24/4/24

El nombre América ¿un nombre nuestro?

 Rubén I. Bourlot

 

Alrededor del 12 de octubre se renueva la polémica  acerca del significado de la fecha que está de moda estigmatizar. Y aparecen los fundamentalistas que quieren volver al futuro. Y hasta el nombre ponen en tensión.

América es el nombre impuesto al continente que nos cobija, que nos contiene. Nombre que nació, como todo lo americano entre las brumas del realismo mágico, de origen oscuro y mestizo. Nombre apropiado por el Norte para decirse americanos por antonomasia y que muchos en el sur repiten como loros, como si los americanos fueran ellos y nosotros ¿qué? Hoy muchos cuestionan ese nombre por considerarlo “europeo”, trasplantado a nuestro territorio, impuesto por los conquistadores, y buscan alternativas más autóctonas.

El término alternativo más difundido para denominar al continente, principalmente entre grupos indigenistas y medios intelectuales, es el de Abya Yala. Este nombre proviene de una comunidad indígena de Panamá y significa tierra en plena madurez, pero no consta que se refiera a la totalidad del continente. No consta que pueblo alguno del continente haya tenido noción de la totalidad del mismo. También existe la versión acerca del nombre Mayab entre los mayas de Yucatán y otros términos. En ese orden podríamos agregar que Tahuantinsuyo, el país de los cuatro suyos, es el término que nombraba al territorio más extenso en el continente, el imperio de los incas.

Pero hay una cuestión que no tienen en cuenta entre los partidarios de “Abya Yala”, lo que significa un topónimo, es decir el término que nombra a un lugar. Un nombre geográfico no siempre se constituye en un topónimo. Para que se transforme en topónimo, tiene que haber echado raíces en la tradición del lugar, ser sentido como propio por sus habitantes y defendido como tal. Topónimo, es por lo tanto, la máxima categorización del nombre geográfico, con la comprensión del origen y de su significado. Y eso es lo que sucede con “América”.

Es conocida la hipótesis que América viene del navegante y cartógrafo florentino Américo Vespucio, injusto homenaje, desde el punto de vista europeo, ya que otros protagonistas de aquellas tierras serían los merecedores como Cristóbal Colón o los propios Reyes Católicos (así el continente “nuevo” para ellos sería Colombia, o Isabelia, o Fernandia). El nombre, se dice, comenzó a difundirse a partir de la publicación de las cartas y cartografía de Vespucio en donde los editores postulan llamar al “nuevo mundo” como América, el femenino del nombre del explorador. No obstante, oficialmente tanto para España como Portugal, los territorios bajo sus dominios nunca se llamaron así. Para el imperio español se denominaba Indias (así Consejo de Indias, Compañía de Indias, Leyes de Indias).

Pero desde hace un siglo o más se plantean dudas acerca de esa hipótesis. El notable tradicionalista peruano Ricardo Palma, a fines del siglo XIX, sostiene que de ningún modo el término es europeo. A grandes rasgos, se funda en que el nombre corresponde a un lugar de Nicaragua, que sus antiguos habitantes llamaban Americ (otras versiones lo dan como Amerrisque). Se trata de la serranía de Amerrisque o Chontaleña en el departamento Chontales de ese país centroamericano. El nombre en lengua nativa significaría “la cuna del viento”.

Palma afirma que el nombre de Vespucio era Albérico o Albéricus, muy lejos de América.  En publicaciones antiguas se lo menciona también como Amerigo.

Seguramente tampoco este nombre tenía vocación continental como ningún otro que se propone, pero a diferencia de los postulados, este es el que se ha impuesto como topónimo y también sería bien nuestro, bien mestizo como todo lo americano.

19/3/24

Lucas Piriz y la heroica Paysandú

 

Rubén I. Bourlot

 

Corría 1863 y el presidente uruguayo “Blanco” Bernardo P. Berro estaba jaqueado por los revolucionarios encabezados por Venancio Flores. La llamada "Cruzada Libertadora de 1863"  no fue otra cosa que una invasión apoyada por el gobierno de Bartolomé Mitre que había tenido a Flores bajo su mando en las guerras contra los últimos caudillo federales.

Los cruzados insurrectos no tuvieron éxito y Berro pudo finalizar su mandato. Lo sucedió Atanasio Aguirre quien no corrió con la misma suerte. Un nuevo intento de Flores con el apoyo explícito con el apoyo del Emperador de Brasil Pedro II que envió armas, tropas y embarcaciones, puso sitio a Paysandú en diciembre de 1864. Cabe acotar que este sistema de alianzas fue el prolegómeno de la cuenta guerra contra el Paraguay (1865-1870).

Los barcos de la marina brasileña, comandados por el Almirante Joaquim Marques Lisboa (Marqués de Tamandaré), amenazaron a Paysandú que se preparaba para defender su honor y el de la república bajo el mando del heroico Leandro Gómez. Del otro lado del charco, los entrerrianos no estaban ajenos a los sucesos, salvo el aún influyente Justo José de Urquiza, sucedido en la gobernación por José María Domínguez, que mantenía una posición neutral a pesar de la insistencia del cura Domingo Ereño.

Otro Urquiza, Waldino Urquiza Calvento, hijo del general, cruzó el río que es un puente de agua que nos une y se presentó: “Venimos por nuestra voluntad a combatir al infame invasor Venancio Flores y sus horda de bandoleros alimentados y sostenidos por el oro de nuestros encarnizados enemigos los porteños unitarios...” Allí lo esperaba otro entrerriano afincado desde pequeño en la ciudad, Lucas Piriz. Y fueron muchos los argentinos que partieron a reforzar la resistencia de la Heroica - algunos no llegaron a tiempo - como Rafael Hernández, Carlos Guido y Spano y Juan Saá.

 

“Cuando sucumba”


El bombardeo de la ciudad sitiada fue sin cuartel. El 3 de diciembre Flores intima la rendición a Gómez y recibe como lacónica respuesta: "Cuando sucumba", firma y le devuelve el pliego.

La ciudad estaba dispuesta a resistir hasta los últimos escombros. Leandro Gómez designó a Piriz para defender la plaza. La pólvora y las balas escaseaban. Esperaron los refuerzos del gobierno nacional que nunca llegaron.

El 6 de diciembre el capitán Hermógenes Masanti en su Diario de Guerra, La Defensa de Paysandú, expresa que "el entusiasmo de la guarnición es inmenso e indescriptible. En medio de la pelea se oyen los vivas que los Guardias Nacionales dan a la patria, a la independencia, al gobierno, y a sus jefes inmediatos. Aquí no hay ningún cobarde, todo el mundo está en su puesto de honor; y los jefes superiores, seguidos de sus ayudantes cruzan al galope de un punto a otro de la línea, impartiendo órdenes y conteniendo el ardor de la tropa que quiere lanzarse fuera de las trincheras.

“En el centro de la Plaza se elevaba una pequeña pirámide con la estatua de la Libertad. Un proyectil de la escuadra Brasilera, disparado a las dos de la tarde, hace saltar en pedazos el monumento. El General Gómez estaba con sus ayudantes en una esquina de la Plaza. Al ver volar los fragmentos de la estatua, dice el capitán don Hermenegildo Alarcón:

- Mi General, los brasileros han muerto a la Libertad.

“El General contestó:

- Levantaremos nuevamente su estatua, sobre una pirámide hecha con las balas demandantes de los cantones, que en cuanto pase el fuego recojan, todas las balas brasileras que se encuentren.”

La ciudad resistió casi un mes. Los edificios agujereados como queso gruyere por el impacto del cañoneo. Años después Gabino Ezeiza saluda a la Heroica Paysandú “la Troya americana porque lo es / dedican a este pueblo de valientes / y cuna de los bravos 33 / saludan a este pueblo de valientes / y cuna de los bravos 33…” y en 1922 Carlos Gardel y el oriental José Razzano le ponen sus voces y lo dejan registrado en el disco.

El 1 de enero de 1865 amaneció bajo la metralla del enemigo que ya avanzaba por las calles de la ciudad. La lucha fue cuerpo a cuerpo. A los defensores no les quedaban más balas y le sobraban muertos. Un proyectil atravesó el cuerpo de Piriz y cayó herido de muerte. La mayoría de los jefes perecieron en la resistencia. Al día siguiente Leandro Gómez fue tomado prisionero y luego fusilado. Como escribe María Esther de Miguel en Jaque a Paysandú “… con los tiros que tiran las armas el cuerpo que durante semanas y semanas paseó entre el humo y el fuego y el poderoso ímpetu de la batalla con la bandera de la partia, cae ahora envuelto en la roja bandera de la sangre entregada por un alto ideal llamado ‘Unidad’ y llamada ‘República’…”

Lucas Piriz

¿Quién era ese Píriz que nos “suena” a los entrerrianos y es un héroe para los orientales? Había nacido en Concepción del Uruguay el 18 de octubre de 1806 pero a los seis años se trasladó junto a sus padres a Paysandú. Hermano del coronel de los Dragones de la Muerte de Ramírez, Gregorio Piriz que cayó muerto en 1822 en un levantamiento contra el gobierno de Lucio Mansilla.

Lucas participó junto a Juan Antonio Lavalleja de la Cruzada de los 33 Orientales (1825) y en la guerra del Brasil (1828). También combatió en los ejércitos de la Confederación Argentina bajo las órdenes de Manuel Oribe y Justo José de Urquiza. Era jefe político de Salto cuando fue nombrado coronel y pasó a prestar servicios en Paysandú.

  

Bibliografía

La defensa de Paysandú. Diario de guerra del capitán Hermógenes Masanti en https://www.histarmar.com.ar/InfHistorica-8/Paysandu/LaDefensadePaysandu.pdf

¡Hasta el Patíbulo y Más Allá! (21 de octubre de 2018) en http://elpatriciadodelriodelaplata.blogspot.com/2018/10/una-familia-un-sitio-y-dos-divisas.html

Urquiza Almandoz, O., (2002), Historia de Concepción del Uruguay, 1783 – 1890, T. I, Comisión Técnica Mixta de Salto Grande, delegación argentina, T. I.


3/3/24

Urquiza, el modernizador de la industria azucarera tucumana

 Rubén I. Bourlot

El 2 de marzo de 1858, Justo José de Urquiza y Baltazar Aguirre firmaron un contrato para instalar un ingenio en Tucumán. Éste se construyó a 20 cuadras de la ciudad, en el actual Barrio de Floresta.

Fue el primero en utilizar modernas maquinarias y aplicar procedimientos técnicos de avanzada. Sin embargo, no subsistió más allá de 1872.

Urquiza fue mucho más que un político, militar y terrateniente que criaba vacas. Tuvo varios emprendimientos industriales. El saladero Santa Cándida es un ejemplo de ello como también la fábrica de paños que montó en Concepción del Uruguay.

Tal vez es un tema para una tesis analizar cómo se vislumbró el nacimiento de una protoburguesía industrial en la segunda mitad del siglo XIX, y que al llegar a 1900 ya estaba fagocitada por el modelo agroexportador y especulador que trocó las iniciativas industrialistas en una clase social rentista que podía obtener mejores réditos con muchos menos esfuerzos, con la crianza de las reses o el cultivo de granos para el mercado europeo aprovechando el trabajo de los inmigrantes aparceros o medieros, o apostando en los mercados financieros (que bien describe Julián Martel en su novela La Bolsa). A esa clase rentística, hedonista, que se iba transformando en la oligarquía vernácula le sobraba el tiempo y lo distraía en prolongadas estadías en Europa tirando manteca al techo. La industria transformadora, los frigoríficos, quedaba en manos de los ingleses como también el trasporte ferroviario y marítimo.

Tal vez esto explique por qué no se constituyó una sólida burguesía nacional como sucedió con los países que hoy gozan de un próspero desarrollo industrial.

 

Una industria no tan dulce

Tucumán desde las primeras década del siglo XIX fue epicentro de la industria azucarera del hoy territorio argentino. Esta dulce actividad fue traída por la conquista hispanolusitana al continente y en algunas regiones, como el Brasil, se desarrolló sobre la base del trabajo esclavista de origen africano. La dulzura transformada en una amarga explotación humana.

En la región de los antiguos quilmes, lules y diaguitas encontraron el terreno fértil para cultivar la caña y procesarla.

Hacia 1821, según testimonios aportados por José María Posse -Tiempos de construir: de ingenieros civiles a industriales azucareros- “un prominente sacerdote, José Eusebio Colombres, plantó en su quinta de El Bajo los primeros surcos de caña, utilizando semillas cuya procedencia se desconoce y que podrían haber sido traídas del Alto Perú.

“Utilizando un rústico trapiche de madera movido por bueyes, trituraba cañas mediante procedimientos igualmente primitivos, logrando transformar su jugo en una azúcar oscura, sin refinar.

“La iniciativa de Colombres fue imitada por varios vecinos de la ciudad y pronto El Bajo comenzó a poblarse de cañaverales que se extendían paulatinamente en los alrededores de la ciudad, para luego pasar a los actuales departamentos de Cruz Alta y Lules donde se encuentran los ingenios más antiguos de la provincia.”

Para la década de 1850 poco habían cambiado los métodos de producción del dulce elemento. En 1852 hubo algunas innovaciones, como el reemplazo de las piezas de madera de los trapiches por hierro.

Pero no fue hasta la asociación entre Baltazar Aguirre, tucumano, y Justo José de Urquiza que comenzó el proceso de modernización. Si bien esta experiencia puntual no arrojó los resultados esperados la semilla quedó. Urquiza dispuso del dinero en la inversión y Aguirre aportó las tierras y el capital de trabajo. Con la asistencia de los ingenieros franceses Luis Dode y Julio Delacroix montaron un ingenio y en 1864 incorporaron una máquina de vapor que trajeron desde Europa. “Desaparecieron para siempre los trapiches de madera y se ingresó a la era del vapor, en todas sus manifestaciones –nos informa el autor citado-. Ello se tradujo en una verdadera explosión industrial, lo que transformó de manera fundamental la economía de la provincia.”

La moderna maquinaria consistía de “…un trapiche de fierro de dimensiones bastantes grandes, movido por una rueda hidráulica; dos defecadores y cuatro evaporadoras a vapor; al aire libre; dos filtros para negro animal; un tacho al vacío; dos monta caldos; una turbina centrífuga; un horno para fabricación del negro animal y sus accesorios; un alambique continuo; varias bombas, y dos generadores (calderos) para una fuerza de 20 caballos, destinados a suministrar todo el vapor necesario para la fábrica Fabricaron azúcar y alcohol.”

 

Una iniciativa frustrada

Pero, como anticipáramos, la sociedad de Urquiza con Aguirre no prosperó. “A la serie de contratiempos técnicos –afirma Posse-, se le sumaron desinteligencias numéricas con los contadores de Urquiza. Finalmente la experiencia terminó y las máquinas fueron vendidas por partes a otros industriales. Por esta razón se lo considera como pionero de la industria azucarera moderna en Tucumán.”

Entre los contratiempos citados se toparon con la falta un caudal adecuado de agua para mover la enorme rueda hidráulica. Para salvar la situación construyeron una gran acequia con su acueducto, “lo que encareció significativamente los costos que ya de por sí habían superado ampliamente el presupuesto inicial. No fue fácil la tarea ya que su caudal quitaba riego a otras fincas productivas” y tuvieron que negociar con los vecinos perjudicados y los jueces de agua que hacían cumplir el reparto justo del agua. Todo ello obstaculizó la puesta en marcha de las nuevas maquinarias.

Llegada a la primera zafra esta no rindió lo esperado. El agua del acueducto no era suficiente para hacer mover la maquinaria.

Por otra parte el citado Posse sostiene que los socios que representaban a Urquiza se impacientaban porque “no veían posible recuperar la inversión en mediano plazo y mucho menos ver las ganancias prometidas por el tucumano.

“Finalmente el ingenio fue clausurado por los representantes de Urquiza, entre acusaciones de inoperancia y mala administración, además de la palmaria realidad que la empresa no generaba mínimamente los efectos esperados. Lo cierto es que el general Urquiza dejó de enviar los vitales recursos financieros con los que Aguirre contaba en aquellos primeros tiempos; fue así como el primer ingenio moderno se fue a la ruina. El ingenio Floresta fue cerrado y sus partes fueron compradas por otros industriales.”

Es verdad también que Urquiza asumía múltiples actividades que seguramente le impedían dedicarse exclusivamente al negocio. Por esa época era presidente de la Confederación y en 1859 tuvo que encabezar la campaña que culminó con la batalla de Cepeda para intentar la reincorporación de la provincia de Buenos Aires al territorio nacional. Dos años después fue el turno del combate de Pavón que lo tuvo como comandante de las tropas entrerrianas.

1/3/24

Libras y rieles en la balanza: "la soberanía no puede ser objeto de discusión"

Transcripción del artículo publicado en la revista Qué, año I, Nº 1 de agosto de 1946 describe cómo el primer ministro de Economía del gobierno de Juan Domingo Perón negociaba con una misión británica la nacionalización de los ferrocarriles, en ese entonces en manos de inversionista ingleses. Se concretaba así el sueño de Raúl Scalabrini Ortiz, que tanto había pregonado por recuperar este estratégico medio de comunicación y transporte para el estado argentino.

 

Banco Central. Son las ocho de la mañana. En su despacho rojo, de la parte media del edificio, un hombre de menos de sesenta años, bajo, rechoncho, de cabellos negros y duros, peinados hacia atrás, ojos vivos y saltones, repasa con displicencia los informes que, sobre la negociación con Gran Bretaña, artísticamente escritos a máquina le han preparado los técnicos de la institución. Un grueso cigarro entre los labios, de la mejor calidad, despide aromáticas volutas. Este hombre ejerce la jefatura de la economía argentina. Desde ese despacho rojo tiene a su alcance todas las palancas del comando financiero.

Los peones del Banco están todavía haciendo la limpieza; los directores y hasta los mismos empleados no han llegado, pero don Miguel Miranda, presidente de la institución, hállase allí para empezar su fatigosa jornada, sin otra compañía que la de sus secretarios, en la sala contigua, y de las personas a quienes ha citado, que aguardan en la sala de espera. Para verlo a don Miguel hay que estar a las ocho. Industrial poderoso, hijo exclusivo de su esfuerzo, ha trabajado toda su vida y no sabe hacer otra cosa. Se afirma que sus entradas mensuales oscilan entre 300.000 y 400.000 pesos, a pesar de lo cual sigue siendo un obrero, a quien la prosperidad no ha inducido ni a mudarse de barrio. En la calle Directorio, junto a una de sus fábricas, tiene su casa.

 

Llega la misión

Miguel Miranda
Han dado las diez. Con puntualidad británica se anuncia en ese mismo instante la misión comercial del Reino Unido. La preside Sir Wilfrid Eady nacido en la Argentina hace algo más de medio siglo. Es bajo, rubicundo, cargado de hombros, miope. Su poco aventajada estatura contrasta con la de los demás miembros de la misión, hombres jóvenes, rubios, elegantes, que parecen salidos de una estampa londinense. Mezclado con ellos llama la atención un verdadero atleta, enorme, cano, de mandíbula y hombros cuadrados. Se diría que nos hallamos en presencia de un boxeador. Alguien apunta un chiste:

— Claro, como le ha ido tan mal a Sir Percival Liesching, lo traen a éste para que los defienda,

Los negociadores británicos son introducidos al despacho rojo y, después de los saludos de rigor, comienzan las conversaciones. Un cuerpo de taquígrafos registra todas las palabras que allí se pronuncian, para que a la tarde misma el presidente de la república tenga sobre su mesa de trabajo una versión fiel y completa de lo acaecido.

 

Inusitado exordio

Miranda, que no es un hombre al que le guste perder el tiempo, rompe el fuego:

— La República Argentina y el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte — empieza diciendo don Miguel — son dos naciones soberanas e iguales en el terreno del derecho internacional. Por lo tanto, todo lo que afecte la soberanía y libre determinación, en sus asuntos internos, de cualquiera de ellas, está expresamente excluido de estas conversaciones.

Las circunstancias — prosigue — han colocado a la Argentina en la posición, que no ha buscado, de acreedora de Gran Bretaña. Por consiguiente la Argentina dispensará a la gran nación amiga el mismo trato que, como deudora, ha recibido de ella; es decir, un trato cordial.

Sir Wilfrid contempla a don Miguel por encima de sus anteojos, como preguntándose: ¿A dónde irá este hombre con semejante exordio, tan poco diplomático? Los jóvenes negociadores ingleses abren los ojos, evidentemente sorprendidos. El entrecano boxeador — llamémoslo así — arruga el ceño. Los mismos negociadores argentinos están un poco nerviosos, y el más cercano a don Miguel, disimuladamente, le da un tirón del saco.

 

Primer round

Sir Wilfrid toma entonces la palabra. Comienza a detallar los perjuicios que la nacionalización del Banco Central y el nuevo régimen de seguros ocasionan a la economía inglesa en los negocios que tiene radicados en nuestro país, y... Pero no hace nada más que empezar, porque don Miguel le interrumpe:

—El régimen bancario y el régimen de seguros son, en la República Argentina, asuntos internos de su exclusiva incumbencia. Ya le previne, sir Wilfrid que, por lo tanto, no podían ser objeto de estas conversaciones.

 

Los ferrocarriles

El impacto es acusado; pero sir Wilfrid, a quien le sobran condiciones de hábil diplomático, se repone. Con palabra pausada, tranquila, recuerda que la República Argentina tiene bloqueadas en el Banco de Inglaterra alrededor de 140 millones de libras esterlinas, correspondientes al precio de los suministros que recibió Gran Bretaña de nuestro país durante la guerra y que Gran Bretaña no se halló en condiciones de abonar. Luego ofrece en venta los ferrocarriles británicos —¡nada menos! —, a pagar con parte de esos fondos bloqueados. Sería cuestión, solamente, al decir de Mr. Eady, de discutir el precio.

—No me interesan los ferrocarriles — contesta Miranda.

Ante corte tan repentino de la conversación, que provoca el consiguiente revuelo, don Miguel explica:

—Ustedes me van a disculpar que les hablé con tanta franqueza; pero yo poseo un temperamento hecho en el trabajo y en los negocios, que no podría cambia a esta altura de mi vida. Esta, por otra parte, no es una misión diplomática, sino comercial. Y en el comercio — lo tengo bien aprendido — no hay nada mejor que hablar claro.

Haciendo una excepción al principio de que no hay ningún motivo para explicar a la otra parte, en un negocio, cuáles son las razones que le asisten a uno para tomar la posición que se le ocurra, les diré —prosigue Miranda — que, para la República Argentina, no sería ventajoso, en este momento, adquirir los ferrocarriles británicos con las libras bloqueadas. Como esas libras no son del Gobierno, sino de los tenedores de billetes que con su respaldo ha entregado el Banco Central, tendríamos que emitir un empréstito interno para disponer de ellas, equivalente a la suma que pagásemos por los ferrocarriles. Ese empréstito interno, dada la saturación de la plaza que el mismo provocaría, no podría lanzarse a menos del 4 por ciento. Emitir papeles del 4 por ciento para adquirir una industria que rinde el 2, es un negocio que no me cabe en la cabeza.

 

Deudas y deudos

Yo les voy a proponer otra cosa: les renuevo los 140 millones de libras esterlinas en préstamos, al mismo interés que les fijaron sus aliados norteamericanos, es decir, al 2 % por ciento. Ustedes nos pagarán con maquinarias y artículos manufacturados, que nos hacen falta. Los ferrocarriles ya los tenemos y están prestando servicios.

Sir Wilfrid pierde un poco la calma, y por primera vez sus modales se hacen más rápidos. Arguye, con cierto calor, que nuestro crédito no es una deuda común; que Inglaterra la ha contraído para salvar a la humanidad y que, por lo tanto, tiene derecho a que se le dispense un tratamiento humanitario para solventarla.

—También San Martín — interrumpe Miranda — luchó por la libertad de América, y los banqueros británicos le cobraron el 8 por ciento de interés compuesto. Ahora Inglaterra ha contraído una deuda y tiene que abonarla, o, en su defecto, servir los intereses.

— ¡Pero el señor presidente —replica sir Wilfrid en tono más agudo — trata este asunto como si fuera un negocio!

—No, señores —responde Miranda—, lo trato con la mano sobre el corazón. Negocio hicieron los que le impusieron a Gran Bretaña, en los días más trágicos de su historia, la obligación de "pague y lleve". Nosotros, durante seis años, colaboramos en el triunfo de la libertad del mundo — como usted dice — exigiéndole solamente a ese gran país: "lleve y anote", y no le cobramos un centavo de interés por productos que eran esenciales para la subsistencia del pueblo inglés y de sus aliados, facturándoselos además a precios infinitamente más módicos (20 por ciento de aumento) que los que Gran Bretaña nos facturó a nosotros por sus mercaderías (75 a 80 por ciento de aumento). Pero me parece que ya hemos hecho bastante. Terminada la guerra, ha llegado el momento, en los términos más amistosos, de regularizar esa situación, que ustedes admitirán que no es regular.

 

El atajo

Mr. Eady busca entonces, hábilmente, el atajo. Propone considerar conjuntamente la cuestión de los ferrocarriles y el empréstito. Según fueran las franquicias que nuestro país otorgara a los ferrocarriles británicos, al vencimiento de la ley Mitre (que fenece a fin de año), así se calcularía el tipo de interés del empréstito por los 140 millones de libras. Se serviría el empréstito con lo que redituaran los ferrocarriles. “Son problemas conexos…”

- No – interrumpe Miranda-; tratemos primero el empréstito, porque consiste en la regularización de una deuda que no puede seguir indefinidamente así. Después hablaremos de los ferrocarriles.

 

Fe en la palabra británica

Nuevo impacto. Sir Wilfrid explica entonces que Gran Bretaña, metida en ese brete, si contrae el empréstito que le propone, no va a poder pagarlo.

—Un gran presidente argentino — recuerda Miranda — le dijo a su pueblo que debía ahorrar sobre el hambre sed para abonar los empréstitos británicos que estaba en la obligación de servir. Yo sé lo que vale la palabra británica y estoy seguro de que si Inglaterra promete cumplir, cumplirá. Por otra parte, no ignoro las dificultades de postguerra que afligen a Gran Bretaña; por eso no hago cuestión de plazo. Que el deudor amigo se tome todo el tiempo que necesita; pero que pague. Don Miguel es un verdadero bulldog que ha atrapado a su contendor y que no lo deja moverse.

Sir Wilfrid ya ha perdido la prestancia diplomática y se revuelve en su sillón. Explica que Inglaterra, si tiene que servir los intereses de suma tan enorme, carecerá de divisas para comprar las carnes argentinas; y pregunta, alarmado:

— ¿Qué hará la Argentina si, a pesar de toda nuestra necesidad y nuestro, deseo, no le podemos comprar sus carnes?

—El control de cambios — responde Miranda— ha servido durante muchos años para subvencionar los granos con la carne. El Gobierno ha podida retribuir el esfuerzo de los agricultores argentinos — aunque se quemaran y se pudrieran parte de sus cosechas— con los ingresos de los ganaderos. Y bien: si ahora ustedes no nos llevan las carnes, como los granos han alcanzado cotizaciones nunca vistas, procederemos a la inversa: pagaremos a los ganaderos con las ganancias de los agricultores. La única diferencia radica en que la carne de exportación se podría distribuir gratuitamente entre la población argentina necesitada. Ya ve, señor, que no puedo ser más franco y que, seguramente, procedo con no mucha perspicacia comercial al poner todas mis cartas sobre la mesa. Pero a mí me gusta hablar claro.

 Mea culpa

— ¡Es que si todas las naciones procedieran así —dice, elevando la voz, sir Wilfrid, que parece muy intranquilo —, se acabaría el comercio internacional, e Inglaterra, en bien de la reconstrucción del mundo, aspira a comerciar con todas las naciones de la tierra!

—El comercio libre, la ausencia de trabas en el mercado internacional — responde Miranda— fue siempre el desiderátum de mi país, porque, produciendo más barato que los demás, era también su conveniencia. Si alguna vez la Argentina tuvo que entornar las puertas de su intercambio, fue a disgusto; obligada por los acuerdos imperiales de Ottawa.

Sir Wilfrid, recobrada enteramente su flema, da por terminada la conversación con esta sentencia pronunciada en voz grave:

—Tiene razón el señor presidente. Estamos pagando las consecuencias de nuestros propios errores.

De retorno

La misión británica se retira, cejijunta. El boxeador cierra los puños. Las manos de sir Wilfrid tiemblan un poco. Los demás jóvenes negociadores no alcanzan a comprender lo que ha pasado. Es que se ha desarrollado, en las relaciones entre los dos países, el acto quizá más trascendental de la historia.

Y la negociación sigue su atrancado curso, ante el inminente vencimiento de la cuarta renovación del pacto Roca -Runciman, que tendrá lugar, indefectiblemente, el 20 del actual.

Don Miguel Miranda se encamina a la Casa de Gobierno, saboreando su clásico habano, a cambiar impresiones con el presidente de la república. Alguien que lo conoce, le dice a un compañero:

— ¿Ves a ese gordito petiso? Es el presidente del Banco Central. Me aseguraron que antes era tachero.

 

Qué, año I, Nº 1 de agosto de 1946.

El semanario Qué pasó en siete días fue fundado en Bs. As. el 16 de mayo de 1946. Lo dirigieron en sucesivas etapas Baltazar V. Jaramillo desde 1946. Clausurada volvió a editarse en 1957 bajo la dirección de Rogelio Frigerio, y en su tercera etapas desde 1963, dirigida por Narciso Machiandiarena y Rogelio Frigerio, y desde 1964 hasta su cierre en 1965, por Alfredo Garófano, subdirectores: Rogelio Frigerio y Marcos Merechensky, y secretario de redacción: Gregorio Verbisky.

18/2/24

La entrerriana que descubrió el uranio

Rubén I. Bourlot

 

La Asamblea General de las Naciones Unidad declaró el 11 de febrero Día Internacional de las Mujeres y las Niñas en la Ciencia mediante una resolución fechada el 22 de diciembre de 2015.

Es oportuna la fecha para desgranar unos párrafos de reconocimiento a la científica entrerriana que abrió el camino a la exploración del uranio en el territorio patagónico.

Este reconocimiento tiene un doble valor. Por un lado es una contribución a la historia de la ciencia en la provincia que hasta hoy permanece marginada de los textos de divulgación histórica, y por el otro una reivindicación al papel de las mujeres que se dedicaron a actividades que tradicionalmente les son hostiles. Y decimos hostil porque la actividad de la geología y similares estuvo monopolizada por hombres; implicaba trabajar en terrenos de difícil acceso a los que tal vez las mujeres estaban menos habituadas. Más aún, en una sociedad que encasillaba fuertemente los papeles que debían ocupar hombres y mujeres, el hecho de realizar tareas fuera de las tradicionalmente asignadas a la mujer que era el hogar con la maternidad y los cuidados, cercenaba cualquier vocación que escapara de esos cánones. Recordemos que el ejercicio del magisterio, un trabajo que se consideraba “femenino” por su similitud con las tareas hogareñas de enseñanza de los hijos, también implicaba la renuncia de la mujer a su plenitud en tanto en muchos casos se le tenía prohibido casarse y por lo tanto tener hijos y formar una familia.

Una de las protagonistas que se atrevió a traspasar esas barreras invisibles, o no tanto, fue la doctora María Teresa Carri de Riggi, la segunda mujer geóloga egresada de la Universidad de Buenos Aires en 1930 (Edelmira Mórtola fue la primera geóloga de la República Argentina al obtener, en 1921, el título de doctora en Ciencias Naturales de la Universidad de Buenos Aires).

En una ponencia presentada por Víctor Alberto Ramos (también geólogo) en el Sexto Congreso Argentino de Historia de la Geología, realizado en Tucumán el 6 de octubre de 2023, titulada “El Expediente secreto de la Comisión Nacional de Energía Atómica” descubre a la paranaense protagonista de esta historia “que por más de 50 años estuvo encargada del Museo de Minerales y Rocas de la antigua Dirección de Minas y Geología. Esta fascinante historia nos muestra cómo una serie de hechos fortuitos produjeron estos importantes hallazgos.

“La ‘Doctora’ Riggi fue una de las primeras geólogas argentinas egresada de la Universidad de Buenos Aires que tuvo una larga carrera profesional. Sin embargo, es poco conocido que a ella le debemos el hallazgo de las primeras evidencias que llevaron a descubrir yacimientos de uranio en la Patagonia. Esas primeras evidencias condujeron a que hoy día sea esta región la que tenga las mayores reservas de minerales uraníferos del país.”

María Teresa nació en Paraná, Entre Ríos, el 11 de julio de 1906. Estudió el nivel secundario en el Liceo Nacional de Señoritas de Buenos Aires y entró en la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires en 1926. En marzo de 1930 terminó sus exámenes, pero en esa época no se expedía un título si no se terminaba una tesis doctoral. Recién en marzo de 1949, de acuerdo con las nuevas reglamentaciones, solicitó y le otorgaron el grado de Licenciada en Ciencias Naturales con orientación en geología. En 1936 se casó con Agustín Riggi, también geólogo.

 

A la búsqueda del uranio

Su trabajo profesional fue realizar estudios de minerales y yacimientos en la Dirección de Minas y Geología donde ingresó en 1932. Su primera función, en ese mismo año, fue la de jefe del Museo de Mineralogía y Geología, fundado por Henry Hoskold en 1890.

Llevó a cabo trabajos de campo en San Luis, Córdoba, Buenos Aires y el norte de la Patagonia. En esta última región estudió yacimientos carboníferos, que en ese momento se intentaban correlacionar con los de Chile que se encontraban en plena explotación.

En 1950 dejó la Dirección de Geología y pasó al Servicio de Economía Minera. En esos años, analizando en la colección de minerales y rocas del museo -según sus declaraciones más de 30.000 muestras-, encontró la presencia de minerales radiactivos. Trabajó sobre las muestras de areniscas asfaltíferas, colectadas por Anselmo Windhausen, procedentes del valle superior del río Chico y detectó la presencia de mineralización de uranio. Estos datos se complementaron al constatar que las perforaciones petroleras realizadas en este sector de la cuenca tenían en sus perfiles gamma anomalías radiactivas.

La presencia de uranio se encuentra localizada en la formación Río Chico y en la de Cerro Barcino del Grupo Chubut. Esta mineralización aloja actualmente en un solo yacimiento más de 5.000 toneladas de uranio constituyendo la reserva de minerales radiactivos más importante del país.

El uranio se utiliza principalmente como combustible que se usan en las centrales nucleares que en nuestro país son las de Atucha y Embalse de Río Tercero para producir energía eléctrica libre de emisiones de dióxido de carbono. Argentina integra el reducido número de diez países que dominan el Ciclo de Combustible pero actualmente, según un informe oficial, no se desarrolla la cadena completa en el país (no se llevan a cabo las actividades de explotación y concentración de uranio) por las restricciones impuestas por grupos de presión, principalmente ambientalistas multinacionales.

 

La Comisión de Energía Atómica

Como consecuencia de estos hallazgos a fines de 1952 fue invitada a ingresar en la flamante Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) donde se desempeñó como Jefe del Departamento de Geología y Minería por varios años. La CNEA a través de un expediente reservado felicitó a la Doctora Riggi por la iniciativa y los estudios que dieron por resultado los descubrimientos de minerales radiactivos.

Durante su permanencia en la CNEA continuó trabajando en el estudio de areniscas procedentes de la región patagónica para identificar nuevos yacimientos de uranio.

A partir de 1961, por solicitud de las autoridades de la Secretaría de Minería, fue adscripta nuevamente a la Dirección Nacional de Economía Minera, y en 1962 se desempeñó como jefa del Departamento de Promoción de la Producción Minera.

Como complemento a sus actividades en la Dirección Nacional de Economía Minera el Instituto Nacional de Geología y Minería, bajo la conducción de Roberto Tezón, le encomendó, en 1965, la instalación de la Exposición Minera Industrial Permanente que la tuvo al frente hasta su jubilación. En 1975 la presidenta María Estela Martínez de Perón la felicitó al cumplir el décimo aniversario de la exposición. La misma estaba orientada principalmente al público escolar y en general para vincular a la comunidad con la actividad minera nacional. La misma estuvo abierta hasta 2018 cuando el gobierno de entonces deja sin espacio a la exposición.

En 1986, a los 80 años,  se acogió a la jubilación y falleció en 1989.

 

Ponencia de Víctor A. Ramos: “El Expediente secreto de la Comisión Nacional de Energía Atómica” presentada en el Sexto Congreso Argentino de Historia de la Geología.

https://youtu.be/1sp7DW7mTVo

29/12/23

Hacia una redefinición del trabajo

 Rubén I. Bourlot


Desde hace algunas décadas presenciamos una euforia por definir los tiempos contemporáneos. Para algunos estamos viviendo en la postmodernidad, asistimos a fin de la Historia sustentada en la idea de globalización y en la explosión tecnológica. A fines del siglo pasado la idea de que habitábamos una aldea global suponía la desaparición de los conflictos de nacionalidades, de la puja de las culturas para conservar o construir sus respectivas identidades. Todo esto bajo la vigilancia de la pax imperial. Los hechos cotidianos y los sucesos globales en las primeras décadas del siglo XXI tienden a desmentir estas teorías de fin de milenio. Por ello también son tiempos de rectificaciones.

Si podemos hablar de algún tipo de globalización tenemos pensar en el mercado, verdadero dios pagano de la modernidad. El mercado acompañó las grandes conquistas, desde las cruzadas hasta nuestros días. La globalización mercantil que hoy interconecta al Mundo a una velocidad impensada hace un siglo (Internet, jumbos, satélites, cohetes intercontinentales) se anudó con la expedición de Magallanes - Elcano cuando amanecía el siglo XVI. Por lo tanto no es un fenómeno tan nuevo para estos tiempos de inmediatez. Es un acontecimiento propio de la Modernidad europea.

Es en este contexto que el trabajo humano ingresó como un componente más del mercado, integrando las cadenas de producción y comercialización, convirtiéndose en una variable más de los costos y en una mercancía. Así se justificó el comercio de esclavos, no ya la utilización de mano de obra esclava de las épocas preburguesas. El esclavo era mano de obra y mercancía. El esclavo abarataba los costos de producción de materias primas en las colonias y de manufacturas en las metrópolis. Las revoluciones sociales incorporaron los derechos ineludibles de los trabajadores y la esclavitud corrió el riesgo de desaparecer. No obstante el propio mercado recobró la iniciativa: flexibilización laboral, pérdida del poder adquisitivo de los salarios, reemplazo de trabajo humano por artefactos (robótica) contribuyen hoy a transferir el fruto del trabajo a los dueños de los medios de producción. Para ello el mercado ha sustituido al estado, a la política, como depositarios y administradores del poder. El poder del pueblo, un postulado de la modernidad, es una entelequia hoy más que nunca. El poder ha sido expropiado por el mercado.

Se plantea el fenómeno de la desaparición del trabajo en las formas que conoció la humanidad desde sus orígenes. El trabajo poco a poco se convierte en un privilegio de una clase social intermedia entre la aristocracia propietaria del mercado y los pobres que se deben conformar con las migajas de la “economía informal” y los planes sociales. En este contexto, heredero del más puro malthusianismo, sobran millones de personas.

Frente a esta realidad es necesario abrir un paréntesis para reflexionar y repensar el sentido del trabajo humano. No como un engranaje en la maquinaria de producción de bienes (o males) y servicios, un componente más del costo, una variable económica. El trabajo es parte de la dignidad del hombre. El hombre ganará el pan de cada día con el sudor de su frente dice la milenaria consigna. El trabajo es una experiencia vital, un acto cultural y una manera de servir a la comunidad. La persona humana se realiza mediante el trabajo, se constituye parte de su comunidad siendo útil, aportando su trabajo, cumpliendo una función (Aquello no era trabajo, / Mas bien era una junción, al decir del Martín Fierro). Desde este punto de vista no pueden existir desocupados y por ende miembros de la comunidad que no puedan satisfacer sus necesidades de alimento, abrigo, descanso y esparcimiento. La máquina, la tecnología son sólo instrumentos creados por el hombre para servir al hombre, para aliviar tareas penosas, para explorar nuevas experiencias propias de la cultura. No es concebible justificar la marginación de parte de la sociedad, sacrificar millones de personas, como un precio a pagar al avance tecnológico. La máquina no es responsable de las injusticias, de la miseria, de la guerra. La ruptura de la armonía entre el trabajo que transforma la energía física e intelectual del hombre en bienes culturales, y el descanso - alimentación - esparcimiento, por los cuales el hombre recupera esas energías; es responsabilidad de la lógica del mercado, que acumula los bienes producidos en pocas manos para luego distribuirlas - venderlas con la mayor ganancia posible.

Es necesario dar una vuelta de tuerca para reinventar el trabajo, desvinculándolo del mercado.

 

El hombre americano y el trabajo desde una nueva perspectiva

El hombre americano es producto de la fusión de culturas autóctonas con las oleadas de pueblos europeos peninsulares, impulsadas por las energías mercantiles pero también motivadas por ideales cristianos. Evangelizar a los indios implicó, más allá de gruesos y trágicos errores de apreciación, un esfuerzo para incorporar el otro a la ecúmene, ese otro que rechazaban, en nombre del puritanismo, los anglosajones que arribaron a la costa atlántica del norte de América.

La cultura hispanoamericana es una cultura trascendente. La comunidad, el cuerpo social tiene un horizonte de más allá. En otra dimensión puede hallar la salvación. El pueblo americano es un pueblo creyente con la misma fuerza e ingenuidad de sus antepasados indios. Los mitos y leyendas de las cosmovisiones americanas fueron el germen de su destrucción histórica pero a su vez fueron capaces de trascender en la nueva realidad cultural. De lo material nos quedan ruinas monumentales en medio de la maraña; de lo espiritual permanece vivo casi todo, imbricado, mimetizado en las culturas de la América morena. Es en los rincones más remotos del subsuelo social donde perdura viva la llama de una nueva redención; en los arrabales de una comunidad fracturada entre la opulencia de los edificios de vidrio y acero, la pobreza extrema entre las chapas y los cartones de las favelas y villas. Es en este submundo que para los politólogos son sectores NBA - con necesidades básicas insatisfechas - donde permanece latente el reservorio de dignidad humana, donde se conserva la llama de la esperanza por un más allá superador de las miserias actuales.

Desde esta América, podremos reinventar el trabajo con otra perspectiva, reconstruir una cultura donde el trabajo sea un componente imprescindible. Repensar el mundo, no como una aldea global sino como una sumatoria de comunidades integradas por fuertes lazos de identidad y solidaridad. Repensar y recrear el estado como la realización suprema de la comunidad organizada, su expresión más acabada, que sintetiza las aspiraciones de sus miembros. Este estado sustentado en las relaciones de trabajo y no en las relaciones económicas como las concibe el liberalismo, será el único que garantizará la justicia, la paz social y la prosperidad de los pueblos.


15/12/23

Beatriz Bosch, la historia con perfume de mujer

Rubén I. Bourlot

El 23 de noviembre de 1967 Beatriz Bosch fue designada miembro correspondiente por Entre Ríos en la Academia Nacional de la Historia (ANH), la primera mujer en ocupar ese sitial, publicaba EL DIARIO. Días después en Paraná se le ofreció un homenaje donde habló el historiador Juan Carlos Wirth (La Acción, 5 de diciembre de 1967).

La dilatada trayectoria de Bosch en el campo de la docencia y la historia comprendió gran parte del siglo XX. También incursionó en la literatura y el periodismo.

Nacida en Paraná en 1911, egresada como profesora de Historia de la entonces Facultad de Ciencias Económicas y Educacionales que dependía de la Universidad Nacional del Litoral, en los últimos años estuvo radicada en Buenos Aires donde falleció en 2013.


En el acto de incorporación a la ANH presidió la sesión su presidente Miguel Ángel Cárcano que dirigió la palabra para referirse a su obra como historiadora y también lo hizo el académico Ricardo Caillet Bois. La exposición de Bosch estuvo referida "Urquiza y el levantamiento de Felipe Varela", investigación  que llevó a cabo a partir de los fondos documentales de Urquiza y Benjamín Victorica. Días después, en el homenaje realizado en Paraná, Juan Carlos Wirth dijo: “las letras entrerrianas están de fiesta. Beatriz Bosch, la severa investigadora de nuestra historia, la escritora de estilo prieto y lleno de vida a la vez recibió finalmente el galardón máximo que tiempo ha merecía. (…) Beatriz Bosch estaba dando los mejores afanes de su intelecto, de su luz, allí resistió con alma indómita el malón del envilecimiento, allí la conocí, sin desfallecimientos ni lamentaciones, rechazando con suprema entereza su pretense degradación, para elevarse a una altura moral inigualada.”

Mujer en un mundo de hombres

Beatriz Bosch fue pionera como mujer en el campo de los estudios históricos en provincia y en el país. A mediados del siglo XX eran pocas las mujeres que se dedicaban a la investigación histórica. En una entrevista cuenta que “eran muy pocas las historiadoras. Con respecto a mi experiencia personal, la primera vez que fui al archivo (General de la Nación), me recibió el Vice-Director y tan asombrado estaba porque era la primera vez que iba una mujer a investigar sola, por su cuenta, que me obligó a que dirigiera una nota de autorización al Ministro de Instrucción Pública. La asistencia al archivo era completamente masculina, pero los colegas me recibieron con simpatía, y no sin curiosidad… eso me favoreció mucho, uno era hermano del Presidente del Colegio de abogados de Buenos Aires y entonces eso me ayudó a tener vinculaciones.” (Suarez, 2007).

Pero también en su propia provincia le costó mucho insertarse en el campo de la investigación histórica. En un ambiente dominado por varones, y en general muy veteranos, una mujer joven que pretendía hurgar en la historia era algo demasiado temerario. “Empecé a investigar aun antes de recibirme –contó en una entrevista (Bazán, 2011)- (…). El primer trabajo, un trabajo chiquito de una revista que se llamaba FIDES órgano de la asociación estudiantil universitaria de Paraná en el año 1932, ese es el primer trabajo.”

“Cuando yo empecé a trabajar fui muy mal recibida en el ambiente lugareño… Yo era una atrevida que pretendía trabajar como esos señores. Sí, entre los que trabajaban, me refiero a los que publicaban… me hicieron mala fama en Paraná y tuve mejor relación con los historiadores de Santa Fe. Con José Luis Busaniche, que fue mi profesor (…). Cuando me gradué me mandó uno de sus libros con una dedicatoria muy elocuente…” (Suarez, 2007).

En cambio en Paraná “cuando publiqué el primer libro se lo mandé por personal respeto a (César Blas) Pérez Colman, era Camarista Federal y nos había dado Instrucción Cívica en la Escuela Normal. Habían puesto la hora de clase a las doce para que él pudiera ir a la Cámara. Conversaba conmigo a la salida porque yo vivía a una cuadra de la Escuela, mis amigas me hacían algunas bromas… Era muy interesante lo que me decía, pero cuando me vio por primera vez en el archivo no-me-miró-más.

“Yo le mandé el primer libro, por respeto, y después de cinco meses me mandó una tarjetita adonde decía que ‘reflejaba mi amor a Entre Ríos…’”

No hay dudas que fue un triunfo su nombramiento como miembro correspondiente por Entre Ríos en la Academia Nacional de la Historia, la primera mujer en la historia de una institución poblada de hombres. Había sido fundada a fines del siglo XIX como Junta de Historia y Numismática Americana por Bartolomé Mitre y durante años fue la principal divulgadora de la interpretación mitrista de nuestro pasado. En 1986 fue la segunda mujer en incorporarse a la Academia como miembro de Número. Fue también miembro correspondiente de la Real Academia de Historia de Madrid, de las Academias de Historia del Perú, de Bolivia, de Puerto Rico, del Paraguay y de Venezuela, de la Academia de Geografía e Historia de Guatemala, del Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay, y del Instituto Histórico y Geográfico Brasileiro.

La historia en el papel

Producto de sus investigaciones publicó numerosos libros y artículos en revistas especializadas. Sus desvelos se centraron en rescatar la figura y la labor del general Justo José de Urquiza pero no dejó de lado otros terrenos de la historia entrerriana como la gobernación de Lucio Mansilla, la actuación de Alejo Peyret en la organización de la colonia San José, la labor periodística de José Hernández o el Pacto Federal de 1831. “Mi lista bibliográfica denuncia hasta hoy 369 títulos entre libros, estudios parciales, juicios y reseñas bibliográficas, artículos, prólogos, estudios preliminares a obras de otros autores” manifestó en el discurso que pronunció en la Academia Nacional de la Historia cuando le realizó un homenaje en 2002 con motivo de sus 90 años.” La lista completa actualizada llega a 377 publicaciones.

De esa extensa lista libros s podemos nombrar Sarmiento y Urquiza; del unitarismo al federalismo (1938), Urquiza, gobernador de Entre Ríos 1842-1852 (1940),  Urquiza el Organizador (1963), Urquiza y su tiempo (1971), Alejo Peyret, administrador de la Colonia San José (1977) e Historia de Entre Ríos (1978).

También acumuló una enorme biblioteca de unos 15.000 volúmenes que actualmente se encuentra en la Biblioteca Provincial, en Paraná.

Para seguir leyendo

Bazán, Ricardo César (2011). Una entrevista a Beatriz Bosch, en

https://historiasdelasolapa.blogspot.com/2011/12/una-entrevista-beatriz-bosch.html


Un Ilusionista “indiano” en Paraná

Rubén I. Bourlot

En los comienzos del siglo XX eran comunes los espectáculos que brindaban los magos, ilusionistas, predisgitadores, espiritistas y otras yerbas, que en Paraná tenían como escenario el teatro 3 de Febrero.

El arte de la magia viene de muy antiguo y es heredera de las primitivas religiones que las comunidades humanas apelaban para explicar su existencia y la del mundo que las rodeaba. Los magos eran los sabios, poseedores de los conocimientos ocultos y sobrenaturales capaces de explicar lo que la razón no podía comprender. Mucho más acá en el tiempo ese poder se fue devaluando y la magia, el ilusionismo, se transformó en un entretenimiento para los abúlicos monarcas de las cortes europeas.

A fines del siglo XIX el francés Robert-Houdin fue el primero en reversionar la magia en un espectáculo que concitaba la atención de miles de personas. Tras su muerte le sucedió el húngaro Erik Weisz que adoptó el nombre de Harry Houdini (1874 – 1926) -un homenaje a su admirado antecesor-  y revolucionó el arte del ilusionismo con sus hazañas de escapismo imposibles.

En nuestro país el arte de lo aparente se popularizó en los teatros y cuando llegó la televisión ingresó a los hogares a través de las pantallas. Uno de los más reconocidos impulsores del ilusionismo televisivo fue Pipo Mancera en su programa Sábados circulares.

También la práctica de la magia llegó hasta los hogares donde había aficionados que deleitaban a familiares y vecinos con sus pruebas de fantasía. Habían aprendido en cursos a distancia, virtuales asincrónicos dirían hoy, en tiempos que no existía internet ni tutoriales de youtobe. Los cursos venían por entrega a través del correo que llegaba hasta los más lejanos puntos del país. Los dictaban academias que ofrecían los cursos de Fu Manchú -el mago inglés radicado en Argentina- y se publicitaban en las revistas de historietas. 


Ilusionistas indianos en Paraná

En 1913 una noticia aparecida en el diario La Acción de Paraná anunciaba el 13 de noviembre el debut en el teatro 3 de Febrero del “ilusionista indiano doctor Richards y Mme. Graci Richards cuyos experimentos tanto han llamado la atención en Montevideo, Buenos Aires, Rosario y Santa Fe”. Se prometían cuatro funciones de “una hora de magia blanca moderna y oriental terminando la primera parte con la preciosa ilusión: La Reina del Dado”. Luego se ofrecería una “parte científica dedicada a la culta Paraná. El doctor Richards presentará fenómenos mentales, impresiones personales y experiencias prácticas de ciencia profunda.”

El espectáculo terminaría con “la asombrosa experiencia El tanque de Neptuno.” Y finalmente la información acotaba que los comediantes, modestia aparte, “han sido declarados superiores a todos los artistas del género.”

El origen “indiano” es dudoso y no hay mayores referencias a la nacionalidad del matrimonio de ilusionistas pero encontramos en publicaciones similares de la época que era muy común asignarles ese origen exótico a estos artistas para agregarle valor al espectáculo. Por ejemplo, el diario La Capital de Rosario en 1915 anunciaba la llegada a esa ciudad del faquir Jumal Singh y en la crónica advertía que “todos decían ser originarios de la India pero buceando en sus biografías sus nacionalidades no respondían a tal afirmación. El nombre era una forma de estar más a tono con el personaje.”

 Gira americana

En la búsqueda de antecedentes de la pareja Richards -como el arqueólogo que, munido de palita y cepillo, rastrea en el suelo para hallar los restos de antiguas existencias y con la traza de unas pisadas impresas en la piedra o una vértebra petrificada puede reconstruir un dinosaurio- nos abocamos a escudriñar sus ecos en el territorio virtual que es internet y hallamos noticias sobre la actuación de los ilusionistas en diversos países del continente americano.

En los primeros días de noviembre de 1913 el llamado Dr. Richard había realizado funciones en Panamá, la última “dedicada a la colonia de EE. UU.” residente en el país.

Unos años antes, en 1910, lo encontramos en Puerto Rico donde un diario local informaba que “anoche debutó en este teatro el Dr. Richard, ilusionista científico de indiscutible mérito y lo mejor que hemos visto en esta clase de trabajos. Los de telepatía fueron muy celebrados y el tanque de Neptuno muy aplaudido. El Dr. Richard se propone dar varias funciones en este teatro durante la presente semana.”

En 1912 la pareja se encontraba actuando el Río de Janeiro (Brasil) donde presentaban “trabajos de magia blanca y magia oriental, y revelaciones científicas interesantes.”

Años después, en 1914, realizaban una nueva gira por el país actuando en el estado de Río Grande. En 1916 la dupla realizaba “La última tourneé en América” en Río de Janeiro con un programa que incluía “una hora de prestidigitación moderna”, experiencias sobre ciencias ocultas, trabajos mentales, la “asombrosa ilusión Princesa Karnac” que era un espectáculo de levitación y el número “O Cepo (prisión) de Kilán”. Para el día siguiente se anunciaba una matiné infantil. En octubre del mismo año se encontraban realizando funciones en el reconocido teatro Amazonas de Manaos y también en la ciudad de Aracatuba.

 
El tanque de Neptuno

Uno de los números más aclamados era el del Tanque de Neptuno, una ilusión que había impuesto nada menos que el gran escapista Harry Houdini unos años antes.

Se trataba de un recipiente cilíndrico gigante que se llenaba con agua con el mago en su interior -los mismos espectadores eran quienes cerraban su tapa con candados-. A los pocos minutos el protagonista escapaba del mismo, apareciendo donde el público menos lo esperaba.

La citada crónica de La Capital informa que también en el espectáculo de Jumal Singh “para agregar limpieza al efecto, el tanque se exhibía en el foyer del teatro durante todo el día, donde podía ser revisado por el público que visitaba la sala.” Y agregaba que “Jumal ha dejado atónito al público; el Tanque de Neptuno bien cerrado con fuertes cadenas y candados no ha sido abierto, y lo que la razón no quiere aceptar por hallarlo incomprensible, es que el indú (sic) salió del encierro sin derramar agua y sin que el público viera la puerta de escape.”

No hay referencias sobre la repercusión del espectáculo en Paraná pero suponemos que habría provocado la misma impresión. Tampoco encontramos detalles del número “La reina del Dado” que para 1920 lo seguían presentando según publica un aviso del diario panameño Estrella de Panamá.

Quintino Bocayuba: La visita de un repúblico brasileño a Paraná

Rubén I. Bourlot

El 4 de noviembre de 1900 arribaba a Paraná una delegación de periodistas del Brasil que realizaba una gira por distintas provincias. Encabezaba el grupo Quintino Bocayuba, destacado periodista, político republicano y diplomático que venía con los auspicios de haber sido uno de los impulsores del tratado de límites de la Misiones con del país vecino, luego malogrado. La gira se llevaba a cabo en el marco de la visita del presidente brasileño Manuel F. de Campo Salles.

Una embajada integrada por periodistas y vecinos paranaenses se dirigió a Santa Fe para dar la bienvenida a los visitantes. Una crónica de la época nos anoticia que “los viajeros desembarcaron en el Puerto Viejo, tributándosele entusiasta recepción en el Parque Urquiza, donde recibieron el saludo de la ciudad dado por el presidente municipal, Sebastián Vásquez, respondiendo el señor Bocayuba. En manifestación llegaron a la casa de gobierno, visitando el cuadro de Caraffa, que representaba el pasaje del río Paraná por el Ejército Grande y luego se dirigieron a la casa municipal, en que se sirvió un lunch, en cuya oportunidad habló  el periodista  Evaristo Carriego. Finalmente visitaron la Escuela Normal, oyéndose la palabra  de  su director, profesor Leopoldo Herrera.”


La revista Caras y Caretas del 10 de noviembre de 1900 informaba que “los representantes de la prensa brasileña, venidos a nuestro país con objeto de asistir a los festejos han transmitido a los diversos diarios de cuya redacción forman parte, entusiastas descripciones de Buenos Aires, de los obsequios con que se ha deseado hacerles agradable su estadía aquí y de las manifestaciones de confraternidad que ha originado el viaje del doctor Campos Salles. Con el fin de facilitarles el conocimiento de algunas reglones del interior, el ministro de Obras Públicas puso a disposición de dichos periodistas un salón dormitorio, que agregado a los trenes ordinarios, debía llevar a los excursionistas a Córdoba, Esperanza, Rafaela, Santa Fe, Paraná y Rosarlo. El viernes de la semana anterior partieron los que habían de realizar la jira, regresando el martes. Hicieron el viaje los señores Alfredo de Almeida, Félix Bocayuva, Armando Paiva, Arthur Warnetk, Samuel das Neves, Antonio Carlos Simnens da Silva, A. Perret Filho, Casio A. Farinha, Pedro Rabello, Harcild Farinha, Fernando Mendes, Arthur Días y varios de nuestros colegas de esta capital.”

 Bocayuba, amigo de Argentina

Quintino Antônio Ferreira de Sousa Bocaiúva (Itaguaí, 4 de diciembre de 1836 — Río de Janeiro, 11 de junio de 1912) fue un periodista, escritor y político brasileño, conocido por su participación en el proceso de proclamación de la República del Brasil. Como político, fue el primer ministro de Relaciones Exteriores de su país, entre 1889 y 1891, y presidente del estado de Río de Janeiro, entre 1900 y 1903. En la Argentina, donde lo recuerdan varias calles y una escuela en la ciudad de Buenos Aires, es conocido como Quintino Bocayuba. Fue masón, opositor a las ideas positivistas y uno de los motores de la revolución que terminó con el régimen monárquico e instaló el gobierno republicano. En 1890 fue el negociador que acordó la delimitación del territorio de las Misiones disputado por ambos países.

El 24 de octubre de 1900 había llegado a Buenos Aires, en misión de confraternidad, el presidente del Brasil, Manuel F. de Campo Salles acompañado de una multitudinaria comitiva. La visita era en devolución a la realizada anteriormente por el presidente argentino Julio Argentino Roca.

El diario La Razón de Paraná ofreció una amplia cobertura a la visita del mandatario del país vecino. En su edición del 26 publicaba los telegramas intercambiados entre el presidente Roca y el gobernador Echagüe por el cual el primero agradecía la adhesión de la provincia que le daba al “acontecimiento el carácter nacional que debe tener, demostrando que en todos los ámbitos de la República, palpita el mismo sentimiento de confraternidad y simpatía hacia la gran nación brasileña.” También habían adherido la Sociedad de Beneficencia, el Club Patriótico de la Juventud y la Cámara de Diputados.

 Un tratado malogrado

En 1889 Bocayuba había asumido la cartera de Relaciones Exteriores del Gobierno Provisorio de la flamante república. En ese papel, negoció y firmó el Tratado de Montevideo el 25 de enero de 1890 para dar por finalizado el prolongado conflicto de límites entre ambos países por el territorio de Misiones, que disponía la división en dos partes de igual superficie del territorio en disputa. Luego de la firma del tratado del 25 de enero visitó la Argentina donde fue recibido como un héroe y fue objeto de numerosos agasajos.

El gobierno nacional editó un folleto con un compendio con documentos del tratado y el gobierno de Entre Ríos, a cargo de Clemente Basavilbaso, adhirió mediante un decreto que declaraba feriado el 29 de enero, mandaba a embanderar los edificios públicos de la provincia con las enseñas de Argentina y Brasil, y disponía la interpretación de los himnos nacionales de ambos países a cargo de las bandas de música de la provincia.

Centro de Investigación y Documentación de Historia Contemporánea de Brasil en una biografía de Bocayuba brinda detalles de la firma del tratado de Montevideo y de las circunstancias posteriores. “Imbuido del espíritu de solidaridad americana que caracterizó a la mayoría de los líderes republicanos desde el manifiesto de 1870, han tratado con Argentina de manera que se alejaba del tradicional clima de rivalidad presente en las relaciones entre los dos países durante el Imperio. Las negociaciones dieron como resultado el Tratado de Misiones, o Tratado de Montevideo, firmado en la capital uruguaya el 25 de enero de 1890. Visto como una victoria de los argentinos, el acuerdo suscitó amplias e intensas reacciones desfavorables en el Brasil. Quintino fue blanco de varias acusaciones, entre ellas la de haber entregado al país vecino territorios sobre los cuales Brasil tendría derechos de propiedad legítimos.”

El tratado fue rechazado al año siguiente por el Congreso Nacional del Brasil, tras lo cual ambos países acudieron al arbitraje del presidente de los Estados Unidos de América, Grover Cleveland, quien finalmente falló en un laudo arbitral a favor de Brasil adjudicándole todo el territorio en disputa. Bocaiúva se vio obligado a abandonar su cargo para continuar como Senador por el estado de Río de Janeiro en la Asamblea Nacional Constituyente.

Permaneció en dichas funciones hasta la votación de la Constitución (24 de febrero de 1891), luego de lo cual renunció al mandato para volver al periodismo, al frente del O Paiz.

En 1899 había recompuesto sus vínculos con la política local. Fue reelegido senador y luego gobernador  del Estado de Río de Janeiro que  (1900-1903).

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