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De marcas, señales y yerras

Rubén I. Bourlot

En 1832, la Legislatura entrerriana sancionó una ley creando el registro general de todas las marcas de la provincia. La ley fue promulgada por el gobernador Pascual Echagüe el 22 de agosto de 1832.
Los principales aspectos de la norma son los siguientes: los propietarios debían presentarse con sus respectivas marcas ante los alcaldes de hermandad y jueces territoriales de su
correspondiente distrito, quienes serían los encargados de tomar una razón del nombre y apellido de cada dueño de marcas, el lugar de su vecindad, las señas que usaban en sus haciendas y, por último, estampar la respectiva marca. Todo ello debía quedar registrado alfabéticamente en un libro “formal en blanco que costeará el Poder Ejecutivo de los fondos del Estado”.
Practicados los registros pertinentes, se confeccionarán “mapas de todas las marcas observando el orden alfabético y a la inmediación de cada una de ellas el nombre y apellidos del propietario con sus respectivos números en papel de marquilla: a más del mapa original que debe estar archivado, cuatro restantes departamentos”.

Una historia de marcas y señales
Desde que el ser humano domesticó a los animales y le asignó un valor de mercado se preocupó por garantizar su posesión, de individualizarlos. Como se trata de semovientes que pueden escapar de su dominio y ser apropiados por otra persona que alegue posesión de buena fe, idearon formas de identificarlos mediante marcas o señales. También esas rúbricas a fuego se aplicaron para consagrar propiedad de los esclavos.
Las marcas, posteriormente, desembocaron en la fórmula utilizada para legalizar la pertenencia del ganado de forma oficial.
Los registros más antiguos se remontan a 9.000 años a. de C. con muy diversos sistemas para señalar a los animales.
En 1576, ya instaurada la gobernación del Río de la Plata dependiente del Virreinato del Perú, fue decretada la obligatoriedad de marcar el ganado. Juan de Garay y su yerno Hernandarias fueron los primeros estancieros en el Río de la Plata y la primera «yerra» precisamente se realizó ese año en Santa Fe la Vieja.
La rigurosidad de esta legislación llevó incluso a que en 1606 se decretarse en Buenos Aires la prohibición de sacrificar o vender cualquier animal que no estuviese marcado.
Para controlar las actividades ganaderas, el Cabildo de Buenos Aires creó en 1609 una oficina exclusiva para el registro de marcas y el primer ganadero registrado fue Manuel Rodríguez, cuya marca tenía dos bastones cruzados.
Ya en ese entonces se diferenciaba entre “señal”, hecha en la oreja del vacuno u ovino, y “marca” al signo aplicado en cualquier otra parte del cuerpo.
Ya para los ganaderos de entonces la marca significaba mucho más que la identidad de sus reses. Era también su reputación, su escudo de armas y su historia familiar porque, con el agregado de algún símbolo al pasar de padres a hijos, las marcas se heredaban de generación en generación.
Una tradición sostiene que el término cabayú cuatiá, que nombra al arroyo que rodea la ciudad de La Paz, significa “caballo marcado”, refiriéndose al caballo con dueño, señalado con la marca de hierro sobre su piel, por oposición al orejano.

La yerra
La yerra era el momento que los vecinos se reunían para llevar a cabo las tareas de marcación de los animales y también la señalada, descornado y castración. Era la oportunidad para demostrar las destrezas criollas y festejar el encuentro.
Martiniano Leguizamón con su maestría nos deja un vívido retrato de las yerras de antaño.
“En un descampado del pajonal, como un manchón moviente de bigarrados colores, mugía el ganado y se apeñuscaba chocando las astas, para mirar con esos ojos enormes y mustios que parecen henchidos de la apacibilidad de las praderas, al grupo de jinetes que andaban eligiendo los terneros orejanos. Un vaho tenue, formado de alientos, flotaba sobre aquella masa uniforme que agujereaba al pronto, la aguda cornamenta de algún toro al levantarse bramando amenazador.
Hacia un costado del rodeo, una carreta desuñida alzaba en la diafanidad azulada, el crucero del pértigo; al lado, ardía el braserío de una fogata donde se calentaban las marcas, y en torno, varios mozos de catadura y vestimenta diversas, se movían con desgano friolento, preparando sus lazos.
“Elegido el ternero, taloneaba el jinete su caballo revoleando la “armada” hasta tenerlo a tiro; zumbaba la trenza viboreando en el aire y se ceñía en las astas o en el pescuezo del animal. Huía éste hasta que el lazo cimbreando quedaba tenso. Bregaba reculando aún, enterraba las partidas pezuñas en el pasto húmedo y balaba desesperado; pero el jinete, castigando su cabalgadura, se dirigía hacia el fogón, al trote largo, llevado a la rastra a su presa gimiente.
“Dos o tres ‘piales’, hábilmente aplicados y el ternero, medio asfixiado, caía balando, mientras los ‘pialadores’ le maneaban las patas con un cordel. La operación, casi sin variantes, se repetía varias veces, hasta que el tarjador (el que aplica la marca), gritaba ¡Basta! Una leve humareda, al asentar la marca candente sobre el cuero peludo, seguida de un balido lastimero y los animales, libres de las ligaduras, chorreando sangre, con los ojos turbios de dolor, se enderezaban temblorosos para alejarse en busca de sus madres, que allá, en la orilla del rodeo, trotaban inquietas, mugiendo con ecos broncos.”

La marca de los hermanos Hasenkamps
El 24 de junio de 1919 el Poder Ejecutivo de la provincia de Entre Ríos emite el Título de Marca para el ganado de la sociedad Hasenkamp Hermanos, que dieran origen a la localidad entrerriana de ese nombre, con un diseño muy particular.
La marca aprobada tenía el dibujo de la Cruz de Hierro, una condecoración instituida en 1813 en Prusia durante la Guerra de Liberación en contra de Napoleón Bonaparte. La misma fue retomada en la Primera Guerra Mundial y, luego de la derrota, en vez de perder prestigio se convirtió en un símbolo de orgullo militar y fue una de las condecoraciones más famosas a nivel mundial.
La elección de este diseño tenía una historia muy personal para los hermanos estancieros. Eduardo Pablo, el hijo menor de Federico Hasenkamp, estaba en Alemania cuando se inició la Primera Guerra y se incorporó como voluntario. Al año siguiente, con 17 años, fue herido gravemente y recibió la Cruz de Hierro por su valor en combate.
Después de recuperar su salud, regresó a la guerra y cayó en combate el 26 de septiembre de 1918 al sudoeste de Gercourt.

Imágenes
Yerra, marcando
Marcas de Santa Fe en 1576
Marca de Hasenkamp

Bibliografía
Martiniano Leguizamón: Montaraz, costumbres argentinas
Hasenkamp, memorias de mi pueblo en https://hasenkampmemoriasdepueblo.com/la-marca/
Más temas sobre nuestra región en la revista digital Ramos Generales, disponible en http://lasolapaentrerriana.blogspot.com/


Civilización del cuero

Rubén I. Bourlot

Las primeras vacas son traídas desde Asunción por Juan de Garay y Hernandarias, entre otros y también traen caballos y ovejas que con el tiempo se constituyen en la principal riqueza explotada en la región, y el insumo esencia para la vida de sus habitantes. El arraigo de los animales a la querencia los mantiene agrupados cerca del lugar donde nacen, pero la inexistencia de cercos o alambrados permite su libre diseminación, más allá de los límites de las estancias, convirtiéndose en ganado cimarrón, orejano, y por lo tanto sin propietario que pudiera reclamarlo. Esto dio lugar a las cacerías y luego a la acciones para vaquear a las que apelaron los cabildos para obtener ganancias de este recurso "natural".
Afirma Cadenas Madariaga que "la importancia del cuero justifica que se llamara la civilización del cuero y su valor fue tanto que justificó la formación del Virreinato del Río de la Plata en Buenos Aires. A fines del siglo XVIII, a diferencia del siglo XVI, el Río de la Plata tenía una gran riqueza que comerciar y justificaba una corriente permanente de buques mercantes que sostuvieran ese comercio."

Puro cuero
En tanto Orlando Ampuero sostiene que “los habitantes de la colonia debían arreglárselas sólo con cuero (…) Era un mundo donde una vivienda o rancho tenía puerta de cuero, asientos de huesos de vaca con cuero, recipientes de bebida, la mayor parte de la vestimenta, utensilios, recados y montura de los caballos, calzado, sombreros, toldos, sogas, capas para lluvia, llantas de sus ruedas, techos y elásticos de carruajes, alfombras para los pisos de tierra, elásticos de cama, y muchas cosas más. Las que se necesitaran.
“El cuero era incluso la moneda corriente de circulación interna, tanto en negocios locales como de contrabando. Y si no servía para algún uso, se vendía al exterior, casi como único producto exportable, con el que se conseguían divisas para adquirir lo que se necesitara.
“Se conseguía cazando vacas salvajes, ya sea de a una como en grandes cantidades, en las expediciones llamadas de vaquería, organizadas por emprendedores con recursos, pues llevaban muchos gastos y comisiones (…)
“Si bien el cuero es un producto versátil y resistente, presenta sus inconvenientes de uso. En el clima húmedo del Río de la Plata, los pellejos, aún curados, se apolillan y echan a perder con bastante facilidad (…)

El curtido
“Por otro lado, si bien era un producto relativamente abundante, su curtido lo encarecía notablemente. Se podía utilizar como cuero crudo, es decir, lavado, salado y raspado, pero preparado de esa forma se torna quebradizo y tiene pocos usos.
“El modo más común de curtir los cueros para la época, era su frotamiento con los sesos del mismo animal, ya que al saturarse de aceites emulsionados, quedan flexibles y pueden lavarse.
“También solían cocerse en grasa hirviendo, y moldearse al extraerlo del recipiente. El cuero queda rígido y mucho más duro con la forma que adoptó. Y el otro método común de curtido era engrasarlo en frío, procedimiento que repone los aceites naturales perdidos en el secado y raspaje original. Este es un modo de curtido que hay que repetir periódicamente para que el material no se reseque y quiebre.
"No se utilizaban en aquella época métodos de curtido actualmente considerados industriales, como los de tanino, alumbre o cromo, pues o no se contaba con acceso a los elementos o a la tecnología necesaria para eso”.
Cabe acotar que la presencia de yacimientos de cal en nuestra zona era fundamental para la curtiembre de los cueros, ya que la misma era utilizada para el proceso denominado encalado que sirve para ablandar la epidermis mediante su accionar químico sobre las grasas, músculos, venas, nervios y glándulas produciendo el desprendimiento de el pelo o lana. Al actuar sobre las fibras de colágeno, se produce el hinchamiento de las mismas y facilita la penetración de las materias curtientes.

Bibliografía
Cadenas Madariaga, Mario A., El gaucho y su asimilación, una cuenta pendiente, en http://www.revolucioncultural.com.ar/ElGauchoYSuAsimilacionIgualitaria.htm
Ampuero, Orlando, El cuero en la Edad del Cuero, en http://elementoshistoria.blogspot.com.ar/
INTA, EEA La Rioja, Área de Desarrollo Rural, Curso de curtido ecológico y artesanal de cueros, en http://www.biblioteca.org.ar/, acceso 14/11/2014

Las primeras postas de Paraná al Paraguay

Rubén I. Bourlot

El 4 de enero de 1774 un informe se da cuenta de la instalación del primer servicio de postas que recorrió el territorio entrerriano partiendo desde la Bajada del Paraná hasta el río Guayquiraró, como parte de la carrera entre Buenos Aires, Santa Fe, Corrientes y Asunción, llamada la “Carrera al Paraguay”. El organizador del sistema era el Administrador Principal de Correos de Buenos Aires, Manuel Basavilbaso. El Comisionado de Correos encargado de establecer dicha carrera era Bernardo de Garmendia, capitán de Blandengues de las Milicias de Santa Fe que contaba con el apoyo logístico del sargento mayor de Milicias de Paraná, Juan Broyn de Osuna. Son protagonistas pioneros que valen la pena conservar en la memoria.
En 1774 Basavilbaso nombra a Garmendia con el ostentoso título de Maestro Mayor Conservador y director de Postas y Correos de la Carrera de Santa Fe y Corrientes al Paraguay, desde Buenos Aires.
En un principio la carrera al Paraguay se dispuso para el traslado de correspondencias pero en 1785 se autorizó utilizar las postas para el transporte de pasajeros que se solía hacer en galeras o diligencias. Los viajeros debían contar con un “parte” o “pasaporte” y abonar un derecho de dos pesos a la Administración de Correos.

Un viaje por las postas entrerrianas
Sabemos que cuando se trasladó Santa Fe a la actual ubicación (1651-1661) los viajes por vía terrestre hacia Corrientes se practicaban por la costa entrerriana a partir de la Bajada (actual Paraná) debido a las dificultades topográficas para trazar una senda por la costa santafesina.
En el trayecto entrerriano las postas eran catorce con edificaciones en muy precarias condiciones como lo testimonia Félix de Azara. El ingeniero geógrafo español que a fines del siglo XVIII realizó el viaje desde Buenos Aires a Asunción, recuerda el estado de las postas existentes en Entre Ríos y Corrientes. Veamos un fragmento de su minuciosa narración: “Salimos el día 14 a las seis, en los mismos caballos y habiendo caminado seis leguas llegamos a las posta del arroyo Antonio Tomás. Como a la mitad de esta distancia, pasamos el arroyo María y también algunos otros riachuelos de poca consideración. Cuando los de la posta nos atisbaron de lejos, cerraron sus puertas, y se huyeron al campo para no darnos caballos. Nos vimos obligados a volver atrás un cuarto de legua a un rancho que al paso habíamos dejado. Aquí comimos y tomamos caballos hasta la posta inmediata, antes de llegar al arroyo Hernandarias, que dista de donde salimos como seis leguas. Sólo hallamos aquí un viejo y dos caballos que lo eran más, y nos fue preciso continuar en los mismos…”
En el Itinerario de Postas de 1795 encontramos interesantes detalles del pasaje entre Santa Fe y Paraná que nos permite trazar un paralelismo con el simple trámite que significa hoy unir las dos capitales provinciales a través del Túnel Subfluvial. “… Un brazo del Paraná que se llama Colastiné, de media legua de ancho, se pasa en canoa y los caballos nadando, por lo que se da al canoero 12 a 16 reales los getilhombres. Y a cierto trecho se encuentra una laguna que tiene comunicación con el río llamado Descolorido, que tendrá de ancho 440 varas y se atraviesa a nado y en pelota de cuero, que tiran nadadores. Y a otro trecho de haber caminado por tierra, se aparece un río que llaman Paraná Miní, que es lo mismo que chico, de un cuarto de legua de ancho y se pasa a nada las caballadas y la gente en pelota de cuero y en canoa. Y acabada la navegación se entra a la Villa de la Bajada o del Rosario, donde hay Administración de Correos…”
En la posta de la actual Paraná el maestro nombrado en 1774 era Benito Sanabria que debía dar caballos hasta Las Tunas y Sauce Grande. En 1789 se estableció la Administración de Correos de la Villa del Paraná a cargo de Antonio Centurión. Su jurisdicción comprendía las postas de La Tunas, Sauce Grande, Potrero de Vera, Antonio Tomás, Hernandarias, Alcaraz, Feliciano, Estacas y Arroyo Hondo.

Institución antiquísima
La posta era una institución antiquísima, oriunda de Oriente, e introducida en Europa a través de Grecia y Roma. Constituyeron los eslabones indispensables para el sistema de comunicación en épocas en que la ocupación española comenzaba a extenderse en las tierras escasamente pobladas del Río de la Plata. Generalmente las instalaciones consistían en ranchos carentes de toda comodidad, situados cada cuatro, cinco o más leguas, con un servicio
de diez o quince caballos. Cada posta era servida por un puestero o “maestro de postas” con dos o tres postillones. Hasta ella llegaban las galeras a cambiar los caballos y a dar un descanso a los pasajeros, pese a la ausencia de comodidades. También servían para los que se atrevían a viajar a caballo, facilitándoles el cambio de éstos o los servicios de un postillón. Las postas se instalaron, además, para establecer un correo entre puntos distantes servidos por los chasques, a quienes los puesteros debían suministrar caballos de refresco. El “maestro de posta” era un concesionario que cobraban los servicios y llevaba el registro de los movimientos en un “cuaderno de posta”. Un dato interesante es que hacia 1794 por un decreto del ministro de Gobierno y de Indias se otorgó a los maestros de posta el derecho a percibir un retiro o jubilación (“como si se hallasen en actual servicio”) con quince años de servicio. El primer título de correo jubilado correspondió a Francisco Gómez González en la Carrera al Paraguay.
Para el cruce de los ríos y arroyos también había “canoeros” que se encargaban de pasar a los viajeros en una canoa construida con un troco ahuecado (similar a las canoas monoxilas de los indígenas de la región) o de una “pelota de cuero”, precaria embarcación confeccionada con un cuero de toro atado para darle forma de balsa que era tirada por un caballo.

Imágenes
Diligencia con pasajeros
Postas de Entre Ríos

Bibliografía 
Bose, Walter B., Las Postas en las provincias de Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes y Misiones -1772-1880- En trabajos y comunicaciones N° 12, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación Dep. de Historia, UNLP.


El hermanamiento de Victoria y Rosario a pico y pala

Rubén I. Bourlot

A fines del siglo XIX el subprefecto Piaggio tenía un sueño. Construir un surco de agua para sembrar lazos de amistad entre dos ciudades. La historia de su concreción se puede repasar con los testimonios que nos ofrecen la oralidad de memoriosos, la crónica periodística, algún que otro documento y las imágenes sepia que los exploradores de imágenes congelaron en el celuloide con las primitivas Kodak de cajón.
El 12 de enero de 1904 una cuadrilla de cincuenta hombres, contratados por la empresa ganadora de la licitación, comenzó las excavaciones del denominado canal Piaggio que uniría vía fluvial las ciudades de Victoria y Rosario. Este hecho era la culminación de la lucha y los desvelos que el subprefecto Ángel R. Piaggio había iniciado un lustro antes.
En 1898 Piaggio, a cargo del puerto de Victoria, con su experiencia en materia fluvial concluyó que era posible la canalización de esa zona del Delta para acortar el vínculo de la ciudad las colinas con la vecina Rosario. Para ello era necesario redireccionar el curso de los numerosos arroyos y riachos practicando cortes en las islas que los separan. Con ese objetivo elaboró un mapa de la región y la posible traza del canal que elevó a las autoridades de la Prefectura General de Puertos para solicitar la autorización que le permitiera realizar la canalización, con los marineros de la repartición, “cavando a punta de pala", advertía.
Concedido el permiso, el 24 de noviembre de 1898 se iniciaron los primeros trabajos de lo que sería el canal luego conocido por el apellido del subprefecto. Se realizó la apertura de un paso rudimentario por el cauce del arroyo Campana uniendo así las aguas del Barrancoso con las del Timbó Blanco por donde podía navegar la lancha de la repartición y los botes de los isleros. Los vecinos y comerciantes de Victoria y Rosario habían aportado los recursos económicos para facilitar los trabajos.
Ángel R. Piaggio era nativo de Victoria (1868-1954). Hijo de Francisco Piaggio y de Luisa Demarchi. Perteneció a la primera generación de inmigrantes que hicieron grandes obras en la ciudad. Ocupó diversos cargos. Fue Subprefecto de Victoria en 1898, Jefe de Policía, Diputado y Senador en la Legislatura de Entre Ríos por varios períodos.

La inspiración de Piaggio
Una crónica informa1 que la idea se le despertó en la Semana Santa de 1898 cuando que recorría las islas y riachos de su jurisdicción con la lancha de la Subprefectura del Puerto de Victoria. Al llegar al arroyo Timbó Blanco casi a su desembocadura en el Paranacito divisaron otra lancha a vapor, la "Fly Fly", tripulada por unos cuantos jóvenes de Rosario que se dirigían a Victoria con el objeto de pasar las fiestas de Pascuas. Llevaba a su bordo, como práctico, a un viejo morador de las islas quién, tomando en cuenta la pequeñez de la embarcación, recomendó a los excursionistas arrastrar la embarcación a un punto por el cual los isleros sabían arrastrar siempre sus botes y canoas. El sitio era conocido como “arrastradero del Campana” que les facilitaba conectarse con el Timbó Blanco y evitar una vuelta de varios kilómetros si seguían el curso de los arroyos.
Luego de esta observación concluyó que era posible convertir ese “arrastradero” en un canal y hacer lo propio con las otras islas que facilitara la navegación, entre Rosario y Victoria, a los pequeños buques, que hasta ese momento debían dar un rodeo por los riachos San Lorenzo y Victoria.
Previo estudio con más detalles a partir de los datos que le fueron aportando por los isleros banquianos, conocedores de los meandros de la zona, confeccionó un pequeño mapa de la región con todos los riachos, arroyos, islas y lagunas, indicando el punto preciso del arrastradero que podía transformarse en canal, y lo remitió a la Prefectura General Puertos con el objeto de solicitar autorización para hacer una canalización. El proyecto consistía en llevar a cabo una obra rudimentaria, con los marineros de su repartición y las pocas herramientas que disponían: palas y picos.
El permiso le fue concedido, y después de un último viaje al punto determinado, que efectuó acompañado de algunos técnicos y varios amigos, en el cual todos reconocieron la posibilidad de abrir un pequeño paso para la lancha de la repartición y para los botes y canoas de los isleros. Esta crónica afirma que la obra se inició en la isla Del Pillo, con los trabajadores atados con cadenas y sogas y cavando a pico y pala el cauce de un arroyo, en aquel noviembre de 1898 y culminaron los primeros días del año 1899.
Con la idea de continuar con la obra del canal se integró en Victoria una comisión encargada de reunir fondos y llevar la iniciativa a Rosario. El 13 de enero de 1901, el subprefecto Piaggio y otros miembros de la Comisión se trasladaron a la ciudad santafesina a fin de explicar, en la Bolsa de Comercio, las ventajas que representa la obra, ofreciendo concretarla por intermedio de la iniciativa privada. La propuesta fue bien recibida por los comerciantes de Rosario, que en sólo tres días recolectaron la suma de 10.000 pesos. A su vez, en las ciudades de Victoria y Nogoyá, se llegó a la suma de 5.000 pesos.
Fue necesario dar al canal una profundidad de 6 metros, ensancharlo hasta 10 metros y limpiar los fondo.
Construido el canal, el gobierno de la Nación envió al Ing. Edmundo Soulages a fin de verificar la importancia del mismo y su utilidad. Soulages dio su aprobación a la obra, aconsejando “el dragado y el mantenimiento de la vía recién abierta”. Pero no avanzaron mucho más. El rudimentario paso pronto fue abandonado.

El nuevo comienzo
El 12 de enero de 1904 una cuadrilla de 50 hombres comenzó las excavaciones del nuevo canal, al Norte del primitivo canal, y en 1905 la empresa Ackermanns y Van Haaren inició el dragado, removiéndose 200.000 metros cúbicos en tres años que duró el trabajo, todo lo que permitió que a mediados de 1907 quedara definitivamente librado al servicio público. En total emplearon unos doscientos obreros en los trabajos.
n 1934 se habilitó un servicio de balsas entre los puertos de Victoria y San Martín. En 1936 comenzó a circular el servicio de balsas automóviles entre Victoria y Rosario. Sin embargo la regularidad del servicio estaba muy condicionada por el mantenimiento del calado del río.
A la idea del canal se sumó años después la posibilidad de construir un puente, o un complejo vial dada la complicada topografía de la zona. En 1954, en el segundo gobierno de Juan Domingo Perón, se suscribió un convenio entre la Nación y las Provincias para construir un camino y puente mixto entre Rosario y Victoria, pero tras la Revolución Libertadora no se pudo concretar.
Recién en 1999 se inició la construcción del enlace físico que concluyó en 2003. El puente recibió el nombre de Nuestra Señora del Rosario pero hubo varias iniciativas de carácter municipal y provincial para solicitar hacer justicia al batallador Ángel Piaggio y ponerle su nombre a la conexión vial.

1 https://victoriatuciudad.es.tl/El-canal-de-Piaggio-.htm

Imágenes
Ángel Piaggio
Obreros construyendo el Canal Piaggio (Foto facebook Old Victoria)
Dragado del canal- La Acción 10-12-1912

Bibliografía
Diario El Entre Ríos de Paraná, ediciones del 13 y 15 de enero de 1904. Disponibles en la hemeroteca del Archivo General de Entre Ríos.


Tierra del buen vino

Rubén I. Bourlot

La provincia de Entre Ríos fue tierra donde crecieron las viñas y fermentó el buen vino. Tal vez con el tiempo hubiera podido competir de igual a igual con las provincias cordilleranas que hoy son zonas de floreciente vitivinicultura.
A mediados del siglo XIX, con la afluencia de colonos europeos, se esparcieron las primeras viñas que crecieron junto con los olivos, los paraísos y el trigo. Suizos, saboyanos, piamonteses trajeron la tradición de convertir la uva en la espirituosa bebida que acompañaba todas las comidas. Es cierto que el cultivo de la uva no era desconocido en estos lares. El general Justo José de Urquiza en su residencia de San José plantó vides, las muy conocidas viñas, de unas veinte cepas distintas, que aún hoy ornamentan los patios del palacio.
Escribe Susana de Domínguez Soler, en un completo estudio sobre el tema, que los primeros sarmientos cultivados en la colonia San José, fundada en 1857, fueron enviados desde la Residencia de San José por el propio Urquiza. Eran de la variedad “Filadelfia” introducida desde los Estados Unidos.
Además de las viñas del Palacio, Urquiza elaboraba vinos en el Saladero Santa Cándida. Eran “vinos de pasas” obtenidos con pasas de uva frescas y aguardiente adquirido en Buenos Aires. La materia prima se procesaba en alambiques de cobre. “La adquisición de una partida de 5.000 corchos de ‘buena calidad’ dan cuenta de la producción”, escribe Domínguez Soler.
No obstante este entusiasmo de Urquiza por la explotación, los colonos de San José, bajo la administración de Alejo Peyret, chocaron inicialmente con una disposición del contrato que establecía la prohibición “a los colonos (para) vender licores, vinos y bebidas espirituosas en la colonia”, seguramente con la intención de prevenir los excesos en el consumo de alcohol. Esta disposición impedía el desarrollo de la incipiente industria por lo que rápidamente los inmigrantes solicitaron la derogación del artículo N° 19 del contrato, lo que fue aceptado por el propio Urquiza.
Así se incorporó la producción de vinos como una más de las múltiples actividades de las colonias. Los excedentes se vendían inicialmente entre los vecinos, a los saladeros de la zona y pronto ganaron mercados fuera de la provincia y llegaron a Buenos Aires.
En 1886 el colono Ferdinand Costantín escribía a sus primos de Suiza sobre la plantación de “quinientas toesas de viñas (alrededor de cinco mil metros). Espero que en pocos años podré agarrarme unas hermosas borracheras como tan a menudo lo hacía en Arbaz…”
Años después, en 1894 solicitaba a sus familiares de Europa: “… puede usted enviarme el Manual del viñatero del Valais que ha salido este año? Aquí todo el mundo trabaja su viña…”

Entre viñas y langostas
Pero no todas eran buenas en la explotación. “Las pequeñas langostas que han crecido en otra parte han vuelto para devorar el maíz y la viña”, escribía el agricultor citado, en 1887 y años después otra carta daba cuenta que “si no hubiéramos tenido las desgraciadas langostas, seríamos muy felices. Este año llegaron el día de San Miguel y han hecho una gran destrucción.”
Hacia 1890, solamente en el departamento Colón existían 600 hectáreas de viñedos en plena producción con 9 bodegas que elaboraban 1.148 hectolitros de vino. Además la actividad se había expandido por toda la provincia, principalmente Concordia, Uruguay, Victoria y Paraná.
En la hoy capital del citrus, se constituyó en 1886 un sociedad denominada “La Industrial Entrerriana” que tenía entre otros accionistas a Justo José de Urquiza (hijo), Eduardo Racedo, Benito Cook, Lucilo López, Miguel Laurencena y José V. Morán.
Un informe presentado en un congreso, en Buenos Aires, por el ingeniero José Alazraqui, contratado para estudiar la producción de la zona, dejaba constancia que “he probado en Concordia un vino rosado de 6 años que no temo compararlo con un Szmorodal de Hungría y un tinto de Cariñena, de igual color a la Pelure d’oignon (se refiere a un color de vino), rico bouquet y excelente paladar…”
Para 1880 Entre Ríos era la cuarta provincia en producción de vinos que se vendían en toda la Mesopotamia, Buenos Aires y con posibilidades de comercializarlos en el Río Grande del Sur, Brasil.
En 1887 los vinos producidos en el departamento Victoria también ganaban premios por su calidad en la Primera Exposición de Entre Ríos, mereciendo la región la denominación de “Champagne entrerriana”. “Es inútil decir que se trata de vino puro de uva y no de los brebajes que nos mandan de Europa, con etiquetas llevando pomposos nombres que son engaños y nada más”, reza un comentario sobre los vinos victorienses premiados en la citada exposición.

La extirpación
Además de la voraz langosta, otros oscuros nubarrones amenazaban la actividad en los albores del siglo XX. Para subsanar la crisis por sobre producción se tomaron medidas totalmente contraproducentes para la provincia que terminaron desalentando a los productores. En la década de 30’, envuelto en la crisis económica mundial, el gobierno conservador dispuso la creación de una Junta Reguladora de Vinos para controlar la producción, y fue Entre Ríos la que cayó en la volteada. La misma estaba radicada en Buenos Aires con delegaciones en Mendoza, San Juan y Río Negro. Entre Ríos no figuraba y así le fue.
Entre los cargos de la junta figuraba el temible “Jefe de extirpación” que tenía como misión la eliminación de viñedos. Pastor Cettour, un descendiente de los primeros colonos, testimonia que “todo era viñales en esta casa, después vino la ley que reguló la economía y entonces se prohibió…”
“La actuación de la Junta Reguladora de Vinos entre 1935 – 1943 representó para los entrerrianos un periodo muy triste de la vitivinicultura – escribe Domínguez Soler.
“Con dolor recuerdan los vitivinicultores de la colonia San José escenas que hieren sus sentimientos más profundos cuando pasaban los inspectores perforando toneles de vino, destruyendo alambiques, arrancando las vides de la tierra con el fin de regular la producción de vino…”
Lo que pudo haber sido una actividad que diera a la provincia una identidad de tierra de bueno vino a la par de las cuyanas, desapareció de un plumazo y recién medio siglo más tarde una ley nacional dispuso la liberación de la actividad en todo el territorio nacional y en Entre Ríos resurgió el entusiasmo de los pioneros.
En la colonia San Cipriano, frente a la casa de Omar Gallay hoy se puede observar un parral de las denominadas uvas “chinche”, que cada año produce las racimos que este descendiente de colonos saboyanos convierte en un vino tinto, dulzón y sustancioso. Así en toda la región, pesar de las regulaciones y prohibiciones, no se perdió esta tradición que hoy está renaciendo.

Bibliografía
Domínguez de Soler, Susana de, Entre Ríos, viñas y vinos,, Instituto Urquiza de Estudios Históricos, Bs. As. 2000.
Malaurie, Alfredo y Gazzano, Juan M. La industria argentina y la exposición del Paraná, Juan M. Gazzano y Cía, Bs. As., 1888.

La uruguayense que democratizó la música clásica

Rubén I. Bourlot

En 1931 la ya consagrada violinista Celia Torrá resultaba ganadora del premio de la Asociación del Profesorado Orquestal por su obra sinfónica Rapsodia Entrerriana. Nacida en Concepción del Uruguay el 18 de septiembre de 1884 fue una convencida impulsora de la democratización de la música académica. Y como mujer pionera en 1949 fue la primera que dirigió una orquesta en el Teatro Colón de Buenos Aires. En 1952 fundó el primer coro de obreros y obreras de Argentina.
La fructífera vida de Torrá es inabarcable en un artículo breve. Violinista, pianista, compositora, concertista, docente, y directora de orquestas y de coros, era hija Teresa Ubach y Joaquín B. Torrá. El apellido materno nos delata que era nieta de José Ubach y Roca quien, asociado con Justo José de Urquiza, instaló una fábrica de paños en su ciudad natal. Marcela Méndez escribió un interesante ensayo que viene muy bien abordar para ampliar el conocimiento de su obra.
Su formación en la música se inició a los cuatro años cuando el propio padre comenzó a impartirle clases de violín. Luego, muy joven, se trasladó a Paraná para continuar sus estudios, pero permaneció poco tiempo ya que su próximo destino fue Buenos Aires
Con 18 años cursó a estudios con los músicos más destacados de la época como Alberto Williams, América Montenegro y Andrés Gaos. En 1909 obtuvo una beca de la Comisión Nacional de Bellas Artes con el Gran Premio Europa que le permitió radicarse en Bruselas donde pudo perfeccionarse con el violinista Cesar Thompson y luego en Hungría con Jeno Hubay, y con el compositor Zoltan Kodaly.
Obtuvo varios premios por su actuación en el continente europeo y en 1914, al estallar la Guerra, se vio obligada a continuar viviendo en Europa. Tuvo que establecerse en Lyon, Francia. Sus actuaciones en ese periodo se limitaron a dar conciertos de violín a las víctimas de la conflagración en beneficio de la Cruz Roja.
Cuando finalizó la guerra pudo retornar al país y a su ciudad natal. En la Inmaculada Concepción realizó un concierto de violín para la misa dominical. A partir de ese evento, promovió la creación de una comisión para recaudar fondos con el objeto de adquirir un órgano para la Parroquia. Asumió la responsabilidad de aquel proyecto y contó con el apoyo del párroco, presbítero Andrés Zaninetti. El instrumento llegó finalmente en 1927.
Entre tanto el gobierno de la provincia de Entre Ríos le otorgó una beca para continuar su perfeccionamiento en Europa.

Música para el pueblo
El aprendizaje de Torrá con el compositor Zoltan Kodaly, ligado a la corriente neopopularista que incorporaba “la voz del pueblo” en sus obras tanto en la utilización de melodías populares como en ritmos o escalas, tuvo que haber influido en su campaña para popularizar la música de calidad.
En 1930 fundó y dirigió la Asociación Coral Argentina, premiada por la Municipalidad de Buenos Aires por tres obras: Cantar de Arriero, Vida Vidita y Milonga del destino. En 1938 la Asociación Coral se fusionó con la Asociación Sinfónica Femenina. Ambas instituciones brindaron más de 200 conciertos que convirtieron a Celia en una directora de orquesta excepcional. Su trabajo sirvió para profesionalizar a las mujeres instrumentistas en una época de difícil acceso al conocimiento musical.
En 1931 recibió el Premio de la Asociación del Profesorado Orquestal por la reciente composición de Rapsodia Entrerriana. Fue su primera obra para orquesta sinfónica estrenada por la Orquesta Filarmónica de esa asociación, con la dirección de la propia Torrá, en el concierto clausura de la temporada de 1931. En 1934 compuso Sonata para piano, una de las mejores sonatas de su tipo compuestas en el país según la crítica, y se la dedicó a su maestro Athos Palma.
Finalmente, en 1938, obtuvo el Premio del II Salón Anual de Composición por la Suite Incaica, además de obtener una mención por la Sonata en La Menor para piano. En 1951 compuso su única obra para violín solo: Elegía.
A lo largo de su meritoria labor impulsó la divulgación de la obras académica entre públicos que no estaban habituados a ese tipo de música. Así en 1921, en uno de sus retornos al país, comenzó a trabajar con la difusión musical en el norte argentino a pedido del gobierno nacional (en este momento lo presidía Hipólito Yrigoyen).
“No importa lo que cueste llegar a la masa; iremos sin temor y sin cansancio, no hay que descender, hay que elevarse y en la fuerza del impulso elevar a los demás” había dicho.
También desempeñó la docencia, ya que fue maestra de música en el Jardín de Infantes Mitre de la Ciudad de Buenos Aires.
En 1952 fundó y dirigió el primer coro de obreros de Argentina: el de la fábrica Philips. Allí estuvo al frente hasta su fallecimiento en 1962.

Una mujer en el Colón
Si de romper moldes se trata en 1949 Celia se atrevió a dirigir en el exclusivo teatro Colón de Buenos Aires. Un sitio reservado a hombres y a un público selecto que accedía a las obras del repertorio clásico amarrocando abonos. Y fue el 22 de noviembre Día de la música que homenajea a una mujer: Santa Cecilia. Torrá fue elegida para dirigir fragmentos de su propia Suite Incaica junto con Alberto Williams, Felipe Boero, Gilardo Gilardi. En aquel evento, estuvo al mando de la batuta de una de las orquestas más prestigiosas del país.
Romina Dezilio escribe (Género, política y espacio: estudio sobre la actuación de Celia Torrá en el teatro Colón de Buenos Aires como compositora y directora de orquesta) que “la transformación que protagonizó el Teatro Colón durante los dos gobiernos de Juan Domingo Perón (1946-1955) –adoptando una orientación popular– resulta inherente a los cambios de orden político, social y cultural del peronismo. Entre los principales propósitos de esta transformación se consideran tres a los fines de este estudio: la democratización del acceso y la popularización de los espectáculos; la promoción de artistas y repertorios nacionales y la capitalización de efemérides tendiente al ejercicio de una ritualidad patriótica.
“El programa de democratizar y popularizar el acceso a la llamada ‘alta cultura’ –continúa la autora-, patrimonio de las élites y la clase media hasta ese momento, resultaba consecuente con una idea de cultura, y en especial una concepción del arte como medio de transformación social (…). Sin embargo, este proyecto de acercar al ‘pueblo’ al primer coliseo, ‘templo’ del arte lírico y la música sinfónica, propio de una sociabilidad exclusiva de la elite porteña, encontró resistencias manifiestas y generó fuertes polémicas.”
La propia Torrá años antes había escrito (Revista Crótalos, Año 1, N° 11-12-13, 1934) que “nuestro país que deja ya de ser el país ganadero por excelencia, para incorporarse por sus merecimientos intelectuales y artísticos a aquellos países cuya civilización puede reposar en las tradiciones seculares de sus antepasados, no tardará sin duda en imitar la cordura con que Francia contempla un problema de tal trascendencia social, porque sabe que el arte es patrimonio de los pueblos civilizados y un contingente precioso para el perfeccionamiento humano.”
Falleció a los 78 años en Buenos Aires el 16 de diciembre de 1962. La Escuela Superior de Música de la Universidad Autónoma de Entre Ríos, en Concepción del Uruguay, lleva su nombre por iniciativa de su biógrafa Marcela Méndez.

Bibliografía
Méndez, Marcela. Celia Torrá. Ensayo sobre su vida y su obra en su tiempo. Editorial de Entre Ríos
Versión de Rapsodia Entrerriana disponible en https://youtu.be/zVGhB6KSUHw?si=dVnQHEFz5EAeg1PF


Imágenes
Celia Torrá violinista y directora de orquesta
Celia Torrá en 1949 junto a Alberto Williams en el teatro Colón

Un pintor modernista en la Biblioteca Popular del Paraná

Rubén I. Bourlot

El 1 de marzo de 1925 la Biblioteca Popular del Paraná cumplía 52 años y para conmemorarlo vestía su coqueto edificio con la exposición de las obras del laureado pintor Juan Manuel Gavazzo Buchardo.
La Biblioteca Popular del Paraná fue fundada el 1 de marzo de 1873 y el 25 de mayo de 1910 inauguraba su edificio propio en calle Buenos Aires, iniciativa del recordado presidente de la institución Antonio Medina.
El imponente edificio, hoy monumento histórico nacional, y su bonito salón de actos dieron cobijo a visitantes que ilustraron a la comunidad paranaense y de la región con su arte y sapiencia. Y uno de los que arribaron a la capital entrerriana para exponer su arte y llenar de colorido los muros de la institución fue el pintor Juan M. Gavazzo Buchardo con importante repercusión en los medios de la prensa local, en esa época solamente escrita.

Pintor modernista
Juan Gavazzo Buchardo había nacido en Gualeguaychú el 13 de diciembre de 1888 y ya el en 1911 las vidrieras de un negocio de su ciudad natal mostraron una exposición de sus primeras dibujos. El periódico local El Noticiero puso en relieve esos primeros escarceos y auguraba un futuro promisorio para el artista. En La Plata realizó sus primeros estudios y en 1913, becado por los gobiernos de Buenos Aires y Entre Ríos, viajó a Europa donde comenzó a desarrollar su obra.
Años después pasó por París donde frecuentó a los más destacados artistas de la época, conoció al grupo Los Nabis*, a Maurice Denis, Paul Séruisier y Félix Valloton y Xavier Roussel. En 1917 se mudó a Madrid, se vinculó con Alfredo Guttero, Fray Guillermo Buttler, Pablo Curatella Manes, José Merediz y el pianista Numa Rossetti, y fundó la Asociación de Artistas Argentinos en Europa. Hacia 1919 retornó a Gualeguaychú, su ciudad natal donde abrió un taller y sala de exposición. En ese retorno al pago trajo su bagaje bebido en Europa y los estudiosos del tema consideran que fue el introductor del modernismo en nuestro país.

Arte y obreros
El arte decorativo lo tuvo como uno de sus representantes más destacados. Marcelo Olmos señala en un artículo que “(…) Gavazzo se ha hecho una especie de apóstol del artesanado (…). Y ello lo manifiesta en su participación futura en las Exposiciones de Artes decorativas, como la de 1919 en Madrid, donde Gavazzo y Guttero presentaban almohadones y el último proyecto de papel pintado y un proyecto de tapiz. La muestra tenía el curioso agregado de ‘Arte Decorativo’. Así, menciona la revista ‘La Esfera’, que estima de alabar las fantasías decorativas de Gavazzo Buchardo.”
Un detalle interesante de su concepción del arte –además de pintor fue escultor y decorador- es la reivindicación del trabajo artesanal. Según el ya citado Olmos, “Gavazzo es un entusiasta defensor del acceso de la sociedad toda a la enseñanza. Encuentra en el artesanado la manera de liberar al obrero del tedio que el maquinismo le ha impuesto, encontrando en los elementos que hacen a la decoración el campo ideal para aplicar las técnicas artesanales, introduciendo el diseño moderno en las mismas. El trabajo manual, duro, de las fábricas abrumadoras de comienzos del siglo XX, no le era ajeno a Juan Manuel, que podía por experiencia propia sentir lo terrible del tedio impuesto como forma de producción serial a los obreros.”
Acerca de su producción pictórica, una reseña considera que “(…), si bien ha trabajado tanto con pintura como con escultura y elementos decorativos, tiene mayor reconocimiento su producción pictórica, la cual se caracteriza por un manejo equilibrado y homogéneo del color y por la preponderancia de la pintura por sobre el dibujo, con evidentes empastes de color. Trabajó con diferentes géneros pictóricos, entre los que destacan las naturalezas muertas, las flores, los retratos y los paisajes.
En 1925, tras su paso por Paraná para exponer sus trabajos regresó a Europa para ocupar el cargo de Canciller Consular de la República Argentina en Madrid, luego Barcelona, Marsella, París, Inglaterra, Alemania, Yugoslavia, hasta 1951.
En 1930 se llevó a cabo primer Salón Anual de Bellas Artes del Museo Provincial de Bellas Artes, donde se expuso Naturaleza muerta Gavazzo Buchardo, “(…) autor considerado como uno de los introductores del modernismo en la Argentina, se caracteriza por ‘un manejo equilibrado y homogéneo del color y por la preponderancia de la pintura por sobre el dibujo, con evidentes empastes de color’”, cita un trabajo de Walter Musich y Karen Spahn.
En 1965, en el Instituto Magnasco de Gualguaychú presentó una exposición de óleos, tallas y dibujos, a algunos meses de su fallecimiento ocurrido en Meudon, en las afueras de París, el 14 de abril de 1965.

* Los Nabis es un grupo francés que nace a fines del siglo XIX, relacionados con el simbolismo literario opuesto al positivismo y naturalismo de la que su última manifestación fue el impresionismo, su visión se distancia de lo natural y enfocan su interés por lo exótico, lo místico y religioso. En la pintura, el color será un elemento prioritario. Utilizarán, normalmente, colores planos de gran sentido estético. Emplearán tonos que van de la gama de los pardos a los verdes, pasando por ocres y azulados.


Imágenes
Gavazzo autorretrato
Costa azul
El Diario informa sobre el Salón en Paraná 1930

Bibliografía
https://sites.google.com/site/gualepedia/significado-de-los-nombres-de-las-calles-de-gualeguaychu/calle-juan-manuel-gavazzo
Colección Numa Rossotti. Facultad de Bellas Artes, Universidad Nacional de La Plata, en https://unlp.edu.ar/frontend/media/72/6272/71a63a4241b0e147ce9883392d66060f.pdf
Musich, W. N. y Spahn, N. (2020). 1° Salón Anual de Bellas Artes de Paraná (1930): escenario del arte argentino entre la tradición y la renovación. Estrategia y legitimación. AVANCES, (29), 193-212. Córdoba: CePIA, Facultad de Artes, Universidad Nacional de Córdoba. Recuperado de: https://revistas.unc.edu.ar/index.php/avances/article/view/28742
Olmos, M., La Pintura de Juan Manuel Gavazzo Buchardo, recuperado de http://uca.edu.ar/es/pabellon-de-bellas-artes/muestras/muestras-2007/juan-manuel-gavazzo-buchardo, 26/1/2021.


El entrerriano Enrique Guaita campeón del mundo con la selección de Italia

Rubén I. Bourlot

El 10 de junio de 1934 se jugaba la final del Mundial de fútbol de Italia. De fondo resonaban los pasos marciales del fascismo triunfal alentados por Benito Mussolini. Se empezaban a calentar los tambores de la guerra. En la semifinal jugada el 3 de junio entre la selección local y Austria los italianos defendían su pase a la final. Transcurría el primer tiempo y en el minuto 19 estalló el estadio. ¡Goool de Guaita! ¡Goool del Corsario Negro! Y fue nomás el gol que sembró de laureles el camino a la final frente a Checoslovaquia.
Finalmente la selección “azzurra” con un 2-1, uno de los goles convertido por el argentino Raimundo Orsi, se llevó por primera vez la copa del mundo. En realidad era el segundo torneo mundial luego del disputado en Uruguay en 1930 donde se consagró campeón el seleccionado local.
Pero ¿quién era ese Guaita goleador? Hoy seguramente un perfecto desconocido. Se trababa en Enrique Guaita, un argentino que con su apellido italiano pudo integrar la selección de la patria de sus ancestros. Pero los primeros fogueos con una pelota, tal vez de goma o de medias encimadas, los había practicado en algún potrero de su Lucas González natal. Había nacido en esa ciudad del departamento Nogoyá el 15 de julio de 1910, hijo de Arturo Guaita, italiano, y Eloísa Ormaechea, vasca.

Rumbo a la Roma
Una publicación de Enzo Leonel Rodríguez en la red Facebook nos aporta algunos datos sobre Guaita. Dice que terminado el secundario se instaló en La Plata para estudiar medicina. Cursó hasta cuarto año pero el potrero pudo más. En 1931 debutó profesionalmente en Estudiantes de La Plata y luego pasó a Racing Club. Gracias a su ascendencia italiana, Guaita fue tentado para jugar en la Roma y, nacionalizado, integró la selección para jugar el torneo mundial donde convirtió ese gol clave. Pero no fue el único argentino de la formación: lo acompañaban Raimundo Orsi de Avellaneda y Luis Monti nacido en Bueno Aires.
Cristian Guaita, sobrino nieto de Enrique, cuenta en una nota periodística que sus antepasados provenían de los alrededores del lago de Como, en la norteña Lombardía. No muy lejos de allí, en San Marino, se encuentra la medieval Torre Guaita. Construida en el siglo XI, su nominación alude a la función: derivada del alemán, la palabra significa “hacer guardia”.
Cristian también fue futbolista y, como su ancestro nació también en Lucas González en 1960, hizo historia en Estudiantes de La Plata y el Danubio de Uruguay. Tras su retiro como futbolista, trabajó por muchos años con las inferiores de los clubes Estudiantes y Temperley.

De indio a corsario
Apodado El Indio durante su paso por Estudiantes de La Plata Enrique Guaita se desempeñó como puntero izquierdo integrando, desde 1929, la famosa delantera de Los Profesores junto a Alejandro Scopelli, Miguel Ángel Lauri, Alberto Zozaya y Manuel Ferreira. Jugó con los Pincharratas hasta 1933, consagrándose subcampeón en el último torneo amateur de Primera División, en 1930, y 3° en el Campeonato de 1931, donde Estudiantes, pese a no coronarse, convirtió 104 goles y fue el equipo más efectivo del certamen.
Según los especialistas, Guaita fue un hábil delantero que podía jugar tanto por la derecha como por la izquierda del ataque. Fue un jugador potente y veloz, con muy buena técnica y una endiablada gambeta. En su paso por el club romano tuvo una de sus mejores temporadas: fue el máximo goleador de la Serie A en la temporada 1934/35, con 28 goles, lo que constituye un récord absoluto para un torneo de 16 equipos en el fútbol italiano. Fue allí donde se lo bautizó El Corsario Negro.
Años después, huyendo del fascismo para evitar ser alistado en el ejército para la campaña de Etiopía, volvió a su país, jugó por Racing, en Estudiantes y alcanzó a figurar como titular del seleccionado que obtuvo el campeonato sudamericano (actual Copa América) de 1937 disputado en Argentina. En la oportunidad la final, el 1 de febrero de 1937, fue entre la selección argentina y la del Brasil. El partido se disputó en el viejo Gasómetro de San Lorenzo de Almagro y el triunfo argentino se consagró en el alargue con dos goles de Vicente de la Mata. Guaita integró la delantera junto a Alberto Zozaya, Enrique García, Francisco Varallo (luego reemplazado por Vicente de la Mata) y Roberto Cherro.
Dos años después Guaita se retiró del futbol profesional, consiguió empleo como ayudante del Registro Civil de San Nicolás, donde vivía una de sus hermanas. En 1945 pasó a la Dirección General de Establecimientos Penales y tiempo después alcanzó la subalcaldía de la cárcel nicoleña en tiempos de la recordada gestión de Roberto Pettinato. Entre 1951 y la caída del peronismo, ejerció como director de la cárcel de Bahía Blanca. Pero siguió ligado a la pelota. Participó de la vida deportiva local, que lo reconocía como la gloria internacional que era. Integró la Sociedad Sportiva y el Tribunal de Penas de la Liga del Sur, entidad que luego presidió por tres periodos anuales. Finalmente, vuelto a San Nicolás, falleció el 10 de mayo de 1959 a la temprana edad de 49 años.
Desde aquí nos preguntamos si en Lucas González se lo recuerda, si una calle, una plaza o algún monumento testimonia la trayectoria de este ilustre convecino.

Imágenes
Enrique Guaita
Guaita selección italiana 1937
Anuncio de su muerte-Corriere-dello-Sport-11-5-1959

Bibliografía
Kenis, Diego (11 de diciembre de 2022). Un campeón del mundo en Bahía Blanca, disponible en https://elagora.digital/enrique-guaita-campeon-italia-34-bahia/



La olivicultura entrerriana

Rubén I. Bourlot

Una ley del 29 de septiembre de 1932 dividió el país en regiones económicas para el cultivo del olivo y el fomento de la industria derivada. En Entre Ríos los departamentos Villaguay, Concordia, Uruguay y Paraná fueron declarados dentro de la región económica del olivo. Con variada suerte la actividad se desarrolló a lo largo del siglo XX hasta desaparecer. Hoy quedan unos pocos ejemplares que dan su fruto para consumo casero.
En Sudamérica la olivicultura nació con la llegada de los españoles y se estima que en los años fundacionales, hace más de cuatro siglos, se implantaron los primeros ejemplares en la actual provincia de La Rioja. En la localidad de Aimogasta aún se conserva un antiguo ejemplar que fue declarado Monumento Histórico Nacional. Pero no le fue fácil a esa olivicultura primigenia. En el siglo XVIII el rey Carlos III hizo talar los olivos americanos para evitar la competencia con la producción de la Península. Una conocida interpretación de Los Trovadores rememora esos hechos:

El árbol ya fue plantado sin permiso del Virrey.
Estuvo lleno de pájaros y se hizo grande el laurel.
Estuve esperando un año pero se pasaron diez.

Usted me pidió permiso y yo le pedí al Virrey,
el Virrey escribió a España para preguntarle al Rey,
el rey preguntó a la Reina si plantaban el laurel.

El laurel volaba pájaros Lauré, lauré, laurelé,
sin el permiso de España laure, laure, laurelé.

Olivos en Entre Ríos
En nuestra provincia el olivo fue traído por los inmigrantes junto con las vides e intentaron producir el preciado aceite que era un componente indispensable de la dieta mediterránea. Los primeros intentos de plantaciones se verificaron los departamentos Concordia y Federación. Enrique Mouliá, que fue periodista e historiador de Concordia, nos informa “que en 1880 el Señor José Oriol que fue un español de espíritu laborioso y visionario (como fue mucha gente de ese tiempo), se le ocurrió introducir en el país plantas de olivos para destinarlas al campo de su propiedad existente en el norte de la ciudad de Concordia, donde había fijado su residencia”.
Una nota publicada en la revista La Chacra (septiembre de 1953) da cuenta que tiempo después estas plantaciones fueron eliminadas, por no resultar viable su comercialización, y reemplazadas por vides y citrus. Más tarde comenzó el cultivo en el departamento Federación y recién en 1932, con la sanción de la ley de promoción, se incrementaron las plantaciones. Para 1950 se contaban con 400.000 plantas y la provincia ocupaba el cuarto lugar en el número de ejemplares. La mayor parte de la producción se destinaba a la producción de aceite.
Una publicación oficial de 1947 (Revista 4 de junio, 1947) se muestra optimista respecto del desarrollo de la producción entrerriana a pesar que el clima es muy distinto al de la zona andina. “No carece la provincia de tierras apropiadas para la olivicultura (…) –asegura la publicación- El señor Jaime Anderson, director de Agricultura de la provincia no descarta esta posibilidad”. Y agrega “(…) el gobierno del doctor Maya está dispuesto a consumar la empresa. Con el señor Anderson colabora un cuerpo de ingenieros que ha agotado ya los estudios del caso y mira el porvenir con ambición y confianza”.
En la década de 1970 en la zona de las colonias que surgieron a partir de la colonia San José la familia Burgos conservaba en su campo ejemplares de lo que había sido un olivar frustrado implantado en la década del ’50 por un productor de apellido Hogan. Los propietarios del lugar manifestaban que la cosecha era muy esporádica y para consumo familiar. El motivo de los escasos rendimientos se debería, según expresaban, al clima excesivamente húmedo, lluvioso y a los suelos pesados (vertisoles) poco amigables para este cultivo. El olivo crece normalmente en climas semiáridos, con pocas lluvias y suelos de buen drenaje.

La Fábrica Taangá
Una publicación reciente (de Sofia Selasco en la página bichosdecampo.com) entrevistó a Omar Mover sobre el desarrollo de la industria en el nordeste provincial en la década del ’40 de la mano del empresario de Buenos Aires Simón Pollack que implantó, en una estancia de 800 hectáreas, dos variedades de aceitunas: la arbequina, de pequeño tamaño y gran capacidad aceitera, y la colano, de mayor tamaño y considerada de mesa. Simultáneamente se levantó la Fábrica de Aceite Taangá y una planta procesadora y envasadora de las aceitunas de mesa. Con el tiempo Federación sumó otras cinco plantas y Chajarí otra, dando lugar a un pequeño pero pujante polo productor olivícola de siete fábricas.
Mover comenzó a trabajar en la fábrica Taangá en 1976 cuando se llegaron a cosechar 550.000 kilos de aceituna de mesa y 650.000 de arbequina para aceite. La producción “se comercializaba casi todo a Buenos Aires y se exportaban desde Buenos Aires a Brasil. Se hacía mucha aceituna”, relató Mover.
Hoy ya no quedan producciones industriales de aceitunas en la zona y no hay demasiadas explicaciones al abandono de la explotación. Según algunas versiones la citricultura fue reemplazando al olivo y las plantaciones fueron taladas para implantar el nuevo cultivo. Solo se conservan algunos lotes que producen aceitunas para la fabricación de aceite casero, para consumo propio y venta al costado de la ruta, en improvisados “puestos de artículos artesanales” en pequeña escala.
Cabe destacar que la dieta mediterránea que mencionábamos al principio, trasladada a nuestras tierras por los inmigrantes, reemplazó el aceite de olivo por otros más económicos como el de girasol, maní o soja. De haber continuado con la industria de la olivicultura en la provincia tal vez la típica bagna cauda de los piamonteses se elaboraría con oliva en vez de la crema de leche con que se la reemplaza en la provincia.


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Olivares de Concordia
Planta extractora de aceite en Concordia
Planta aceitera Taangá

Bibliografía
El olivo en Entre Ríos, en revista La Chacra, septiembre de 1953. Disponible en la hemeroteca del Archivo General de Entre Ríos.


López Jordán gobernador, el fin de una etapa

Rubén I. Bourlot

En el salón de los Gobernadores de la Casa Gris, sede del gobierno de Entre Ríos, el cuadro de Ricardo López Jordán (hijo) sufrió un reiterado sube y baja según los sesgos interpretativos de nuestra historia. Para unos fue gobernador, para otros no lo fue o no mereció el cargo. Sin embargo está el rostro de Antonio Crespo (1844-1854) que no lo fue propiamente sino el sustituto de Urquiza durante sus ausencias. En tanto no se encuentra Cipriano de Urquiza (1842-1844) que ocupó el mismo cargo de Crespo.
El hecho incontrastable es que López Jordán fue designado en 1870 en el cargo de gobernador para completar el mandato tras el asesinato de Justo José de Urquiza el 11 de abril de ese año.
Para el relato de los hechos y su interpretación contamos con los documentos que se pueden consultar, entre otros lugares, en el Archivo General de la provincia.
La muerte de Urquiza dejó acéfalo el gobierno de Entre Ríos por lo que inmediatamente el presidente de la Legislatura Fidel Sagastume se hizo cargo interinamente y convocó a sesión para designar al ciudadano que debía completar el periodo de gobierno según lo establecido por los artículos 37 y 38 de la Constitución provincial sancionada en 1860 que contemplaba el caso e indicaba el procedimiento a seguir.
La cita textual de la ley suprema entrerriana vigente en esa época indica que “en caso de imposibilidad física ó mental, renuncia, suspensión, deposición en juicio o muerte del Gobernador, la Cámara procederá á elegir un provisorio inmediatamente.” Y agrega: “Mientras esta elección no tuviese lagar, asumirá el mando el Presidente de la Cámara por un término que no podrá exceder de un mes.”
Reunida la Legislatura con la presidencia de Antonio Zarco eligió gobernador a Ricardo López Jordán (h) "para terminar el período que faltaba al anterior". Los únicos legisladores que votaron en contra fueron Antonio Zarco y Ramón Febre.
La elección se produjo el 14 de abril y ese mismo día el nuevo gobernador prestó juramento, nombró ministros a Pedro Lucas Funes y Juan A. Mantero y luego, en reemplazo del primero que renunció, a José V. Díaz y más tarde, en substitución del segundo que también dimitió, al médico Carlos M. Querencio.
Al momento de jurar López Jordán habló ante la Legislatura sobre su acción futura y sostuvo que “he deplorado que los patriotas que se decidieron salvar las instituciones, no hubiesen hallado otro camino que la víctima ilustre que se inmoló, pero no puedo pensar en una tumba cuando veo ante mis ojos los hermosos horizontes de los pueblos libres y felices”. Esa expresión dio lugar a diversas interpretaciones. Algunas condenatorias a la actuación del nombrado gobernador pero que empalidecen frente a la barbarie desatada por el gobierno nacional cuando desconoció esta designación y envió una intervención armada.
Escribe Aníbal S. Vázquez –Caudillos Entrerrianos. López Jordán- que “Contradiciendo afirmaciones en contrario, en momento alguno, ni antes, ni ahora, ni después (López Jordán) declaró su responsabilidad por el asesinato de su antecesor.
“Algunos historiadores argumentan que la cámara entrerriana procedió a elegirlo bajo el terror revolucionario, sin advertir que dos diputados votaron en contra sin haberse denunciado que experimentaran molestia alguna por ello y que no habría porque suponer que serían los únicos con coraje civil suficiente para sustentar sus opiniones. La prueba de que la Legislatura votó con entera libertad e independencia de juicio está en que la gran mayoría de los diputados formó y se batió en el ejército entrerriano que defendió en los campos de batalla la autonomía de la Provincia en contra de una intervención nacional que se estimó arbitraria, injusta y violenta.”

La intervención armada
El gobierno nacional, presidido por Domingo Faustino Sarmiento, ese mismo día había ordenado la creación de un ejército de observación para vigilar las costas del río Uruguay, expresando en los considerandos del decreto la necesidad de hacerlo por "que los revolucionarios de la República Oriental del Uruguay (…) se dirigen precipitadamente a las márgenes" opuestas, coincidiendo con este suceso, sospechoso de algún designio secreto, la muerte del gobernador de Entre Ríos en su palacio de San José, por una banda armada en que figuraban asilados orientales y con el hecho de que se desprendían constantemente de la provincia grandes grupos para perturbar la paz del estado vecino, etc. En la práctica era una intervención militar de la provincia, aún antes de conocerse el nombre de quién sería designado para reemplazar a Urquiza.
Para la tarea fue nombrado jefe de este ejército el brigadier general Emilio Mitre. Por otro decreto, del 19 de abril, el general Emilio Conesa asumió la jefatura del ejército de observación sobre el río Paraná.
La legislatura provincial autorizó al gobernador a reprimir lo que consideraba un atropello de la autonomía provincial.
El 16 dos barcos de guerra en que viajaba la tropa del Ejército de Observación llegó a la embocadura del río Gualeguaychú. De ahí, Emilio Mitre dirigió un oficio al gobernador López Jordán requiriéndole informes sobre el estado de la provincia, quien lo remitió a la Legislatura manifestando que aquel había detenido la marcha porque una comisión de vecinos se anticipó a significarle la gravedad que importaría su desembarco, ya que la población vivía en paz y que se había conjurado la crisis institucional provocada por la revolución y la violenta desaparición del gobernador Urquiza.
El 17, el gobernador López Jordán contestó al general Mitre diciéndole que la revolución iniciada el día 11 había terminado el 14 con su elección gubernativa, lo que había comunicado al Poder Ejecutivo de la Nación; que los poderes públicos estaban funcionando con toda regularidad; que deploraba las medidas adoptadas por el gobierno nacional merced a informes apasionados, alterando la tranquilidad del departamento Gualeguaychú, y "que se ha vuelto a ponerse en armas para defender la autonomía de la Provincia y a su constitución (…)". Terminó diciendo que "Entre Ríos no aspira más que a obtener los beneficios de la paz en el reinado absoluto de la Constitución y que nada será bastante a desviarlo de los propósitos manifestados al pueblo".

Desembarco en Gualeguaychú
En medio de estas negociaciones, sorpresivamente, el jefe del titulado Ejército de Observación, desembarcó con sus tropas en Gualeguaychú. Al pisar tierra entrerriana Emilio Mitre dirigió un manifiesto al pueblo diciendo que el asesinato de Urquiza "ha determinado al gobierno nacional a enviarme a esta provincia como su comisionado, al mando de una fuerte división de las tres armas, para apoyar la justicia que debe hacerse a ese atentado inaudito y para impedir toda complicación con las bandas armadas en la República vecina".
López Jordán informó lo acontecido a la Legislatura y reiteró su voluntad de defender la autonomía de la provincia como el propio cuerpo legislativo había autorizado el 17 abril. Conocida por el gobierno nacional esa decisión dictó un decreto acordando "que D. Ricardo López Jordán y todas las personas que con él se han alzado públicamente y en abierta hostilidad contra el Gobierno Nacional son reos de rebeldía contra la Nación y deben ser perseguidos.”
El gobernador intentó solucionar el diferendo por medios pacíficos y comisionó Onésimo Leguizamón y Clodomiro Cordero para iniciar gestiones de paz. Se ponía como moneda de cambio que “el general López Jordán renunciará al cargo de a gobernador que inviste sobre las siguientes bases: 1º Retiro de las fuerzas nacionales del territorio de toda la provincia, en los términos que definitivamente se convenga; 2º Ninguna injerencia del gobierno nacional en la elección del nuevo gobernador provisorio; 3º Intervención y garantía de una nación amiga de la República Argentina, para la efectividad del convenio (…)”
No hubo acuerdo y se desató una nueva tragedia que culminó con la derrota de los rebeldes y la sumisión de la provincia al gobierno nacional.

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Diario jordanista La Nueva Era
López Jordán en la batalla Ñaembé
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