con demasiados canales, salvo las denominadas “redes sociales”, para difundir sus ideas a pesar de la proliferación de medios. Se deben limitar a solicitar un espacio en la sección de cartas a los lectores o dejar un mensaje telefónico, cuya publicación queda sujeta a las disponibilidades de tiempo y espacio del medio. El profesional de la comunicación incorporado a un medio no siempre tiene margen para expresarse libremente ya que, como lo sostenía Fragueiro hace siglo y medio, “no consentirán la impresión de ningún escrito contrario a sus intereses”.

“Lejos pues, de intentar atacar la libertad de imprenta, queremos protegerla contra los abusos del egoísmo; procuramos destruir el absolutismo de los empresarios, redactores, editores y gerentes de los periódicos, que bajo estos nombres anónimos ejercen un poder señorial sobre los productos del talento (...)

“Entonces, la imprenta, emancipada del capital y de los intereses particulares, sería la tribuna en que el pueblo hable al pueblo, será la redacción de los intereses generales para instruir al público”, aseveraba Fragueiro.

Mitre veta la candidatura presidencial de Urquiza

Rubén I. Bourlot

 

El 17 de mayo de 1868 el presidente Bartolomé Mitre, pronto a finalizar su mandato, dirigió a Urquiza una carta solicitándole que declinase su candidatura presidencial. Lo cuestionaba por "haber sido proclamada antes de iniciarse los trabajos constitucionales por las montoneras que han asolado el interior de la República …”

La funesta guerra contra el Paraguay tenía ocupado al presidente Bartolomé Mitre pero se acercaba rápidamente el final de su mandato sin posibilidades de reelección y sin un sucesor que reuniera las condiciones para triunfar. Su favorito Rufino Elizalde, patrocinado por el imperio del Brasil –socio de Mitre en la Triple Alianza- no gozaba de simpatía en las provincias, ni en la de Buenos Aires. Se buscan alternativas y aparecen Adolfo Asina, Juan Bautista Alberdi como opciones. Este último, furioso opositor a la guerra contra el Paraguay, no era de las simpatías del fundador de La Nación.

Como la cuestión no se resolvía un grupo de oficiales y jefes del ejército se entusiasmaron con una idea lanzada por Lucio V. Mansilla. Ahí estaba disponible otro provinciano en apariencia más dócil al modelo político centralista del puerto de Buenos Aires, y que podía arrimarle los votos de las provincias. Era nada menos que el sanjuanino Domingo Faustino Sarmiento que en ese momento se encontraba en Estados Unidos, pronto a embarcarse a Europa. Y en París se enteró del ofrecimiento durante un banquete que le brindaron en el marco de la Exposición Universal de 1867.  En Buenos Aires no tomaron muy en serio esa candidatura. “Le hicieron creer que puede ser presidente” publicaban los diarios.

 

La candidatura de Urquiza

Y en medio de ese entrevero apareció la candidatura del expresidente Justo José de Urquiza con el apoyo de Entre Ríos, Corrientes, Santa Fe y Córdoba. La fórmula se completaba con el bonaerense Adolfo Alsina. La alarma cunde.

En noviembre de 1867, Mitre, desde Paraguay, publicaba una carta donde formulaba consideraciones sobre la situación interna y el porvenir del país, que es calificada con cierta pompa como su "testamento político". La popularidad de la candidatura presidencial de Urquiza era el centro de su preocupación. Mitre ponía de manifiesto que "ya había señalado con franqueza el único caso en que, usando de su autoridad moral y sin prevalecerse de su posición oficial, haría la oposición que le correspondía a candidaturas que de antemano consideraba funestas..." (¿la de Urquiza?) agregando que "su empeño había sido preparar al país a una libre elección de presidente en las mejores condiciones posibles para el gran partido nacional de los principios". Sin nombrarlo estaba sugiriéndole al entrerriano declinar sus aspiraciones presidenciales.

Proclamado por la “montonera”

La candidatura de Urquiza continuaba prosperando. Los diarios oficialistas como Tribuno y El Nacional Argentino lanzaban sus embates contra el entrerriano.  Sorpresivamente salió al ruedo una fórmula que le restaría posibilidades a Sarmiento: Alsina-Urquiza que a los pocos días trocó en Urquiza-Alsina. ¡Alarma en las trincheras del mitrismo! Con fecha 17 de mayo de 1868 Mitre dirigió una carta a Urquiza invitándolo a renunciar por estimar que su postulación sería contraria a los intereses del país, particularmente por "haber sido proclamada antes de iniciarse los trabajos constitucionales por la montonera que han asolado el interior de la República invocando su nombre (…) aun cuando V. E. no sea culpable de ello, quedándole sin embargo, la responsabilidad de no haber protestado contra esa explotación que se hacía de su nombre".
Desde Concepción del Uruguay, el 24 de mayo, Urquiza respondió diciendo que con anterioridad al "testamento" podría haber tomado en consideración la invitación que se le hacía, pero no ahora cuando ya están comprometidas voluntades y esfuerzos de muchos conciudadanos. Rebate las apreciaciones de Mitre y recogiendo la alusión a la montonera expresó que no puede admitirla "por la atroz injusticia que envuelve". Luego agrega: "La verdad del libre sufragio popular no depende ni de la palabra de V. E. ni de la mía; depende sólo del régimen de las instituciones en los pueblos no perturbados por la coacción del poder general, en cuanto le es extraño". Finalmente dice que esperaba sin impaciencia el voto popular y si le era adverso mancomunaría esfuerzos para ayudar al electo, a gobernar con eficacia, para mantener la unión nacional, obtener la paz, etc.

Finalmente Urquiza no fue elegido presidente por segunda vez. El sistema de colegios electorales permitió que se maniobrara en los cenáculos para favorecer finalmente al más digerible Domingo Faustino Sarmiento que obtiuvo 79 votos, Urquiza 28, Rufino Elizalde 22, Rawson 3 y Vélez Sársfield 1. Votaron por Urquiza todos los electores de Entre Ríos, Santa Fe y Salta.


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Mitre en la Guerra contra el Paraguay
Urquiza 1862 (“Fotografía del Uruguay” de Bernardo C. Victorica, fotógrafo: Alicedo)

Bibliografía 

Calderón L. B. (1951). Urquiza, síntesis de su época y su actuación y su obra, Paraná.
Ramos, J. A., (1974). Del patriciado a la oligarquía, Peña Lillo, Bs. As.
Rosa, J.M., (1992). Historia Argentina, T. 7, Oriente, Buenos Aires.

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