4/1/26

La libertad de imprenta: “que el pueblo hable al pueblo”

 Rubén I. Bourlot

"La imprenta, emancipada del capital y de los intereses particulares, sería la tribuna en que el pueblo hable al pueblo, será la redacción de los intereses generales para instruir al público”, aseveraba Mariano Fragueiro.

El 26 de octubre de 1811 el gobierno del Primer Triunvirato del Río de la Plata decretaba la libertad de imprenta. En esa época se entendía como libertad de imprenta que “toda persona puede publicar sus ideas libremente y sin censura previa”. En el siglo XIX el único soporte posible para las publicaciones era el papel. El otro medio eran los pregoneros que propalaban mensajes en el centro de las plazas.

El citado decreto consideraba que “el abuso de esta libertad es un crimen”, y que “su acusación corresponde a los interesados, si ofende derechos particulares, y a todos los ciudadanos si compromete la tranquilidad pública, la conservación de la religión católica o la Constitución del Estado”.

De acuerdo con la norma, compuesta por un total de diez artículos, los autores eran responsables de sus obras. Se garantizaba la difusión de las ideas en momentos que el proceso de independencia estaba en el debate público.

Los periódicos que circulaban eran escasos porque no abundaban las imprentas. Fuera de Buenos Aires casi ninguna localidad del Río de la Plata contaba con medios periodísticos. En Montevideo había circulado La Estrella del Sur publicada por la ocupación británica en 1807.

En Entre Ríos apareció el primer periódico en 1819 cuando Francisco Ramírez fundó La gaceta federal que circuló hasta los primeros meses de 1820 por la imprenta que trajo el chileno José Miguel Carrera. En diciembre de 1821, con Lucio Mansilla en el gobierno de la provincia, empezó a editarse El correo ministerial de Paraná.

Respecto a las normativas locales, el Estatuto Provisorio Constitucional de 1822 disponía que “la prensa es libre, bajo el Reglamento dado por el Ejecutivo General de las Provincias el 26 de octubre del año 1811” que tuvo vigencia hasta 1954.

 

El estado como garantía de la libertad de prensa

El 9 de diciembre de 1853 se sancionaba el Estatuto para la Organización de la Hacienda y el Crédito Público, cuya autoría corresponde al Ministro de Hacienda Mariano Fragueiro, que era complementario a la Constitución Nacional que había sido sancionada en este mismo año.

En un completo capítulo se desarrollaba la normativa referida a la publicación de contenidos por medio de las imprentas, una verdadera ley de medios de comunicación.

El Título XII del Estatuto disponía la instalación de imprentas del estado dependientes de la Administración del Crédito público en las ciudades de la Confederación para la publicación de documentación oficial y de todo escrito, que enviado a la Administración respectiva que haya recibido la “calificación de útil”, sin costo alguno para el autor. Asimismo se preveía una compensación mediante la entrega de un porcentaje de los ejemplares impresos.

La idea central de Fragueiro, expresada en trabajos previos, era incorporar a la imprenta como medio de comunicación, junto al crédito público, como un poder dentro de la estructura del gobierno, independiente de los otros tres poderes. Es decir, convertir a la prensa en el verdadero cuarto poder, que garantizaría el desarrollo del pensamiento en un marco de libre expresión.

“¿No sería de mucha importancia elevar al rango de instituciones políticas del poder de la imprenta y el del crédito público, como medios de garantir la libertad de publicar el pensamiento y el uso de la propiedad?” leemos en Fragueiro (Cuestiones argentinas, 1852). Y agregaba que “el espíritu de la prensa periódica y todos sus servicios, lo mismo que los servicios del crédito público, deben ser nacionales”. Ya en su obra previa, La organización del crédito (1850), había sostenido que la imprenta debía ser una propiedad pública sometida a la administración estatal.

Fragueiro estaba convencido que debía garantizarse a todos los habitantes “(…) el derecho y el poder de publicar sus pensamientos gratis, y con remuneración en su caso, en imprentas del estado, toda vez que el escrito fuera declarado útil por un jurado antes de su publicación”.

 

La censura empresaria

También advertía el economista cordobés sobre las críticas de censura previa que podían recaer sobre esta propuesta, y sostenía que sin la intervención estatal las restricciones a la libertad de expresión se acentuaban por las exigencias de los propietarios de los medios. “El pobre, el que no puede pagar la impresión, no puede publicar. La restricción de los empresarios, redactores y editores que no consentirán la impresión de ningún escrito contrario a sus intereses” y agregaba: “La imprenta está a merced de quien más paga”.

Estas aseveraciones podrán no resultar simpáticas para los abanderados de la libertad de prensa de hoy que cuestionarán con iracundia el monopolio del estado con el consecuente riesgo de censura previa.  En ese sentido opinaba su biógrafo Alfredo Terzaga (Mariano Fragueiro. Pensamiento y vida política, 2000): “Ninguna gran empresa editora de capital privado, y ninguna entidad que agrupe a dueños de diarios y periódicos podría ver hoy sin escándalo la tesis sostenida por Fragueiro”.

Las precauciones que planteaba Fragueiro sobre los medios privados y sus mecanismos más o menos encubiertos de censura se pueden trasladar al siglo XXI. El hombre común o el publicista independiente no cuentan con demasiados canales, salvo las denominadas “redes sociales”, para difundir sus ideas a pesar de la proliferación de medios. Se deben limitar a solicitar un espacio en la sección de cartas a los lectores o dejar un mensaje telefónico, cuya publicación queda sujeta a las disponibilidades de tiempo y espacio del medio. El profesional de la comunicación incorporado a un medio no siempre tiene margen para expresarse libremente ya que, como lo sostenía Fragueiro hace siglo y medio, “no consentirán la impresión de ningún escrito contrario a sus intereses”.

“Lejos pues, de intentar atacar la libertad de imprenta, queremos protegerla contra los abusos del egoísmo; procuramos destruir el absolutismo de los empresarios, redactores, editores y gerentes de los periódicos, que bajo estos nombres anónimos ejercen un poder señorial sobre los productos del talento (...)

“Entonces, la imprenta, emancipada del capital y de los intereses particulares, sería la tribuna en que el pueblo hable al pueblo, será la redacción de los intereses generales para instruir al público”, aseveraba Fragueiro.

Mitre veta la candidatura presidencial de Urquiza

Rubén I. Bourlot

 

El 17 de mayo de 1868 el presidente Bartolomé Mitre, pronto a finalizar su mandato, dirigió a Urquiza una carta solicitándole que declinase su candidatura presidencial. Lo cuestionaba por "haber sido proclamada antes de iniciarse los trabajos constitucionales por las montoneras que han asolado el interior de la República …”

La funesta guerra contra el Paraguay tenía ocupado al presidente Bartolomé Mitre pero se acercaba rápidamente el final de su mandato sin posibilidades de reelección y sin un sucesor que reuniera las condiciones para triunfar. Su favorito Rufino Elizalde, patrocinado por el imperio del Brasil –socio de Mitre en la Triple Alianza- no gozaba de simpatía en las provincias, ni en la de Buenos Aires. Se buscan alternativas y aparecen Adolfo Asina, Juan Bautista Alberdi como opciones. Este último, furioso opositor a la guerra contra el Paraguay, no era de las simpatías del fundador de La Nación.

Como la cuestión no se resolvía un grupo de oficiales y jefes del ejército se entusiasmaron con una idea lanzada por Lucio V. Mansilla. Ahí estaba disponible otro provinciano en apariencia más dócil al modelo político centralista del puerto de Buenos Aires, y que podía arrimarle los votos de las provincias. Era nada menos que el sanjuanino Domingo Faustino Sarmiento que en ese momento se encontraba en Estados Unidos, pronto a embarcarse a Europa. Y en París se enteró del ofrecimiento durante un banquete que le brindaron en el marco de la Exposición Universal de 1867.  En Buenos Aires no tomaron muy en serio esa candidatura. “Le hicieron creer que puede ser presidente” publicaban los diarios.

 

La candidatura de Urquiza

Y en medio de ese entrevero apareció la candidatura del expresidente Justo José de Urquiza con el apoyo de Entre Ríos, Corrientes, Santa Fe y Córdoba. La fórmula se completaba con el bonaerense Adolfo Alsina. La alarma cunde.

En noviembre de 1867, Mitre, desde Paraguay, publicaba una carta donde formulaba consideraciones sobre la situación interna y el porvenir del país, que es calificada con cierta pompa como su "testamento político". La popularidad de la candidatura presidencial de Urquiza era el centro de su preocupación. Mitre ponía de manifiesto que "ya había señalado con franqueza el único caso en que, usando de su autoridad moral y sin prevalecerse de su posición oficial, haría la oposición que le correspondía a candidaturas que de antemano consideraba funestas..." (¿la de Urquiza?) agregando que "su empeño había sido preparar al país a una libre elección de presidente en las mejores condiciones posibles para el gran partido nacional de los principios". Sin nombrarlo estaba sugiriéndole al entrerriano declinar sus aspiraciones presidenciales.

Proclamado por la “montonera”

La candidatura de Urquiza continuaba prosperando. Los diarios oficialistas como Tribuno y El Nacional Argentino lanzaban sus embates contra el entrerriano.  Sorpresivamente salió al ruedo una fórmula que le restaría posibilidades a Sarmiento: Alsina-Urquiza que a los pocos días trocó en Urquiza-Alsina. ¡Alarma en las trincheras del mitrismo! Con fecha 17 de mayo de 1868 Mitre dirigió una carta a Urquiza invitándolo a renunciar por estimar que su postulación sería contraria a los intereses del país, particularmente por "haber sido proclamada antes de iniciarse los trabajos constitucionales por la montonera que han asolado el interior de la República invocando su nombre (…) aun cuando V. E. no sea culpable de ello, quedándole sin embargo, la responsabilidad de no haber protestado contra esa explotación que se hacía de su nombre".
Desde Concepción del Uruguay, el 24 de mayo, Urquiza respondió diciendo que con anterioridad al "testamento" podría haber tomado en consideración la invitación que se le hacía, pero no ahora cuando ya están comprometidas voluntades y esfuerzos de muchos conciudadanos. Rebate las apreciaciones de Mitre y recogiendo la alusión a la montonera expresó que no puede admitirla "por la atroz injusticia que envuelve". Luego agrega: "La verdad del libre sufragio popular no depende ni de la palabra de V. E. ni de la mía; depende sólo del régimen de las instituciones en los pueblos no perturbados por la coacción del poder general, en cuanto le es extraño". Finalmente dice que esperaba sin impaciencia el voto popular y si le era adverso mancomunaría esfuerzos para ayudar al electo, a gobernar con eficacia, para mantener la unión nacional, obtener la paz, etc.

Finalmente Urquiza no fue elegido presidente por segunda vez. El sistema de colegios electorales permitió que se maniobrara en los cenáculos para favorecer finalmente al más digerible Domingo Faustino Sarmiento que obtiuvo 79 votos, Urquiza 28, Rufino Elizalde 22, Rawson 3 y Vélez Sársfield 1. Votaron por Urquiza todos los electores de Entre Ríos, Santa Fe y Salta.


Imágenes
Mitre en la Guerra contra el Paraguay
Urquiza 1862 (“Fotografía del Uruguay” de Bernardo C. Victorica, fotógrafo: Alicedo)

Bibliografía 

Calderón L. B. (1951). Urquiza, síntesis de su época y su actuación y su obra, Paraná.
Ramos, J. A., (1974). Del patriciado a la oligarquía, Peña Lillo, Bs. As.
Rosa, J.M., (1992). Historia Argentina, T. 7, Oriente, Buenos Aires.

La valiente defensa de una ciudad

 Rubén I. Bourlot

Una calle de Concepción del Uruguay recuerda la valiente defensa de la ciudad el 21 de noviembre de 1852 cuando tropas enviadas por el gobierno separatista de Buenos Aires intentaba impedir la reunión del Congreso Constituyente.

Siguiendo el relato de Luis B. Calderón, el 19 de noviembre de 1852 al mediodía "Ricardo López Jordán (hijo), Comandante Militar de Concepción del Uruguay tuvo noticia de que una escuadrilla conduciendo tropas remontaba el río; y casi simultáneamente un oficial de marina, Bartolomé Cordero, llegado en veloz carrera desde Gualeguaychú, le informó del ataque de (Manuel) Hornos. 

Producida la separación de Buenos Aires del resto de las provincias, tras el golpe de estado del 11 de septiembre, el gobernador de hecho Valentín Alsina y su ministro Bartolomé Mitre trazaron un plan militar “de pacificación de las provincias” para impedir la reunión del Congreso Constituyente convocado por Urquiza.

La expedición militar, trasportada por el vapor artillado Mercedes y siete buques a vela, fue confiada a los generales Manuel Hornos y Juan Madariaga quienes, con una dotación de 1.700 efectivos, salieron desde Buenos Aires el 10 de noviembre de 1852. Hornos, como entrerriano y para seducir a sus coterráneos -escribe Heriberto Pezzarini en su Historia de Concordia-, lanzó una proclama expresando que traía la bandera con la que se había vencido a Rosas. Invitaba a que bajo la sombra de ese paño se uniesen a sus fuerzas con la firme resolución de recobrar la libertad oprimida por el despotismo del Gobernador. Concluía diciendo que buscaba “(…) la paz y la libertad para esta tierra. Deseo el bienestar de todos, y como la presencia del Gral. Urquiza hace imposible la permanencia de esos bienes, quiero también que se vaya del país, y nos deje tranquilos elegir el gobierno que más convenga (…).”

El 15 de noviembre la escuadrilla al mando del general Hornos se ubicó en el río Uruguay, al sur de Gualeguaychú con el objeto de apoyar el ataque del general Juan Madariaga a Concepción del Uruguay que se produciría días después. Al día siguiente se produjo el desembarco en puerto Landa, en la boca del Gualeguaychú, con propósito de tomar la ciudad homónima. Lo propio hizo la caballería comandada por el correntino Ocampo. 

 

El pueblo en armas

Madariaga en tanto remontó el río rumbo a Concepción del Uruguay. “El 20 por la mañana se presentó la escuadrilla frente a la plaza –escribe Calderón-, y tomó como base para sus operaciones el vecino saladero Santa Cándida. Habiendo López Jordán rechazado con altivez la intimación que le dirigiera Madariaga, éste dispuso el ataque el 21 hacía medio día. “

López Jordán “adoptó rápidas disposiciones para colocar la plaza, que se encontraba desprevenida y desarmada, en condiciones de defenderse contra el ataque que se preveía. Se tocó generala, se distribuyeron armas, se formaron cantones. Todo el vecindario, nativos y extranjeros, viejos y jóvenes, respondieron al llamado; y ya en la noche del mismo día 19, la ciudad tenía en pie de guerra todos los elementos en hombres y armas de que podía disponer.” Los propios alumnos del Colegio del Uruguay se aprestaron para la defensa.

El vapor Merced se ubicó a la altura del actual Ministerio de Obras Públicas, con sus cañones apuntando a la población. Los cabos de amarre estaban atados en lo que es hoy la isla del puerto (en aquel entonces la zona se llamaba “el naranjal de Sagastume”).

 

La heroica defensa

Los combates comenzaron a las 10 de la mañana del 21 de noviembre. La columna más importante de los invasores comenzó a avanzar desde el actual Balneario Itapé por lo que es hoy la calle Juan D. Perón hacia la plaza Ramírez, mientras –desde el Merced- se cañoneaba al nuevo edificio del Colegio del Uruguay (asiento de uno de los cantones de la defensa y donde se ubicaron cañones para hostigar el avance de los invasores). El Colegio perdió así su primer mirador.

Durante tres horas se peleó encarnizadamente. Se llegó al enfrentamiento cuerpo a cuerpo. Por el sur, por el suroeste, por el norte. Fue tan dura y decidida la respuesta de los pobladores, que el enemigo (que no esperaba semejante entereza) al no poder doblegar a los defensores, huyó despavoridamente volviendo hacia el Itapé. Contra ellos –que se retiraban- cargó López Jordán encabezando la precaria caballería con que contaba, haciendo que la victoria fuera total y definitiva.

La desastrosa derrota provocó que el Merced cortara amarras, matando con sus paletas –incluso- a los invasores que querían llegar nadando para refugiarse abordando el buque.

A las 14 horas la victoria ya era completa. Diez uruguayenses perdieron la vida en los combates y 82 invasores. Hubo más de 100 heridos y 44 prisioneros.

“Entretanto Hornos, que avanzaba desde Gualeguaychú, dispersó las milicias que intentaban reunir algunos jefes de Urquiza y se acercó a Uruguay. Ya en sus inmediaciones tuvo noticia de la derrota y fuga de Madariaga y, como si lo contagiara el verdadero pánico que había hecho presa de su colega en el comando de la expedición, no pensó más que en salvarse huyendo hacia Corrientes.”

En esos días Urquiza se encontraba en Paraná, desde el 15 de noviembre, dispuesto a viajar a Santa Fe para inaugurar el Congreso Constituyente; pero el 18, al recibir noticias del movimiento de las fuerzas porteñas resolvió dirigirse hacia el campamento de Calá para organizar la defensa. Por eso motivo no participó de la apertura del Congreso.

  

Bibliografía

Calderón, Luis B., (1951). Urquiza, Provincia de Entre Ríos y Pezzarini, Heriberto, (2007). Historia de Concordia I, Casa Fornés. Disponibles en el Archivo General de Entre Ríos.

Imágenes

-          Monolito y placa que recuerda la defensa

-         Ricardo López Jordán

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El Colegio del Uruguay cobijó estudiantes de diversos países

Rubén I. Bourlot

El 25 de noviembre de 1906 asumía la presidencia del hermano Paraguay Benigno Ferreira. Si bien nacido en el país guaraní su educación secundaria y universitaria transcurrió en la Argentina y es uno de los egresados del Histórico Colegio del Uruguay.

La institución fundada por Urquiza en 1849, primer colegio secundario laico del país con aspiraciones universitarias, cobijó a alumnos de todo el país, muchos de ellos becados por carecer de recursos y de allí salieron figuras notables, entre ellos los presidentes argentinos Julio Argentino Roca (dos períodos 1880-1886 y 1898-1904), Victorino de la Plaza (1914-1916), Arturo Frondizi (1958-1962), el vicepresidente Hortensio J. Quijano (de Juan Domingo Perón) y dos presidentes del Paraguay: el citado Benigno Ferreira (1906-1908) y Juan Bautista Egusquiza (1894-1898).

Educación pública y abierta

En estos tiempos que se pone en tela de juicio si la educación pública argentina puede recibir con sus brazos abiertos a estudiantes de nuestras hermanas repúblicas americanas, bien vale recordar que en la época de Urquiza, en Entre Ríos, las aulas estaban dispuestas a cobijar a los jóvenes de toda la región ansiosos de aprender. Varios fueron los “extranjeros” que pasaron por el Histórico, como Eduardo Wilde nacido en Bolivia, en 1844, médico, periodista, político y diplomático, y los hermanos paraguayos Juan y José Segundo Decoud, destacados políticos en su país. También por las aulas Escuela Normal de Concepción del Uruguay, conducida por Clementina Compte de Alió,  se formaron las paraguayas Adela y Celsa Speratti que en su país fueron las organizadoras la primera Escuela Normal.

El presidente Ferreira

El de Benigno Ferreira es un caso muy particular. Desde el vamos digamos que nació en Mora Cue, Tapúa Grande (hoy Limpio), hijo de Joaquín Ángel Mora Coene y María Concepción Ferreira. Como no era un matrimonio legalizado adoptó el apellido de su madre. Cuando llegó el momento de cursar estudios secundarios en el Colegio de San Carlos de Asunción, el presidente Carlos Antonio López no se lo permitió por ser hijo de un opositor.  Por suerte su padrino de bautismo era el cónsul general argentino José Tomás Ramírez que le consiguió una beca para el Colegio del Uruguay. 

Así, en 1859 el joven Ferreira ingresó al histórico Colegio y a su egreso se trasladó a Buenos Aires para estudiar Derecho. Antes de terminar la carrera otro hecho imponderable interrumpió sus estudios. Estalló la tragedia que fue la guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay, su país.

Con 19 años se incorporó a la Legión Paraguaya, enrolada entre las tropas argentinas, conformada por exiliados que se oponían a la política del presidente Francisco Solano López. No obstante, al conocerse el Tratado Secreto de la Triple Alianza Ferreira se apersonó ante el general Urquiza para expresarle que “hemos sido engañados. El tratado de alianza es una vergüenza para los gobiernos signatarios, un ultraje a mi patria y un escarnio a la civilización”. Ferreira renunció a la fuerza y en Buenos Aires se dedicó al periodismo, en el diario “La República”, en cuyas columnas sigue fustigando a la Triple Alianza.

Terminada la trágica guerra que enlutó a toda América y destruyó al Paraguay, Ferreira volvió a su país y en 1871 ocupó el Ministro de Guerra y Marina en la gestión del presidente Cirilo Antonio Rivarola (1870- 1871), y luego se hizo cargo del Ministerio del Interior en la gestión de Salvador Jovellanos (1871-1874).

Con la asunción del nuevo presidente Juan Bautista Gill, protagonista de varias revueltas, Ferreira debió marchar al exilio en Argentina donde permaneció hasta 1895 en tanto terminó  el doctorado en leyes.

Involucrado en un nuevo movimiento revolucionario, la guerra civil de 1904 que protagonizan los liberales contra el Partido Colorado, lo designaron Ministro de Guerra y en 1906 asumió como presidente de la Nación pero no terminó su mandato. Destituido en 1908 vuelve a exiliarse en Argentina donde permanece hasta su muerte el 14 de junio de 1920.

Juan Bautista Luis Egusquiza

El historiador Celomar Argachá rescata otro estudiante del Colegio del Uruguay que llegó a la presidencia del Paraguay.

“Numerosos historiadores paraguayos mencionan al General Juan Bautista Luis Egusquiza Isasi – señala Argachá - como un progresista militar y político que ocupó la Presidencia de la República del Paraguay entre noviembre de 1894 y noviembre de 1898, es decir con anterioridad al General y Doctor Benigno Ferreyra (1906-1908)”

“Lo realmente curioso – continúa el historiador uruguayense - es que fue alumno del Colegio del Uruguay Justo José de Urquiza en la carrera anexa al Histórico, como fue el Aula Militar, siendo condiscípulo de Julio Argentino Roca y de otros notables militares argentinos. Su rector era el Dr. Alberto Larroque.”

Egusquiza ingresó en el Ejército Argentino llegando a ascender hasta Capitán, y años después retornó a su país donde se le reconoció su cargo militar y continuó en servicio hasta el grado de General de Brigada.

 

Imágenes

Colegio del Uruguay2018 (foto Luis Cerrudo. 2018)

Benigno Ferreira

Las hermanas Adela y Celsa Speratti

Bibliografía

Argachá, C. (24 de julio de 2020) Personalidades paraguayas que estudiaron en nuestra ciudad,  en https://concepcionhistoriayturismo.com/category/hechos-destacados/

Bonín, R, (29 de julio de 2019), "El Colegio del Uruguay es un faro en la educación pública argentina", en https://www.elmiercolesdigital.com.ar/el-colegio-del-uruguay-es-un-faro-en-la-educacion-publica-argentina/

 


Ley de aduanas para proteger la producción local

Rubén I. Bourlot

El 29 de abril de 1849, durante la gobernación de Justo José de Urquiza, se sancionó una nueva ley de aduanas que venía a modificar la ley vigente desde 1836.

Eran tiempos heroicos. Las provincias tenían pocas posibilidades de recaudar para mantener su estructura estatal. Las aduanas que cada provincia tenía para sí, independientes de la aduana del puerto de Buenos Aires, eran casi las únicas fuentes de recursos. Pero esos aranceles aduaneros no solo servían para recaudar. Eran mecanismos de política económica para fomentar determinadas producciones y protegerlas de la competencia externa que desde Europa venían industrializadas, abaratadas con la mano de obra proletaria que trabajaban a cambio de magros salarios.

Así fue como en la gobernación de Pascual Echagüe, y en consonancia con la política de protección de las producciones locales llevada a cabo por el encargado de la Confederación Juan Manuel de Rosas, en Entre Ríos se sancionó una ley para regular el régimen tarifario. En ese momento (1836) la principal preocupación de las autoridades provinciales era el despoblamiento del campo con la liquidación del ganado vacuno que se destinaba de manera indiscriminada a la exportación. En esa ley se fijaron derechos diferenciales para favorecer a la industria local, estableciendo aranceles a la importación de manufacturas que competían con esa producción. Se gravó la extracción de ganado vacuno. Se prohibió el ingreso de algunos rubros como ropa confeccionada, sillas de montar, bolas, lazos, sombreros, harinas, licores de diverso tipo y una extensa lista. Si se podían fabricar en la provincia o el país para qué comprarlo afuera. Una lógica que los aprendices de economistas que suelen poblar hoy las pantallas de la televisión no explican con esa sencillez.

El acatamiento a esas medidas no fue para nada pacífico. Hubo descontentos por parte de provincias vecinas que se vieron obligadas a pagar aranceles para introducir su productos en la provincia, como fueron las protestas del gobernador santafesino Estanislao López preocupado por los recargos que se aplicaban a la introducción de trigo y a la venta de vacunos a Santa Fe.

La puesta en vigencia de la ley dio como resultado el desarrollo de algunas industrias como fue la novedosa fábrica de grasa de yeguarizos introducida por Enrique Hocker, la reactivación de la producción lanera y la instalación de saladeros en Concordia y Gualeguaychú, entre otras.

La nueva ley de aduanas

En 1949, bajo el gobierno de Urquiza, una nueva ley de aduanas con un fuerte sesgo proteccionista sustituye a la anterior, modificando el cuadro arancelario. Respecto de la importación, establecía que todo artículo extranjero pagaría por todo derecho el 12% ad valorem. En tanto los aguardientes, cañas, y demás licores -productos que no eran imprescindibles para el desarrollo de la provincia- fueron gravados con el 35%. Los vinos pagarían el 18%. En cuanto a los frutos y manufacturas procedentes de las provincias de la Confederación Argentina, su introducción era gravada con el 6% ad valorem. Los vinos pagarían el 7% y los aguardientes en general, el 15%.

Sí eran gravados fuertemente artículos de las provincias de la Confederación que podían perjudicar la producción local, con aranceles que llegaban al 50%. Asimismo se exigía un derecho del 50% a la introducción de toda prenda de plata alemana y su composición. Se liberó de derechos la introducción de ganado vacuno, yegurarizo y lanar.

Con el objeto de fomentar la industria local se rebajaron los aranceles a insumos como sal, tablas y cajones, elementos que se utilizaban en la industria saladeril, las máquinas, pipas vacías, duelas, flejes para arcos, pólvora ordinaria para los trabajos de las caleras, herramientas para establecimientos, libros de instrucción, instrumentos de agricultura, ciencias y artes; debiendo los introductores de estos últimos artículos, acreditar que eran para uso particular.

Por otra parte quedaba absolutamente prohibida la introducción en el territorio de Entre Ríos de trigos, harinas, galletas, frutas y legumbres, si procedían de países extranjeros.

En otro orden que no tenía relación con la política económica, se prohibía la introducción de libros contrarios a la religión católica, apostólica, romana, así como los que tengan láminas indecentes y ofensivas al pudor, cuadros y pinturas de esta misma clase.

En lo referente a la exportación, se establecían los distintos derechos que deberían pagar los productos locales al salir del territorio de la provincia.

El único efecto cuya exportación se declaraba libre de todo derecho era la carne salada, lo que no implicó ninguna variante con el régimen aduanero anterior. En cambio, quedaba absolutamente prohibida la extracción del oro y plata en moneda sellada para países extranjeros; y para las provincias hermanas se permitía bajo de fianza, la que se levantará acreditando su introducción.



Bibliografía a consultar

Poenitz, Erich L. W. Edgar, (1978). “La restauración del sosiego público. El gobierno del general Pascual Echagüe (1832-1841)”, en Enciclopedia de Entre Ríos, Arozena Editores, T. II, Paraná.

Recopilación de leyes, decretos y acuerdos de Entre Ríos, Tomo V (1842-1849).

Urquiza Almandoz, Oscar F. (1878). Historia económica y social de Entre Ríos (1600 – 1854), Banco Unido del Litoral, Bs. As.

Del mote de vagos a la dignificación del trabajo rural

 Rubén I. Bourlot

El 8 de octubre es el Día del Trabajador Rural recordando la sanción en 1944 de primer Estatuto del Peón de Campo, mediante decreto 28.169 del gobierno de facto presidido por el general Edelmiro Farrell, cuyo secretario de trabajo era Juan Domingo Perón.

“Cachorro de viaje largo: / ¡qué duro es tu trajinar!/ Destino sin una queja / de silencio y soledad” le canta Linares Cardozo en Peoncito de estancia.

Existe un discurso muy actual que romantiza al trabajador rural asalariado, al peón de campo, que lo muestra como una persona abnegada que trabaja de sol a sol, con frío, calor o lluvia, sin reclamar por vacaciones, sin hacer huelgas cortar rutas (como lo hacen sus patrones). Pero esa es una penosa realidad aún con la vigencia de las leyes que tratan de dignificar su trabajo.

El estatuto de 1944 venía a visibilizar a un sector totalmente marginado que prestaba servicios en condiciones penosas y en muchos casos casi en la esclavitud. La norma establecía la obligación de pagar un salario mínimo y la estabilidad de los trabajadores del campo, el pago en moneda nacional, la ilegalidad de deducciones o retenciones, descansos obligatorios, alojamiento con mínimas condiciones de higiene, buena alimentación, provisión de ropa de trabajo, asistencia médico-farmacéutica y vacaciones pagas. La normativa fue fuertemente resistida por los productores rurales que se negaban a reconocer la productividad del trabajador bajo su dependencia.

El estatuto se convirtió en la Ley Nº 12.921 en diciembre de 1946. Meses más tarde se sancionaba la Ley 13.020 para reglamentar el trabajo de cosecha o de los llamados trabajadores “golondrina”. El Estatuto del Peón de Campo fue reemplazado por un Régimen de Trabajo Agrario mediante el decreto de facto Nº 22.248 de 1980. En 2011 se sancionó un nuevo Estatuto del Peón Rural.

 

Régimen feudal

El régimen de trabajo rural hasta la década del ’40 no difería mucho de las condiciones que venían de la época colonial. Los vínculos cuasi feudales entre peones y patrones tuvieron su expresión más salvaje en los obrajes de La Forestal que a partir de 1870 explotó los quebrachales en el norte santafesino, sur chaqueño y noreste de Santiago del Estero.

Tradicionalmente, con la expansión de la ganadería en la región, se hizo necesario contar con puesteros y peones para atender a la hacienda bajo un régimen de servidumbre.

Según el historiador Juan Pivel Devoto a fines del siglo XVIII en la Banda Oriental del Uruguay los puesteros y peones constituían la base de lo que denomina el "proletariado rural”. Percibían una parte de su salario en dinero, completándose muchas veces en forma de alimentos y vivienda. Una figura importante de este sector estaba representada por los agregados, en muchos casos antiguos ocupantes instalados en predios de grandes o medianos hacendados, con su propio grupo familiar. El agregado fue tolerado frecuentemente por el propietario o poseedor como garantía contra el asentamiento de nuevos ocupantes, manteniéndolo en las tierras a cambio del mejor derecho del hacendado.

Las grandes propiedades se arrendaban con todo lo que las tierras tenían, no sólo con las instalaciones, sembradíos o ganado, sino también con los pequeños arriendos – en este caso, denominados arrendatarios secundarios- y con los agregados que tuviera la propiedad que los asimilaba a los siervos de la gleba del feudalismo europeo. Es decir, los contratos celebrados en estos casos otorgaban al arrendatario principal un amplio poder de decisión sobre los arrendatarios menores o secundarios, a tal punto que lo facultaban para decidir sobre su permanencia en la propiedad y sobre la renta que debían abonar. En este sentido, y en virtud de la relación contractual, los arrendatarios principales, sin ser dueños de la tierra que arrendaban y al margen de cualquier otro arreglo que previamente pudiera haber hecho el arrendatario secundario o el agregado con el propietario de las tierras, recibieron un amplio poder de decisión sobre la suerte de aquellos. Se trasladaba al arrendatario principal con toda su fuerza la relación de dependencia del pequeño arrendatario y del agregado.

 

El control del los vagos

Ya en la época independiente los gobiernos de Entre Ríos trataron de regular el trabajo rural no para reconocerles derechos sino para garantizar la prestación de sus servicios. Así Justo José de Urquiza al frente del gobierno de Entre Ríos dispuso una minuciosa reglamentación para el personal de marcación de ganado: "Todo peón de esta marcación, queda sujeto a los comisionados, principales cabezas y subordinados a los subalternos de las escuadras que formen, sin poder salir del puesto que ocupe sin previo permiso por escrito de uno de los comisionados. La peonada en sus marcas guardará el orden militar, formando filas alineados sin permitir que salga nada de ellas, y cumpliendo las órdenes que se les imponga. Los trabajos cesarán a las doce del día sábado, para dar lugar al aseo particular de cada uno y reposición de los útiles de servicios inutilizados, pasando revista de ellos en forma militar; ninguno tendrá ni podrá llevar mujeres en las incursiones que se hagan durante su subsistencia en las comisiones de yerra.” El día domingo se permitía a la peonada “la diversión de costumbre, que es el baile, cuidando las familias del partido, y prohibiéndose hacerlo de noche, y éste sólo durará hasta las cuatro de la tarde.”

Pero también por la época rigieron las denominadas leyes de “vagos” para obligar a prestar servicio a los también denominados “gauchos” que no tenían ocupación fija.

En 1848 el gobierno decretó “convencido de que la falta de moral y aplicación al trabajo de la clase jornalera, obsta poderosamente al adelanto de un país, por cuanto la falta de brazos paraliza todos los ramos de su comercio e industria” por lo tanto no se admitía en la provincia “ninguna clase de individuo vago, o que no tenga ocupación honesta y conocida” y establecía las obligaciones de peones y empleadores que debían exigir la portación de un certificado de las autoridades competentes o la “papeleta” extendida por un empleador donde se registraba su conducta en el trabajo. Los que persistían en el estado de vagancia serían enviados al campamento militar de Calá.

En 1860 la Cámara legislativa sancionó la “Ley de vagos” que calificaba como tales a “las personas de uno y otro sexo que no tengan renta, profesión, oficio u otro medio lícito con que vivir” y “los que con renta, pero insuficiente para subsistir, no se dedican a alguna ocupación lícita y concurren ordinariamente a casas de juego, pulperías o parajes sospechosos.” A éstos infractores se los destinaba a “trabajos públicos por el término de tres meses” en tanto que “las mujeres vagas serán colocadas por igual término al servicio de alguna familia mediante un salario convenido entre la Autoridad y el patrón.”

A principios del siglo XX, luego del conocido Informe sobre el estado de las clases obreras en el interior de la República Argentina producido por Bialet Massé en la segunda presidencia de Julio Argentino Roca, se presentó ante el Congreso Nacional un proyecto de Ley Nacional de Trabajo que fue rechazada tanto por los sectores industriales como por diversos gremios.

Como expresábamos al principio, en la actualidad aun persisten bolsones de explotación del trabajo rural que cada tanto dan cuenta los medios de comunicación, donde no se respetan las normar vigentes, no rige el estatuto del peón ni las leyes laborales, se reduce a la servidumbre, se mantienen trabajadores forestales hacinados en ranchadas inhabitables, encerrados sin poder circular libremente, mal alimentados y mal pagos.

 

Bibliografía

Bialet Massé, Juan. Informe sobre el estado de las clases obreras en el interior de la República Argentina, disponible en https://www.trabajo.gba.gov.ar/informacion/masse/Volumen1.pdf



Los tajamares para regular el agua para la ganadería

 Rubén I. Bourlot

El 27 de septiembre de 1848 el gobernador Justo José de Urquiza dirigió una circular a los distintos comandantes departamentales ordenando que los propietarios de campos construyeran tajamares. En el siglo XIX esta infraestructura era indispensable para sostener los rodeos en la provincia. Por lo general, la ubicación de las estancias estuvo determinada por la existencia de aguadas naturales. En este sentido, Entre Ríos se halla favorecida por la naturaleza, pues su territorio está surcado por unos 7.000 cursos de agua, entre y arroyos. No obstante, en los periodos de sequía, muchas corrientes de agua se agotaban y con la construcción de este tipo de represas se garantizaba que el ganado pudiera calmar su sed.

El historiador Oscar Urquiza Almandoz se refiere a la construcción tajamares en su libro Historia Económica y social de Entre Ríos.

“En la provincia de Entre Ríos, la abundancia de ríos y arroyos que cruzan su territorio en todas direcciones despertó en sus pobladores la idea de lograr un mejor aprovechamiento de esas fuentes naturales –sobre todo en épocas de sequía- mediante la construcción de tajamares.

“Los tajamares son terraplenes que atraviesan los arroyos y cañadas secundarias, con los cuales se obtiene un embalse, cuyo cubaje se aumenta por el acopio de las aguas de lluvia. La laguna que así resulta se denomina de igual modo, ofreciéndose como un interesante ejemplo de acción modificadora del hombre sobre el paisaje primitivo.”

En tanto Beatriz Bosch explica en detalle la técnica de construcción. “Elegido el sitio del arroyo se ara un terreno próximo, ya con arado de mancera (de una reja), ya con uno de asiento del que tiran tres o cuatro caballos. El transporte de la tierra que de allí se saca se verifica por medio de ‘palas de bueyes’ o ‘sapos’, nombre dado a grandes cucharas de hierro conducidas por dos o tres caballos o mulas o por una yunta de bueyes excepcionalmente. Cada ‘pala de buey’ tiene medio metro cúbico de capacidad; en su parte posterior posee dos mangos de madera asidos con firmeza por el operador, de suerte que la anterior, de gran filo por el uso, pueda cortar o rebanar la tierra arada. En el fondo del cauce se superponen cargas de ‘pala de buey’ mientras que los repetidos pasajes del vehículo y de los animales apisonan fuertemente”, y así quedará levantado el terraplén que represará el arroyo.

“En zonas donde abunda la madera se emplean estacadas de árboles corpulentas, ñandubay o algarrobo, a fin de dar mayor solidez y consistencia al terraplén.”

Por su parte Urquiza Almandoz agrega que “resulta prácticamente imposible determinar el momento en que comenzó la construcción de tajamares en suelo entrerriano. Pero, sí, en cambio, es posible reconstruir el proceso mediante el cual el gobierno la impulsó decididamente, lo que permitió que en 1851 existiesen en la provincia 465 tajamares.”

Carga pública

En 1844, estando el entonces gobernador Urquiza en la República Oriental del Uruguay en campaña contra Rivera, dispuso la construcción de tajamares para prevenir los efectos de las sequías. Para ello se estableció un servicio personal con carácter de carga pública, por el cual todos estaban obligados a trabajar en su construcción.

Más adelante “a raíz de las sequías que afectaron la provincia entre los años 1848 y 1850 –escribe Urquiza Almandoz-, el gobernador Justo José de Urquiza ordenó la construcción de tajamares en los campos desprovistos de aguadas naturales permanentes. El 27 de septiembre de 1848 dirigió una circular a los distintos comandantes departamentales, estableciendo las responsabilidades que competían a los funcionarios de cada departamento, en la dirección y fiscalización de los trabajos, que tendrían carácter obligatorio. Es que lo que estaba en juego era la salvaguarda de la industria ganadera que constituía la principal riqueza de la provincia.

“La construcción de tajamares continuó en períodos posteriores y llega hasta nuestros días. Nada menos que José Hernández, reconoció la extraordinaria tarea realizada para la preservación y el desarrollo de la riqueza ganadera entrerriana: ‘Entre Ríos -escribió en su Instrucción al estanciero- tiene abundantes vertientes, ríos caudalosos y arroyos muy fuertes, agua permanente en toda la provincia y, además, por sus campos quebrados y grandes zanjones secos, tiene la facilidad de hacer, como se hacen en cualquier parte inmensos tajamares, en donde se reúne y conserva gran cantidad de agua de lluvia por mucho tiempo, para miles de cabezas de ganado.’”

En el Archivo General de la Provincia se encuentra la Estadística de tajamares levantado en 1849 con información minuciosa de las represas que se han formado en los distintos departamentos, su ubicación, el nombre de sus propietarios y la fecha de construcción.

En una comunicación del Jefe Político del Departamento de Nogoyá, de 1861, dice que la falta estacional de agua “sería fácilmente remediado haciendo que los estancieros formaren uno o dos tajamares en su campo, obras que todos se hallan en estado de hacerlas pues con la pequeña cantidad de 25 pesos pueden formar un tajamar que les dure dos o tres años y aún más si tienen cuidado de no dejarle destruir. Esta medida debe ser obligatoria para todos, pues de otro modo no produciría resultado alguno. Hoy todos conocen la necesidad de esa medida y la piden con insistencia, sin embargo de que ninguno se dedica a poner el remedio, prefiriendo sufrir cada año las perdidas consiguientes a la emigración de las haciendas y aun se ha visto algunas deshacer las que tenían hechas. La razón de esta incuria y aparente abandono que a primera vista parece sin disculpa es los perjuicios que se causan a los dueños de tajamares por la falta de ellos en los campos vecinos. Durante la seca todas las haciendas vecinas se reúnen en el campo que tiene tajamares en busca de agua, y consumen los pastos, y cuando llueve se encuentra el dueño del tajamar en la precisión de salir con sus haciendas por falta de pasto, cuando todos los demás tienen pastos y aguas.”


Imágenes

Tajamar actual

Tajamar en Feliciano hacia 1910, foto de Barcón Olesa

Fuentes y bibliografía

Archivo General de Entre Ríos, Fondo Gobierno, Serie VII: Estadísticas y censos 1823 - 1894

Urquiza Almandoz, Oscar F., Historia Económica y social de Entre Ríos (1600-1854), Banco Unido del Litoral S.A., 1978.

Informe del Jefe Político del Departamento de Nogoyá Evaristo Martínez al Ministro General de la Provincia, Archivo Histórico de la Provincia de Entre Ríos, Gobierno. Serie VII, legajo 5, año 1861.

Beatriz Bosch,  Los tajamares de Entre Ríos, en  Revista Geográfica, T. 15, No. 41 (2º semestre 1954), Pan American Institute of Geography and History.

La batalla clave de Arroyo Grande

Rubén I. Bourlot

 El 6 de diciembre de 1842 los ejércitos de la Confederación al mando de Manuel Oribe derrotaron a las fuerzas comandadas por Fructuoso Rivera en Arroyo Grande, en las cercanías de la actual ciudad de San Salvador. De esa manera se canceló definitivamente el proyecto alentado por el estado de Río Grande (Brasil) y las diplomacias inglesa y francesa de crear la Federación del Uruguay.

La historiadora Marta Nikel sostiene que "esta batalla venció y destruyó el plan del uruguayo (Fructuoso) Rivera, quien quería formar la llamada 'Federación del Uruguay, Uruguay Mayor' o 'Estado Oriental del Paraná' anexando al Uruguay las provincias de Entre Ríos, Corrientes pertenecientes a Argentina y la de San Pedro al Sur Río Grande que dependía del Imperio del Brasil y con el tiempo anexar Paraguay, contando disimuladamente con el apoyo de Inglaterra y Francia que pretendían el dominio de los ríos Paraná y Uruguay.
"Muchas fueron las publicaciones que exaltaron esta batalla como así también misivas de felicitaciones al general Urquiza, entre otras las de Don Felipe Ibarra, veterano gobernador de Santiago del Estero, felicitándolo por el triunfo ‘de la célebre jornada de las Puntas de Arroyo Grande’".


La Federación del Uruguay
El proyecto de la Federación del Uruguay se remontaba a 1838 cuando se había pergeñado la idea de formar un nuevo estado “tapón”, o una ampliación del estado del Uruguay, con restos de la Confederación Argentina, Brasil y eventualmente el Paraguay. Entre Ríos, Corrientes, Santa Fe eran parte del proyecto y con esta maniobra quitaba a la Confederación Argentina el dominio de los ríos Uruguay y Paraná. Hacia 1840, tras el fracaso del bloqueo francés a los puertos de la Confederación, la iniciativa cobró nuevos bríos con la firma de un convenio (5 de julio de 1841) entre el entonces presidente uruguayo Rivera con el presidente de Río Grande, Bento Gonçalves, para apoyarse mutuamente en su avance sobre el Litoral. También era de la partida el aventurero italiano Giuseppe Garibaldi. En tanto en Entre Ríos el gobernador Pascual Echagüe venía de sufrir una dura derrota en Caaguazú.
En enero de 1842 el general Carlos María Paz con el apoyo de los gobernadores de Corrientes, Pedro Ferré, de Santa Fe, Juan Pablo López, y Fructuoso Rivera, invadió Entre Ríos y designó gobernador a Pedro Pablo Seguí y luego asumió la gobernación el propio general Paz. Fracasado el intento de someter a la indómita Entre Ríos y avanzar hacia Buenos Aires para atacar al gobierno de Juan Manuel de Rosas, éste envió al general Manuel Oribe en auxilio del gobernador electo Justo José de Urquiza que en ese momento se encontraba atrincherado en la isla Tonelero. Oribe regresaba del norte del país con las fuerzas de la Confederación después de haber combatido a la liga unitaria. Con el éxito de la campaña y la muerte de uno de los líderes de la oposición unitaria, el general Juan Galo Lavalle, quedaba a disposición para reprimir a los invasores del Litoral.

Arroyo Grande
En Entre Ríos, tras la precipitada partida de Paz y sus fuerzas, el peligro no había cesado puesto que el voluntarioso Garibaldi avanzaba por el Paraná y, salvando todos los obstáculos, llegó hasta Costa Brava, al norte de La Paz, donde fue alcanzado y derrotado por la escuadra del almirante Guillermo Brown los primeros días de agosto.
En diciembre Rivera con su ejército, que se encontraba aún en Gualeguay, se desplazó desde Galarza hacia la costa del Uruguay para interceptar a Oribe en Arroyo Grande. Hasta el lugar se habían dirigido los ejércitos combinados de Oribe, desde Paraná, y de Urquiza que partió desde el Tonelero, en el Delta.
En las primeras horas del 6 de diciembre se desató la batalla. Según los analistas este fue uno de los enfrentamientos más encarnizados y sangrientos de la época donde participaron 8.000 hombres de Rivera y 9.000 de Oribe y Urquiza. Rivera fue derrotado, perdió el parque completo y casi toda la caballada. “Todo se perdió” escribió en sus Memorias el general oriental César Díaz que combatió con las tropas de Rivera quien “huyó él primero de todos estando aun indecisa la batalla. Arrojó el sombrero, su pistola, el rico poncho de vicuña y en mangas de camisa se escurrió por el monte… Pasó a nado los riachos disparando como una gama y de isla en isla llegó a la costa Oriental.
“La confusión fue horrible por todos lados. Los orientales y los correntinos huían desbandados por aquel campo, en dirección a Corrientes los unos, a las costas del Uruguay los otros. Cuatro mil hombres de caballería enemiga de Oribe siguieron acuchillándolos sin cuartel hasta el día siguiente”.

Rivera se dirigió hacia el norte y a las cuatro de la tarde llegó a Concordia. Desde ahí abandonó apresuradamente el territorio de la provincia arrojándose a las aguas del Uruguay, recaló en Salto y buscó refugio en Brasil.
El dominio de Oribe y su mentor el encargado de la Confederación Juan Manuel de Rosas, como consecuencia de esta operación, se hizo absoluto en el todo el país.


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Pintura de Carlos Descalzo (1813 - 1879)
El arroyo Grande




El asesinato de Cipriano J. de Urquiza

 Rubén I. Bourlot

A las dos de la tarde del 26 de enero de 1844, una partida de cincuenta desertores  capitaneada por Pedro Martínez (a) Rodas, atacó la casa en que residía accidentalmente el gobernador delegado Cipriano J. de Urquiza, ubicada frente a la plaza principal de Nogoyá. Después de defenderse y de ser herido, Urquiza logró huir hacia la calle en donde fue alcanzado por los asesinos que lo acribillaron balazos y hachazos, y finalmente terminar de matarlo ahorcándolo.

Eran tiempos convulsionados en Entre Ríos. El gobernador propietario Justo José de Urquiza había delegado en su hermano mayor los asuntos de gobierno, ni bien asumió para reemplazar a Pascual Echagüe, puesto que los asuntos de la guerra contra el bando unitario lo tenía ocupado. A fines de 1843 el gobernador comisionó a Cipriano para que se trasladara a Nogoyá con el objetivo de reclutar tropas, entre otras una partida de desertores que habían negociado un indulto. Hasta allá partió con una pequeña escolta de 25 hombres. Se instaló en una casa de azotea cercana a la plaza con solo dos habitaciones, una acondicionada como dormitorio y la otra para el despacho.

El desertor Pedro Martínez, apodado Rodas, se arrimó a Nogoyá luego de entrevistarse con Justo José de Urquiza y recibir el indulto. En el lugar hizo buenas migas con los miembros de la escolta para, luego se supo, planificar el atentado con la ayuda de algunos efectivos de la guardia que se habían unido al complot.

El asesinato

El 26 de enero a la mañana la calma veraniega se había apoderado del pueblo de 2.000 habitantes que emergía en medio de los montes del Montiel. Cipriano estaba en su despacho ocupado en los quehaceres burocráticos. Confiado había licenciado a parte de su guardia. Pero en los alrededores, en la espesura de los montes circundante, había una actividad febril. Tras el almuerzo sucedió la siesta obligada para sortear los avatares veraniegos de la Solapa. De pronto todo estalló. Desde los montes una partida comandada por Martínez en compañía de Celestino Pereyra, José Antúnez, Quintín Niz, José Rueda y otros ingresó desde la espesura y se dirigió a la residencia del gobernador delegado. Cuando escuchó la estampida de jinetes que ingresaba por los fondos de la residencia Cipriano llamó a los pocos escoltas que lo acompañaban y tomó su espada dispuesto a defenderse. La policía local, unos seis efectivos al mando de Francisco Candioti, solo atinaron a ponerse a salvo huyendo a los montes. Los salteadores ingresaron y capturaron a varios de los moradores, en tanto Rodas desde la calle reclamó la presencia de Urquiza con la promesa de respetarle la vida. Confiado en su palabra Cipriano se apersonó ante el jefe de la partida quién no dudó en atacarlo a balazos y herirlo. Ante esto corrió para intentar refugiarse en la iglesia perseguido por Tomás Pereyra y Aniceto Álvarez que con sus manos y un hacha lo ultimaron.

Cipriano, el hermano mayor

Cipriano era el hijo primogénito de José de Urquiza y hermano de Justo José. Había nacido en la estancia La Centella en 1789. Se destacó como un eficiente administrador, además de sus conocimientos de leyes, que colaboró con las primeras gestiones de gobierno de la provincia de Entre Ríos. En 1816 ocupó la Administración General de Entre Ríos en tiempos de la hegemonía de Artigas y continuó cuando Francisco Ramírez asumió la Comandancia General en 1818. Tras la ruptura con Artigas y la creación de la República de Entre Ríos por parte de Ramírez, Cipriano de Urquiza fue el comisionado para redactar el reglamento del orden económico y luego ocupó la cartera de Hacienda (Ministro General) de la efímera República. También fue redactor de la Gaceta Federal, el primer periódico que circuló en la provincia editado por la imprenta que había traído el chileno José Miguel Carrera.

Tras la muerte de Ramírez, el gobernador Lucio N. Mansilla inició una persecución artera contra los partidarios del caudillo, y contra Cipriano le imputó varios delitos por administración fraudulenta que finalmente resultaron falsas. En esas circunstancias los ramiristas pasaron a la resistencia protagonizando varios levantamientos contra el gobernador que consideraban un intruso manipulado por los gobiernos de Buenos Aires y Santa Fe. Varios de los complotados fueron apresados y otros debieron partir al exilio en Santa Fe y Paysandú; uno de ellos era Cipriano de Urquiza. Reivindicado tras la finalización de los gobiernos de Mansilla ocupó varios cargos legislativos.

En tanto en 1829 contrajo matrimonio en primeras nupcias con María Teresa López Jordán, media hermana de Ramírez.

En 1840 el entonces gobernador Pascual Echagüe lo nombra como su delegado, cargo que volverá a ocupar a partir de 1842 cuando asume la gobernación su hermano.

Los motivos del magnicidio

Este luctuoso suceso nunca fue aclarado totalmente. Los autores materiales fueron apresados, juzgados y condenados a muerte. El propio gobernador se hizo cargo de la ejecución de los penados menos uno. El cabecilla llamado Rodas logró salvar el pellejo exiliándose en Santa Fe.

Respecto a los motivos del hecho Martín Ruiz Moreno, en su "Contribución a la Historia de Entre Ríos", se pregunta: "¿Quién fue el principal autor de esa conspiración y asesinato?", para responderse: "Hasta hoy no hemos podido hallar la prueba, que no deje lugar a ninguna duda".

El general Urquiza acusó, hoy podríamos decir “mediáticamente”, del hecho al entonces gobernador de Santa Fe que había sido su antecesor en la provincia, Pascual Echagüe, y al gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas. En tanto los diarios porteños partidarios de Rosas difunden la hipótesis de que la autoría del hecho fue maquinada por los hermanos correntinos Juan y Joaquín Madariaga, que habían invadido a la provincia.

Tres décadas después idéntico destino tuvo su hermano Justo José.

Una placa en la esquina de Nogoyá donde cayó muerto y una sala del Archivo general de Entre Ríos lo recuerdan. Su dilatada y fructífera trayectoria merecerían una mayor visibilidad. Su bisnieto Eduardo de Urquiza (murió en 1944), en su libro Antecedentes biográficos de Don Cipriano de Urquiza, se lamentaba que “a la fecha, ningún sitio público, ninguna escuela recuerda su nombre. Las autoridades públicas lo han olvidado”. Hoy sigue más o menos igual.

 

Bibliografía 

Bascourleguy, et. Al (2007). Federales olvidados, Ediciones del Clé, Paraná.


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