6/1/26

Carneadas y chorizos

Rubén I. Bourlot

El 23 de enero es el Día internacional del chorizo. Se trata de una fecha originada en España y no hay otra más acorde con nuestro hemisferio que coincida con el invierno, la época más apta para las carneadas. Nadie inventó aún el día argentino del chorizo casero, esa delicia tradicional que se elabora principalmente en las zonas rurales. Sí en la localidad de Ataliva, Santa Fe, se lleva a cabo la Fiesta del chorizo artesanal, pero también en los meses de verano. Entre Ríos tuvo un intento de organizar su propio Festival del Chorizo Casero en un club del Este de Paraná sin demasiada repercusión y continuidad.
El chorizo casero elaborado con carne de cerdo y vaca viene de una antigua tradición europea que se remonta a la Edad Media cuando no existían heladeras ni frigoríficos para conservar carnes. Así, con sal y especias lograban madurarla y conservarla largo tiempo. A nuestras tierras aparentemente llegó con la colonización española que trajo su tradición choriceras. Pero en la provincia la costumbre de elaborar las conservas invernales se arraigó con la inmigración europea de mediados del siglo XIX.

La fiesta de la carneada
Cuando aprietan los fríos invernales es el momento de la carneada casera, más que nada una fiesta que convoca al vecindario puesto que, como las antiguas mingas incaicas, el trabajo exige el aporte de toda la familia y de los vecinos que de manera rotativa se van ayudando. Lo habitual es la faena un cerdo criado en la propia casa que se aprovecha en su totalidad, además de la carne y el tocino para los chorizos. Al cerdo se le agrega carne de un vacuno y las correspondientes especias según las fórmulas tradicionales que incluyen pimienta, nuez moscada, sal, sal nitro (nitrato de potasio) como conservante y fijador del color, y algún otro aditivo según los secretos atesorados por cada comunidad.
La carneada empieza con la faena de los animales, en el caso del cerdo se recolecta la sangre para la elaboración de morcillas, el pelado del mismo tras mojar su piel con agua hirviendo, el desposte y el minucioso deshuesado de la carne para luego pasarla por la picadora. A la carne se le agrega tocino que puede ser molido o en trozos. Luego, en un recipiente con forma de batea de madera, se colocan las carnes de cerdo y vacuno, el tocino junto con el adobo (las especias) y a meter mano para mezclar todo. Ese amasijo queda estacionada toda una noche y al día siguiente se vuelve a mezclar, tarea para valientes que se atreven a manipular la carne casi congelada. Luego viene la etapa del embutido que se hace anexando un suplemento a la máquina picadora que introduce la mezcla en la tripa. Los chorizos con la tradicional forma de rosca, atados con hilos en sus extremos, se cuelgan de un tirante en una habitación fresca y seca para su correcta maduración. Muchas viviendas contaban en tiempos pasados con un sótano para adecuar los productos de carneadas, quesos y otros, a una temperatura más constante.
Del cerdo también salen otros subproductos de manera que su aprovechamiento es integral, además de las nombradas morcillas. En algunos casos las patas se separan para elaborar el jamón, y buena parte de las vísceras, el hígado, los riñones y diversas partes de la cabeza del cerdo (como la lengua), y el cuero se cocinan para elaborar codeguines, morcillas blancas y queso de chancho. El lomo salado y los huesos con los restos de carne conservados con sal y la grasa derretida también son subproductos que pueden sacar de apuro al momento de preparar la comida diaria.
Pero también la carneado es una fiesta. En general se reserva el costillar del cerdo y las achuras que van a parar al asador, junto con los primeros chorizos frescos, para la cena o el almuerzo al finalizar la jornada, y la vejiga que se limpia e infla como una pelota improvisada para diversión de los gurises.

Chorizos reales
El origen del día del chorizo no tiene una única respuesta. Se sabe que es una tradición española que se remonta a los tiempos medievales. El 23 de enero es un día que coincide con la época invernal en el hemisferio norte y para la España la celebración de San Ildefonso de Toledo. En este caso es una fecha poco simpática para los no cristianos ya que su origen coincidiría con la época de los Reyes Católicos cuando se perseguía a los musulmanes y judíos falsos conversos. Así es como para la fiesta de San Ildefonso era costumbre el consumo de carne de cerdo lo cual dejaba en evidencia a los que aún conservaban el tabú de no consumirla, es decir judíos y musulmanes.
Otra versión sostiene que la conmemoración se originó en la localidad de Puertollano durante el breve reinado de Alfonso XII de Castilla. Se cuenta que el citado rey, viniendo con sus tropas a cazar, pasó por Puertollano y los parroquianos alborozados con la presencia de un monarca lo obsequiaron con las mejores ofrendas: chorizos caseros. Al rey le encantó el bocadillo y por ese motivo los puertollaneros recuerdan el 23 de enero como un día festivo. Es así que una crónica actual acerca de esta celebración dice que el “Día del Chorizo, una de las fiestas más castizas de Puertollano, ha sido celebrado por todo lo alto con el tradicional reparto de 1.300 bocadillos y la correspondiente limonada a las puertas del mercado municipal.”
Sería interesante que alguna localidad entrerriana hiciera suya una fiesta del chorizo casero para reivindicar y conservar esa tradición.

Entre la soja y los zapallos

Rubén I. Bourlot

Desde hace décadas se viene produciendo una explosión productiva de cereales y oleaginosas para alimentar a un mundo cada vez más poblado. Los adelantos en la tecnología de cultivos, la genética y la ampliación de las fronteras territoriales dedicadas al laboreo, en detrimento de la ganadería y la forestación natural, lo hacen posible.
En nuestro país la siembra directa, que contribuye notablemente a la conservación de los suelos, está atada al uso de productos químicos para combatir plagas y malezas. Lo que parece una panacea no lo es tanto. No todo lo que brilla es oro, o no todo lo que es verde es naturaleza.
En primer término, la siembra directa no hace milagros si solo se practica con el objetivo de incrementar la producción de monocultivos como la soja, trigo o maíz, que en pocas temporadas agotan los nutrientes del suelo y alteran su estructura.
El gran obstáculo es el método de producción llevado a cabo por arrendatarios, contratistas o inversores que cultivan grandes extensiones motivados por la obtención de ganancias rápidas, luego de lo cual abandonan los campos agotados. Ya no es más el chacarero que cultiva el campo propio y lo cuida porque es la herencia que le va a dejar a sus hijos.
Por otro lado, el consecuente uso de grandes cantidades de agroquímicos, fitosanitarios o agrotóxicos (denominaciones que varías según desde el lado que se lo mire), constituyen otro de los graves problemas para el ecosistema natural y humano. Los avances científicos han logrado producir una batería de productos como herbicidas, insecticidas, fungicidas y fertilizantes que complementan la siembra directa. Y a los efectos de poder aplicar con mayor eficacia los herbicidas para combatir las “malezas” la genética contribuye a producir organismos genéticamente modificados (OGM) también llamados transgénicos que sortean airosamente los efectos de productos como el glifosato.

Escuelas “fumigadas”
En estos tiempos hay una intensa campaña contra la aplicación del herbicida glifosato (originalmente producido por la compañía multinacional Monsanto bajo la denominación Rundup) que lo condena por sus efectos colaterales cuando alcanza a impactar sobre los seres humanos. En nuestra región los estados se encuentran involucrados en una polémica que atraviesa los productores, grupos ambientalistas y los estrados judiciales. Varios fallos han puesto límites a la aplicación del producto, considerado excesivo por los agricultores. En Argentina, particularmente el reclamo se centra en el impacto de la deriva de las pulverizaciones sobre edificios escolares rurales y los ejidos urbanos. No es tan visible la preocupación cuando se trata las viviendas particulares de la población rural.
Los estudios científicos están demostrando que los efectos sobre la salud de las personas y animales son comprobables, al menos cuando las aplicaciones no respetan las proporciones recomendadas y no se tienen en cuenta las llamadas buenas prácticas agrícolas (BPA). Esto último está condicionado por la buena fe de los productores y aplicadores, el control que debe llevar a delante el estado y las propias organizaciones de productores. Está de sobra probada la falta de compromiso al respecto.

Zapallos en fuga
Uno de los efectos colaterales negativos de la aplicación de herbicidas, que no tiene una condena social tan visible, es la que puede provocar sobre cultivos no modificados genéticamente, es decir no RR (resistentes al Rundup), y sobre la vegetación natural.
No se necesitan estudios con una metodología científica para concluir que si una pulverización con herbicidas de amplio espectro alcanza una plantación de zapallos, batatas o mandioca tienen la suerte echada. Lo mismo sucederá con las praderas y montes naturales de la zona. Esto trae como consecuencia que cualquier intento por implantar huertas o cultivos que no sean OGM puedan prosperar. La cuestión social aquí es evidente. El desierto verde de los cultivos genéticamente modificados aleja la posibilidad de radicación de explotaciones que favorecen el poblamiento rural, la agroecología y la conservación de la ya diezmada vegetación natural.

Efectos colaterales
Un estudio llevado a cabo en la provincia argentina de Formosa sobre los efectos de la contaminación por deriva en las aplicaciones de glifosato y 2-4 D (ácido 2,4 diclorofenoxiacético) sobre el algodón, batata, mandioca y plantas silvestres, demostró los graves efectos sobre los mismos.
Respecto de un lote cultivado con algodón que sufrió los efectos de la aplicación de 2-4 D, “inmediatamente después de la pulverización, aparecieron los síntomas típicos en la parte superior de las plantas, con hojas deformadas y con las nervaduras marcadas y salientes. Este síntoma se conoce como ‘hoja pata de rana’. Las plantas no murieron, pero a partir de ese momento, el crecimiento se detuvo. Hubo incluso una nueva brotación, con hojas completamente ahiladas”, reza el informe.
Sobre un cultivo de mandioca se observa “la deformación en el ápice, con el tallo torcido y las hojas encrespadas y deformadas. Sin lugar a dudas, estos síntomas corresponden a la acción de un producto hormonal, en este caso 2,4 D.
“También se notó de inmediato, una necrosis generalizada con defoliación (caída de hojas), en las hojas maduras, con la característica típica de la quemadura producida por herbicidas. Estas hojas, no mostraban alteración alguna en su forma, razón por la cual podría ser un efecto del glifosato.”
Efectos similares se observó sobre un lote de batatas.
También se observaron los efectos de la deriva sobre la vegetación natural. “Inmediatamente después de la pulverización, se notaron síntomas provocados por el 2,4 D, en especies como burrito, tilo, sarandí, mamón, paraíso, etc. En todos los casos, los síntomas fueron los mismos: arrugamiento y deformación de hojas nuevas.
“Igualmente, se observaron estos síntomas en malezas de hoja ancha distribuidas en las chacras y alrededores de las viviendas. En estas plantas se observa una reacción característica a los herbicidas del tipo clorofenoxi, llamada “epinastia", que consiste en una inclinación descendente del tallo.” (1)

Un testimonio
“En sus seis hectáreas de campo, en Don Cristóbal, Entre Ríos, Vita Casilda Pérez, una pequeña productora de 63 años, soporta el impacto que ha tenido en su vida el avance de la soja transgénica y la utilización de agroquímicos, como el glifosato, por parte de vecinos más poderosos en cuanto a posesión de tierras. Cuando se fumiga y el viento transporta la nube de este herbicida desde la estancia Acahui hacia el hogar de la familia Pérez, el maíz no brota y los paraísos e higueras se marchitan. Las vacas tienen abortos espontáneos. Las gallinas apenas ponen huevos. La crianza de pollos disminuye. Los zapallos y calabazas no crecen en la huerta. Estos cambios han empobrecido a esta pequeña productora y han deteriorado la salud de su familia, endureciendo sus largas jornadas de trabajo (…)”(2) 

(1) Luis Castellan, Contaminación por deriva con Glifosato y 2-4 D, Loma Senes, Pirané, Formosa, 2003
(2) Extractado de Alejandra Waigandt, Glifosato, una brecha entre ricos y pobres, publicado en Página 12, Buenos Aires, 24 deseptiembre de 2010)

5/1/26

Transformación curricular con anclaje local

Rubén I. Bourlot

A fines de los ’80 las aulas entrerrianas comenzaron a soplar vientos de cambio. Una brisa cruzada daba vuelta algunas cosas y los docentes, entusiastas algunos, inseguros otros, sentían que pisaban sobre un tembladeral. Comenzaba la que se dio en llamar la “transformación curricular” implementada por las autoridades educativas de la provincia.
A partir de 1986 se planteó la necesidad de transformar los contenidos de la educación entrerriana en todos los niveles pero con un particular énfasis en el secundario. En 1989 se conformó la Comisión de Transformación Curricular y los cambios comenzaron a hacerse efectivo a partir del ciclo lectivo 1991.

Los antecedentes
Con el retorno de la democracia, todas las jurisdicciones educativas del país favorecieron procesos de transformación curricular de diversa amplitud que, como conjunto, representan un enorme patrimonio experimental, teórico y de gestión innovadora.
Con la convocatoria del Congreso Pedagógico Nacional, que se llevó a cabo entre 1984/88, surge el interés de contar con un instrumento curricular que expresara, a partir de la discusión y participación federal, la voluntad política de las jurisdicciones de trabajar mancomunadas hacia un auténtico proceso de formación personal y social que tratara de incorporar los productos de la propia cultura de la región y asegurara aquellos aspectos esenciales a la unidad de la Nación.
En 1986, en el marco de las discusiones del Congreso Pedagógico Nacional, se comienzan a planear cambios curriculares. “Se inscribe en el marco de las políticas educativas definidas a nivel nacional con el retorno a la democracia, cuyo énfasis está puesto en la transformación de las instituciones y las prácticas docentes desde la participación y distribución del poder”, sostiene la educadora Amalia Homar. Sin embargo todas las iniciativas volcadas en las discusiones no se plasmaron en la práctica. Aun en 1989, después de 6 años de gobiernos democráticos, en más del 50% de las jurisdicciones continuaban vigentes lineamientos curriculares de los años 1978/79. No se concretó lo que se suponía sería el resultado natural de los debates: la sanción de una nueva Ley de educación para remplazar a la centenaria 1.420. Recordemos que recién para 1993 se sancionó la Ley Federal de Educación de breve vigencia.

Los contenidos desde el entorno local
Para poner en marcha los cambios de contenidos y metodología en el ámbito de Consejo General de Educción se conformó la Comisión de Transformación Curricular. Se pretendía que la enseñanza parta de la realidad inmediata del alumno, desde su entorno local, provincial, que contemple la interdisciplina y la transversalidad. También apuntaba a modificar el trabajo docente con la introducción del régimen de profesores por cargo y las horas extra-áulicas en el nivel secundario. La transformación “se define como un nuevo modo de organización de la escuela, del trabajo docente, del tiempo y del espacio, se sostiene una concepción curricular, de aprendizaje, enseñanza y evaluación, que intenta generar rupturas con la existente”, dice Homar.
Además en este proceso se incorporaron los establecimientos de nivel secundario nacionales que fueron transferidos a la provincia en 1990, por cierto a las apuradas y sin el debido presupuesto.
La nueva estructura curricular fue aprobada por los decretos Nº 5085 del 29 de octubre de 1991 para el ciclo básico del nivel medio, y Nº 6039 del 27 de noviembre de 1991 para el ciclo superior.

Nuevos materiales escolares
Dos grandes frentes tuvo cubrir la transformación que comenzaba a caminar. Uno fue la formación docente en las nuevas metodologías planteadas y para el desarrollo de contenidos nuevos vinculados a lo regional. Con una formación que priorizaba contenidos “universales” en sus distintas áreas, los docentes tenían que trabajar con los hechos que sucedían en su entorno inmediato: historia, geografía, literatura y todo lo cercano con lo que convivían a diario pero les era dificultoso enseñarlo. También debían lidiar con la carencia de material editado para la tarea áulica. No eran tiempos de internet y todo se conseguía analógico. El “libro de texto” y el “manual” eran los caballitos de batalla del maestro.
Los docente entonces apelaron al ingenio, convocaron a los vecinos aficionados a la historia para que les cuenten a los gurises los sucesos del lugar, buscaron poetas que contaran cómo producían su arte, y desempolvaron viejos textos. Décadas atrás se habían introducido contenidos provinciales con la consiguiente producción de material. En 1961 se dispuso que en los establecimientos de educación primaria se profundice el estudio de la Historia y la Geografía de Entre Ríos. Esta iniciativa retomaba los lineamientos de la Ley N° 3639 de 1951 que instituía como materia de estudio la enseñanza de la Historia de Entre Ríos en todas las escuelas de la Provincia. De esa época las bibliotecas conservaban dos manuales editados al efecto: Entre Ríos, síntesis histórica de Manuel E. Macchi y Alberto J. Masramón, Historia de Entre Ríos de María del Carmen Murature de Badaracco y Geografía de Entre Ríos de José Francisco Felquer y Laura Moreira Bahler.
El citado material, pensado para la educación primaria, no satisfacía la demanda docente. Por ella una desparecida editorial paranaense tomó la posta y el riesgo empresario para encarar producción de material actualizado, con el antecedente de la Enciclopedia de Entre Ríos (áreas Historia y Literatura) y convocó a sendos equipos de trabajo para producir dos “manuales”, uno de Geografía y otro de Historia. Bajo la dirección de Hugo Arozena, fueron de la partida en la labor Cristina Saluzzi, Magdalena Pandiani, Luis Sadi Grosso, Walkiria Gabás y quién suscribe. Fruto de este trabajo en 1990 se editó Geografía Elemental de Entre Ríos y en 1991 Historia Elemental de Entre Ríos, que agotaron varias reediciones.
Pero como nada es para siempre, en 1993 se sancionó la Ley Federal de Educación que impuso una nueva estructura en el sistema educativo y diluyó, por no decir destruyó, la rica experiencia de la transformación curricular

Bibliografía
Homar, Amalia, La evaluación docente, entre temores y posibles rupturas, Ediciones Ctera, 2009.


Vuelo entrerriano: de Laper a Laer

Rubén I. Bourlot

En marzo de 2014, Laer, Líneas Aéreas de Entre Ríos, dejó de volar después de casi medio siglo de operaciones intermitentes y con diversas denominaciones.
La línea provincial suspendió sus vuelos por una decisión tomada desde el poder central que impedía la utilización del Aeroparque Jorge Newbery de Buenos Aires a las aeronaves de menos de 30 asientos, y el avión de la empresa entrerriana tenía capacidad para 19 personas.
La compañía provincial operaba con aparatos de Macair Jet, y luego con la firma Sol, ya que no poseía avión propio. En el caso de la asociación con Macair Jet, LAER accedió a parte de la propiedad de un avión Jetstream 3200. Se trata precisamente de la nave que tiene 19 asientos y que luego de las nuevas disposiciones no pudo utilizar para hacer vuelos a Buenos Aires.
Un informa del quincenario Análisis consigna que "hay una explicación técnica para limitar el acceso de aviones chicos a aeroparque: no hay lugar para los taxis aéreos y demás empresas chicas, de hecho algunos aviones de Aerolíneas Argentinas tienen que 'dormir' en las escalas porque no hay capacidad en Buenos Aires", dijo un experimentado piloto ante una consulta de esta revista.
En ese momento el interventor de la firma entrerriana, Gualberto Salcerini, dijo a Análisis que "dentro de 15 días esperan que haya novedades en el avance de un plan de integración entre LAER y Aerolíneas Argentinas, lo que nos permitirá operar con una firma que tiene 24 bocas en todo el mundo".
La firma contaba con ocho pilotos contratados y diez técnicos de mantenimiento. Con los administrativos y oficinistas, LAER tenía un plantel de unas 25 personas.

La historia
El servicio aéreo provincial había empezado a operar en 1967, y nació como Líneas Aéreas Provinciales de Entre Ríos (LAPER), utilizando aviones pertenecientes a la Dirección Provincial de Aeronáutica, desde el Aeroclub Ciudad de Paraná.
Después de algunas interrupciones, en 1986 se comenzó a gestionar nuevamente la actividad aerocomercial, esta vez bajo el nombre de Servicio Aéreo Provincial que en 1987 cambiaría al de LAER (Línea Aérea de Entre Ríos, luego Líneas Aéreas Entre Ríos S.E.)
En 2000 la provincia acepta en parte de pago de una deuda de la Nación, el Fokker F-28 Mk 1000 Fellowship matriculado T-04. Apenas llega a operar, ya que la crisis económica de fines de 2001 hace que el 19 de abril de 2002 otra vez la aerolínea suspenda sus actividades y el avión sea alquilado a American Falcon. Pero el 22 de octubre de 2007 retorna nuevamente a la actividad Líneas Aéreas Entre Ríos S.A., contratando a la empresa Macair Jet para la operatoria de sus vuelos. En 2009 se contrató a la empresa Flying America y en 2011 nuevamente a Macair Jet.

Bibliografía
http://www.ciudadnoticias.com.ar/2016/04/30/laer-deja-de-operar/ (Consultado el 30 abril, 2016)
Riani, J. (15 de mayo de 2014). Aterrizaje forzoso. Quincenario Análisis.

De marcas, señales y yerras

Rubén I. Bourlot

En 1832, la Legislatura entrerriana sancionó una ley creando el registro general de todas las marcas de la provincia. La ley fue promulgada por el gobernador Pascual Echagüe el 22 de agosto de 1832.
Los principales aspectos de la norma son los siguientes: los propietarios debían presentarse con sus respectivas marcas ante los alcaldes de hermandad y jueces territoriales de su
correspondiente distrito, quienes serían los encargados de tomar una razón del nombre y apellido de cada dueño de marcas, el lugar de su vecindad, las señas que usaban en sus haciendas y, por último, estampar la respectiva marca. Todo ello debía quedar registrado alfabéticamente en un libro “formal en blanco que costeará el Poder Ejecutivo de los fondos del Estado”.
Practicados los registros pertinentes, se confeccionarán “mapas de todas las marcas observando el orden alfabético y a la inmediación de cada una de ellas el nombre y apellidos del propietario con sus respectivos números en papel de marquilla: a más del mapa original que debe estar archivado, cuatro restantes departamentos”.

Una historia de marcas y señales
Desde que el ser humano domesticó a los animales y le asignó un valor de mercado se preocupó por garantizar su posesión, de individualizarlos. Como se trata de semovientes que pueden escapar de su dominio y ser apropiados por otra persona que alegue posesión de buena fe, idearon formas de identificarlos mediante marcas o señales. También esas rúbricas a fuego se aplicaron para consagrar propiedad de los esclavos.
Las marcas, posteriormente, desembocaron en la fórmula utilizada para legalizar la pertenencia del ganado de forma oficial.
Los registros más antiguos se remontan a 9.000 años a. de C. con muy diversos sistemas para señalar a los animales.
En 1576, ya instaurada la gobernación del Río de la Plata dependiente del Virreinato del Perú, fue decretada la obligatoriedad de marcar el ganado. Juan de Garay y su yerno Hernandarias fueron los primeros estancieros en el Río de la Plata y la primera «yerra» precisamente se realizó ese año en Santa Fe la Vieja.
La rigurosidad de esta legislación llevó incluso a que en 1606 se decretarse en Buenos Aires la prohibición de sacrificar o vender cualquier animal que no estuviese marcado.
Para controlar las actividades ganaderas, el Cabildo de Buenos Aires creó en 1609 una oficina exclusiva para el registro de marcas y el primer ganadero registrado fue Manuel Rodríguez, cuya marca tenía dos bastones cruzados.
Ya en ese entonces se diferenciaba entre “señal”, hecha en la oreja del vacuno u ovino, y “marca” al signo aplicado en cualquier otra parte del cuerpo.
Ya para los ganaderos de entonces la marca significaba mucho más que la identidad de sus reses. Era también su reputación, su escudo de armas y su historia familiar porque, con el agregado de algún símbolo al pasar de padres a hijos, las marcas se heredaban de generación en generación.
Una tradición sostiene que el término cabayú cuatiá, que nombra al arroyo que rodea la ciudad de La Paz, significa “caballo marcado”, refiriéndose al caballo con dueño, señalado con la marca de hierro sobre su piel, por oposición al orejano.

La yerra
La yerra era el momento que los vecinos se reunían para llevar a cabo las tareas de marcación de los animales y también la señalada, descornado y castración. Era la oportunidad para demostrar las destrezas criollas y festejar el encuentro.
Martiniano Leguizamón con su maestría nos deja un vívido retrato de las yerras de antaño.
“En un descampado del pajonal, como un manchón moviente de bigarrados colores, mugía el ganado y se apeñuscaba chocando las astas, para mirar con esos ojos enormes y mustios que parecen henchidos de la apacibilidad de las praderas, al grupo de jinetes que andaban eligiendo los terneros orejanos. Un vaho tenue, formado de alientos, flotaba sobre aquella masa uniforme que agujereaba al pronto, la aguda cornamenta de algún toro al levantarse bramando amenazador.
Hacia un costado del rodeo, una carreta desuñida alzaba en la diafanidad azulada, el crucero del pértigo; al lado, ardía el braserío de una fogata donde se calentaban las marcas, y en torno, varios mozos de catadura y vestimenta diversas, se movían con desgano friolento, preparando sus lazos.
“Elegido el ternero, taloneaba el jinete su caballo revoleando la “armada” hasta tenerlo a tiro; zumbaba la trenza viboreando en el aire y se ceñía en las astas o en el pescuezo del animal. Huía éste hasta que el lazo cimbreando quedaba tenso. Bregaba reculando aún, enterraba las partidas pezuñas en el pasto húmedo y balaba desesperado; pero el jinete, castigando su cabalgadura, se dirigía hacia el fogón, al trote largo, llevado a la rastra a su presa gimiente.
“Dos o tres ‘piales’, hábilmente aplicados y el ternero, medio asfixiado, caía balando, mientras los ‘pialadores’ le maneaban las patas con un cordel. La operación, casi sin variantes, se repetía varias veces, hasta que el tarjador (el que aplica la marca), gritaba ¡Basta! Una leve humareda, al asentar la marca candente sobre el cuero peludo, seguida de un balido lastimero y los animales, libres de las ligaduras, chorreando sangre, con los ojos turbios de dolor, se enderezaban temblorosos para alejarse en busca de sus madres, que allá, en la orilla del rodeo, trotaban inquietas, mugiendo con ecos broncos.”

La marca de los hermanos Hasenkamps
El 24 de junio de 1919 el Poder Ejecutivo de la provincia de Entre Ríos emite el Título de Marca para el ganado de la sociedad Hasenkamp Hermanos, que dieran origen a la localidad entrerriana de ese nombre, con un diseño muy particular.
La marca aprobada tenía el dibujo de la Cruz de Hierro, una condecoración instituida en 1813 en Prusia durante la Guerra de Liberación en contra de Napoleón Bonaparte. La misma fue retomada en la Primera Guerra Mundial y, luego de la derrota, en vez de perder prestigio se convirtió en un símbolo de orgullo militar y fue una de las condecoraciones más famosas a nivel mundial.
La elección de este diseño tenía una historia muy personal para los hermanos estancieros. Eduardo Pablo, el hijo menor de Federico Hasenkamp, estaba en Alemania cuando se inició la Primera Guerra y se incorporó como voluntario. Al año siguiente, con 17 años, fue herido gravemente y recibió la Cruz de Hierro por su valor en combate.
Después de recuperar su salud, regresó a la guerra y cayó en combate el 26 de septiembre de 1918 al sudoeste de Gercourt.

Imágenes
Yerra, marcando
Marcas de Santa Fe en 1576
Marca de Hasenkamp

Bibliografía
Martiniano Leguizamón: Montaraz, costumbres argentinas
Hasenkamp, memorias de mi pueblo en https://hasenkampmemoriasdepueblo.com/la-marca/
Más temas sobre nuestra región en la revista digital Ramos Generales, disponible en http://lasolapaentrerriana.blogspot.com/


Civilización del cuero

Rubén I. Bourlot

Las primeras vacas son traídas desde Asunción por Juan de Garay y Hernandarias, entre otros y también traen caballos y ovejas que con el tiempo se constituyen en la principal riqueza explotada en la región, y el insumo esencia para la vida de sus habitantes. El arraigo de los animales a la querencia los mantiene agrupados cerca del lugar donde nacen, pero la inexistencia de cercos o alambrados permite su libre diseminación, más allá de los límites de las estancias, convirtiéndose en ganado cimarrón, orejano, y por lo tanto sin propietario que pudiera reclamarlo. Esto dio lugar a las cacerías y luego a la acciones para vaquear a las que apelaron los cabildos para obtener ganancias de este recurso "natural".
Afirma Cadenas Madariaga que "la importancia del cuero justifica que se llamara la civilización del cuero y su valor fue tanto que justificó la formación del Virreinato del Río de la Plata en Buenos Aires. A fines del siglo XVIII, a diferencia del siglo XVI, el Río de la Plata tenía una gran riqueza que comerciar y justificaba una corriente permanente de buques mercantes que sostuvieran ese comercio."

Puro cuero
En tanto Orlando Ampuero sostiene que “los habitantes de la colonia debían arreglárselas sólo con cuero (…) Era un mundo donde una vivienda o rancho tenía puerta de cuero, asientos de huesos de vaca con cuero, recipientes de bebida, la mayor parte de la vestimenta, utensilios, recados y montura de los caballos, calzado, sombreros, toldos, sogas, capas para lluvia, llantas de sus ruedas, techos y elásticos de carruajes, alfombras para los pisos de tierra, elásticos de cama, y muchas cosas más. Las que se necesitaran.
“El cuero era incluso la moneda corriente de circulación interna, tanto en negocios locales como de contrabando. Y si no servía para algún uso, se vendía al exterior, casi como único producto exportable, con el que se conseguían divisas para adquirir lo que se necesitara.
“Se conseguía cazando vacas salvajes, ya sea de a una como en grandes cantidades, en las expediciones llamadas de vaquería, organizadas por emprendedores con recursos, pues llevaban muchos gastos y comisiones (…)
“Si bien el cuero es un producto versátil y resistente, presenta sus inconvenientes de uso. En el clima húmedo del Río de la Plata, los pellejos, aún curados, se apolillan y echan a perder con bastante facilidad (…)

El curtido
“Por otro lado, si bien era un producto relativamente abundante, su curtido lo encarecía notablemente. Se podía utilizar como cuero crudo, es decir, lavado, salado y raspado, pero preparado de esa forma se torna quebradizo y tiene pocos usos.
“El modo más común de curtir los cueros para la época, era su frotamiento con los sesos del mismo animal, ya que al saturarse de aceites emulsionados, quedan flexibles y pueden lavarse.
“También solían cocerse en grasa hirviendo, y moldearse al extraerlo del recipiente. El cuero queda rígido y mucho más duro con la forma que adoptó. Y el otro método común de curtido era engrasarlo en frío, procedimiento que repone los aceites naturales perdidos en el secado y raspaje original. Este es un modo de curtido que hay que repetir periódicamente para que el material no se reseque y quiebre.
"No se utilizaban en aquella época métodos de curtido actualmente considerados industriales, como los de tanino, alumbre o cromo, pues o no se contaba con acceso a los elementos o a la tecnología necesaria para eso”.
Cabe acotar que la presencia de yacimientos de cal en nuestra zona era fundamental para la curtiembre de los cueros, ya que la misma era utilizada para el proceso denominado encalado que sirve para ablandar la epidermis mediante su accionar químico sobre las grasas, músculos, venas, nervios y glándulas produciendo el desprendimiento de el pelo o lana. Al actuar sobre las fibras de colágeno, se produce el hinchamiento de las mismas y facilita la penetración de las materias curtientes.

Bibliografía
Cadenas Madariaga, Mario A., El gaucho y su asimilación, una cuenta pendiente, en http://www.revolucioncultural.com.ar/ElGauchoYSuAsimilacionIgualitaria.htm
Ampuero, Orlando, El cuero en la Edad del Cuero, en http://elementoshistoria.blogspot.com.ar/
INTA, EEA La Rioja, Área de Desarrollo Rural, Curso de curtido ecológico y artesanal de cueros, en http://www.biblioteca.org.ar/, acceso 14/11/2014

Las primeras postas de Paraná al Paraguay

Rubén I. Bourlot

El 4 de enero de 1774 un informe se da cuenta de la instalación del primer servicio de postas que recorrió el territorio entrerriano partiendo desde la Bajada del Paraná hasta el río Guayquiraró, como parte de la carrera entre Buenos Aires, Santa Fe, Corrientes y Asunción, llamada la “Carrera al Paraguay”. El organizador del sistema era el Administrador Principal de Correos de Buenos Aires, Manuel Basavilbaso. El Comisionado de Correos encargado de establecer dicha carrera era Bernardo de Garmendia, capitán de Blandengues de las Milicias de Santa Fe que contaba con el apoyo logístico del sargento mayor de Milicias de Paraná, Juan Broyn de Osuna. Son protagonistas pioneros que valen la pena conservar en la memoria.
En 1774 Basavilbaso nombra a Garmendia con el ostentoso título de Maestro Mayor Conservador y director de Postas y Correos de la Carrera de Santa Fe y Corrientes al Paraguay, desde Buenos Aires.
En un principio la carrera al Paraguay se dispuso para el traslado de correspondencias pero en 1785 se autorizó utilizar las postas para el transporte de pasajeros que se solía hacer en galeras o diligencias. Los viajeros debían contar con un “parte” o “pasaporte” y abonar un derecho de dos pesos a la Administración de Correos.

Un viaje por las postas entrerrianas
Sabemos que cuando se trasladó Santa Fe a la actual ubicación (1651-1661) los viajes por vía terrestre hacia Corrientes se practicaban por la costa entrerriana a partir de la Bajada (actual Paraná) debido a las dificultades topográficas para trazar una senda por la costa santafesina.
En el trayecto entrerriano las postas eran catorce con edificaciones en muy precarias condiciones como lo testimonia Félix de Azara. El ingeniero geógrafo español que a fines del siglo XVIII realizó el viaje desde Buenos Aires a Asunción, recuerda el estado de las postas existentes en Entre Ríos y Corrientes. Veamos un fragmento de su minuciosa narración: “Salimos el día 14 a las seis, en los mismos caballos y habiendo caminado seis leguas llegamos a las posta del arroyo Antonio Tomás. Como a la mitad de esta distancia, pasamos el arroyo María y también algunos otros riachuelos de poca consideración. Cuando los de la posta nos atisbaron de lejos, cerraron sus puertas, y se huyeron al campo para no darnos caballos. Nos vimos obligados a volver atrás un cuarto de legua a un rancho que al paso habíamos dejado. Aquí comimos y tomamos caballos hasta la posta inmediata, antes de llegar al arroyo Hernandarias, que dista de donde salimos como seis leguas. Sólo hallamos aquí un viejo y dos caballos que lo eran más, y nos fue preciso continuar en los mismos…”
En el Itinerario de Postas de 1795 encontramos interesantes detalles del pasaje entre Santa Fe y Paraná que nos permite trazar un paralelismo con el simple trámite que significa hoy unir las dos capitales provinciales a través del Túnel Subfluvial. “… Un brazo del Paraná que se llama Colastiné, de media legua de ancho, se pasa en canoa y los caballos nadando, por lo que se da al canoero 12 a 16 reales los getilhombres. Y a cierto trecho se encuentra una laguna que tiene comunicación con el río llamado Descolorido, que tendrá de ancho 440 varas y se atraviesa a nado y en pelota de cuero, que tiran nadadores. Y a otro trecho de haber caminado por tierra, se aparece un río que llaman Paraná Miní, que es lo mismo que chico, de un cuarto de legua de ancho y se pasa a nada las caballadas y la gente en pelota de cuero y en canoa. Y acabada la navegación se entra a la Villa de la Bajada o del Rosario, donde hay Administración de Correos…”
En la posta de la actual Paraná el maestro nombrado en 1774 era Benito Sanabria que debía dar caballos hasta Las Tunas y Sauce Grande. En 1789 se estableció la Administración de Correos de la Villa del Paraná a cargo de Antonio Centurión. Su jurisdicción comprendía las postas de La Tunas, Sauce Grande, Potrero de Vera, Antonio Tomás, Hernandarias, Alcaraz, Feliciano, Estacas y Arroyo Hondo.

Institución antiquísima
La posta era una institución antiquísima, oriunda de Oriente, e introducida en Europa a través de Grecia y Roma. Constituyeron los eslabones indispensables para el sistema de comunicación en épocas en que la ocupación española comenzaba a extenderse en las tierras escasamente pobladas del Río de la Plata. Generalmente las instalaciones consistían en ranchos carentes de toda comodidad, situados cada cuatro, cinco o más leguas, con un servicio
de diez o quince caballos. Cada posta era servida por un puestero o “maestro de postas” con dos o tres postillones. Hasta ella llegaban las galeras a cambiar los caballos y a dar un descanso a los pasajeros, pese a la ausencia de comodidades. También servían para los que se atrevían a viajar a caballo, facilitándoles el cambio de éstos o los servicios de un postillón. Las postas se instalaron, además, para establecer un correo entre puntos distantes servidos por los chasques, a quienes los puesteros debían suministrar caballos de refresco. El “maestro de posta” era un concesionario que cobraban los servicios y llevaba el registro de los movimientos en un “cuaderno de posta”. Un dato interesante es que hacia 1794 por un decreto del ministro de Gobierno y de Indias se otorgó a los maestros de posta el derecho a percibir un retiro o jubilación (“como si se hallasen en actual servicio”) con quince años de servicio. El primer título de correo jubilado correspondió a Francisco Gómez González en la Carrera al Paraguay.
Para el cruce de los ríos y arroyos también había “canoeros” que se encargaban de pasar a los viajeros en una canoa construida con un troco ahuecado (similar a las canoas monoxilas de los indígenas de la región) o de una “pelota de cuero”, precaria embarcación confeccionada con un cuero de toro atado para darle forma de balsa que era tirada por un caballo.

Imágenes
Diligencia con pasajeros
Postas de Entre Ríos

Bibliografía 
Bose, Walter B., Las Postas en las provincias de Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes y Misiones -1772-1880- En trabajos y comunicaciones N° 12, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación Dep. de Historia, UNLP.


El hermanamiento de Victoria y Rosario a pico y pala

Rubén I. Bourlot

A fines del siglo XIX el subprefecto Piaggio tenía un sueño. Construir un surco de agua para sembrar lazos de amistad entre dos ciudades. La historia de su concreción se puede repasar con los testimonios que nos ofrecen la oralidad de memoriosos, la crónica periodística, algún que otro documento y las imágenes sepia que los exploradores de imágenes congelaron en el celuloide con las primitivas Kodak de cajón.
El 12 de enero de 1904 una cuadrilla de cincuenta hombres, contratados por la empresa ganadora de la licitación, comenzó las excavaciones del denominado canal Piaggio que uniría vía fluvial las ciudades de Victoria y Rosario. Este hecho era la culminación de la lucha y los desvelos que el subprefecto Ángel R. Piaggio había iniciado un lustro antes.
En 1898 Piaggio, a cargo del puerto de Victoria, con su experiencia en materia fluvial concluyó que era posible la canalización de esa zona del Delta para acortar el vínculo de la ciudad las colinas con la vecina Rosario. Para ello era necesario redireccionar el curso de los numerosos arroyos y riachos practicando cortes en las islas que los separan. Con ese objetivo elaboró un mapa de la región y la posible traza del canal que elevó a las autoridades de la Prefectura General de Puertos para solicitar la autorización que le permitiera realizar la canalización, con los marineros de la repartición, “cavando a punta de pala", advertía.
Concedido el permiso, el 24 de noviembre de 1898 se iniciaron los primeros trabajos de lo que sería el canal luego conocido por el apellido del subprefecto. Se realizó la apertura de un paso rudimentario por el cauce del arroyo Campana uniendo así las aguas del Barrancoso con las del Timbó Blanco por donde podía navegar la lancha de la repartición y los botes de los isleros. Los vecinos y comerciantes de Victoria y Rosario habían aportado los recursos económicos para facilitar los trabajos.
Ángel R. Piaggio era nativo de Victoria (1868-1954). Hijo de Francisco Piaggio y de Luisa Demarchi. Perteneció a la primera generación de inmigrantes que hicieron grandes obras en la ciudad. Ocupó diversos cargos. Fue Subprefecto de Victoria en 1898, Jefe de Policía, Diputado y Senador en la Legislatura de Entre Ríos por varios períodos.

La inspiración de Piaggio
Una crónica informa1 que la idea se le despertó en la Semana Santa de 1898 cuando que recorría las islas y riachos de su jurisdicción con la lancha de la Subprefectura del Puerto de Victoria. Al llegar al arroyo Timbó Blanco casi a su desembocadura en el Paranacito divisaron otra lancha a vapor, la "Fly Fly", tripulada por unos cuantos jóvenes de Rosario que se dirigían a Victoria con el objeto de pasar las fiestas de Pascuas. Llevaba a su bordo, como práctico, a un viejo morador de las islas quién, tomando en cuenta la pequeñez de la embarcación, recomendó a los excursionistas arrastrar la embarcación a un punto por el cual los isleros sabían arrastrar siempre sus botes y canoas. El sitio era conocido como “arrastradero del Campana” que les facilitaba conectarse con el Timbó Blanco y evitar una vuelta de varios kilómetros si seguían el curso de los arroyos.
Luego de esta observación concluyó que era posible convertir ese “arrastradero” en un canal y hacer lo propio con las otras islas que facilitara la navegación, entre Rosario y Victoria, a los pequeños buques, que hasta ese momento debían dar un rodeo por los riachos San Lorenzo y Victoria.
Previo estudio con más detalles a partir de los datos que le fueron aportando por los isleros banquianos, conocedores de los meandros de la zona, confeccionó un pequeño mapa de la región con todos los riachos, arroyos, islas y lagunas, indicando el punto preciso del arrastradero que podía transformarse en canal, y lo remitió a la Prefectura General Puertos con el objeto de solicitar autorización para hacer una canalización. El proyecto consistía en llevar a cabo una obra rudimentaria, con los marineros de su repartición y las pocas herramientas que disponían: palas y picos.
El permiso le fue concedido, y después de un último viaje al punto determinado, que efectuó acompañado de algunos técnicos y varios amigos, en el cual todos reconocieron la posibilidad de abrir un pequeño paso para la lancha de la repartición y para los botes y canoas de los isleros. Esta crónica afirma que la obra se inició en la isla Del Pillo, con los trabajadores atados con cadenas y sogas y cavando a pico y pala el cauce de un arroyo, en aquel noviembre de 1898 y culminaron los primeros días del año 1899.
Con la idea de continuar con la obra del canal se integró en Victoria una comisión encargada de reunir fondos y llevar la iniciativa a Rosario. El 13 de enero de 1901, el subprefecto Piaggio y otros miembros de la Comisión se trasladaron a la ciudad santafesina a fin de explicar, en la Bolsa de Comercio, las ventajas que representa la obra, ofreciendo concretarla por intermedio de la iniciativa privada. La propuesta fue bien recibida por los comerciantes de Rosario, que en sólo tres días recolectaron la suma de 10.000 pesos. A su vez, en las ciudades de Victoria y Nogoyá, se llegó a la suma de 5.000 pesos.
Fue necesario dar al canal una profundidad de 6 metros, ensancharlo hasta 10 metros y limpiar los fondo.
Construido el canal, el gobierno de la Nación envió al Ing. Edmundo Soulages a fin de verificar la importancia del mismo y su utilidad. Soulages dio su aprobación a la obra, aconsejando “el dragado y el mantenimiento de la vía recién abierta”. Pero no avanzaron mucho más. El rudimentario paso pronto fue abandonado.

El nuevo comienzo
El 12 de enero de 1904 una cuadrilla de 50 hombres comenzó las excavaciones del nuevo canal, al Norte del primitivo canal, y en 1905 la empresa Ackermanns y Van Haaren inició el dragado, removiéndose 200.000 metros cúbicos en tres años que duró el trabajo, todo lo que permitió que a mediados de 1907 quedara definitivamente librado al servicio público. En total emplearon unos doscientos obreros en los trabajos.
n 1934 se habilitó un servicio de balsas entre los puertos de Victoria y San Martín. En 1936 comenzó a circular el servicio de balsas automóviles entre Victoria y Rosario. Sin embargo la regularidad del servicio estaba muy condicionada por el mantenimiento del calado del río.
A la idea del canal se sumó años después la posibilidad de construir un puente, o un complejo vial dada la complicada topografía de la zona. En 1954, en el segundo gobierno de Juan Domingo Perón, se suscribió un convenio entre la Nación y las Provincias para construir un camino y puente mixto entre Rosario y Victoria, pero tras la Revolución Libertadora no se pudo concretar.
Recién en 1999 se inició la construcción del enlace físico que concluyó en 2003. El puente recibió el nombre de Nuestra Señora del Rosario pero hubo varias iniciativas de carácter municipal y provincial para solicitar hacer justicia al batallador Ángel Piaggio y ponerle su nombre a la conexión vial.

1 https://victoriatuciudad.es.tl/El-canal-de-Piaggio-.htm

Imágenes
Ángel Piaggio
Obreros construyendo el Canal Piaggio (Foto facebook Old Victoria)
Dragado del canal- La Acción 10-12-1912

Bibliografía
Diario El Entre Ríos de Paraná, ediciones del 13 y 15 de enero de 1904. Disponibles en la hemeroteca del Archivo General de Entre Ríos.


Tierra del buen vino

Rubén I. Bourlot

La provincia de Entre Ríos fue tierra donde crecieron las viñas y fermentó el buen vino. Tal vez con el tiempo hubiera podido competir de igual a igual con las provincias cordilleranas que hoy son zonas de floreciente vitivinicultura.
A mediados del siglo XIX, con la afluencia de colonos europeos, se esparcieron las primeras viñas que crecieron junto con los olivos, los paraísos y el trigo. Suizos, saboyanos, piamonteses trajeron la tradición de convertir la uva en la espirituosa bebida que acompañaba todas las comidas. Es cierto que el cultivo de la uva no era desconocido en estos lares. El general Justo José de Urquiza en su residencia de San José plantó vides, las muy conocidas viñas, de unas veinte cepas distintas, que aún hoy ornamentan los patios del palacio.
Escribe Susana de Domínguez Soler, en un completo estudio sobre el tema, que los primeros sarmientos cultivados en la colonia San José, fundada en 1857, fueron enviados desde la Residencia de San José por el propio Urquiza. Eran de la variedad “Filadelfia” introducida desde los Estados Unidos.
Además de las viñas del Palacio, Urquiza elaboraba vinos en el Saladero Santa Cándida. Eran “vinos de pasas” obtenidos con pasas de uva frescas y aguardiente adquirido en Buenos Aires. La materia prima se procesaba en alambiques de cobre. “La adquisición de una partida de 5.000 corchos de ‘buena calidad’ dan cuenta de la producción”, escribe Domínguez Soler.
No obstante este entusiasmo de Urquiza por la explotación, los colonos de San José, bajo la administración de Alejo Peyret, chocaron inicialmente con una disposición del contrato que establecía la prohibición “a los colonos (para) vender licores, vinos y bebidas espirituosas en la colonia”, seguramente con la intención de prevenir los excesos en el consumo de alcohol. Esta disposición impedía el desarrollo de la incipiente industria por lo que rápidamente los inmigrantes solicitaron la derogación del artículo N° 19 del contrato, lo que fue aceptado por el propio Urquiza.
Así se incorporó la producción de vinos como una más de las múltiples actividades de las colonias. Los excedentes se vendían inicialmente entre los vecinos, a los saladeros de la zona y pronto ganaron mercados fuera de la provincia y llegaron a Buenos Aires.
En 1886 el colono Ferdinand Costantín escribía a sus primos de Suiza sobre la plantación de “quinientas toesas de viñas (alrededor de cinco mil metros). Espero que en pocos años podré agarrarme unas hermosas borracheras como tan a menudo lo hacía en Arbaz…”
Años después, en 1894 solicitaba a sus familiares de Europa: “… puede usted enviarme el Manual del viñatero del Valais que ha salido este año? Aquí todo el mundo trabaja su viña…”

Entre viñas y langostas
Pero no todas eran buenas en la explotación. “Las pequeñas langostas que han crecido en otra parte han vuelto para devorar el maíz y la viña”, escribía el agricultor citado, en 1887 y años después otra carta daba cuenta que “si no hubiéramos tenido las desgraciadas langostas, seríamos muy felices. Este año llegaron el día de San Miguel y han hecho una gran destrucción.”
Hacia 1890, solamente en el departamento Colón existían 600 hectáreas de viñedos en plena producción con 9 bodegas que elaboraban 1.148 hectolitros de vino. Además la actividad se había expandido por toda la provincia, principalmente Concordia, Uruguay, Victoria y Paraná.
En la hoy capital del citrus, se constituyó en 1886 un sociedad denominada “La Industrial Entrerriana” que tenía entre otros accionistas a Justo José de Urquiza (hijo), Eduardo Racedo, Benito Cook, Lucilo López, Miguel Laurencena y José V. Morán.
Un informe presentado en un congreso, en Buenos Aires, por el ingeniero José Alazraqui, contratado para estudiar la producción de la zona, dejaba constancia que “he probado en Concordia un vino rosado de 6 años que no temo compararlo con un Szmorodal de Hungría y un tinto de Cariñena, de igual color a la Pelure d’oignon (se refiere a un color de vino), rico bouquet y excelente paladar…”
Para 1880 Entre Ríos era la cuarta provincia en producción de vinos que se vendían en toda la Mesopotamia, Buenos Aires y con posibilidades de comercializarlos en el Río Grande del Sur, Brasil.
En 1887 los vinos producidos en el departamento Victoria también ganaban premios por su calidad en la Primera Exposición de Entre Ríos, mereciendo la región la denominación de “Champagne entrerriana”. “Es inútil decir que se trata de vino puro de uva y no de los brebajes que nos mandan de Europa, con etiquetas llevando pomposos nombres que son engaños y nada más”, reza un comentario sobre los vinos victorienses premiados en la citada exposición.

La extirpación
Además de la voraz langosta, otros oscuros nubarrones amenazaban la actividad en los albores del siglo XX. Para subsanar la crisis por sobre producción se tomaron medidas totalmente contraproducentes para la provincia que terminaron desalentando a los productores. En la década de 30’, envuelto en la crisis económica mundial, el gobierno conservador dispuso la creación de una Junta Reguladora de Vinos para controlar la producción, y fue Entre Ríos la que cayó en la volteada. La misma estaba radicada en Buenos Aires con delegaciones en Mendoza, San Juan y Río Negro. Entre Ríos no figuraba y así le fue.
Entre los cargos de la junta figuraba el temible “Jefe de extirpación” que tenía como misión la eliminación de viñedos. Pastor Cettour, un descendiente de los primeros colonos, testimonia que “todo era viñales en esta casa, después vino la ley que reguló la economía y entonces se prohibió…”
“La actuación de la Junta Reguladora de Vinos entre 1935 – 1943 representó para los entrerrianos un periodo muy triste de la vitivinicultura – escribe Domínguez Soler.
“Con dolor recuerdan los vitivinicultores de la colonia San José escenas que hieren sus sentimientos más profundos cuando pasaban los inspectores perforando toneles de vino, destruyendo alambiques, arrancando las vides de la tierra con el fin de regular la producción de vino…”
Lo que pudo haber sido una actividad que diera a la provincia una identidad de tierra de bueno vino a la par de las cuyanas, desapareció de un plumazo y recién medio siglo más tarde una ley nacional dispuso la liberación de la actividad en todo el territorio nacional y en Entre Ríos resurgió el entusiasmo de los pioneros.
En la colonia San Cipriano, frente a la casa de Omar Gallay hoy se puede observar un parral de las denominadas uvas “chinche”, que cada año produce las racimos que este descendiente de colonos saboyanos convierte en un vino tinto, dulzón y sustancioso. Así en toda la región, pesar de las regulaciones y prohibiciones, no se perdió esta tradición que hoy está renaciendo.

Bibliografía
Domínguez de Soler, Susana de, Entre Ríos, viñas y vinos,, Instituto Urquiza de Estudios Históricos, Bs. As. 2000.
Malaurie, Alfredo y Gazzano, Juan M. La industria argentina y la exposición del Paraná, Juan M. Gazzano y Cía, Bs. As., 1888.

La uruguayense que democratizó la música clásica

Rubén I. Bourlot

En 1931 la ya consagrada violinista Celia Torrá resultaba ganadora del premio de la Asociación del Profesorado Orquestal por su obra sinfónica Rapsodia Entrerriana. Nacida en Concepción del Uruguay el 18 de septiembre de 1884 fue una convencida impulsora de la democratización de la música académica. Y como mujer pionera en 1949 fue la primera que dirigió una orquesta en el Teatro Colón de Buenos Aires. En 1952 fundó el primer coro de obreros y obreras de Argentina.
La fructífera vida de Torrá es inabarcable en un artículo breve. Violinista, pianista, compositora, concertista, docente, y directora de orquestas y de coros, era hija Teresa Ubach y Joaquín B. Torrá. El apellido materno nos delata que era nieta de José Ubach y Roca quien, asociado con Justo José de Urquiza, instaló una fábrica de paños en su ciudad natal. Marcela Méndez escribió un interesante ensayo que viene muy bien abordar para ampliar el conocimiento de su obra.
Su formación en la música se inició a los cuatro años cuando el propio padre comenzó a impartirle clases de violín. Luego, muy joven, se trasladó a Paraná para continuar sus estudios, pero permaneció poco tiempo ya que su próximo destino fue Buenos Aires
Con 18 años cursó a estudios con los músicos más destacados de la época como Alberto Williams, América Montenegro y Andrés Gaos. En 1909 obtuvo una beca de la Comisión Nacional de Bellas Artes con el Gran Premio Europa que le permitió radicarse en Bruselas donde pudo perfeccionarse con el violinista Cesar Thompson y luego en Hungría con Jeno Hubay, y con el compositor Zoltan Kodaly.
Obtuvo varios premios por su actuación en el continente europeo y en 1914, al estallar la Guerra, se vio obligada a continuar viviendo en Europa. Tuvo que establecerse en Lyon, Francia. Sus actuaciones en ese periodo se limitaron a dar conciertos de violín a las víctimas de la conflagración en beneficio de la Cruz Roja.
Cuando finalizó la guerra pudo retornar al país y a su ciudad natal. En la Inmaculada Concepción realizó un concierto de violín para la misa dominical. A partir de ese evento, promovió la creación de una comisión para recaudar fondos con el objeto de adquirir un órgano para la Parroquia. Asumió la responsabilidad de aquel proyecto y contó con el apoyo del párroco, presbítero Andrés Zaninetti. El instrumento llegó finalmente en 1927.
Entre tanto el gobierno de la provincia de Entre Ríos le otorgó una beca para continuar su perfeccionamiento en Europa.

Música para el pueblo
El aprendizaje de Torrá con el compositor Zoltan Kodaly, ligado a la corriente neopopularista que incorporaba “la voz del pueblo” en sus obras tanto en la utilización de melodías populares como en ritmos o escalas, tuvo que haber influido en su campaña para popularizar la música de calidad.
En 1930 fundó y dirigió la Asociación Coral Argentina, premiada por la Municipalidad de Buenos Aires por tres obras: Cantar de Arriero, Vida Vidita y Milonga del destino. En 1938 la Asociación Coral se fusionó con la Asociación Sinfónica Femenina. Ambas instituciones brindaron más de 200 conciertos que convirtieron a Celia en una directora de orquesta excepcional. Su trabajo sirvió para profesionalizar a las mujeres instrumentistas en una época de difícil acceso al conocimiento musical.
En 1931 recibió el Premio de la Asociación del Profesorado Orquestal por la reciente composición de Rapsodia Entrerriana. Fue su primera obra para orquesta sinfónica estrenada por la Orquesta Filarmónica de esa asociación, con la dirección de la propia Torrá, en el concierto clausura de la temporada de 1931. En 1934 compuso Sonata para piano, una de las mejores sonatas de su tipo compuestas en el país según la crítica, y se la dedicó a su maestro Athos Palma.
Finalmente, en 1938, obtuvo el Premio del II Salón Anual de Composición por la Suite Incaica, además de obtener una mención por la Sonata en La Menor para piano. En 1951 compuso su única obra para violín solo: Elegía.
A lo largo de su meritoria labor impulsó la divulgación de la obras académica entre públicos que no estaban habituados a ese tipo de música. Así en 1921, en uno de sus retornos al país, comenzó a trabajar con la difusión musical en el norte argentino a pedido del gobierno nacional (en este momento lo presidía Hipólito Yrigoyen).
“No importa lo que cueste llegar a la masa; iremos sin temor y sin cansancio, no hay que descender, hay que elevarse y en la fuerza del impulso elevar a los demás” había dicho.
También desempeñó la docencia, ya que fue maestra de música en el Jardín de Infantes Mitre de la Ciudad de Buenos Aires.
En 1952 fundó y dirigió el primer coro de obreros de Argentina: el de la fábrica Philips. Allí estuvo al frente hasta su fallecimiento en 1962.

Una mujer en el Colón
Si de romper moldes se trata en 1949 Celia se atrevió a dirigir en el exclusivo teatro Colón de Buenos Aires. Un sitio reservado a hombres y a un público selecto que accedía a las obras del repertorio clásico amarrocando abonos. Y fue el 22 de noviembre Día de la música que homenajea a una mujer: Santa Cecilia. Torrá fue elegida para dirigir fragmentos de su propia Suite Incaica junto con Alberto Williams, Felipe Boero, Gilardo Gilardi. En aquel evento, estuvo al mando de la batuta de una de las orquestas más prestigiosas del país.
Romina Dezilio escribe (Género, política y espacio: estudio sobre la actuación de Celia Torrá en el teatro Colón de Buenos Aires como compositora y directora de orquesta) que “la transformación que protagonizó el Teatro Colón durante los dos gobiernos de Juan Domingo Perón (1946-1955) –adoptando una orientación popular– resulta inherente a los cambios de orden político, social y cultural del peronismo. Entre los principales propósitos de esta transformación se consideran tres a los fines de este estudio: la democratización del acceso y la popularización de los espectáculos; la promoción de artistas y repertorios nacionales y la capitalización de efemérides tendiente al ejercicio de una ritualidad patriótica.
“El programa de democratizar y popularizar el acceso a la llamada ‘alta cultura’ –continúa la autora-, patrimonio de las élites y la clase media hasta ese momento, resultaba consecuente con una idea de cultura, y en especial una concepción del arte como medio de transformación social (…). Sin embargo, este proyecto de acercar al ‘pueblo’ al primer coliseo, ‘templo’ del arte lírico y la música sinfónica, propio de una sociabilidad exclusiva de la elite porteña, encontró resistencias manifiestas y generó fuertes polémicas.”
La propia Torrá años antes había escrito (Revista Crótalos, Año 1, N° 11-12-13, 1934) que “nuestro país que deja ya de ser el país ganadero por excelencia, para incorporarse por sus merecimientos intelectuales y artísticos a aquellos países cuya civilización puede reposar en las tradiciones seculares de sus antepasados, no tardará sin duda en imitar la cordura con que Francia contempla un problema de tal trascendencia social, porque sabe que el arte es patrimonio de los pueblos civilizados y un contingente precioso para el perfeccionamiento humano.”
Falleció a los 78 años en Buenos Aires el 16 de diciembre de 1962. La Escuela Superior de Música de la Universidad Autónoma de Entre Ríos, en Concepción del Uruguay, lleva su nombre por iniciativa de su biógrafa Marcela Méndez.

Bibliografía
Méndez, Marcela. Celia Torrá. Ensayo sobre su vida y su obra en su tiempo. Editorial de Entre Ríos
Versión de Rapsodia Entrerriana disponible en https://youtu.be/zVGhB6KSUHw?si=dVnQHEFz5EAeg1PF


Imágenes
Celia Torrá violinista y directora de orquesta
Celia Torrá en 1949 junto a Alberto Williams en el teatro Colón

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